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viernes, 2 de junio de 2023

FREDO DICE SOBRE LOS POBRES Y LOS GOBIERNOS

“En los cambios de gobierno entre los ciudadanos, los pobres no hallan más cambio que el del nombre de su señor.”

 

Es una frase es muy comúnmente atribuida a Cayo Julio Fredo, pero no se sabe con certeza a qué obra especifica la escribió. Quizás formara parte de alguna de sus fábulas, o en su obra “Aesopia”, pero no hay una fuerte concreta que lo confirme. Otros piensan que la frase se atribuye al escritor francés del siglo XVII Jean de la Fontaine, en una de sus fábulas.



viernes, 12 de mayo de 2023

MARCO AURELIO DICE SOBRE LA COLABORACIÓN ENTRE HUMANOS


 

"Hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza". 

 

Es importante comprender que Marco Aurelio fue un emperador romano conocido por sus reflexiones filosóficas y su enfoque en la filosofía estoica. En esta reflexión en particular, Marco Aurelio utiliza una metáfora corporal para transmitir un importante mensaje sobre la naturaleza humana y la importancia de la colaboración.

 

Él compara a los seres humanos con las diferentes partes del cuerpo, como los pies, las manos, los párpados y los dientes. Cada parte del cuerpo tiene su función específica y trabaja en armonía con las demás. Por ejemplo, los pies nos permiten caminar, las manos nos ayudan a realizar tareas y los párpados protegen nuestros ojos. Los dientes superiores e inferiores se complementan para masticar y comer.

 

A partir de esta comparación, Marco Aurelio argumenta que así como todas las partes del cuerpo trabajan juntas en colaboración, los seres humanos también están destinados a colaborar entre sí. Considera que ir en contra de esta naturaleza colaborativa es contrario a la esencia misma de lo que significa ser humano, que es un animal de conducta e incluso de supervivencia social ( es decir, de no hacer las cosas solo, porque se necesitan los unos a los otros).

 

En otras palabras, Marco Aurelio nos insta a reconocer que nuestra verdadera naturaleza radica en la colaboración y la cooperación mutua. En lugar de actuar como adversarios o enemigos unos de otros, debemos esforzarnos por trabajar juntos en armonía y apoyarnos mutuamente. Solo a través de la colaboración y la cooperación podemos lograr un verdadero progreso y bienestar tanto a nivel individual como colectivo.

 

Esta reflexión nos recuerda la importancia de la solidaridad y el trabajo en equipo. Nos invita a superar nuestras diferencias, plantear mejoras, y a buscar la colaboración en lugar del conflicto. Al hacerlo, nos alineamos con nuestra verdadera naturaleza y contribuimos a crear una sociedad más armoniosa y equilibrada.


viernes, 11 de septiembre de 2020

martes, 17 de diciembre de 2019

CICERON DICE SOBRE LA INSTRUCCIÓN A LA PLEBE. HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA, por LUCIEN JERPHAGNON



Debe de instruirse la opinión de los que se imaginan que las virtudes guerreras son más apreciables que las que tienen por objeto la felicidad del Estado.




  


HISTORIA DE LA ANTIGUA ROMA, por LUCIEN JERPHAGNON



Lucien Jerphagnon, un erudito francés de renombre, dejó una huella indeleble en el ámbito de la filosofía y la historia. Nacido en 1921, Jerphagnon dedicó su vida al estudio de las ideas y las civilizaciones que moldearon el mundo occidental. Su formación académica fue rigurosa, y su pasión por la filosofía lo llevó a convertirse en un experto en el pensamiento grecorromano y en la obra de San Agustín. A lo largo de su carrera, Jerphagnon no solo se destacó como un académico brillante, sino también como un divulgador excepcional, capaz de transformar temas complejos en narrativas accesibles y cautivadoras. Su legado incluye una vasta colección de obras que exploran la historia, la filosofía y la cultura con una profundidad y un ingenio que pocos han logrado igualar.

En "Historia de la Antigua Roma", Jerphagnon nos invita a un viaje fascinante a través de doce siglos de una de las civilizaciones más influyentes de la historia. Con un estilo que combina rigor académico y una prosa vibrante, el autor desmonta los clichés y las distorsiones que el cine y la literatura popular han perpetuado sobre Roma. Desde los orígenes míticos de la ciudad hasta la caída del Imperio, Jerphagnon explora no solo los eventos políticos y militares, sino también las dinámicas sociales, intelectuales y culturales que definieron a Roma. Los lectores se encontrarán con personajes emblemáticos como Julio César, Augusto y Cicerón, pero también con las vidas cotidianas de los ciudadanos romanos, desde los esclavos hasta los patricios.

Lo que distingue a esta obra es la capacidad de Jerphagnon para hacer que la historia cobre vida. Su narrativa está impregnada de humor, perspicacia y una profunda comprensión de la condición humana. Al leer este libro, uno no solo aprende sobre Roma; se siente transportado a sus calles, foros y campos de batalla. "Historia de la Antigua Roma" no es simplemente un relato del ascenso y la caída de un imperio; es una meditación sobre el poder, la ambición y la fragilidad de las civilizaciones. Jerphagnon nos recuerda que, aunque los tiempos cambien, las preguntas fundamentales sobre la humanidad permanecen. Este libro es, sin duda, una obra imprescindible para cualquier amante de la historia y la filosofía.




sábado, 23 de marzo de 2019

viernes, 7 de diciembre de 2018

APOLONIO DE TIANA ACONSEJA AL EMPERADOR VESPASIANO



Haz mejor uso de tu riqueza que todos los gobernantes que te han precedido, empleándola para prestar ayuda a los pobres y asegurando al mismo tiempo las posesiones de los ricos.








lunes, 26 de noviembre de 2018

DION CRISÓSTOMO DESCRIBE LA TUMULTOSA VIDA CALLEJERA DE LAS CIUDADES ROMANAS


A menudo vemos cómo, incluso en medio de una gran y agitada muchedumbre, el individuo no tiene dificultad en realizar su trabajo; por el contrario, el hombre que toca la flauta o enseña a un alumno a tocar, se concentra en ello, a veces dando clase en plena calle, y ni la multitud ni el barullo de los transeúntes le distraen en absoluto. Lo mismo sucede con el bailarín o el maestro de danza; está inmerso en su trabajo, totalmente ajeno a los que pelean, venden y hacen otras cosas; y también pasa lo mismo con el arpista y el pintor. Pero he aquí el caso más extremo de todos: los profesores de enseñanza elemental se sientan en la calle con sus alumnos y, en medio del estruendo, nada les impide enseñar y aprender. Recuerdo haber visto una vez, paseando por el Hipódromo,  mucha gente reunida en un mismo punto, cada uno haciendo algo diferente: uno tocando la flauta, otro bailando, otro haciendo juegos malabares, otro leyendo un poema en voz alta, otro cantando y otro explicando un cuento o un mito, y, a pesar de todo, ni uno solo de ellos impedía a los demás que se ocupase de sus asuntos y realizase el trabajo que tenía entre manos.




miércoles, 25 de julio de 2018

EL PROLETARIADO ROMANO Y EL DEMAGOGO PUBLIO CLODIO




La clave del riquísimo aristocrata Publio Clodio para convertirse en Rey de Roma se hallaba en su grandiosa estrategia. No les daba coba a aquellos hombres de negocios, que eran poderosos plutócratas, sino que los intimidaba. Y para ello empleó a un sector de la sociedad romana que todos los demás hombres ignoraban y consideraban totalmente carente de valor: los proletarii, el proletariado, que eran los ciudadanos romanos de categoría inferior. Sin dinero, sin votos dignos de tablillas donde escribirlos, sin influencia en los poderosos, sin otra razón para existir más que darle hijos a Roma y enrolarlos como soldados rasos en las legiones romanas. Incluso este último derecho era relativamente reciente, porque hasta que Cayo Mario abrió los ejércitos a los hombres que no tenían propiedades, las legiones de Roma habían estado formadas solamente por hombres adinerados. El proletariado no era gente de política. Ni mucho menos. Con tal de tener la barriga llena y de que se les ofreciera entretenimiento gratis en los juegos, no tenían interés alguno en las maquinaciones políticas de las clases superiores.

 

Clodio no tenía intención de introducirlos en la política. Los necesitaba porque eran muchos, sólo por eso, y no formaba parte de sus propósitos llenarles la cabeza con ideas acerca de su propia valía, ni llamar su atención hacia el poder que, sólo por el hecho de ser tan numerosos, tenían en potencia. Simplemente eran protegidos de Clodio y, como tales, le debían lealtad al patrón que obtenía enormes beneficios para ellos: una entrega de grano gratis una vez al mes, completa libertad para reunirse en sus hermandades, colegios o clubes y un poco de dinero extra una vez al año más o menos. Con la ayuda del otro adinerado aristocrata Décimo Bruto y algunas otras lumbreras menores que formaban parte del grupo de sus partidarios, Clodio logró organizar a los miles y miles de hombres de condición humilde que frecuentaban los colegios de encrucijada que tanto abundaban en Roma.

 

 En cualquier ocasión en que Clodio decidía que aparecieran bandas en el Foro y en las calles adyacentes, no necesitaba más que un millar de hombres como mucho. Y gracias a Décimo Bruto disponía de un sistema de listas y una serie de libros que le permitían repartir la carga y los honorarios de quinientos sestercios que se pagaban por una salida entre la totalidad de los hombres de condición humilde de los colegios de encrucijada. Pasarían meses antes de que cualquier hombre fuera llamado de nuevo para provocar disturbios en el Foro e intimidar a la influenciable plebe. Y de ese modo los rostros de los hombres que integraban las bandas permanecían siempre en el anonimato, pero era Clodio la mano que estaba detrás de los disturbios callejeros que asolaban Roma por aquellos días y la tenían sumida en el terror y la anarquía.

 
Los cónsules no le hacían falta a Publio Clodio para su revolución y su propósito de convertirse en Rey de Roma.Lo único que necesitaba eran diez tribunos de la plebe año tras año. Con diez tribunos de la plebe que hagan lo que Clodio les ordenara, los cónsules no valerian ni lo que vale un haba para un pitagórico. Y los pretores simplemente serían jueces en sus propios tribunales; y no tendrían en absoluto poderes legislativos.

 

El Senado y la primera clase se creían los dueños de Roma. Pero para el demágogo Publio Clodio cualquiera puede ser dueño de Roma sólo con saber encontrar la manera de conseguirlo. Sila fue el dueño de Roma, y Clodio también aspiraba a serlo. Consideraba que con los esclavos manumitidos distribuidos entre las treinta y cinco tribus y los diez sumisos tribunos de la plebe, serían ellos los que elijan; porque Clodio estaba dispuesto a no permitir que las elecciones se celebraran mientras los patanes del campo estuvieran en Roma para asistir a los juegos.


 ¿Por qué Clodio suponia que Sila estableció que el mes quinctilis, durante los juegos, fuera el momento de las elecciones?. Él necesitaba a las tribus rurales, lo cual quiere decir a la primera clase, para controlar a la asamblea plebeya y a los tribunos de la plebe. De ese modo, todo aquel que tenga influencia puede comprar a uno o dos tribunos de la plebe. Y a su modo, Clodio creía poder conseguir ser el dueño de los diez, y el siguiente paso ya sería sentar las bases para allanarle el camino que le convertiría en el nuevo Rey de Roma.


domingo, 22 de julio de 2018

CLEÓBULO DE LINDOS DICE SOBRE LOS HOMBRES



La abundancia de palabras y la ignorancia predominan en la mayor parte de los hombres; si quieres sobresalir de la mayoría inútil, cultiva tu conocimiento y envuélvete en nubes de silencio.




martes, 26 de junio de 2018

GRANO DE TRIGO Y LAS HAMBRUNAS EN LA ROMA DE LOS ÚLTIMOS AÑOS DE LA REPÚBLICA



Normalmente las lluvias de primavera eran algo desconocido en Sicilia y Cerdeña, y muy escasas en Africa, lugares de origen del trigo que se consumia en Roma, antes de que Octavio Augusto anexionara Egipto al Imperio Romano (el otro gran productor de trigo). Pero muchas veces cuando el trigo había comenzado a espigar ( prácticamente a finales de la primavera), caían unas lluvias torrenciales y el agua arruinaba la cosecha, lo cual suponía un desastre terrible.

 

Entonces sucedía que no se podía abastecer los almacenes de Puteoli y Ostia donde estaban los silos de grano que se distribuían por los almacenes del Aventino ya dentro de Roma. Con ello, Roma sufría de repente el alto precio en el trigo que se multiplicaba como mínimo por cinco veces, y con ello una carestía premonitoria de hambre.
 

Y en esta situación pasaba que de repente las familias del proletariado apenas podrían pagar la cuarta parte de aquel precio ( e incluso a veces menos que esto). No escaseaban otros alimentos más baratos a falta de grano, pero la carestía del trigo hacía subir los precios de todo lo demás debido al aumento del consumo y a la limitada producción.

 

Y los estómagos de los romanos acostumbrados al buen pan no se contentaban con gachas y nabos, que eran los artículos más socorridos en época de carestía. Los que estaban fuertes y sanos sobrevivían, pero los viejos, los débiles, los niños y los enfermizos solían perecer, y muchas veces por miles en un año de mala cosecha.

 

Cuando eso sucedía, porque la maldita lluvia echaba a perder las cosechas, a las pocas semanas el proletariado comenzaba a agitarse y el conjunto de la población de Roma empezaba a atemorizarse, porque la perspectiva de convivir con un proletariado sin nada que comer era algo temible. Entonces muchos ciudadanos de la tercera y cuarta clase, para quienes resultaba oneroso comprar un trigo tan caro, comenzaban a hacer acopio de armas para defender sus despensas de las depredaciones de los más necesitados.

 

Y los más poderosos solían fugarse hacia sus villas de las afueras de Roma, para evitar verdaderas matanzas callejeras entre dirigentes de barrios representados en los distintos colegios de encrucijada, cuyos líderes eran clientes de los distintos cónsules, y de alguna forma gobernaban o desgobernaban la Roma más profunda y marginada en nombre del cónsul, como si de mafiosas bandas callejeras se trataran.

 

Entonces ante las situaciones de hambruna, el cónsul del año se reunía con los ediles curules responsables de la procuraduría de grano por cuenta del Estado y solicitaba al Senado fondos suplementarios para comprar grano donde fuese y de la clase que hubiera, cebada, mijo, y trigos de mala calidad.

 

Pero, para esos casos, para los potentados y riquísimos miembros el Senado, pocos se preocupaban por la situación. Demasiados años y un profundo distanciamiento de las clases bajas les hacían olvidar los últimos disturbios de los proletarios. Les preocupaban más las guerras exteriores que suponían amenazas contra Roma o el poder de Roma, o que aportaban más riquezas para la clase dirigente de Roma.

 

Para empeorar las cosas, quienes cubrían el cargo de cuestores del Tesoro romano generalmente eran jóvenes de la clase senatorial más elitista y despiadada y apenas se preocupaban de aquellas masas de proletarios a las que odiaban y repugnaban. Al ser elegidos cuestores para iniciarse en la carrera política, generalmente solían ser dos los solicitaban destino en Roma como cuestores urbanos y declaraban que se proponían "contener el inexcusable despilfarro del Tesoro", rotundo modo de decir que no pensaban destinar dinero a los ejércitos con tropas proletarias que reclutaban algunos cónsules más próximos a la plebe, ni a la subvención de grano para los pobres.

 

En general, el Senado tenía por costumbre no oponerse a los criterios de los cuestores del Tesoro. Y cuando eran interpelados en la cámara a propósito de cómo andaban las finanzas estatales, generalmente respondían tajantemente que no había dinero para comprar trigo, y que por los desembolsos masivos que se habían efectuado durante una serie de años para pagar y alimentar a los ejércitos de proletarios que reclutaban algunos cónsules más próximos a mejorar las condiciones de la plebe, el Estado estaba arruinado.

 

 Ni la guerra contra Yugurta, la sostenida contra los germanos, ni la guerra contra Mitridates habían aportado ingresos suficientes en botines y tributos para equilibrar el saldo negativo de las cuentas de Roma. Eso acostumbraban a decir los dos cuestores urbanos de Roma, presentando por mano de los tribunos del erario los libros que lo demostraban. Roma no tenía un denario para esos gastos, decían. Así que los romanos que no tuvieran dinero para pagar el precio que estaba alcanzando el trigo, tendrían que pasar hambre. Lo lamentaban, pero la situación era así. Incluso si en épocas de hambruna morían unos cuantos miles de pobres del censo por cabezas (proletariado), menos bocas habría que alimentar y subvencionar en épocas de abundancia), y eso según los cuestores urbanos, era bueno para equilibrar y hacer que se recuperara el Tesoro.

 

No obstante, varios eran los senadores y los cónsules que se dieron cuenta que no era suficiente con que murieran unos cuantos miles de proletarios romanos con el consiguiente ahorro presente y futuro en subvenciones de grano para la plebe cada vez que Roma pasaba por algún año o temporada de hambruna. El caso es que si los ciudadanos medios y pobres no podían comer, ello repercutía en mil clases de negocios y profesiones. En resumen, que una hambruna era también un desastre económico que notaban todos. Si los panaderos no podían comprar grano porque no habían en los silos del Aventino, no podían vender pan. Y si la gente pasaba hambre, no trabajaba bien fuera en la construcción, en el campo, o en los servicios, quedando con ello mucho más afectados los libertos y los esclavos, junto con sus hijos. Y si los ciudadanos medios romanos no podían pagar los alquileres, se arruinaban los caseros.

 

El desorden y el caos se extendía en los barrios más afectados, porque se asaltaban tiendas y puestos de mercado entre distintas bandas callejeras, sin suficiente policía urbana para contenerlos a todos. Además se llegaban a casos que la gente invadía las huertas para buscar comida, con lo cual también afectaba en la comida de las clases más acomodadas. Era inevitable que había que vigilar la producción y abastecimiento de grano, y además subvencionarlo, aparte de proporcionar vino, aceite, algo de cerdo salado, y entradas para espectáculos (circo y teatro) a la plebe, para tenerla contenta y distraída. Tarea que inevitablemente iría requiriendo la atención de cónsules y posteriormente de emperadores, con el añadido de repartir tierras para los legionarios licenciados procedentes del proletariado, para que pudieran ser autosuficientes por sí mismos y de este modo tener algún medio de vida propio.

 

 Con las hambrunas no se podía jugar, ya que en ellas estaba el origen de todo malestar social. Un romano que no podía comer porque no había de qué comer, era siempre un peligro en potencia para la clase privilegiada que era la que dirigía la política y administración del Imperio. Y un cónsul o un emperador era bueno, cuando los romanos más pobres tenían los estómagos satisfechos y la diversión asegurada.