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miércoles, 25 de julio de 2018

EL PROLETARIADO ROMANO Y EL DEMAGOGO PUBLIO CLODIO




La clave del riquísimo aristocrata Publio Clodio para convertirse en Rey de Roma se hallaba en su grandiosa estrategia. No les daba coba a aquellos hombres de negocios, que eran poderosos plutócratas, sino que los intimidaba. Y para ello empleó a un sector de la sociedad romana que todos los demás hombres ignoraban y consideraban totalmente carente de valor: los proletarii, el proletariado, que eran los ciudadanos romanos de categoría inferior. Sin dinero, sin votos dignos de tablillas donde escribirlos, sin influencia en los poderosos, sin otra razón para existir más que darle hijos a Roma y enrolarlos como soldados rasos en las legiones romanas. Incluso este último derecho era relativamente reciente, porque hasta que Cayo Mario abrió los ejércitos a los hombres que no tenían propiedades, las legiones de Roma habían estado formadas solamente por hombres adinerados. El proletariado no era gente de política. Ni mucho menos. Con tal de tener la barriga llena y de que se les ofreciera entretenimiento gratis en los juegos, no tenían interés alguno en las maquinaciones políticas de las clases superiores.

 

Clodio no tenía intención de introducirlos en la política. Los necesitaba porque eran muchos, sólo por eso, y no formaba parte de sus propósitos llenarles la cabeza con ideas acerca de su propia valía, ni llamar su atención hacia el poder que, sólo por el hecho de ser tan numerosos, tenían en potencia. Simplemente eran protegidos de Clodio y, como tales, le debían lealtad al patrón que obtenía enormes beneficios para ellos: una entrega de grano gratis una vez al mes, completa libertad para reunirse en sus hermandades, colegios o clubes y un poco de dinero extra una vez al año más o menos. Con la ayuda del otro adinerado aristocrata Décimo Bruto y algunas otras lumbreras menores que formaban parte del grupo de sus partidarios, Clodio logró organizar a los miles y miles de hombres de condición humilde que frecuentaban los colegios de encrucijada que tanto abundaban en Roma.

 

 En cualquier ocasión en que Clodio decidía que aparecieran bandas en el Foro y en las calles adyacentes, no necesitaba más que un millar de hombres como mucho. Y gracias a Décimo Bruto disponía de un sistema de listas y una serie de libros que le permitían repartir la carga y los honorarios de quinientos sestercios que se pagaban por una salida entre la totalidad de los hombres de condición humilde de los colegios de encrucijada. Pasarían meses antes de que cualquier hombre fuera llamado de nuevo para provocar disturbios en el Foro e intimidar a la influenciable plebe. Y de ese modo los rostros de los hombres que integraban las bandas permanecían siempre en el anonimato, pero era Clodio la mano que estaba detrás de los disturbios callejeros que asolaban Roma por aquellos días y la tenían sumida en el terror y la anarquía.

 
Los cónsules no le hacían falta a Publio Clodio para su revolución y su propósito de convertirse en Rey de Roma.Lo único que necesitaba eran diez tribunos de la plebe año tras año. Con diez tribunos de la plebe que hagan lo que Clodio les ordenara, los cónsules no valerian ni lo que vale un haba para un pitagórico. Y los pretores simplemente serían jueces en sus propios tribunales; y no tendrían en absoluto poderes legislativos.

 

El Senado y la primera clase se creían los dueños de Roma. Pero para el demágogo Publio Clodio cualquiera puede ser dueño de Roma sólo con saber encontrar la manera de conseguirlo. Sila fue el dueño de Roma, y Clodio también aspiraba a serlo. Consideraba que con los esclavos manumitidos distribuidos entre las treinta y cinco tribus y los diez sumisos tribunos de la plebe, serían ellos los que elijan; porque Clodio estaba dispuesto a no permitir que las elecciones se celebraran mientras los patanes del campo estuvieran en Roma para asistir a los juegos.


 ¿Por qué Clodio suponia que Sila estableció que el mes quinctilis, durante los juegos, fuera el momento de las elecciones?. Él necesitaba a las tribus rurales, lo cual quiere decir a la primera clase, para controlar a la asamblea plebeya y a los tribunos de la plebe. De ese modo, todo aquel que tenga influencia puede comprar a uno o dos tribunos de la plebe. Y a su modo, Clodio creía poder conseguir ser el dueño de los diez, y el siguiente paso ya sería sentar las bases para allanarle el camino que le convertiría en el nuevo Rey de Roma.


martes, 10 de julio de 2018

CAYO MARIO DICE SOBRE LO POLÍTICO Y LO MILITAR




 Todos esos engreídos senadores que me atacan y descalifican en todo solo por ser quién soy y por mi origen plebeyo, deberían de saber que un político sabe manipular y cambiar las leyes a su antojo, pero la ventaja de un militar está en que tiene experiencia con la fuerza de las armas y sobre una estrategia aplicable. Un político que a la vez dispone de amplia y brillante experiencia militar, si lo desea y aprovecha las circunstancias, puede llegar a hacerse proclamar Rey de Roma por la fuerza, y hacer que todos sus enemigos políticos acaben muertos. Lo digo por todos esos senadores insensatos, que sólo piensan en sus propios intereses, y que odian e ignoran a los proletarios romanos, olvidando que los más pobres también son romanos, y no sólo carne de legiones. Yo nunca me salí fuera de la Constitución, pero no se debe de olvidar que con que tan solo yo lo hubiera deseado, hubiera podido llegar a ser Rey de Roma con el apoyo total de los romanos más pobres, y tener el poder absoluto.



sábado, 7 de julio de 2018

LEER Y ESCRIBIR EN EL EJÉRCITO ROMANO


 

En el ejército, los romanos cultos y educados escribían mucho a todos los demás romanos cultos y educados. Incluso los soldados rasos escribían a sus casas con regularidad para contar a sus familiares cómo era la vida en el ejército y qué habían estado haciendo, en qué batallas habían peleado y cómo eran sus compañeros de tienda.

 

Un buen número de ellos sabían leer y escribir al alistarse, y aquellos que eran analfabetos descubrieron que por lo menos parte del invierno en el campamento había que emplearlo en recibir clases para aprender. Especialmente bajo el mando de generales como César, que se sentaba de niño en las rodillas de Cayo Mario y escuchaba absorto todo lo que éste tenía que decir acerca de todo. Incluida la utilidad de los legionarios que sabían leer y escribir.

 

"Aprender a leer y a escribir es la versión culta de aprender a nadar", solía decir a menudo Cayo Mario a sus legados y legionarios, porque saber leer y escribir son también conocimientos que salvan vidas. De ahí la preocupación de Cayo Julio César, de que los legionarios aprovecharan al máximo lo de aprender a leer y escribir cuando la ocasión lo permitía.


sábado, 21 de enero de 2017

ARISTÓTELES DICE SOBRE LAS CLASES POBRES


«Dado que no tienen esclavos, los pobres tiene que recurrir a sus mujeres y a sus hijos para que hagan lo que normalmente harían los esclavos»

(Aristóteles en "Política")






miércoles, 29 de julio de 2015

DISCURSO DE MARCO EMILIO ESCAURO, PRÍNCIPE DEL SENADO, OPONIÉNDOSE A LAS REFORMAS DE CAYO MARIO DE INCORPORAR AL PROLETARIADO ROMANO A LAS LEGIONES, Y RÉPLICA DE CAYO MARIO A SU DISCURSO


Esta cámara debe hacer cuanto esté en su mano para limitar el poder que Cayo Mario acaba de conceder a los plebeyos. Porque los plebeyos deben seguir siendo lo que siempre han sido, un conjunto de bocas hambrientas al que nosotros, que somos más privilegiados, debemos cuidar, alimentar y tolerar, sin pedirles a cambio ningún servicio. Puesto que no trabaja para nosotros y es inútil, y no es más que un simple dependiente, la esposa de Roma que no trabaja, sin poder y sin voto, nada puede pedirnos que no queramos darle, porque nada hace: simplemente existe.

 

Pero, gracias a Cayo Mario, ahora nos encontramos con todos los problemas y extravagancias de lo que debo calificar de ejército de soldados profesionales, hombres que no tienen otra fuente de ingresos ni otra forma de ganarse la vida, hombres que querrán estar en el ejército de una campaña a otra, hombres que costarán al Senado grandes sumas. Hombres que, además, padres conscriptos, pretenderán tener voz en los asuntos de Roma, pues hacen un servicio por Roma, trabajan para Roma. Habéis oído al pueblo. Nosotros, el Senado, que administramos el tesoro y distribuimos los fondos públicos de Roma, tenemos que rascar las arcas de Roma y acopiar el dinero para equipar al ejército de Cayo Mario con armas, armaduras y todos los pertrechos militares. Igualmente el pueblo nos encomienda pagar a esos soldados periódicamente en lugar de al final de la campaña, cuando se dispone del botín para sufragar el desembolso. El coste de los ejércitos de hombres insolventes quebrará las espaldas del Estado, qué duda cabe.


Sé que Cayo Mario opina que hay tanto dinero en el tesoro de Roma que el Estado no sabe qué hacer con él, porque considera que nunca lo gastamos y no hacemos más que atesorarlo. Sí, el tesoro de Roma es cuantioso, que es como debe ser un tesoro. Pese al coste de las obras públicas que realicé mientras fui censor, el tesoro sigue siendo cuantioso. Pero ha habido tiempos en que ha sido muy exiguo. Las tres guerras que sostuvimos contra Cartago nos dejaron al borde del desastre económico. Entonces yo os pregunto: ¿qué hay de malo en procurar que eso no vuelva a suceder? Mientras el tesoro sea cuantioso, Roma tendrá prosperidad.

 

Sé que Cayo Mario piensa que Roma será más próspera si los proletarios tienen dinero en la bolsa para gastarlo. Pero eso no es cierto, los proletarios malgastarán su dinero, desaparecerá de la circulación y no producirá.


Yo os digo, padres conscriptos, que debemos oponernos por todos los medios a que en el futuro un cónsul se sirva de la lex Manlia para reclutar tropas entre los proletarios. ¡El pueblo nos ha encomendado específicamente que paguemos el ejército de Cayo Mario, pero nada en la ley que ha sido registrada dice que tengamos que pagar el equipamiento de ningún futuro ejército de pobres! Y eso es lo que debemos hacer: que en el futuro un cónsul electo coja todos los pobres que quiera para formar sus legiones, pero cuando se dirija a nosotros, custodios del dinero de Roma, para recabar fondos para el pago y los equipos, nosotros se los neguemos.

 

El Estado no puede permitirse enviar en campaña un ejército de pobres. Así de simple. Los proletarios son irreflexivos, irresponsables y no tienen respeto por la propiedad y los pertrechos. ¿Acaso un hombre al que se le entrega gratuitamente la cota de malla, a costa del Estado, va a cuidarla? ¡No! ¡Claro que no! ¡La dejará tirada, expuesta a la salinidad o a la lluvia, y se oxidará; la colgará de una estaca en un campamento y se olvidará de recogerla; la dejará a los pies de la cama de una prostituta extranjera y luego se lamentará de que ésta se la haya robado para dársela a su amigo! ¡Nuestros soldados de siempre son propietarios, tienen casas a las que regresar, dinero invertido, algo sólido y tangible cuyo valor conocen!. Mientras que los veteranos pobres constituirán un peligro, porque ¿cuántos de ellos ahorrarán parte del dinero que les abone el Estado? ¿Cuántos depositarán su parte del botín? No, llegarán al final de sus años de servicio sin casa a donde ir, sin recursos para vivir. Ah, si, os oigo decir, ¿y qué hay de extraño en eso en su caso, si ellos siempre han vivido al día? Pero, padres conscriptos, esos militares pobres se acostumbrarán a que el Estado los alimente, los vista, les dé cobijo. Y cuando al retirarse les falte todo, refunfuñarán igual que esas esposas acostumbradas a gruñir cuando no hay dinero. ¿Es que se nos va a pedir que demos una pensión a esos veteranos pobres?


¡No debemos consentir que eso suceda! ¡Lo repito, colegas miembros de este Senado del que soy portavoz, nuestra táctica en el futuro debe ir encaminada a arrancar los dientes a esos insensatos que reclutan tropas entre los proletarios, negándonos tesoneramente a contribuir con un solo sestercio al coste de nuestros ejércitos!

 

TURNO DE RÉPLICA DE CAYO MARIO:

Actitud más ridícula y de cortas miras sería difícil de ver hasta en el harén de un sátrapa parto, Marco Emilio! ¿Por qué no queréis entenderlo? Si Roma quiere seguir siendo lo que es en este momento, ¡Roma debe invertir en todo su pueblo, incluidas las gentes que no tienen derecho a voto en los comicios centuriados! Nos estamos quedando sin pequeños propietarios y comerciantes enviándolos a la guerra, sobre todo cuando los ponemos bajo el mando de incompetentes como Carbo y Silano... Ah, ¿estáis ahí, Marco Junio Silano? ¡Perdonad!

 

¿Qué hay de malo en procurarnos los servicios de un amplio contingente de nuestra sociedad que hasta el momento le ha sido tan inútil a Roma como las ubres a un toro? ¡Si la única objeción real que se aduce es que habremos de ser algo más dadivosos con las apolilladas reservas del tesoro, es que somos tan necios como cortos de vista! Vos, Marco Emilio, estáis convencido de que los proletarios resultarán ser unos soldados desastrosos. ¡Pues bien, yo creo que serán estupendos soldados! ¿Y vamos a seguir quejándonos de tener que pagarlos? ¿Vamos a negarles una recompensa como retiro al final de su servicio activo? ¿Es eso lo que queréis, Marco Emilio?

 



Pues a mí me gustaría ver que el Estado entrega parte de sus tierras públicas para que un soldado proletario, cuando se retire, tenga derecho a una pequeña parcela para cultivarla o venderla. Una especie de pensión. Y una aportación de sangre nueva más que necesaria en las filas más que diezmadas de los pequeños propietarios rurales. ¿Cómo no va ser eso bueno para Roma? Caballeros, caballeros, ¿cómo es posible que no veáis que Roma sólo obtendrá mayor riqueza si está dispuesta a compartir su prosperidad con la morralla de su mar además de con las ballenas?






lunes, 9 de febrero de 2015

CÉSAR DICE SOBRE EL PROLETARIADO Y LOS IMPUESTOS




Roma no tiene problemas con sus proletarios si se mantiene llenas su barrigas y se les proporciona juegos, porque así se quedan contentos. Pero en cuanto empecemos a cobrarles por los derechos que les otorga su ciudadanía, convertiremos al proletariado en un monstruo que nos devorará. 





martes, 27 de enero de 2015

HAMBRUNA POR FALTA DE GRANO EN ROMA


El segundo cónsul y flamen martialis, Lucio Valerio Flaco, se encontró con los silos - al pie del Aventino contiguo al puerto de Roma- vacíos y con cantidades exiguas en los graneros privados del Viscus Toscus. Estas exiguas cantidades, dijeron los mercaderes a Flaco y a sus ediles, se venderían a más de cincuenta sestercios por modius de trece libras. Y las familias del proletariado apenas podrían pagar la cuarta parte de aquel precio. No escaseaban otros alimentos más baratos, pero la carestía del trigo hacía subir los precios de todo lo demás debido al aumento del consumo y a la limitada producción. Y los estómagos acostumbrados al buen pan no se contentaban con gachas y nabos, que eran los artículos más socorridos en época de carestía. Los que estaban fuertes y sanos sobrevivían, pero los viejos, los débiles, los niños y los enfermizos solían perecer.

 

En octubre, el proletariado comenzaba a agitarse y la población de Roma empezó a atemorizarse, porque la perspectiva de convivir con un proletariado sin nada que comer era algo temible. Muchos ciudadanos de la tercera y cuarta clase, para quienes resultaba oneroso comprar un trigo tan caro, comenzaron a hacer acopio de armas para defender sus despensas de las depredaciones de los más necesitados.


( C. McC. )


sábado, 27 de diciembre de 2014

CAYO MARIO ALISTA AL PROLETARIADO ROMANO A LAS LEGIONES


 

Por primera vez el proletariado se apresuró a alistarse masivamente. Nunca se había visto una cosa así en Roma, ni nadie del Senado esperaba tal respuesta por parte de un sector social en el que nunca se había molestado en pensar, salvo en épocas de escasez de trigo en las que era prudente abastecerle con grano barato para evitar peligrosos desórdenes.

 

En pocos días el número de voluntarios alistados con categoría de ciudadano romano alcanzó los 20480 previstos, pero Mario no interrumpió el enganche. Se procuraron y abastecierón con nuevos caballos, ballestas, catapultas, provisiones y las mil cosas necesarias en un ejército.

 

Además hubo otros cambios en el ejército de Mario aparte de la tropa básica, pues, al ser soldados sin tradición militar, ignoraban completamente en qué consistía y no mostraron oposición ni rechazo. Durante muchos años, la antigua unidad táctica denominada manípulo había quedado demasiado reducida para contener a los ejércitos abigarrados e indisciplinados con que tenían que combatir muchas veces las legiones; la cohorte, tres veces mayor que el manípulo, la había ido sustituyendo en la práctica, pero nadie había reestructurado las legiones en cohortes en lugar de manípulos, ni cambiado la jerarquía de los centuriones para ajustarla al mando por cohortes.

 

 Y eso fue lo que hizo Mario la primavera y el verano de su primer año de consulado. A partir de entonces, salvo como unidad de adorno en los desfiles, el manípulo dejó de existir oficialmente y quedó sustituido por la cohorte.

 

Pero había inconvenientes imprevistos en la organización de un ejército de proletarios. Los antiguos soldados de Roma sabían leer y contar y no presentaban inconveniente en cuanto a reconocer banderas, cifras, letras y símbolos, mientras que los que formaban el ejército de Mario eran en su mayoría analfabetos que apenas sabían de números.

 

Sila, cuestor de Cayo Mario, instauró un programa formando agrupaciones de ocho hombres que ocupasen la misma tienda y entre los que hubiese uno por lo menos capaz de leer y escribir, a quien se le concedió antigüedad respecto a sus camaradas a cambio de enseñarles a interpretar los números, las letras, los símbolos y los estandartes, así como a leer y escribir, en la medida de lo posible.

 

El propio Mario inventó un nuevo punto de reunión sencillo y muy emotivo para sus legiones, asegurándose de que se aleccionaba a toda la tropa con temor y reverencia al respecto. Dio a todas las legiones una preciosa águila de plata con las alas abiertas montada en un mástil plateado; el águila la portaría el aquilifer o soldado considerado el más fuerte de su legión, revestido de una piel de león y una armadura de plata.

 

El águila, decía Mario, era el símbolo de Roma para las legiones y todos los soldados estaban obligados al atroz juramento de estar dispuestos a morir antes que consentir que el águila cayese en manos del enemigo.

 

Mario sabía perfectamente lo que hacía. Habiendo pasado media vida en el ejército, y siendo la clase de hombre que era, tenía firmes opiniones y sabía mucho más sobre la tropa que ningún aristócrata.

 


Sus orígenes rurales le capacitaban para la observación y su inteligencia superior le facultaba perfectamente para deducir ideas a partir de tales observaciones. Por haberse visto detenido en su carrera personal y haber sido su innegable valía utilizada para el medro de sus superiores, Cayo Mario llevaba esperando muchos años antes de conseguir el consulado, y se los había pasado pensando.