Mostrando entradas con la etiqueta PRIMER HOMBRE DE ROMA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PRIMER HOMBRE DE ROMA. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de julio de 2018

CÉSAR DICE SOBRE LA DEMOCRACIA ROMANA



¡ Roma no tendrá ningún rey! ¡Y yo nunca consentiría que Roma tuviera un rey! ¡Roma es una república y lo ha sido durante quinientos años! Seré el primer hombre de Roma, pero eso no significa ser el rey de Roma. Los reyes son arcaicos; hasta los pueblos que vamos sometiendo a nuestro Imperio acaban  comprendiendo eso. Un pueblo prospera mejor cuando es administrado por un grupo de hombres que cambian a través de un proceso electoral. Las elecciones le dan a todo hombre cualificado la oportunidad de ser el mejor... o el peor.

 

Yo no quiero ser rey del Imperio Romano, ni del mundo. Sólo el primer hombre de
Roma: el primero entre mis iguales. Si yo fuera rey, no tendría rivales, y eso, ¿qué tiene de divertido? Sin un Catón ni un Cicerón que me agudizasen el ingenio, la mente se me volvería inútil.

 

Por eso a los romanos no nos impresiona ningún rey de cualquier parte del mundo: ellos no son romanos, y ellos nunca valdrán lo que somos nosotros los romanos.


domingo, 24 de junio de 2018

SILA DICE SOBRE LA CARRERA DE LA VIDA DE UN ROMANO



El premio de ser el Primer Hombre de Roma no vale la pena. En realidad...¡nunca vale la pena!,  ¡nunca!. Pero tanto Cayo Mario como yo no lo hacemos por eso. Lo que ocurre es que ambos somos personajes que cuando nos ponen los arreos para hacer las siete vueltas de la carrera, corremos contra nosotros mismos. ¿Qué otra alternativa le quedaría a un Cayo Mario?.  Es el mejor caballo y corre contra sí mismo, para superarse. Igual que yo. Soy capaz ¡y voy a hacerlo!. Pero lo mío es sólo a mi a quien importa. Así somos los romanos, y por este espíritu nuestro ninguna otra nación puede vencernos.




domingo, 23 de abril de 2017

PRIMER HOMBRE DE ROMA


( En la foto, busto de Cayo Mario, siete veces cónsul de Roma)

El primer hombre de Roma no era el mejor hombre, sino el primero entre otros iguales a él en grado y oportunidades. Y el primer hombre de Roma era algo muchísimo mejor que la realeza, la autocracia, el despotismo o lo que fuera. El primer hombre de Roma se aferra a ese título por simple preeminencia, siempre consciente de que el mundo está lleno de Otros que pueden suplantarle, legal y pacíficamente, al presentar una mejor clase de preeminencia. Ser el primer hombre de Roma era más que ser cónsul. Los cónsules llegan y van al ritmo de dos por año, mientras que en el transcurso de los siglos de existencia de la república romana, sólo un puñado de hombres han recibido el saludo de primer hombre de Roma.









jueves, 4 de junio de 2015

CÉSAR, COMO SILA, DICTADOR DE ROMA



¿César o Sila?. En las balanzas de los dioses estaba cuál de los dos había pasado mayores dificultades para alcanzar el lugar que por méritos corresponde al Primer Hombre de Roma, el Primer Ciudadano de Roma. La diferencia era escasa: un pelo, una fibra. Los dos se habían visto obligados a preservar su dignitas -su parte de fama pública, de posición y valía marchando sobre Roma. Los dos habían llegado a dictador, el único cargo por encima del proceso democrático o exento de acusaciones futuras. La diferencia entre ellos estribaba en cómo se habían comportado tras su nombramiento: Sila había proscrito, había llenado las arcas vacías del tesoro matando a los comerciantes y senadores ricos y confiscando sus bienes; César había preferido la clemencia, perdonaba a sus enemigos y permitía a la mayoría de ellos conservar sus propiedades.


Los boni habían forzado a César a marchar sobre Roma. Con plena conciencia, con deliberación -e incluso con entusiasmo-, habían empujado a Roma a una guerra civil por no conceder a César ni un ápice de lo que habían dado a Pompeyo Magno a cambio de nada, a saber, el derecho a presentarse a la elección a cónsul sin necesidad de aparecer en persona en la ciudad. En cuanto un hombre con poderes cruzaba los límites sagrados de la ciudad, perdía esos poderes y podía ser procesado en los tribunales. Y los boni habían inducido a los tribunales a condenar a César por traición en cuanto renunciara a los poderes de gobernador a fin de aspirar a un segundo consulado, absolutamente legítimo. Había solicitado que le permitieran presentarse in absentia, una petición razonable, pero los boni lo habían vetado y habían obstaculizado todos sus intentos por llegar a un acuerdo. Cuando todo lo demás falló, César emuló a Sila y marchó sobre Roma. No para conservar la cabeza, que nunca había corrido peligro. La sentencia en un tribunal plagado de adláteres de los boni habría sido el exilio perpetuo, un destino peor que la muerte.


¿Era traición aprobar leyes que distribuían las tierras públicas de Roma de manera más equitativa? ¿Traición, aprobar leyes para evitar que los gobernadores expoliaran sus provincias? ¿Traición, trasladar las fronteras del mundo romano a un límite natural a lo largo del río Rin y proteger así Italia y el Mare Nostrum de los germanos? ¿Eran éstas traiciones? ¿Había traicionado
César a su país al aprobar estas leyes?


Para los boni, sí, eso había hecho. ¿Por qué? ¿Cómo era posible? Porque para los boni tales leyes y medidas representaban una ofensa contra el mos maiorum, el modo en que funcionaba Roma según la tradición y las costumbres. Las leyes y medidas de César cambiaron lo que Roma siempre había sido. Poco importaba que los cambios fueran por el bien común, por la seguridad de Roma, por la felicidad y prosperidad no sólo de todos los romanos sino también de los súbditos de las provincias: no eran leyes y medidas en consonancia con las costumbres arraigadas, las costumbres que habían sido apropiadas para una pequeña ciudad situada en las rutas de la sal de la Italia central hacía seiscientos años. ¿Por qué no se daban cuenta los boni de que las antiguas costumbres no eran ya útiles para la única gran potencia al oeste del río Éufrates? Roma había heredado todo el mundo occidental, y sin embargo algunos de sus gobernantes vivían aún en los tiempos de la inicial ciudad-estado.


Para los boni, el cambio era el enemigo, y César era el más brillante servidor del enemigo que jamás había existido. Como Catón solía proclamar desde la tribuna del Foro romano, César era la encarnación de la más pura maldad. Y todo porque César tenía una mente lo bastante lúcida y perspicaz para saber que a menos que se produjeran los cambios adecuados, Roma perecería, acabaría envuelta en hediondos andrajos sólo apropiados para un leproso.


Así que allí, en aquella nave, estaba el dictador César, soberano del mundo. Él, que nunca había deseado nada más que lo que le pertenecía: ser elegido legítimo cónsul por segunda vez diez años después de su primer consulado, tal como estipulaba la lex Genucia. Después de ese segundo consulado, planeaba convertirse en un anciano hombre de estado más sensato y eficiente que aquel individuo vacilante y timorato, Cicerón. Aceptar una misión senatorial de vez en cuando para mandar un ejército al servicio de Roma como sólo César sabía hacerlo. Pero ¿terminar gobernando el mundo? Ésa era una tragedia digna de Esquilo o Sófocles.

( c. mCc. )




viernes, 6 de marzo de 2015

CÉSAR DICE SOBRE EL SENADO Y POMPEYO



¡El Senado no es nada! ¡Los boni no son nada! ¡Pompeyo Magnus no es nada! ¡Yo voy a llegar tan lejos como tenga que llegar para convertirme en el Primer Hombre de Roma durante el resto de mi vida! ¡Y después de mi muerte se dirá de mí que fui el romano más grande que jamás ha vivido! ¡Nada ni nadie me detendrá! Lo juro por todos mis antepasados, hasta la diosa Venus! 



viernes, 30 de enero de 2015

LA AMBICIÓN DE CAYO JULIO CÉSAR EN CONVERTIRSE EN "EL PRIMER HOMBRE DE ROMA"

 

En realidad existía sólo un camino seguro para ir hacia donde César se dirigía: el camino del mando militar. Pero antes de que pudiera llegar legalmente a general de uno de los ejércitos de Roma, tendría que ascender por lo menos a pretor, y para asegurarse de que lo eligieran como uno de esos ocho hombres que supervisan los tribunales y el sistema de justicia, hacía falta pasar los siguientes seis años en la ciudad.

 Solicitando el voto, haciendo propaganda electoral, luchando por adaptarse a la caótica escena política, procurando que su persona se mantuviese en primer plano, acumulando influencia, poder, clientes, el apoyo de caballeros pertenecientes a la esfera del comercio, de seguidores de todas clases. Tal como él era y únicamente por sí mismo, no como miembro de los boni o de cualquier otro grupo, que insistían en que sus miembros pensaran todos igual, o mejor, que no se molestasen en pensar en absoluto.

 

Aunque la ambición de César iba mucho más allá de ser el líder de su propia facción; quería convertirse en una institución llamada el Primer Hombre de Roma. Primus inter pares, el primero entre iguales, el que reunía lo bueno de todos los hombres. Quería convertirse en el que poseyera mayor auctoritas, mayor dignitas; el Primer Hombre de Roma era la influencia personificada. Cualquier cosa que dijera se escuchaba, y nadie podía derribarlo porque no era ni rey ni dictador; sustentaba su posición en el más puro poder personal, era lo que era por sí mismo, no a través de ningún cargo, y no tenía un ejército a sus espaldas. El viejo Cayo Mario lo había hecho al estilo antiguo al conquistar a los germanos, porque no poseía antepasados para decirles a los hombres que merecía ser el Primer Hombre de Roma. Sila sí tenía antepasados, pero no se ganó el título porque hizo de sí mismo un dictador. Simplemente era Sila, gran aristócrata, autócrata, ganador de la impresionante corona de hierba, general invicto. Una leyenda militar incubada en la arena política, eso era el Primer Hombre de Roma.

 

Por eso el hombre que fuera el Primer Hombre de Roma no podía pertenecer a ninguna facción; tenía que constituir una facción él mismo, estar en primera posición en el Foro Romano no como secuaz de nadie, sino como el más temible aliado. En la Roma de aquel tiempo ser un patricio lo hacía más fácil, y César lo era. Sus remotos antepasados habían sido miembros del Senado cuando éste no consistía más que en un simple centenar de hombres que aconsejaban al rey de Roma. Antes de que Roma existiera siquiera, sus antepasados habían sido reyes a su vez de Alba Longa, en el monte Albano. Y antes de eso su treinta y nueve veces bisabuela había sido la propia diosa Venus; ella era la madre de Eneas, rey de Dardania, el que había navegado hasta la Italia latina y había fundado un nuevo reino en lo que un día sería la sede del dominio de Roma. El hecho de provenir de tan brillante árbol genealógico predisponía a la gente a considerar que un hombre debía ser líder de su facción; a los romanos les gustaban los hombres con antepasados ilustres, y cuanto más augustos fueran esos antepasados, más posibilidades tenía un hombre de crear su propia facción.

 

Así era como César comprendía que tenía que obrar desde entonces hasta el momento de ostentar el cargo de cónsul, para el que todavía le quedaban nueve años. Tenía que predisponer a los hombres a considerarlo digno de convertirse en el Primer Hombre de Roma. Lo cual no significaba conciliar a sus iguales, sino dominar a aquellos que no eran sus iguales. Sus iguales lo temerían y lo odiarían, como ocurría con todos los que aspiraban a ser el Primer Hombre de Roma. Sus iguales lucharían contra su ambición con uñas y dientes, sin detenerse ante nada con tal de hacerlo caer antes de que fuera demasiado poderoso. Por eso odiaron a Pompeyo el Grande, que se imaginaba a sí mismo el actual Primer Hombre de Roma. Bueno, no duraría. Ese título le pertenecía a César y nada, animado o inanimado, le impediría obtenerlo. Y lo sabía porque se conocía a sí mismo.


( C. McC. )


domingo, 27 de julio de 2014

CÉSAR PREFERÍA SER EL PRIMERO ENTRE LOS BÁRBAROS QUE EL SEGUNDO ENTRE LOS ROMANOS


Se dice que pasando los Alpes, al atravesar sus amigos una aldea de aquellos bárbaros, poblada de pocos y miserables habitantes, dijeron con risa y burla si habría allí también contiendas por el mando, intrigas sobre las preferencias y envidias de los poderosos unos contra otros. Y que César les respondió con viveza: «Pues yo más querría ser entre éstos el primero que entre los romanos el segundo».


( Plutarco)