domingo, 7 de junio de 2015

LA INFIEL SERVILIA DISFRUTANDO DE SU AMANTE EL TRIBUNO LUCIO PONCIO AQUILA



Le quitó la túnica, que tenía una ancha franja púrpura sobre el hombro derecho. Estaba desnudo. Servilia retrocedió lo suficiente para verlo entero, dándose al hacerlo un festín con los ojos, la mente y el espíritu. El poco vello rojo oscuro que había en el pecho se iba estrechando hasta convertirse en una fina raya que se sumergía en el matorral del vello púbico, de un color rojo más vivo, del cual sobresalía el pene oscuro, que ya iba agrandándose, por encima de un escroto deliciosamente lleno y colgante. Perfecto, perfecto. Tenía los muslos delgados, las pantorrillas grandes y bien formadas, el vientre plano, el pecho abultado de músculos. Hombros anchos, brazos largos y nervudos.


Servilia se movió en círculo alrededor de él, ronroneando sobre las nalgas firmes y redondas, sobre las estrechas caderas, la espalda ancha, el modo en que la cabeza se asentaba orgullosamente en lo alto de aquel cuello de atleta. ¡Hermoso! ¡Qué hombre! ¿Cómo podía ella tocar semejante perfección? Aquel hombre pertenecía a Fidias y a Praxiteles, a la inmortalidad escultural.


Servilia se soltó la gran masa de cabello, negro como siempre excepto por dos mechas blancas que habían aparecido en las sienes, y se quitó las capas que formaban la túnica de color escarlata y ámbar. A los cincuenta y cuatro años, Servilia quedó de pie desnuda y no se sintió en desventaja. Tenía la piel tan suave como el marfil y los pechos henchidos seguían orgullosamente erguidos, aunque las nalgas se habían caído y la cintura se le había ensanchado. La edad, ella lo sabía, no tenía nada que ver con aquella cosa existente entre un hombre y una mujer. Aquello se medía en deleite, en apreciación, no en años.


Lo tumbó en la cama, se puso una mano a cada lado del pubis cubierto de vello negro y separó los labios de la vulva para que él pudiera ver los contornos suaves, como una ciruela, y el brillo. ¿No había dicho César que era la flor más bella que había visto en su vida? La confianza de Servilia descansaba en aquello, en el triunfo de tener a César esclavizado.


¡Oh, pero el contacto de aquel hombre joven, delgado y enormemente viril! Que la cubriera con tanta fuerza y con tanta suavidad a la vez, entregarlo todo sin modestia pero con inteligente control. Servilia le chupó la lengua, los pezones, el pene, luchó con fuerza hambrienta y cuando alcanzó el orgasmo gritó de éxtasis con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Ahí tienes, hijo mío! Espero que lo hayas oído. Espero que tu esposa lo haya oído. Acabo de experimentar un cataclismo que ninguno de los dos conoceréis nunca. Con un hombre por el que no tengo que preocuparme de nada más que de esta gigantesca convulsión de absoluto placer.


Después, aún desnudos, se sentaron a beber vino y a charlar con esa confianza que sólo la intimidad física engendra.


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