domingo, 28 de junio de 2015

CAYO JULIO CÉSAR, YA UN PRIVATUS QUE HA RENUNCIADO A SUS PODERES DE DICTADOR, SE DIRIGE A SUS LEGIONES AMOTINADAS EN EL CAMPO DE MARTE:



Un único lictor, vestido con una sencilla toga blanca y sin el hacha en sus fasces, guió a la Décima y Duodécima en torno a las murallas hasta el Campo de Marte; venían del sur y el Campo de Marte estaba al norte.


César recibió a los legionarios absolutamente solo, montado en su famoso caballo de guerra con estribos de puntera, ataviado con su habitual armadura de acero y el paludamentum de general. La corona de hojas de roble ceñía su cabeza para recordarles que era un héroe de guerra condecorado, un soldado de primera línea y extraordinario valor. Sólo con verlo bastaría para que les flaquearan las rodillas.


Después de la larga marcha desde Campana se les había pasado la borrachera, ya que las tabernas de la Via Latina habían cerrado sus puertas a cal y canto: no tenían dinero y la garantía de Marco Antonio no era válida en esta parte del país. Cuando estaban aún a cierta distancia de Roma les había llegado la noticia de que César ya no era el dictador y por tanto Marco Antonio había perdido su puesto, y eso los había desmoralizado. De algún modo, a medida que avanzaban con sus caligae de clavos, sus agravios parecieron menguar, y sus recuerdos de César como amigo y compañero se reavivaron. Así pues, cuando lo vieron a lomos de su montura sin un asomo de miedo, brotó en ellos el afecto que sentían por él, que siempre habían sentido y siempre sentirían.


-¿Qué hacéis aquí, quirites? -preguntó él con frialdad.

Una ahogada exclamación surgió entre los hombres, aumentando en intensidad cuando sus palabras corrieron de fila en fila. ¿Quirites? ¿César los llamaba ciudadanos civiles vulgares y corrientes? ¡Pero ellos no eran civiles vulgares y corrientes, eran sus hombres! Él siempre los llamaba sus hombres. Eran sus soldados.


-No sois soldados -dijo César con desprecio, sin hacer caso de los murmullos de protesta-. Incluso Fernaces dudaría en llamaros así. Sois borrachos e incompetentes, unos necios patéticos. Habéis alborotado, saqueado, incendiado, causado estragos. Lapidasteis a Publio Sila, uno de vuestros comandantes en Farsalia. Lapidasteis a tres senadores, matando a dos de ellos. Si no tuviera la boca seca como el esparto, quirites, os escupiría. Os escupiría a todos.

Los legionarios empezaron a gimotear, algunos de ellos incluso a llorar.


-¡No! -gritó un hombre desde las filas-. ¡No, es un error! ¡Un malentendido! César,
pensábamos que nos habías olvidado.

-Sería mejor olvidaros que tener que recordar vuestro motín. Sería mejor que estuvierais todos muertos y no aquí presentes como amotinados.


La hiriente voz prosiguió para informarles de que César tenía que preocuparse de toda Roma, de que había confiado en que ellos le esperarían porque él pensaba que lo conocían.

-¡Pero te amamos! -exclamó alguien-. Te amamos.


-¿Amor? ¿Amor? ¿Amor? -bramó César-. César no puede amar a unos amotinados. Sois los soldados profesionales del Senado y el pueblo de Roma, sus servidores, su única defensa contra los enemigos. Y acabáis de demostrar que no sois profesionales. Sois chusma. Indignos incluso de limpiar los vómitos de las calles. Sois unos amotinados, y sabéis lo que eso significa. Habéis perdido vuestra parte del botín que debía repartirse tras la celebración de mis triunfos; habéis perdido las tierras que os correspondían al licenciaros; habéis perdido todas vuestras bonificaciones. Ahora sois quirites del censo por cabezas.


Lloraron, rogaron, suplicaron perdón. ¡No, quirites no, ciudadanos civiles vulgares y corrientes no! ¡Quirites nunca! Su lugar estaba con Rómulo y Marco, no con Quirino.


La situación se prolongó durante varias horas, presenciada por media Roma, cuyos ciudadanos observaban desde lo alto de las Murallas Serbias o sentados en los tejados de los edificios del Capitolio; los miembros del Senado, incluidos los cónsules, se apiñaban a una distancia prudencial del privatus que intentaba sofocar el motín.


( Relato de Colleen McCullough en su obra "El caballo de César" )




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