martes, 30 de junio de 2015

CLEOPATRA PREPARA SU PROPIA TUMBA Y LAS TUMBAS DE MARCO ANTONIO Y CESARIÓN



Entre intentar que Antonio saliese de su tristeza y mantenerse atenta a los tres jóvenes: Cesarión, Curio y Antillo, Cleopatra estaba muy ocupada acabando su tumba, que había comenzado cuando subió al trono a la edad de diecisiete años, como era la costumbre y la tradición. 


Estaba en el Sema, un gran terreno dentro del recinto real donde estaban enterrados todos los Ptolomeo y donde yacía Alejandro Magno en un sarcófago de cristal transparente.


 Uno de sus dos hermano-marido estaba allí (ella lo había asesinado para que Cesarión ocupase el trono); el otro, ahogado, permanecía bajo las aguas del brazo Pelusíaco del Nilo. Cada Ptolomeo tenía su propia tumba, como también las varias Berenice, Arsinoé y Cleopatra que habían reinado.


 Ninguna de estas tumbas era un edificio gigantesco, aunque eran faraónicos en su forma: una cámara interior para el sarcófago, jarros canópicos y estatuas guardianas, además de tres pequeñas habitaciones exteriores con comida, bebida, muebles y una preciosa barca de juncos para navegar por el Río de la Noche.

 

Como la tumba de Cleopatra también debía contener a Antonio, era el doble de grande que las otras. Su propio lecho estaba acabado; era en el de Antonio donde los obreros trabajaban frenéticamente. Hecha de granito nubio rojo oscuro pulido como un espejo, era de forma rectangular, sus puertas exteriores sin ningún adorno salvo sus cartuchos y los de Antonio.


 Dos enormes puertas de bronce con símbolos sagrados cerraban los dos grupos de habitaciones, que daban a una antecámara que tenía dos puertas, una a cada lado. Un tubo de comunicación en la izquierda de las puertas exteriores atravesaba los muros de un metro y medio de grosor.

 

Hasta que ella y Antonio fuesen totalmente embalsamados en su interior habría una abertura en la pared de la puerta, a la que se llegaba por un andamio hecho de bambú, con una grúa y un amplio cesto que permitían subir a las personas -con sus herramientas- para entrar y salir del interior. 


El proceso de embalsamamiento tardaba noventa días, así que transcurrirían tres meses entre la muerte y el sellado de la abertura en la pared de la puerta; los sacerdotes embalsamadores entrarían y saldrían con sus instrumentos y el natrón, las sales acres que obtenían del lago Tritonis, en el margen de la provincia africana de Roma. Cuando eso estuviese acabado, los sacerdotes se albergarían en un edificio especial junto con sus equipos.

 

La cámara interior de Antonio estaba comunicada con la de ella a través de una puerta; ambas eran hermosas, decoradas con murales, oro, gemas y todo el esplendor que el faraón y su consorte pudiesen desear en el Reino de los Muertos.


 Libros para leer, escenas de sus vidas para sonreír, todos los dioses egipcios, un maravilloso mural del Nilo. La comida, el mobiliario, la bebida y la barca ya estaban instalados; Cleopatra sabía que no tardaría mucho en ocuparla.

 

En las habitaciones reservadas para Antonio habían instalado ya su escritorio y su silla curul de marfil, sus mejores armaduras, un surtido de togas y túnicas, mesas hechas con madera de limonero sobre pedestales de marfil con incrustaciones de oro. 


Incluso los templos en miniatura con las imágenes de cera de todos los antepasados que habían alcanzado el cargo de pretor estaban allí, y un busto de sí mismo en un pilar que a él le gustaba especialmente; el escultor griego había metido su cabeza en las fauces de una piel de león, sus garras anudadas en su pecho y los dos ojos rojos resplandecientes por encima de su cráneo. Las únicas cosas que faltaban en su sección eran una armadura y una toga con ribetes púrpura, todo lo que necesitarían desde entonces hasta el final.

 

Por supuesto, Cesarión sabía lo que ella estaba haciendo, había comprendido que su madre pensaba que Antonio y ella muy pronto estarían muertos, pero no dijo nada, y tampoco intentó disuadirla. Sólo el más tonto de los faraones no hubiese tenido en cuenta la muerte; no significaba que su madre y su padrastro estuviesen pensando en el suicidio, sólo que estarían preparados para entrar en el Reino de los Muertos debidamente preparados y equipados, ya fuese que sus muertes se produjesen como resultado de la invasión de Octavio o no ocurriese durante otros cuarenta años. También se estaba construyendo su propia tumba, como era lo adecuado y lo correcto. Su madre la había puesto junto a Alejandro Magno, pero él la había trasladado a un rincón pequeño y discreto.




Una parte de él estaba entusiasmada con la perspectiva de la batalla, pero otra sufría y rumiaba sobre el destino de su gente si se quedaban sin faraón. Con la edad suficiente para recordar la hambruna y la pestilencia de aquellos años que iban desde la muerte de su padre hasta el nacimiento de los mellizos, él tenía un enorme sentido de la responsabilidad, y sabía que debía vivir, no importaba lo que le ocurriese a su madre, su consorte.


 Estaba seguro de que se le permitiría vivir si él llevaba las negociaciones con habilidad y estaba preparado para darle a Octavio los tesoros que reclamase. Un faraón vivo era mucho más importante para Egipto que los túneles abarrotados con oro. Sus ideas y opiniones respecto a Octavio eran privadas, y nunca las había comentado con Cleopatra, que no estaría de acuerdo con ellas ni pensaría bien de él por tenerlas. Pero él comprendía el dilema de Octavio, y no podía culparlo por sus acciones.


 «¡Oh, mamá, mamá! Tanta codicia, tanta ambición.» Porque ella había desafiado el poder de Roma, Roma venía. Una nueva era estaba a punto de comenzar para Egipto, una era que él debía controlar. Nada en la conducta de Octavio decía que fuese un tirano; era, intuía Cesarión, un hombre con una misión: la de preservar a Roma de sus enemigos y la de proveer a su gente con prosperidad. Con aquellas metas en la mente haría todo lo que fuese necesario, pero no más. Un hombre razonable, un hombre con quien se podía hablar y hacerle ver con buen criterio que un Egipto estable bajo un gobernador estable nunca sería un peligro. Egipto, amigo y aliado del pueblo romano, el más leal reino cliente de Roma.



( C. McC. )





CLEOPATRA Y CESARIÓN

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