jueves, 2 de julio de 2015

CLEOPATRA LLEGA A ROMA PARA VISITAR A CAYO JULIO CÉSAR



Cleopatra llegó a Roma a finales del primer nundinum de septiembre. Se trasladó desde Ostia en una litera con cortinas, con una enorme procesión de acompañantes por delante y por detrás, incluido un destacamento de la Guardia Real cuyos componentes iban revestidos de sus extrañas armaduras, pero montados en corceles blancos como la nieve con arreos adornados de tachuelas púrpura. El hijo de Cleopatra, un poco enfermo, viajaba en otra litera con sus nodrizas, y en una tercera se hallaba el rey Tolomeo XIV, el esposo de trece años de Cleopatra. Las tres literas llevaban cortinas de paño dorado, piedras preciosas incrustadas en la madera labrada que destellaban bajo el intenso sol de aquel hermoso día de principios de verano, penachos de plumas de avestruz salpicados de polvo de oro meciéndose en los cuatro ángulos de los techos revestidos de azulejos. Cada una de ellas era transportada por ocho fornidos hombres de piel muy negra, vestidos con faldellines de paño dorado y anchos collares de oro, enseñando los enormes pies descalzos. Apolodoro viajaba en un palanquín con toldo a la cabeza de la columna, con un alto báculo de oro en la mano derecha, su tocado de paño dorado, anillos en los dedos y la cadena propia de su cargo en torno al cuello. Los varios cientos de acompañantes, incluso el más humilde de todos ellos, lucían costosas túnicas; la reina de Egipto estaba decidida a causar impresión.

 


Habían partido al amanecer acompañados durante el trecho inicial por buena parte de los habitantes de Ostia, y cuando Ostia quedó atrás, otros los sustituyeron; cualquiera que tuviera ocasión de estar en la Via Ostiensis esa mañana consideró más divertido unirse al desfile real que dedicarse a sus asuntos de costumbre. El lictor Cornelio, designado para actuar como guía, fue a recibir la comitiva a unos dos kilómetros de las Murallas Servias y la contempló con profunda veneración. ¡Lo que tendría para contar cuando regresara al colegio de lictores! A esas horas era ya mediodía, y Apolodoro miró las imponentes almenas con alivio. Pero Cornelio los condujo en torno al Aventino hasta los muelles del puerto de Roma, donde se detuvieron. El chambelán mayor arrugó la frente. ¿Por qué no entraban en la ciudad? ¿Por qué habían llevado a su majestad a aquel barrio sórdido y decrépito?

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