sábado, 4 de julio de 2015

CAYO JULIO CÉSAR MEDITA A QUIEN ELEGIR SU HEREDERO UNIVERSAL


 

A Antonio, cosa extraña, César lo descartó definitivamente al reconocer su silueta en el patio del palacio del gobernador de Narbo. Aunque su cuerpo -de voluminoso tórax, hombros y brazos descomunales, barriga lisa y muslos y pantorrillas musculosos- nunca sufrió el menor deterioro a pesar de los excesos físicos que él cometía a conciencia, al verle bajo el sol del atardecer César había observado indicios claros y terribles de degradación interna, erosión moral y empobrecimiento emocional. Los estragos de la buena vida, sin duda, pero también la angustia de las deudas, y el exceso de una ambición brutal sumado a la falta de sentido común.

 

En cuanto a Quinto Pedio, no obstante todas sus cualidades siempre sería un caballero de la Campania, ese rasgo lo había transmitido a sus descendientes: sus hijos eran como él, ni en el aspecto ni en el modo de actuar habían salido a los Julios, pese a ser hijos de una patricia, Valeria Messala. Lucio Pinario tampoco prometía mucho. Los Pinarios ya hacía mucho tiempo que no eran los poderosos patricios de antaño. La hermana de César, Julia Major, se había casado con el abuelo de Pinario, un gandul que falleció poco después. A la hora de volverla a casar, César, harto de que las mujeres de su familia eligiesen maridos pobres, se la había dado al padre de Quinto Pedio. Al principio ella había protestado, pero sólo hasta descubrir lo bien que se vivía siendo la mimada de un viejo. A la hermana menor de César, Julia Minor, no se le había permitido elegir marido. César, el joven paterfamilias, le había encontrado a un terrateniente riquísimo del Lacio, concretamente de Aricia: Marco Atio Balbo, de quien Julia había tenido un hijo y una hija (la Atia que se había casado con Cayo Octavio, de Velitres, en el corazón del Lacio, y en segundas nupcias casó con el ilustre Filipo). El hermano de Atia había muerto sin descendencia.

 

Después de la criba, los únicos candidatos eran Décimo junio Bruto Albino y Cayo Octavio.

Décimo Bruto estaba en la flor de la vida, y nunca había dado un paso en falso. Tras lograr el generalato por sus brillantes campañas por tierra y mar en la Galia Trasalpina, había ejercido de pretor en el tribunal de homicidios. César sólo tenía un reproche que hacerle: que hubiera sido tan despiadado con la rebelión de los belovacos, cuando gobernaba la Galia Trasalpina. Aun así, había aceptado sus explicaciones de que los belovacos eran los únicos que habían conservado su fuerza mucho después de la partida de César, creyendo que el siguiente gobernador carecería de la misma determinación.

 

El nombramiento de Décimo como cónsul ya no podía dilatarse mucho. Sin embargo, César tampoco pensaba llevárselo a Oriente, aunque por muy distintos motivos que en el caso de Antonio. Como Décimo le merecía una confianza ciega, quería que permaneciera vigilando Roma e Italia. Una vez terminada su etapa como cónsul, iría a gobernar la Galia Cisalpina, que por su posición geográfica era la que mayores facilidades ofrecía para esta vigilancia de Roma e Italia.

Cayo Octavio cumpliría dieciocho años a finales de septiembre. César le tenía en grandísima estima, pero lo consideraba demasiado joven y enfermizo. Había consultado a Hapd'efan'e sobre el asma del chico, esperando ver disipados sus temores (ya que durante los meses en Hispania casi no había padecido ningún ataque), pero la larga conversación no había servido para tranquilizarle. Según Hapd'efan'e, la buena racha se debía a que Octavio se sentía seguro en compañía de César. Seguiría mejorando mientras César formase parte de su mundo, incluso durante la expedición a Oriente.

 

Pero el sucesor de César sólo tomaría posesión de su herencia a la muerte de César. El heredero de César se vería privado de la presencia de César. Y la muerte, pensó éste, no puede estar muy lejos, a menos que se equivocara el jefe de los druidas, Cathbad, que le había prometido que se ahorraría las miserias de la vejez, pues moriría en la flor de la vida. César ya había cumplido cincuenta y dos años, y podían quedarle unos diez años de vigor.

Cerró los ojos y recordó los rostros de los posibles candidatos.

 

Décimo Bruto, rubio hasta la insipidez; pero en quien, si se le miraba con atención, se advertían unos ojos acerados y de gran inteligencia, una boca firme y vigorosa, y unas facciones propias de alguien que había que tomar en consideración. Un punto en contra era la sangre de fellatrix de su madre. Los Sempronios Tuditanos eran disolutos, y César ya había oído rumores sobre Décimo Bruto.

La cara alejandrina de Cayo Octavio: ligeramente afeminada, con demasiado ángel, a decir verdad, y lastrada por unas orejas de soplillo que él no podía disimular ni dejándose el pelo más largo de la cuenta. Pero si uno se fijaba bien, se advertía que los ojos eran los de una persona temible y sutil, y que la boca y la barbilla poseían gran firmeza. Su punto en contra era el asma.

 

¡César, César, decídete!

¿Qué le había dicho Lucio? Algo como que la suerte de César estaba vinculada a su nombre, que no necesitaba confiar en nada más. «¡Los dados están echados!», dijo en griego, por segunda vez en su vida. La primera había sido justo antes de cruzar el Rubicón.

 

Cogió una hoja de papel, mojó la pluma de junco en el tintero y empezó a escribir.


( C. McC. )



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