martes, 30 de diciembre de 2014

UN CASO DE ELECCIONES A TRIBUNO DE LA PLEBE: LA CANDIDATURA DE MARCO LIVIO DRUSO



Druso no anunció su candidatura a tribuno de la plebe hasta la mañana del día de las elecciones, lo que, generalmente, habría sido una estratagema temeraria, pero en este caso resultó una excelente idea, pues le ahorró tener que contestar a preguntas comprometidas durante el plazo preelectoral y, por otra parte, pareció como si al ver la poca entidad de los otros candidatos hubiese alzado los brazos escandalizado y se hubiera decidido a presentarse para mejorar el equipo. Los mejores nombres del resto de la candidatura eran Sestio, Saufeio y Minicio, ninguno de ellos noble, y menos aún de valía. Druso anunció su candidatura después que lo hubiesen hecho otros veintidós.

 

Fueron unas elecciones tranquilas, poco concurridas. Se presentaron unos dos mil electores, porcentaje muy reducido; y como en la zona de los Comitia cabían con holgura el doble, no hubo necesidad de hacerlas en un recinto mayor, como el circo Flaminio. Una vez declarados los candidatos, el presidente del colegio saliente de tribunos de la plebe inició el procedimiento de votación instando a los electores a agruparse en tribus; el cónsul Marco Perperna, un plebeyo, no quitaba ojo de todo, como encargado del escrutinio, y como la asistencia fue baja, los esclavos públicos que sostenían las sogas que separaban a las tribus no tuvieron que enviar a recintos acotados con cuerdas fuera de la zona a las tribus más numerosas.

 

Como se trataba de una elección, las treinta y cinco tribus emitieron el voto a la vez en lugar de hacerlo sucesivamente una tras otra, como en el caso de aprobar una ley o dar el veredicto de un juicio. Las cestas en que se depositaban las tablillas de cera inscritas con el voto estaban en un estrado debajo del muro de los rostra, al que sólo tenían acceso los tribunos de la plebe salientes, los candidatos y el cónsul encargado del escrutinio.


El estrado de madera instalado al efecto seguía la curva de la grada inferior de la zona de votaciones, tapándola. Treinta y cinco angostos pasadizos en cuesta iban desde la parte inferior hasta las cestas, a una altura de unos seis pies, y las sogas que separaban a las tribus se extendían a modo de porciones de tarta hasta el lado opuesto a los rostra. Los electores llegaban a la rampa, recibían su tablilla de cera de los custodes, se detenían a inscribir su elección con el stylus, ascendían por el puente de tablas y la depositaban en la cesta de su tribu correspondiente. Una vez cumplido el deber electoral, salían andando por la grada superior y del recinto por ambos lados del muro de los rostra. Los que se habían tomado la molestia o se habían sentido con ánimo de revestir la toga, no se marchaban hasta después del recuento, por lo que, después de votar, se quedaban rezagados en el bajo Foro charlando, comiendo un tentempié y observando cómo iba la votación.

 

Durante todo este largo proceso, los tribunos de la plebe salientes permanecían detrás de la tribuna de los rostra, los candidatos, delante, y el presidente del colegio saliente con el cónsul encargado del escrutinio, sentados en un banco, enfrente, para ver todo lo que sucedía en el recinto inferior.


Algunas tribus, en particular las cuatro urbanas, contaban aquel día con varios centenares de electores, mientras que otras tenían muchos menos, incluso sólo un par de docenas en el caso de tribus rurales distantes. Sin embargo, sólo contaba un voto por cada tribu: el de la mayoría de sus miembros, lo que a las tribus rurales distantes les confería una ventaja desproporcionada.

 

Puesto que las cestas sólo tenían capacidad para aproximadamente cien tablillas, las retiraban a medida que se llenaban para poner otras en su lugar; el recuento lo fiscalizaba constantemente desde su posición central el cónsul encargado del escrutinio, que efectuaban, en una gran mesa en la grada superior, a sus pies, treinta y cinco custodes con sus ayudantes.


Una vez concluido, unas dos horas antes de ponerse el sol, el cónsul encargado leía los resultados ante los que habían aguardado hasta el final y los que habían vuelto a congregarse en el recinto, ya sin cuerdas, y autorizaba también la publicación de los resultados en una hoja de pergamino que se exponía en el muro de atrás de los rostra con vista al Foro, para que en días sucesivos pudieran leerlos los que por allí pasaban.

 

Marco Livio Druso fue el nuevo presidente del Colegio, después de efectuar el escrutinio de la mayoría de las tribus; de hecho, las treinta y cinco tribus le habían votado, fenómeno extraordinario. Los Minicios, Sestius y Saufeios también fueron votados, y otros seis con nombres tan poco conocidos y sugerentes que casi nadie los recordó, ni dieron motivo para ello durante el año que permanecieron en el cargo, que se inició el décimo día de diciembre, unos treinta días a partir de la votación. Naturalmente, a Druso le encantó no tener adversarios de talla.


El colegio de los tribunos de la plebe tenía su sede en la basílica Porcia, en la planta baja y en el extremo próximo al Senado; era un espacio abierto con mesas y sillas plegables sin respaldo y con el molesto estorbo de varias gruesas columnas. Como la basílica Porcia era la más antigua de Roma, su construcción era muy rara. Allí, los días en que no se podía hacer la reunión en la zona de votaciones o no había convocatoria, se sentaban los tribunos de la plebe para escuchar a los que les planteaban problemas, quejas y sugerencias.


Druso estaba deseando iniciar su nueva tarea y pronunciar el discurso inaugural en el Senado. La oposición de los magistrados mayores era de esperar, ya que Filipo había vuelto a ser segundo cónsul con Sexto Julio César, el primer Julio que se sentaba en la silla consular en cuatrocientos años; Cepio volvía a ser pretor, aunque uno entre ocho en lugar de los seis habituales, pues había años en que el Senado consideraba que seis eran insuficientes y recomendaba elegir ocho. Y éste era uno de esos años.

 

La intención de Druso era comenzar a legislar antes que ninguno de sus colegas tribunos, pero cuando el colegio asumió sus funciones el diez de diciembre, al patán de Minicio, nada más terminar la ceremonia, le faltó tiempo para anunciar con voz chillona que convocaba el primer contio para hablar de una nueva ley muy necesaria. En el pasado, dijo Minicio, a los hijos de un matrimonio entre dos cónyuges uno de los cuales no era ciudadano romano, se les asignaba la condición del padre. ¡Eso era muy fácil! ¡Demasiados romanos híbridos!, gritó Minicio. Y para cerrar aquella brecha inadmisible en la ciudadela romana, anunció la promulgación de una nueva ley que impidiera otorgar la ciudadanía romana a todos los hijos de matrimonios mixtos, aunque el padre fuese romano.


La lex Minicia de liberis fue una desagradable sorpresa para Druso, pues fue aprobada en los Comitia entre aclamaciones, demostrando que la mayoría de los electores de las tribus seguían pensando que la ciudadanía romana no debía otorgarse a los individuos considerados inferiores; es decir: al resto de la humanidad.

 

Cepio, por supuesto, apoyó la medida, aunque se empeñó en que no se inscribiese en las tablillas; acababa de hacerse amigo de otro senador, un cliente de Ahenobarbo, pontífice máximo, a quien (mientras era censor) había incluido en los rollos senatoriales. Riquísimo, fundamentalmente a expensas de sus compatriotas de Hispania, el nombre del nuevo amigo de Cepio era imponente: Quinto Vario Severo Hybrida Sucronensis. Aunque no era de extrañar que prefiriese que le llamaran Quinto Vario; lo de Severo se lo había ganado por su crueldad más que por una gravedad de la que carecía, el Hybrida era prueba de padre o madre sin ciudadanía, y el Sucronensis indicaba que había nacido y se había criado en la ciudad de Sucro de la Hispania Citerior. Apenas romano, más extranjero que los itálicos, Quinto Vario estaba decidido a convertirse en uno de los hombres más grandes de Roma, y no se andaba con remilgos respecto a cómo conseguirlo.


( C. McC. )
















No hay comentarios:

Publicar un comentario