jueves, 25 de diciembre de 2014

EL TESTAMENTO DE CÉSAR


-Hace dos horas que ha anochecido -dijo Antonio a Fulvia-. Ahora ya no habrá peligro.

-¿Peligro de qué? -preguntó Fulvia, cuyos ojos de un azul violáceo se nublaron en la penumbra-. Marco, ¿qué vas a hacer?

-Voy a ir a la Domus Publica.

-¿Por qué?

-Para comprobar con mis propios ojos que realmente ha muerto.

 

-¡Claro que ha muerto! Si no fuera así, alguien habría venido a decírtelo. Quédate, por favor. No me dejes sola.

-No te pasará nada.

Y se fue, con una capa de invierno sobre los hombros.


Un selecto barrio de grandes mansiones, las Carinas eran una estribación del monte Esquilino que descendía hasta el Foro, separada de los humeantes baños públicos por varios santuarios y por un robledal. Así pues, Antonio no tenía que recorrer una gran distancia. Los faroles parpadeaban a lo largo de la Sacra Vía hasta el Foro. La calle estaba atiborrada de peatones que se dirigían hacia el centro de Roma para esperar noticias sobre César. Embozado, Antonio se mezcló con la multitud y siguió adelante. Algunos iban a la parte baja del Foro, pero la zona que rodeaba la Domus Publica estaba abarrotada. Se vio obligado a abrirse paso entre la muchedumbre y aporrear la puerta de la residencia del pontífice de un modo menos discreto del previsto. Pero nadie hizo ademán de impedírselo. La mayoría de la gente lloraba desconsoladamente, y todos eran romanos corrientes. Ningún senador aguardaba frente a la casa de César.

 

Al verlo, Trogo abrió la puerta sólo lo suficiente para dejarlo entrar y cerró rápidamente. Lucio Piso estaba detrás de él, con una adusta expresión en su moreno rostro.

-¿Está aquí? -preguntó Antonio, lanzando la capa a Trogo.

-Sí, en el templo -dijo Piso-. Ven.

-¿Y Calpurnia?

-Mi hija se ha acostado. Ese extraño individuo egipcio le ha preparado una poción para dormir.

El templo se hallaba entre las dos alas de la Domus Publica, era una amplia sala sin un solo ídolo, ya que pertenecía a los numina de Roma; los sombríos dioses sin cara ni forma humana cuya existencia se remontaba a muchos siglos antes de que aparecieran las ideas griegas, y que seguían siendo el verdadero núcleo de la veneración romana; eran las fuerzas que regían las funciones, las acciones, y cosas tales como las despensas, los graneros, los pozos, los cruces de caminos... La sala estaba muy iluminada con candelabros, abiertas sus grandes puertas de bronce en ambos extremos; la una daba a la columnata que rodeaba el peristilo y la otra daba al misterioso vestíbulo de los reyes con sus dos amygdalae y sus tres caminos de mosaicos en pendiente que llevaban a otra puerta de dos hojas. A ambos lados de la sala se alzaban las imagines de las Vestales superiores desde los tiempos de la primera Emilia; llevaban realistas máscaras de cera y se exhibían en el interior de templos en miniatura, cada uno posado sobre un costoso pedestal.


César estaba sentado en un féretro negro justo en el centro, y parecía dormido. Solo Hapd'efan'e sabía que el lado superior izquierdo de la cara era cera cuidadosamente teñida sobre un fondo de gasa. El dictador tenía los ojos y la boca cerrados. Más afectado y temeroso de lo que esperaba, Antonio se acercó lentamente al féretro y contempló aquel semblante dormido. César vestía la toga y la túnica de colores carmesí y púrpura del pontífice máximo, y una corona de hojas de roble ceñía su cabeza. El único anillo que había llevado en vida era su sello, pero había desaparecido; tenía los largos dedos cruzados sobre el regazo, con las uñas cortadas y limadas.

 

De pronto Antonio no pudo resistir más aquella visión. Se dio media vuelta y salió de la celta en dirección al estudio de César, seguido por Piso.

-¿Hay dinero aquí? -preguntó Antonio de repente. Piso lo miró inexpresivo.

-¿Cómo voy a saberlo? -dijo.

-Calpurnia sí debe de saberlo. Despiértala.

-¿Cómo dices?

-¡Despierta a Calpurnia! Ella sabrá dónde guardaba el dinero. Mientras hablaba, Antonio abrió un cajón de la mesa y empezó a revolver el interior.

-¡Antonio, detente!

-Soy el heredero de César, así que será mío en todo caso. ¿Qué más da si cojo ahora un poco o me lo llevo más tarde? Estoy sin blanca, y he de encontrar dinero suficiente para satisfacer a los prestamistas mañana.


Cuando se enojaba, Piso ofrecía un aspecto aterrador. Su rostro tenía por naturaleza un aire de villanía, y cuando enseñaba los dientes podridos y rotos, parecían colmillos. Fuera de sí, agarró la mano de Antonio, se la sacó del cajón y lo cerró violentamente.

 

-¡He dicho que te detengas! Y no pienso despertar a mi pobre hija.

-Soy el heredero de César, ya te lo he dicho.

-Yo soy el albacea de César no tocarás nada, ni te llevarás nada ni harás nada hasta que vea el testamento de César -declaró Piso.

-Muy bien, eso tiene fácil solución.


Antonio se dirigió al templo, donde Quinctilia, la vestal superior, se había instalado en una silla para velar a César.

-¡Tú! -bramó él, haciéndola levantarse de un tirón-. Ve a traer el testamento de César.

-Pero...

-He dicho que traigas el testamento de César... ahora mismo.

-¡No te atrevas a perturbar la suerte de Roma! -gruñó Piso.

-Sólo será un momento -balbuceó Quinctilia, asustada.

-Entonces no pierdas el tiempo. Búscalo y tráelo al estudio de César. ¡Muévete, cerda estúpida!

-¡Antonio! -rugió Piso.

-Está muerto, ¿qué más le da? -dijo Antonio, señalando con la mano el cadáver de César-. ¿Dónde está su sello?

-En mi poder -susurró Piso, demasiado furioso para levantar la voz.

-¡Dámelo! Soy su heredero.

-No hasta que yo lo vea con mis propios ojos.

-César debía de tener certificados de propiedad, escrituras, toda clase de documentos -dijo Antonio, revolviendo en los casilleros del estudio.

-Sí, pero no aquí, necio avaricioso e impío. Lo dejaba todo en manos de sus banqueros. No era como Bruto, que tiene su propia cámara acorazada. -Piso se sentó rápidamente a la mesa para evitar que Antonio se acercara a ella. Fríamente, dijo-: Pido a los dioses que tengas una muerte lenta y horrible.

MARCO ANTONIO REGISTRA LOS PAPELES DE CÉSAR

Quinctilia apareció con un pergamino en la mano, lacrado y sellado. Cuando Antonio fue a cogerlo, ella lo esquivó con sorprendente agilidad y se lo entregó a Piso, quien lo tomó y lo acercó a un candil para examinar el sello.

-Gracias, Quinctilia -dijo Piso-. Por favor, di a Cornelia y a Junia que vengan a actuar como testigos. Este ingrato insiste en que abra ahora el testamento.

Las tres vestales vestidas de blanco de la cabeza a los pies, el cabello coronado por siete
aros de lana bajo el velo, se colocaron a un lado de la mesa mientras Piso rompía el sello y desplegaba el breve documento.


Buen lector, y ayudado por el punto que César siempre ponía sobre la inicial de una nueva palabra, Piso lo examinó rápidamente, ocultando el contenido a Antonio con el brazo. De pronto, echó atrás la cabeza y prorrumpió en carcajadas.

-¿Qué? ¿Qué?

-No eres el heredero de César, Antonio. De hecho ni siquiera te menciona -consiguió decir Piso, buscando a tientas su pañuelo para secarse las lágrimas, medio de pena, medio de alegría-. ¡Bien hecho, César! ¡Bien hecho!

-No te creo. Dámelo.

-Antonio, hay tres vestales como testigos -advirtió Piso al entregárselo-. No intentes destruirlo.

 

Antonio cogió el documento con dedos trémulos y leyó sólo lo suficiente para ver un nombre siniestro; ni siquiera llegó a la cláusula de adopción.

-¿Cayo Octavio? ¿Ese bobo afeminado? Es una broma. Eso, o César estaba loco cuando lo escribió; lo impugnaré.

-Inténtalo -dijo Piso, arrebatándole el testamento. Sonrió a las tres vestales, tan complacidas como él ante aquel maravilloso castigo-. Es irrecusable, Antonio, y tú lo sabes. Las siete octavas partes para Cayo Octavio; una octava parte a repartir entre..., ejem, Quinto Pedio, Lucio Pinario, Décimo Bruto... (éste quedará excluido porque es uno de los asesinos) y mi hija Calpurnia.

Piso se apoyó contra el escritorio y cerró los ojos mientras Antonio salía hecho una furia. César debía de tener como mínimo cincuenta mil talentos, pensó, todavía sonriendo. Una octava parte de eso son seis mil doscientos cincuenta talentos. Dejando de lado a Décimo Bruto, que no puede heredar a causa de su crimen, corresponden a Calpurnia algo más de dos mil talentos. Bien, bien, bien. Le ha resuelto la vida, como es propio de un marido decente. Yo no puedo tocar ese dinero... como mínimo sin el consentimiento de ella.


Al abrir los ojos descubrió que estaba solo. Las vestales sin duda se habían ido para seguir velando. Guardándose el testamento en la toga, Piso se levantó. ¡Dos mil talentos! Eso convertía a Calpurnia en una importante heredera. En cuanto acabara el periodo oficial de duelo de diez meses, la casaría con alguien lo bastante poderoso para ayudarlo con su hijo. ¿No se alegraría Rutilia?

Resultaba interesante, sin embargo, que César no hubiera incluido provisión alguna para un posible hijo de Calpurnia. Eso significa que sabía que no iba a nacer, y que si nacía, no sería de él. Estaba demasiado ocupado con Cleopatra al otro lado del río. Cayo Octavio iba a ser el hombre más rico de Roma.


( C. McC. )


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