martes, 23 de diciembre de 2014

EL PATERFAMILIAS MARCO LIVIO DRUSO OFRECE SU HERMANA LIVIA DRUSA COMO ESPOSA A QUINTO SERVILIO CEPIO


Tenía diecinueve años al morir mi padre el censor, quien me dejó en herencia no sólo sus bienes, sino también el cargo de paterfamilias. Quizá por suerte, la única carga molesta fue mi hermana de trece años, por ser huérfana de padre y madre. En aquel entonces, mi madre Cornelia se ofreció a admitir a mi hermana en su casa, pero, naturalmente, yo me negué. Aunque no hubo divorcio, sé que conocéis la frialdad que existía entre mis padres y que llegó a su punto culminante cuando mi padre dispuso que mi hermano fuese adoptado. Mi madre siempre le quiso más que a mi y, al convertirse en Marco Emilio Lépido Liviano, alegó que era muy joven y fue a vivir con él en el nuevo hogar, en donde, efectivamente, encontró una clase de vida mucho más libre y licenciosa de la que habría tenido bajo el techo de mi padre. Os refresco la memoria en estas cosas por pundonor, pues considero mancillado mi honor por la conducta vil y egoísta de mi madre.

Me enorgullezco de haber criado a mi hermana Livia Drusa como corresponde a su alta posición. Tiene ahora dieciocho años y está en edad casadera. Igual que yo mismo, Quinto Servilio, con mis veinticinco años. Sé que existe la costumbre de aguardar hasta pasados los veinticinco años para casarse y sé que hay muchos que prefieren esperar hasta entrar en el Senado, pero yo no puedo. Soy el paterfamilias y el único Livio Druso varón que queda de mi generación. Mi hermano Mamerco Emilio Lépido Liviano ya no puede reclamar sus derechos al nombre de Livio Druso ni a heredar parte de la fortuna. Por consiguiente, me incumbe a mí el casarme y procrear, si bien al morir mi padre había decidido esperar hasta que mi hermana tuviese edad para casarse.

 

Por consiguiente, Quinto Servilio, desearía, como cabeza de familia, proponeros una alianza matrimonial a vos, cabeza de vuestra familia. Por cierto, no he considerado oportuno hablar de este asunto con mi tío Publio Rutilio Rufo. Aunque nada tengo contra él como marido de mi tía Livia y padre de sus hijos, no creo tampoco que su sangre y su carácter tengan suficiente categoría como para que su consejo cuente. Por ejemplo, hace poco llegó a mis oídos que había convencido a Marco Aurelio Cota para que permitiese a su hijastra Aurelia elegir esposo por si misma. Difícil es imaginar actitud más antirromana. Y naturalmente, ella eligió a un guapo mozo llamado Julio César, un muchacho débil y pobre que nunca llegará a nada.


Al decidir esperar a mi hermana, pensé que evitaba a mi futura esposa la responsabilidad de acogerla en su casa y corresponder a su conducta. No veo virtud alguna en transmitir las tareas de uno a quienes no puede esperarse que las desempeñen con igual esmero.


Lo que os propongo, Quinto Servilio, es que consintáis en darme en matrimonio a vuestra hija, Servilia Cepionis, y permitáis que vuestro hijo Quinto Servilio se case con mi hermana Livia Drusa. Es una solución ideal para ambas familias. Nuestros lazos conyugales se remontan a muchas generaciones y tanto mi hermana como vuestra hija tienen dotes iguales, lo cual significa que no habrá dinero que cambie de manos, una ventaja en estos tiempos de escasez monetaria.



Os ruego me comuniquéis vuestra decisión



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