viernes, 6 de enero de 2017

PRIMERA CARTA DE LUCIO PONCIO PILATOS AL EMPERADOR CLAUDIO TIBERIO CÉSAR


Lucio Poncio Pilatos a Claudio Tiberio César, salud.

De acuerdo con tus instrucciones te comento en este escrito la situación que he encontrado en Judea, la cual, como verás, resulta tan preocupante como creías. De acuerdo con tus instrucciones he tratado de establecer con los judíos un tratamiento similar al que reciben los ciudadanos de las naciones sometidas a nuestro Imperio. Desgraciadamente he podido constatar que ello no resulta posible por el momento.

Al poco tiempo de mi llegada, mandé introducir en Jerusalén, con todas las precauciones, en secreto y de noche, el estandarte de la legión con el busto del emperador, para que figure en esta ciudad, al igual que ocurre en todas las ciudades del Imperio. No puedes imaginar, César, la magnitud de la reacción del pueblo judío ante un hecho tan simple. Al día siguiente una nutrida expedición de los principales de los judíos vino a verme a Cesárea, exigiéndome su pronta retirada. Durante cinco días y noches permanecieron postrados en espera de mi respuesta. Dispuesto a terminar esta enojosa situación, acabé amenazándolos de muerte en caso de no recibir la imagen del César y ordené a los soldados desenfundar el efecto sus espadas. Su respuesta no se hizo esperar: “Estamos dispuestos a ser inmolados como ovejas antes de transgredir la Ley”, dijeron desnudando sus gargantas en forma desafiante. No deseando proceder a una masacre que hubiera impedido el cumplimiento de tu deseo de restablecer la paz en Judea, me vi obligado a retirar el estandarte de la legión con el busto del emperador de Jerusalén.

Poco tiempo después ocurrió otro episodio que confirma claramente que los judíos no aceptan ser tratados como las otras naciones ni en asuntos religiosos ni en temas de tributos. Paso a relatarlo.

Deseando aprovisionar de agua adecuadamente la ciudad de Jerusalén, decidí construir acueductos para traer agua de manantiales alejados cuatrocientos estadios. Para financiar estas obras, acudí a los tributos que los judíos versan a su Templo y que ellos llaman Corbán, pensando que el Templo sería el principal beneficiado de estas obras, pues las mismas permitirán un mayor flujo de judíos de otras regiones durante sus fiestas religiosas, puesto que este flujo de gentes aporta grandes riquezas al Templo y a la ciudad.

Nuevamente, la indignación de los principales de los judíos fue muy grande, pero esta vez no nos tomó por sorpresa.

 

Instigados por sus dirigentes, muchos de ellos se alzaron en protesta contra nosotros en las calles de Jerusalén, amenazando con atacar la torre pegada al Templo construida por Marco Antonio que servía de cuartel a las tropas. Deseando nuevamente evitar una confrontación directa entre los judíos y
nuestros soldados, adopté una estratagema para reprimir la sedición sin involucrar nuestro ejército. Para ello acudí a armar a un grupo de opositores a las castas religiosas que controlan el Templo. Estos opositores reciben diversos nombres, pero los más comunes de ellos son probablemente los de zelotes o celosos de la Ley. Es difícil imaginar, César, el odio que existe entre estas facciones, de forma que la represión a la sedición fue mucho más violenta que si la hubieran efectuado nuestros soldados. Muchos de los sediciosos, tomados por sorpresa, murieron y otros se retiraron cubiertos de heridas.

Esto es para explicarte que la pacificación de este país no va a resultar nada fácil. Desde mi llegada he tratado de hacerles entender que los privilegios que el gran Julio y el divino Augusto les acordaron en el pasado en recompensa de los muchos servicios brindados al Imperio por Herodes y por su padre, Antipater, no hacen sino granjearles la enemistad de las otras naciones y el resentimiento que los judíos sufren por parte de los ciudadanos de los otros pueblos en que habitan. Es normal que los ciudadanos de Antioquia, Alejandría o Cirene no vean con buenos ojos como ellos deben prestar su servicio militar, adorar los pendones de nuestras legiones, participar en los sacrificios rituales establecidos por nuestra religión o pagar tributos al Imperio, mientras que a los residentes judíos de esas mismas ciudades se les exime de estas y otras obligaciones, con la excusa de que su religión nacional les prohíbe cumplir con ellas.

Nadie puede entender porque otros pueblos han aceptado que nuestros dioses sean adorados junto con los suyos, mientras que los judíos no lo hacen. Me han relatado al respecto que la guerra que los llamados Macabeos emprendieron contra Antioco Epifanes y que les llevó a la independencia hace 170 años, se debió precisamente a que este rey trató de imponer en el Templo una estatua de Zeus. Como verás, César, debemos ser por tanto muy precavidos si no queremos provocar una nueva guerra con este pueblo que tan poco tratable se muestra en temas religiosos.

Es posible que el resentimiento que los judíos muestran hacia nosotros, según se desprende de los hechos antes relatados, tenga también su causa en su odio a la dinastía herodiana reinante, sobre cuyos miembros más importantes y los reproches que les hacen los judíos te escribiré próximamente.

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