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domingo, 14 de mayo de 2023

CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS E HIJA DE ESCIPIÓN EL AFRICANO

 

Cornelia, hija del afamado Escipión el Africano, es un destacado ejemplo de nobleza romana en el siglo II a.C. Educada en la literatura y filosofía griegas, heredando la tradición intelectual de los Escisiones ( que en aquellos momentos tenían la mejor biblioteca privada de Roma), se convirtió en una figura prominente en el ámbito cultural y político de Roma. Su matrimonio con Tiberio Sempronio Graco, político destacado y aliado de los Escipiones, le dio doce hijos, pero solo tres sobrevivieron hasta la edad adulta: Sempronia, Tiberio y Cayo.

 

La historia nos cuenta una anécdota que muestra la alta estima en la que Tiberio tenía a su ilustre esposa. Se dice que encontraron dos serpientes en su cama, una macho y otra hembra. El arúspice predijo que si Tiberio mataba al macho, él moriría, y si mataba a la hembra, Cornelia moriría. Sin dudarlo, Tiberio sacrificó al macho, considerando más valiosa la vida de su esposa. Poco tiempo después, la profecía se cumplió y Tiberio falleció, dejando a Cornelia sola con sus tres hijos.

 

Esta tragedia no quebrantó el espíritu de Cornelia; al contrario, demostró una grandeza aún mayor al dedicarse por completo a la educación de sus hijos. Para ella, eran sus tesoros más preciados. En una ocasión, respondió a una mujer que presumía de sus valiosas joyas, afirmando que sus hijos eran sus verdaderas joyas.

 

Siguiendo sus convicciones, Cornelia decidió permanecer "univira", es decir, "de un solo hombre": su difunto esposo Tiberio, a quien siempre honró en memoria. Incluso rechazó la propuesta de matrimonio del rey Ptolomeo VIII de Egipto.

 

Cornelia desempeñó un papel decisivo en la formación de sus hijos Tiberio y Cayo, quienes se convirtieron en políticos refinados con una moralidad inquebrantable. Varios autores, como Quintiliano y Ático, destacaron su influencia en la cultura y educación de los Gracos.

 

Lamentablemente, las desgracias no cesaron para Cornelia. Ambos hijos fueron asesinados en medio de la violenta lucha entre los optimates y los populares en Roma. Una vez más, Cornelia enfrentó el duelo con dignidad y serenidad, cumpliendo con los principios tradicionales de los antiguos romanos.

 

Después del funeral, se retiró a su villa en Miseno, rodeada de escritores y filósofos, donde vivió hasta su muerte, elogiando las hazañas de su padre y sus dos hijos. A quienes la consolaron, respondió: "Nunca diré que la madre de los Gracos no tuvo suerte". Esta cita, transmitida por Séneca, refleja plenamente el temperamento y el carácter de esta grandiosa matrona romana.

 

Como prueba del inmenso respeto que le tenía la sociedad romana, tras su muerte, se erigió una estatua en su honor en el Pórtico de Metelo, que posteriormente fue trasladada al Pórtico de Octavia por orden de Augusto.

 

El legado de Cornelia perduró a lo largo de los siglos como un ejemplo de fortaleza y dignidad en medio de la adversidad. Su papel como madre y educadora de sus hijos fue fundamental para moldear su carácter y moralidad, convirtiéndolos en destacados líderes políticos. La dedicación y el amor incondicional que Cornelia mostró hacia su familia son un testimonio de los valores romanos de la época, donde el honor y la virtud eran altamente apreciados.

 

Además de su influencia en la formación de sus hijos, Cornelia fue una figura destacada en el panorama cultural y social de su tiempo. Su educación en literatura y filosofía griegas la distinguió como una mujer de gran elocuencia y cultura, rompiendo los estereotipos tradicionales de la mujer romana.

 

Es importante destacar que Cornelia es una de las cuatro únicas mujeres romanas de las que se han conservado textos escritos, según relata el biógrafo Cornelio Nepote. Esto resalta aún más la importancia de su legado y la relevancia que tuvo en su época.

 

Como madre de los Gracos y una figura destacada en la historia romana, Cornelia demostró una gran fortaleza y dedicación hacia su familia y valores. Se dice que las mujeres de la nobleza romana, cuando tenían graves problemas y les consumían la desesperación y la angustía, la pregunta que se hacían era: ¿Qué no hubiera hecho Cornelia, madre de los Gracos, que tuvo que soportar tan grandes desgracias, acorde con su carácter y los principios que defendía?. Y se les ocurrían algunas cuantas respuestas, tales como:

 

No habría abandonado a sus hijos: Cornelia era conocida por su amor y dedicación hacia sus hijos. Incluso después de la muerte de su esposo y la tragedia de la pérdida de sus hijos, Cornelia nunca habría abandonado a su familia ni renunciado a su responsabilidad como ejemplar matrona romana.

 

No habría comprometido sus valores morales: como hija de la casa de Escipión, Cornelia era una mujer de principios firmes y una defensora de la moralidad. No se habría involucrado en acciones o decisiones que fueran contrarias a sus creencias éticas, como la corrupción política o la traición.

 

No habría buscado el poder por sí misma: Aunque provenía de una familia noble y tenía conexiones políticas muy importantes y poderosas, Cornelia no era una mujer que buscara el poder o la fama personal. Su enfoque principal era la educación y el bienestar de sus hijos, que para ella esto era la verdadera riqueza, y no habría tomado medidas para obtener influencia política o posición social por sí misma.

 

No habría actuado en contra de los intereses de Roma: Cornelia provenía de una familia con una larga tradición de servicio a Roma. Era consciente de su legado y tenía un fuerte sentido de patriotismo. Por lo tanto, no habría tomado acciones que fueran perjudiciales para la República Romana o que pusieran en peligro la estabilidad y el bienestar de su pueblo.

 


No habría renunciado a su memoria y legado familiar: Cornelia llevaba consigo el honor y el legado de su padre, Escipión el Africano, y de su esposo, Tiberio Sempronio Graco. Era una defensora ferviente de su memoria y honraba su legado en todo momento. No habría renunciado a su identidad y a la responsabilidad de mantener viva la historia y los logros de su familia.

 

En resumen, Cornelia, madre de los Gracos e hija de Escipión el Africano, fue una figura notable en la historia romana. Su vida estuvo marcada por tragedias y desafíos, pero supo enfrentarlos con una fortaleza encomiable, Su dedicación a la educación de sus hijos, su amor inquebrantable y su influencia en la cultura y la sociedad romana la convierten en un ejemplo perdurable de valentía y nobleza. La estatua erigida en su honor por Octavio Augusto y su lugar en la historia romana son testimonios de su impacto duradero en la sociedad de su tiempo y más allá.


jueves, 29 de diciembre de 2022

DISCURSO DE MARCO EMILIO ESCAURO, PRÍNCIPE DEL SENADO, CONTRA LOS NUEVOS ARRIBISTAS



 Es curioso que estuviese yo hablando de asuntos parecidos a éste antes de abrirse la sesión. De asuntos que indican la erosión de nuestros tradicionales métodos de gobierno y conducta personal en el gobierno. En los últimos años, este augusto cuerpo formado por los más excelsos hombres de Roma viene sufriendo la pérdida, no sólo de su poder sino de su dignidad como brazo más antiguo del gobierno. A nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, ya no se nos permite dirigir el rumbo del Estado. Nosotros, ¡los hombres más relevantes de Roma!, nos hemos acostumbrado a que el pueblo... políticos veleidosos, inexpertos, irreflexivos y advenedizos, se han acostumbrado a que el pueblo nos haga besar el polvo. Nosotros, ¡los hombres relevantes de Roma!, ya no contamos. Nuestra prudencia, nuestra experiencia, la distinción de nuestras familias durante tantas generaciones desde la fundación de la república, ya no cuentan para nada. Sólo importa el pueblo. Y yo os digo, padres conscriptos, ¡que el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!

 

¿Qué porción del pueblo dirige la Asamblea de la plebe?. ¡Hombres de la segunda, tercera y hasta cuarta clase, caballeros irrelevantes y ambiciosos que quieren dirigir Roma como si fuese su propio negocio, tenderos y pequeños granjeros, incluso artesanos venidos a más para tener varias galerías escultóricas, cómo he visto yo denominar a un patio!. ¡Y hombres que se llaman abogados, pero que tienen que buscarse clientes entre los bucólicos y los imbéciles, y hombres que se denominan agentes y son incapaces de definir de qué son agentes! ¡Sus actividades privadas los aburren y se dedican a acudir a los comitia jactándose de que ellos en sus preciosas tribus pueden gobernar Roma mejor que nosotros en la exclusividad de esta curia! ¡La jerga política chorrea de su boca cual vómito fétido y grumoso, y parlotean de subvencionar a este o a aquel tribuno de la plebe, aplaudiendo cuando las prerrogativas senatoriales se conceden a los caballeros! ¡Son hombres medios esa gente! ¡Ni lo suficiente grandes para pertenecer a la primera clase de las centurias, ni lo bastante bajos para dedicarse a sus propios asuntos en la quinta clase y en el censo por cabezas! ¡Os lo repito, padres conscriptos, el pueblo no tiene dotes para gobernar Roma!. Se le ha concedido excesivo poder y en su presuntuosa arrogancia, fomentada e instigada, hay que añadir, por diversos miembros de esta cámara cuando eran tribunos de la plebe, ahora alardean de ignorar nuestros consejos, nuestras orientaciones, nuestras personas!

 

Ha llegado la hora de que en el Senado invirtamos ese proceso. ¡Ha llegado la hora de que demostrémos al pueblo que ellos son subalternos en esta empresa común de gobernar!: Por supuesto que los orígenes de este deterioro del poder senatorial son fáciles de discernir. Esta augusta cámara ha permitido el acceso a demasiados advenedizos, a demasiadas setas venenosas, a demasiados hombres nuevos, a cargos de magistratura superior. ¿Qué significa en definitiva el Senado de Roma para un hombre que ha tenido que limpiarse la mierda de cerdo del rostro antes de llegar a Roma para probar su suerte en política?. ¿Qué significa el Senado de Roma para alguien que, en el mejor de los casos, es un latino a medias, originario de las tierras fronterizas de los samnitas... que alcanzó su primer consulado amparado en las faldas de la mujer patricia que compró? ¿Y qué significa el Senado de Roma para un híbrido bizco de las colinas infectadas de celtas del norte de Picenum?

 

Nuestros hijos, padres conscriptos, son seres timoratos que crecen en una atmósfera que ahoga al Senado de Roma hasta en su tarea de insuflar vida al pueblo de Roma. ¿Cómo podemos esperar que nuestros hijos vayan a gobernar Roma en su día, si el pueblo los intimida?. ¡Os lo repito, si no habéis empezado ya, desde hoy mismo debéis comenzar a educar a vuestros hijos para que se hagan fuertes en el Senado e implacables con el pueblo!. ¡Hacedles entender la natural superioridad del Senado! ¡Y preparadlos para luchar por el mantenimiento de esa superioridad natural!

 

¿Quiere alguien decirme por qué un miembro de esta augusta cámara puede deliberadamente optar por minarla?. ¿Puede alguien decírmelo?. ¡Porque es algo que sucede constantemente! . ¡Y ahí están sentados, llamándose senadores, miembros de esta augusta cámara!. ¡Y también llamándose tribunos de la plebe!. ¡Ahora sirven a dos señores!. Y yo os digo, recordémosles que son antes que nada senadores, y tribunos de la plebe después. Que su real cometido ante la plebe es educarla a ese papel subordinado. Pero ¿es lo que hacen?. ¡No! ¡Claro que no! Sí, algunos de esos tribunos guardan lealtad al orden establecido, lo admito, y por ello son encomiables. Otros, como siempre ha sucedido desde que el mundo es mundo, no hacen nada por el Senado ni por el pueblo, temerosos de que si se sientan a un extremo u otro del banco de los tribunos el resto se levante y ellos caigan al suelo en medio del ridículo. Pero es que hay otros, padres conscriptos, que deliberadamente se dedican a minar a esta augusta cámara, al Senado de Roma. ¿Por qué?. ¿Qué es lo que puede inducirlos a destruir su propio orden?

 

Yo os diré por qué, colegas senadores. Porque algunos se dejan comprar como baratijas de mercadillo. ¡A ésos todos los comprendemos!. Pero hay otros con motivaciones más sutiles, y entre éstos el primero fue Tiberio Sempronio Graco. Hablo de la clase de tribuno de la plebe que ve en ella un instrumento para sus propias ambiciones, la clase de hombre que codicia la categoría de primer hombre de Roma sin ganársela entre sus pares, como hizo Escipión Emiliano, Escipión Africano y Emilio Paulo, y, os ruego me perdonéis todos por la presunción, Marco Emilio Escauro, príncipe del Senado. Hemos adoptado un vocablo griego para describir el estilo de tribunos de la plebe de Tiberio y Cayo Graco: los llamamos demagogos. No obstante, no lo empleamos exactamente igual que los griegos. Nuestros demagogos no arrastran a toda la ciudad al Foro pidiendo sangre, tiran a los senadores por la escalinata de la curia y hacen su voluntad mediante la violencia de las masas. Nuestros demagogos se contentan con inflamar a los que habitualmente se congregan en la zona de comicios y hacen su voluntad por medio de la legislación. 


Sí, claro, hay violencia de vez en cuando, pero no es frecuente; somos nosotros, el Senado, quienes tenemos que recurrir a la violencia para restablecer el status quo. Porque nuestros demagogos son legisladores y leguleyos, más sutiles, más rencorosos, ¡mucho más peligrosos que los que incitan a la revuelta!. Corrompen al pueblo para lograr sus ambiciones. Y eso, padres conscriptos, no tiene nombre. Y, sin embargo, se hace todos los días y cada día es más evidente. El atajo hacia el poder, el camino fácil hacia la preeminencia.

 

El atajo al poder, el camino fácil a la preeminencia. Bien, todos conocemos a esa clase de hombres, ¿no es cierto?.  El primero es Cayo Mario, nuestro estimado primer cónsul, quien, según tengo entendido, está otra vez a punto de hacerse elegir cónsul ¡y otra vez in absentia! . cPor deseo nuestro?. ¡No!. ¡Por medio del pueblo, naturalmente!. ¿Cómo, si no, iba a haber llegado Cayo Mario a donde ha llegado de no haber sido por el pueblo?. Algunos de nosotros le hemos combatido con uñas y dientes, le hemos combatido con todos los recursos legales de nuestro arsenal constitucional. ¡Pero en vano!. Cayo Mario cuenta con el apoyo del pueblo, el oído del pueblo, y echa dinero en las bolsas de algunos de los tribunos de la plebe. En los tiempos actuales, basta con eso. Ese es Cayo Mario. Pero no me he levantado para hablar de Cayo Mario. Me perdonaréis, padres conscriptos, por dejar que mis sentimientos me hagan apartarme de lo esencial de mi exposición.

 

Me he levantado para hablar de otro arribista, una modalidad de arribismo menos ostensible que la de Cayo Mario. La clase de arribista que aduce antepasados senatoriales y habla bien el griego, que ha tenido una buena educación y vive en una casa lo bastante lujosa en la que sus ojos nunca han visto mierda de cerdo, es decir, en la que nunca ha visto nada de nada. No es un romano descendiente de romanos, por mucho que diga. Me refiero a Cneo Pompeyo Estrabo, legado de esta augusta cámara para servir al gobernador de Cerdeña, Tito Anio Albucio.

 

Y bien, ¿quién es este Cneo Pompeyo Estrabo?. Un Pompeyo que dice tener vínculos de sangre con los Pompeyos de esta cámara desdé hace generaciones, aunque seria interesante ver hasta qué punto son verdad esos vínculos. Rico como Craso, con una clientela que cubre casi la mitad del norte de Italia, un rey dentro de sus tierras. Ese es Cneo Pompeyo Estrabo.

 

Miembros del Senado ,¿adónde va a llegar esta augusta cámara si un senador bisoño disfrazado de cuestor tiene la osadía y el... el... descaro de acusar a su superior?. ¿Tan faltos de jóvenes romanos estamos que no podemos sentar culos romanos en trescientas escasas sillas?. ¡Me... me... escandaliza!. ¿Es que ese Pompeyo bizco está tan poco instruido en los detalles de comportamiento que debe guardar un miembro del Senado como para llegar a imaginarse que puede acusar a su superior?. ¿Qué nos sucede que consentimos que gentes como Pompeyo el bizco sienten sus posaderas en una silla senatorial?. ¿Cómo es que se atreve a cosa semejante?. ¡Por ignorancia y falta de clase, por eso se atreve!. ¡Hay cosas, conscriptos padres, que no se hacen!. Cosas como acusar a un superior o a un pariente próximo, incluidos los que lo son por matrimonio. ¡No se hacen!. ¡Descarado, bovino, grosero, inculto, presuntuoso, estúpido... nuestra lengua latina carece de epítetos suficientes para calificar los defectos de una seta venenosa como este Cneo Pompeyo Estrabo, ese Pompeyo bizco!

 

Aquí no se trata de Tito Anio, cuya conducta reconozco que es reprochable. Naturalmente que ese asunto se tratará como es debido, en este caso con un proceso. Si se le declara culpable, recibirá el castigo que la ley prescribe. Pero aquí de lo que se trata es del protocolo, la cortesía, la etiqueta, en otras palabras, padres conscriptos, ¡de modales!.  ¡Esa seta venenosa de Pompeyo el bizco es culpable de una flagrante transgresión de modales!

 

Propongo, padres conscriptos, que Tito Anio Albucio responda de cargos con cariz de traición, pero que el praetor urbanus escriba al mismo tiempo una carta contundente al cuestor Cneo Pompeyo Estrabo diciéndole que, primero, bajo ninguna circunstancia se le permitirá procesar a un superior, y, segundo, que tiene modales de patán.



domingo, 9 de septiembre de 2018

DISCURSO DEL TRIBUNO DE LA PLEBE MARCO LIVIO DRUSO EN EL SENADO SOBRE EL AGER PUBLICUS DE ROMA



Tenemos el mal entre nosotros. Tenemos el mal entre nosotros. Un mal terrible. ¡Un mal alimentado por nosotros mismos! ¡Sí, creado por nosotros!.  Pensando, sí, como suele suceder, que lo que hacíamos era admirable y lo más oportuno. Porque me doy cuenta de ello, pues no me mueve más que respeto por mis antepasados y no critico a los artífices de ese mal que hay entre nosotros, ni arrojo el menor estigma sobre quienes se sentaron en esta augusta cámara en otras épocas.

 

¿Cuál es ese mal entre nosotros?.  El ager publicus, padres conscriptos. ! Ése es el mal entre nosotros. ¡Si, es un mal!.  Nos apoderamos de las mejores tierras de nuestros enemigos itálicos, sicilianos y extranjeros y las hicimos nuestras, llamándolas ager publicus de Roma, convencidos de que incrementábamos la riqueza común de Roma, de que recogeríamos ingentes beneficios de tan buenas tierras, ¡gran prosperidad. Pero es bien cierto que no ha sido así. En lugar de mantener las tierras confiscadas en sus parcelas primitivas, aumentamos la magnitud de las fincas arrendadas para reducir la carga de trabajo de nuestros servidores civiles y evitar que el gobierno romano se convirtiese en una burocracia griega. Pero así transformamos el ager publicus en algo poco atractivo para los agricultores que lo trabajan, intimidándolos con el tamaño de las parcelaciones y privándolos de toda esperanza de seguir haciéndolo por la cuantía del arrendamiento.

 

El ager publícus se convirtió en monopolio de los ricos, de los que pueden pagar el arrendamiento y dedicar esas tierras a la clase de utilización que exige su gran extensión. Cuando otrora esas tierras contribuían notablemente a la alimentación de Italia, ahora sólo producen objetos de consumo. Mientras que antes esas tierras contaban con un buen asentamiento de gentes y estaban adecuadamente cultivadas, ahora son fincas enormes, diseminadas y muchas veces descuidadas.

 

Pero eso, padres conscriptos, fue sólo el principio del mal. Eso fue lo que Tiberio Graco vio en su periplo por los latifundia de Etruria, comprobando que el trabajo lo hacían esclavos extranjeros en lugar de las buenas gentes de Italia y de Roma. Eso fue lo que vio Cayo Graco cuando asumió la tarea de su hermano diez años después. Yo también lo veo. Pero yo no soy Sempronio Graco, y no considero los motivos de los hermanos Gracos suficientes para trastornar los mos maiorum, nuestras costumbres y tradiciones. En tiempos de los hermanos Gracos yo habría sido partidario de mi padre.

 

¡Lo digo en serio, padres conscriptos!. En los tiempos de Tiberio Graco, en los tiempos de Cayo Graco, me habría alineado con mi padre. El tenía razón. Pero los tiempos han cambiado y han surgido otros factores que agravan el mal inherente al ager publicus. En primer lugar me referiré a los disturbios en nuestra provincia de Asia, iniciados con Cayo Graco, al legislar la recaudación de diezmos e impuestos por empresas privadas. La recaudación de impuestos en Italia ya se llevaba a cabo hacía mucho tiempo, pero nunca había alcanzado tanta importancia. Como consecuencia de esta incuria de nuestras responsabilidades senatoriales y el creciente papel en el gobierno público de facciones dentro del Ordo equester, hemos visto una administración modélica en la provincia de Asia entorpecida, vitriólicamente atacada y, finalmente, al igual que a nuestro estimado consular Publio Rutilio Rufo, esas facciones de caballeros nos han dado a entender que más vale que nosotros, ¡miembros del Senado de Roma!, no osemos poner el pie en su terreno. Bien, yo he comenzado a poner coto a esa clase de intimidación haciendo que el Ordo equester comparta la administración de esos tribunales en igualdad de condiciones con el Senado, y a paliar la desproporción respecto a los caballeros ampliando el Senado. Pero seguimos teniendo el mal entre nosotros.

 

A él se ha unido, padres conscriptos, un nuevo mal. ¿Cuántos de vosotros sabéis cuál es este nuevo mal? Yo creo que pocos. Me refiero a un mal creado por Cayo Mario, aunque eximo a ese eminente consular séxtuple de haber actuado a sabiendas. ¡Ese es el problema!. Cuando el mal se inicia no es mal en absoluto: es producto del cambio, de la necesidad, de los reajustes de equilibrio en nuestro sistema de gobierno y en nuestros ejércitos. Nos hemos quedado sin soldados. ¿Y por qué nos hemos quedado sin soldados?. Entre los numerosos motivos hay uno estrechamente vinculado al ager publicus. Quiero decir que con la creación del ager publicus se expulsó a los pequeños terratenientes de sus hogares, dejando de alimentar a muchos hijos y quedando, con ello, desguarnecido el ejército. Cayo Mario hizo lo único que podía hacer, mirado en retrospectiva: alistar al capite censi en el ejército. El hizo soldados de las masas del censo por cabezas que no tenían dinero para comprarse los pertrechos militares, no procedían de familias terratenientes y, naturalmente, no disponían ni de un par de sestercios.

 

La paga del ejército es magra. El botín que hicimos a los germanos, deleznable. Cayo Mario y sus sucesores, incluidos sus legados, enseñaron a los proletarios a combatir, a manejar las armas, a sentirse útiles y a adquirir la dignidad de romanos. ¡Y yo estoy de acuerdo con Cayo Mario!. No podemos arrinconarlos en sus callejas urbanas y en sus aldehuelas. Hacerlo sería alimentar un nuevo mal, masas de hombres entrenados militarmente con la bolsa vacía, sin nada que hacer y con un creciente resentimiento por la ofensa que con nuestro tratamiento les infligimos. La solución de Cayo Mario, que se inició mientras estaba en África luchando contra Yugurta, fue asentar a estos antiguos combatientes sin fortuna en tierras públicas del extranjero. Fue la larga y loable tarea de estos últimos años llevada a cabo por el pretor urbano Cayo Julio César en las islas de la Pequeña Sirte africana. Yo soy de la opinión, ¡y os insto fervientemente, colegas miembros de esta Cámara, a que consideréis lo que digo como simple previsión para el futuro!, soy de la opinión que Cayo Mario tenía razón, y debemos seguir asentando esos veteranos del ejército en ager publicus extranjero.

 

Sin embargo, todo esto nada tiene que ver con el mal más desastroso e inminente, el ager publicus de Italia y Sicilia. ¡Hay que hacer algo!. Mientras tengamos ese mal entre nosotros, padres conscriptos, nos va a corroer la moral, la ética, nuestro criterio de la idoneidad, el propio mos maiorum. En la actualidad el ager publicus itálico pertenece a aquellos que de nosotros y de los caballeros de la primera clase se han interesado por los pastos de los latifundia. El ager publicus de Sicilia pertenece a ciertos cultivadores de trigo a gran escala que suelen vivir en Roma y dejan sus empresas de la isla en manos de capataces y esclavos. ¿Situación estable, pensáis?. ¡Pues considerad lo siguiente!. Desde que Tiberio y Cayo Sempronio Graco nos metieron la idea en la cabeza, el ager publicus de Italia y Sicilia está ahí esperando la repartición y su utilización en esto o aquello. ¿Cuántos generales honorables nos deparará el futuro?. ¿También a ellos les complacerá, como a Cayo Mario, conceder a sus antiguos combatientes tierras en Italia?. ¿Cómo serán de honorables los tribunos de la plebe en años venideros?. ¿No podría suceder que surgiera otro Saturnino que encandilase a los menesterosos con promesas de parcelas en Etruria, en Campania, en Umbría, en Sicilia?. ¿Hasta qué extremo serán honorables los plutócratas del futuro?. ¿No sucederá que las tierras públicas aumenten aún más de tamaño, hasta que una, dos o tres personas sean dueñas de media Italia y de media Sicilia?. Porque, ¿a qué viene decir que el ager publicus es propiedad del Estado, si el Estado lo arrienda y los que dirigen el Estado pueden al respecto legislar lo que les plazca?

 

¡Yo os insto a que acabéis con eso!. ¡Acabad con la existencia de las tierras públicas de Italia y Sicilia!. ¡Hagamos ahora mismo acopio de valor para acometer lo que se debe, repartiendo todas las tierras públicas entre los pobres, los que las merecen, los antiguos combatientes y todos los que vengan!. ¡Empecemos con los más ricos y aristócratas de entre nosotros, que cada uno de los que aquí están sentados tenga sus diez iugera del ager publicus, que cada ciudadano romano tenga sus diez iugera!. Para algunos de nosotros es algo baladí, mas para otros será una bendición. ¡Acabad con ello, os digo!.  ¡Acabad radicalmente con ello!. No dejéis nada que los hombres perniciosos del futuro puedan aprovechar para destruir nuestra clase, nuestra prosperidad. ¡No les dejéis nada con lo que puedan jugar, salvo caelum aut caenum, cielo o fango!. ¡He jurado hacerlo, padres conscriptos, y lo haré!. ¡No dejaré nada del ager publicus romano bajo el cielo que no sea fango inútil de marismas!. ¡No porque me preocupen los pobres y menesterosos!. ¡No porque me preocupe el futuro de los ex combatientes del censo por cabezas!. ¡No porque tenga rencor a los de esta Cámara y a nuestros bucólicos caballeros por la posesión de esas tierras!. Sino porque, ¡y es mi única razón!, las tierras públicas de Roma representan un desastre venidero, al estar ahí a disposición de algún general que les eche el ojo para sus tropas, al estar ahí a merced de algún tribuno de la plebe demagogo que las quiera como medio para convertirse en el primer hombre de Roma, al estar ahí para que las deseen dos o tres plutócratas como preámbulo para hacerse dueños de Italia y Sicilia!


domingo, 17 de diciembre de 2017

LA REVOLUCIÓN DE TIBERIO Y CAYO GRACO


TIBERIO SEMPRONIO GRACO

Fue en uno de aquellos salones donde se preparó la revolución. La cual, contrariamente a lo que se cree, no nace jamás en las clases proletarias, que después le prestan la mano de obra, sino en las altas, aristocráticas y burguesas, que luego la pagan. Siempre es, más o menos, una forma de suicidio. Una clase no se elimina sino cuando ya se ha eliminado a sí misma.
ESCIPIÓN EL AFRICANO

Cornelia, hija de Escipión el Africano, había casado con Tiberio Sempronio Graco, el tribuno que puso el veto a la condena de Lucio, el hermano del héroe de Zama. Había sido una manifestación de nepotismo al revés porque, al hacerlo, salvó, en resumidas cuentas, al tío de su mujer. Mas, no obstante esta comprensible flaqueza, Sempronio había seguido gozando fama de hombre integro, y la merecía. Elegido censor y después cónsul por dos veces, administró España con criterios liberales y métodos ilustrados. De Cornelia tuvo doce hijos, nueve de los cuales fallecieron en temprana edad. Cuando a su vez murió él, a Cornelia sólo le quedaban tres: dos varones, Tiberio y Cayo, y una hembra, Cornelia, deforme, no se sabe si de nacimiento o a causa de parálisis infantil.

CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS

Mamá Cornelia fue una viuda ejemplar y una gran educadora. Debía de ser también guapetona, porque, según el decir de Plutarco, un rey egipcio la pidió por esposa. Ella respondió orgullosamente que prefería quedarse en hija de un Escipión, suegra de otro y en madre de los Gracos. En aquel momento, la segunda .Cornelia se había casado ya, en efecto, con el destructor de Cartago. No fue, según parece, un matrimonio de amor, sino sólo de conveniencia, como se solía hacer en aquella sociedad para robustecer las alianzas. Pero Cornelia era también algo que en Roma jamás se había visto antes; una gran «intelectual» y una exquisita maltresse de maison. Su salón, donde se reunían las más ilustres personalidades de la Política, las Artes y la Filosofía, semejaba a los de ciertas damas francesas del siglo XVIII y asumió, aproximadamente, las mismas funciones. Dominaba en él, también por razones de parentesco, el llamado «círculo de los Escipiones» con Lelio, Flaminio, Polibio, Gayo Lucilio, Mucia Escévola y Mételo el Macedónico. Por la sangre, la inteligencia y la experiencia era lo mejor que había en Roma en aquel tiempo. ¡Pero cuan diferentes eran aquellos nuevos leaders de sus padres y abuelos! De momento, aceptaban como inspiradora a una mujer. Después, se bañaban todos los días, cuidaban mucho del vestir y no estaban en absoluto convencidos de que Roma tuviese que dar lecciones al mundo. Es más, estaban convencidos de lo contrario: o sea, de que tenían que ir a la escuela. A la escuela de Grecia.
CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS

Las conversaciones que se sostenían en aquel salón no eran revolucionarias, sino «progresistas». Debían de parecerse vagamente a las que ahora se mantienen entre «liberales de izquierdas», radicales y activistas. Y dado que todas eran personas bien introducidas, sabían lo que se decían, y lo que decían tenía eco después en el Senado y el Gobierno.
CORNELIA, MADRE DE LOS GRACOS
RECHAZANDO LA CORONA DEL FARAÓN PTOLOMEO

La situación de Roma no era, en efecto, grata, y autorizaba las más profundas críticas y las más sombrías previsiones. La Urbe digería mal el inmenso imperio que con tanta rapidez había engullido. El trigo de Sicilia, de Cerdeña, de España y de África, volcado en sus mercados a bajo precio porque estaba producido a bajo costo con el trabajo gratuito de los esclavos, estaba llevando a la ruina económica a aquella Italia rústica de cultivadores directos, pequeños y medios propietarios, que había constituido el mejor baluarte contra Aníbal y proporcionado los mejores soldados para derrotarle. No pudiendo soportar la competencia, procedían a vender sus modestas fincas que quedaban absorbidas en los latifundios. Una ley de -220, que prohibía el comercio a los senadores, les obligaba a invertir en la agricultura los capitales que habían acumulado con el botín de guerra.


Y mucha parte de las tierras confiscadas al enemigo eran concedidas a especuladores para resarcirles del dinero que éstos habían prestado al Estado. Pero ni especuladores ni senadores eran ya hidalgos campesinos. Habituados a vivir en la ciudad, entre sus comodidades y molicies, entre la política y los negocios, no estaban dispuestos a abandonarla para volver a la vida sencilla y frugal de sus estoicos antepasados. Así que hacían lo que todavía hacen hoy ciertos barones de la Italia meridional: una vez adquirido un latifundio, lo daban en arriendo a un administrador, que con el trabajo gratuito de los esclavos trataba de hacerlo producir lo más posible, para el dueño y para sí, explotando al máximo el vigor de los hombres y los recursos del suelo, sin pensar en el mañana.



Sobre esta crisis económica se injertaba otra, social y moral: la de una sociedad que, habituada a basarse sobre sus pequeños y libres cultivadores, ahora se iba confiando cada vez más en el saqueo en el exterior y en la esclavitud en el interior. Volcábanse esclavos en Roma como un caudaloso torrente. Cuarenta mil sardos fueron importados de golpe en -177 y ciento cincuenta mil epirotas diez años después.


Los «mayoristas» de esta mercancía humana iban a acapararla siguiendo a las legiones que la suministraban y que ya habían alcanzado, al socaire de las catástrofes de los imperios griego y macedonio, Asia, el Danubio y hasta los confines de Rusia. La abundancia era tal que transacciones de diez mil cabezas a la vez eran normales en el mercado intercontinental de Delos, y el precio bajaba hasta quinientas liras cada una.


En la ciudad, los esclavos suministraban ya la mano de obra en los talleres de los artesanos, en las oficinas, en los Bancos, en las fábricas, condenando a la desocupación y a la indigencia a los ciudadanos que antes estaban empleados en ellos. Las relaciones con los contratistas variaban según el temperamento de cada uno de éstos. Alguno había que pese a no estar obligado a nada con el esclavo, procuraba tratarle humanamente. Pero la ley económica de los precios y de la competencia ponía un límite a esas humanas disposiciones. Quería que se exigiese cada vez más y que se concediese cada vez menos.


En el campo, la miseria del esclavo era todavía más extrema que en los tiempos en que eran una mercancía rara, y una vez en la casa acababa por formar parte de ella como un pariente joven. La modestia de las propiedades y la escasez de brazos hacían directas y humanas las relaciones con el amo. Pero en los latifundios, donde los esclavos eran contratados a cuadrillas, el amo no se dejaba ver, y en su puesto estaba un cómitre escogido entre la peor canalla, que procuraba ahorrar hasta lo imposible en comida y andrajos, que era el único salario de aquellos desdichados; los cuales, si desobedecían o se quejaban, eran echados, cargados de cadenas a una ergástula bajo tierra.


En 196 hubo una rebelión de ellos en Etruria. Fueron muertos todos por las legiones y muchos crucificados. Diez años después estalló otra revuelta en Apulia: los pocos que sobrevivieron a la represión fueron internados en las minas. En 139 estalló una auténtica guerra «servil», encabezada por Euno, que degolló a la población de Enna, ocupó Agrigento y en breve, con un ejército de setenta mil hombres, todos esclavos rebeldes, se adueñó de casi toda Sicilia, derrotando incluso a un ejército romano. Hubo que luchar seis años para someterle. Pero el castigo fue, como siempre, adecuado a los esfuerzos.
EL ESCLAVO REBELDE EUNO

Precisamente en aquel año de -133 antes de Jesucristo, Tiberio Graco, hijo de Sempronio y de Cornelia, fue elegido tribuno.
LOS GRACOS Y SU MADRE CORNELIA

En el salón de su madre había crecido con ideas radicales, que le remachó en la cabeza su preceptor Blosio, un filósofo griego de Cumas. Y a la edad en que se piensa en las chicas él sólo pensaba en política. Era lo que se suele decir un «idealista». Pero hasta qué punto sus ideas, que eran excelentes, estaban al servicio de su ambición, que era grandísima, o viceversa, lo ignoraba él mismo, como por lo demás, ocurre a todos los idealistas. La situación del país la conocía un poco porque en el salón siempre se hablaba de ella y con gran competencia, y otro poco porque, según lo dicho por su hermano, había ido personalmente a estudiarla en Etruria, quedando horrorizado. Comprendió que Italia corría a la ruina si su agricultura caía definitivamente en manos de especuladores y esclavos, y que en la misma Roma no podía triunfar ninguna democracia sana con un proletariado que se corrompía diariamente en el ocio y con la percepción de subsidios.


El único remedio que oponer a la esclavitud, al urbanismo y a la decadencia militar, le pareció ser una audaz reforma agraria que, apenas fue elegido, propuso a la Asamblea. Consistía en tres propuestas: 

1) Ningún ciudadano debía poseer más de ciento veinticinco hectáreas del agro público, que podían convertirse en doscientas cincuenta sólo en el caso de que tuviera dos o más hijos. 

2) Todas las tierras distribuidas o arrendadas por el Estado debían serle devueltas al mismo precio, más un rembolso por las eventuales mejoras aportadas. 

3) Éstas debían ser repartidas y redistribuidas entre los ciudadanos pobres en parcelas de cinco o seis hectáreas cada una, con compromiso de no venderlas y de pagar un reducido impuesto sobre ellas.


Eran propuestas razonables y plenamente coherentes con las Leyes Licinias que ya habían sido aprobadas doscientos años antes. Pero Tiberio cometió el error de aliñarlas con una oratoria demagógica y de «barricada» que, además, desentonaba con su condición social. Pues esos «progresistas», de elevada extracción, fuesen nobles o burgueses, no sabían rehuir, entonces como ahora, una contradicción entre hábitos de vida refinados y sofisticados y actitudes políticas populistas y callejeras. «Nuestros generales —dijo hablando en la rostra— nos incitan a combatir por los templos y las tumbas de vuestros antepasados. Ocioso y vano llamamiento. Vosotros no tenéis altares paternos. Vosotros no tenéis tumbas ancestrales. Vosotros no tenéis nada. Combatís y morís sólo para procurar lujo y riqueza a los otros.»


Estaba bien dicho porque, por desgracia, Tiberio era también un excelente orador. Pero había los extremos del sabotaje. El Senado declaró ilegales las propuestas, acusó a su autor de ambiciones dictatoriales y persuadió a Octavio, otro tribuno, a que opusiese el veto. Tiberio contestó con un proyecto de ley según el cual un tribuno, cuando obraba contra la voluntad del Parlamento, debía ser depuesto inmediatamente.


 La Asamblea aprobó la propuesta y los lictores de Tiberio echaron a la fuerza de su banco a Octavio. Después, el proyecto de ley fue votado, y la Asamblea, temiendo por la vida de Graco, le escoltó hasta su casa.

TIBERIO GRACO EXPULSA A OCTAVIO
Tenemos la impresión de que aquel día no fue recibido con el unánime entusiasmo que acaso esperaba. Tal vez solamente Cornelia siguió reconociéndole una de sus «alhajas», como un día les definiera a él y a Cayo. Los demás debieron de quedarse un poco sobresaltados, no tanto por la ley que había impuesto y que expresaba plenamente los puntos de vista políticos del «salón», cuanto por los medios anticonstitucionales que había empleado contra Octavio. Pero sin duda se escandalizaron y se desolidarizaron de él cuando, a pesar de una norma precisa que lo vedaba. Tiberio entró nuevamente en liza para el tribunado.


Se vio obligado a hacerlo porque el Senado amenazaba, apenas expirara su cargo, con procesarle. Pero era un gesto de rebelión. Abandonado así por sus propios amigos de casa, Tiberio acentuó más la desviación a la izquierda para granjearse el favor de la plebe. Prometió, si era reelegido, abreviar el servicio militar, abolir el monopolio de los senadores en los jurados de los tribunales y, dado que en aquel momento Átalo III de Pérgamo murió dejando su reino a Roma, propuso vender la propiedad mobiliaria de aquél para ayudar con lo recaudado a los campesinos a equipar sus fincas. Y ahí desembocó en la pura demagogia, proporcionando argumentos válidos al adversario.


El día de las elecciones, Tiberio apareció en el Foro con una guardia armada y vestido de luto para dar a entender que el votar en contra significaba para él la condena a muerte. Pero, mientras se votaba, irrumpió un grupo de senadores blandiendo garrotes, encabezados por Escipión Násica. El prestigio de que todavía gozaba el Senado y que Graco había neciamente descuidado, queda demostrado por el hecho de que ante aquellas togas patricias los amigos de Tiberio cedieron respetuosamente el paso dejándole solo. Le mataron de un mazazo en la nuca. Y su cuerpo, junto con el de un centenar de adictos, fue arrojado al Tíber.


Su hermano Cayo pidió permiso para rescatar el cadáver y darle sepultura. Se lo negaron.
TIBERIO Y CAYO GRACO

Esto sucedió en -132. Nueve años después, o sea en -123, la segunda de las «alhajas» de Cornelia había ocupado el puesto de su hermano como tribuno. Le conocemos mejor y le estimamos más porque nos parece de inteligencia más realista que su hermano y también más sincero. Había sido asimismo un orador magnífico; Cicerón le consideraba el más grande (después de él, se entiende); había militado valerosamente a las órdenes de su cuñado Escipión Emiliano en Numancia y poseía un gran dominio de sí mismo. Efectivamente, siguió adelante con moderación, sin querer quemar las etapas al primer momento.
NUMANTINOS ANTE ESCIPIÓN EMILIANO
En aquellos nueve años las leyes agrarias de Tiberio que el Senado, después de haber dado muerte a su autor, no se atrevió a abrogar, habían dado sus buenos frutos, a pesar de que su aplicación había topado con muchas dificultades prácticas. El censo de vecinos constaba de ochenta mil nuevos ciudadanos, que lo fueron precisamente por haber poseído una parcela de tierra. Pero se elevaron muchas protestas de los antiguos propietarios que no querían ni merma de capital ni confiscación y que confiaron su causa a Escipión Emiliano. No se sabe por qué, éste aceptó la defensa de aquellos intereses que eran contrarios a sus ideas. Pero se avino a ello tal vez, precisamente, por razones de familia según las cuales hubiera debido abstenerse de hacerlo. Sus relaciones con su esposa Cornelia habían ido empeorando cada vez más. Y una mañana del 129 fue hallado asesinado en su lecho. No se ha sabido nunca quién lo mató, pero naturalmente los chismosos de las casas aristocráticas, donde eran odiados, acusaban a la esposa y a la suegra.

ESCIPIÓN EMILIANO

Crecido en medio de tantas desdichas y en una casa abandonada ya por los más íntimos amigos, Cayo llevó adelante con cautela la aplicación de las leyes de Tiberio; creó nuevas colonias agrícolas en la Italia meridional y en África se ganó a los soldados prescribiendo que a partir de entonces estarían equipados a expensas del Estado y fijó un «precio político» para el trigo, que era la mitad del que regía en el mercado. Y con esta última medida, que después había de ser el arma más fuerte en manos de Mario y de César, tuvo de su parte a todo el pueblo llano de la Urbe.


Pertrechado con esos éxitos, pudo volver a presentarse al tribunado del año siguiente sin arriesgar la vida, como le había sucedido a su hermano, y salir triunfante. Entonces creyó poder jugar las cartas grandes y ahí se equivocó. Propuso agregar a los trescientos senadores de derecho otros trescientos elegidos por la Asamblea y extender la ciudadanía a todos los hombres libres del Lacio y a buena parte de los del resto de la península.


Pero había echado mal las cuentas con los egoísmos del proletariado romano, cuyos cofrades del Lacio y de la península le importaban un comino. El Senado obró prontamente para aprovechar este error táctico de su adversario. Empujó al otro tribuno, Livio Druso, a proposiciones más radicales aún: que se aboliesen los tributos impuestos por la ley de Tiberio a los nuevos propietarios, y que a cuarenta y dos mil pobres de solemnidad de Roma les distribuyeran nuevas tierras en doce nuevas colonias. La Asamblea aprobó en seguida el proyecto. Y cuando Cayo volvió, se encontró con que todos los favores los monopolizaba Druso.

MARCO LIVIO DRUSO

Se presentó a una tercera elección y fue derrotado. Sus secuaces dijeron que había habido fraude, pero él les aconsejó moderación y se retiró a la vida privada.


Cuando se trató de hacer frente a los compromisos contraídos para liquidar a Cayo, el Senado se encontró en un apuro y trató de tergiversar. La Asamblea se dio cuenta de que era un primer paso para el sabotaje de la legislación de los Gracos, cuyos simpatizantes se presentaron armados a la reunión siguiente. Uno de ellos descalabró a un conservador que había pronunciado palabras de amenaza contra Cayo.


El día siguiente, los senadores comparecieron en plan de batalla, seguido cada uno de ellos por dos esclavos. Los graquistas se atrincheraron en el Aventino y Cayo intentó interponerse para restablecer la paz. Como no pudo conseguirlo, se arrojó al Tíber, cruzándolo a nado. En la otra orilla, cuando estaba a punto de ser alcanzado por sus perseguidores, ordenó a un siervo suyo que le matara. El siervo obedeció. Después, extrajo el puñal teñido de sangre del pecho de su amo y se lo clavó en el propio. Un secuaz de Cayo cercenó la cabeza al cadáver, la rellenó de plomo y la llevó al Senado, que había ofrecido su peso en oro. Se embolsó la recompensa y se rehízo una «virginidad política». El pueblo llano que tanto le había aplaudido ni siquiera pestañeó ante el asesinato de su héroe; estaba demasiado ocupado saqueándole la casa.


Cornelia, la madre de los dos hijos asesinados y de una viuda sospechosa de asesinato, se puso de hito. El Senado le ordenó que se lo quitase.