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domingo, 1 de diciembre de 2024

¡EL MOTÍN ES ALTA TRAICIÓN! ( EL MOTÍN DE LA NOVENA LEGIÓN DE CAYO JULIO CÉSAR)




-Estoy aquí para aclarar una ignominia -exclamó con aquella voz aguda y de gran alcance que había descubierto que llegaba más lejos que su natural tono grave-. Una de mis legiones se ha amotinado. La estáis viendo aquí en su totalidad, representantes de mis otras legiones. Se trata de la novena.

Nadie comenzó a murmurar a causa de la sorpresa, pues los rumores siempre corrían, aunque los hombres estuvieran acuartelados en campamentos diferentes.



-¡La novena! Que son veteranos de toda la guerra en la Galia Comata, una legión cuyos estandartes gimen a causa del peso de las condecoraciones al valor, cuya águila ha sido coronada de laurel una docena de veces y a cuyos hombres siempre he llamado mis muchachos. Pero la novena legión se ha amotinado. Sus hombres ya no son mis muchachos. Son chusma, agitados y vueltos contra mí por demagogos disfrazados de centuriones. i Centuriones! ¿Cómo llamarían aquellos dos magníficos centuriones, Tito Pullo y Lucio Voreno, a estos hombres mugrientos que los han sustituido al frente de la novena? -César adelantó la mano y señaló algún lugar cercano a él-. ¿Los veis, hombres de la novena? ¡Tito Pullo y Lucio Voreno! Se marcharon para cumplir el honroso deber de entrenar a otros centuriones aquí en Plasencia, pero hoy están presentes aquí para llorar ante el deshonor en que se ha sumido su antigua legión. ¿Veis sus lágrimas? ¡Lloran por vosotros!. Pero yo no puedo hacer lo mismo. Estoy demasiado lleno de desprecio, demasiado consumido por la ira. La novena ha roto mi historial, hasta ahora perfecto. Ya no puedo decir que ninguna de mis legiones se ha amotinado jamás. -No se movió. Las manos permanecían junto a los costados-. Representantes de mis otras legiones, os he reunido para que presenciéis lo que voy a hacer con los hombres de la novena. Ellos me han informado de que no piensan moverse de Plasencia, que desean ser licenciados aquí y ahora, que se les pague y se les liquide, incluida su parte del botín de una guerra de nueve años. Bien, pues tendrán esa licencia que piden... ¡pero no será una licencia con honor! Su parte del botín de esa guerra de nueve años será repartida entre mis legiones leales. ¡No recibirán tierras, y despojaré hasta el último de ellos de su ciudadanía! Yo soy el dictador de Roma. Mi imperium es superior al imperium de los cónsules, superior al de los gobernadores. Pero yo no soy Sila, y no abusaré del poder inherente a la dictadura. Lo que hago hoy aquí no es abusar de ese poder, sino que ésta es la decisión justa y racional de un comandante en jefe cuyos soldados se han amotinado.



»Soy bastante tolerante. ¡No me importa si mis legionarios apestan a perfume y se dan unos a otros por el culo con tal de que luchen como gatos salvajes y permanezcan completamente leales a mí! Pero los hombres de la novena son desleales. Los hombres de la novena me han acusado de engañarles deliberadamente y de privarles de sus derechos. ¡Me han acusado a mí! ¡A Cayo Julio César! ¡A su comandante en jefe durante diez largos años! ¡Mi palabra no es lo bastante buena para la novena! ¡La novena se ha amotinado! -La voz se le hizo más potente y rugió, algo que nunca había hecho en una asamblea de soldados-. ¡NO ESTOY DISPUESTO A TOLERAR EL MOTIN! ¿Me oís? ¡NO ESTOY DISPUESTO A TOLERAR EL MOTÍN! ¡El motín es el peor crimen que los soldados pueden cometer! ¡El motín es alta traición! ¡Y trataré el motín de la novena como alta traición! ¡Despojaré a esos hombres de sus derechos y de su ciudadanía! ¡Y los diezmaré! Aguardó hasta que las voces que le hacían eco se apagaron. Nadie producía sonido alguno excepto Pullo y Voreno, que lloraban. Todos los ojos estaban clavados en César.



-¿Cómo habéis podido? -le gritó luego a la novena-. ¡Oh, no tenéis ni idea de lo profundamente que les he agradecido a todos nuestros dioses que Quinto Cicerón no esté hoy aquí!. Pero ésta no es su legión; estos hombres no pueden ser los mismos que mantuvieron a raya a cincuenta mil nervios durante más de treinta días, los mismos que resultaron todos heridos, que enfermaron todos, que vieron cómo sus alimentos y sus enseres ardían envueltos en llamas... ¡Y SIGUIERON LUCHANDO COMO SOLDADOS! ¡No, éstos no son los mismos hombres! ¡Estos hombres son quejicas, avariciosos, mezquinos e indignos! ¡No llamaré a hombres así mis muchachos! ¡No los necesito! -Adelantó ambas manos-. ¿Cómo habéis podido? ¿Cómo habéis podido creer a los hombres que iban haciendo correr rumores entre vosotros? ¿Qué os he hecho yo para merecer esto? Cuando vosotros teníais hambre, ¿comía yo mejor? Cuando vosotros teníais frío, ¿dormía yo caliente? Cuando teníais miedo, ¿os ridiculicé? Cuando me necesitabais, ¿no estuve siempre allí? Cuando os di mi palabra, ¿alguna vez me eché atrás? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? -Las manos le temblaban, por lo que apretó los puños-. ¿Quiénes son esos hombres que están entre vosotros, esos hombres a quienes creéis antes que a mí? ¿Qué laureles llevan en la frente que yo no haya llevado? ¿Son los campeones de Marte? ¿Son hombres más importantes que yo? ¿Os han servido ellos mejor que yo? ¿Os han enriquecido más de lo que os he enriquecido yo? No, todavía no habéis recibido vuestra parte del botín triunfal... ¡No lo ha recibido ninguna de mis legiones! ¡Pero habéis recibido mucho de mí a pesar de eso! ¡Primas en efectivo que saqué de mi propia bolsa! ¡Yo os doblé la paga! ¿Acaso tenéis pagas atrasadas? ¡No! ¿No os he compensado por la falta de botín que una guerra civil prohíbe? ¿Qué he hecho? -Dejó caer las manos-. La respuesta es, novena, que no he hecho nada para merecer un motín, aunque el motín fuera una prerrogativa aceptada. Pero es que el motín no es una prerrogativa aceptada. ¡EL MOTÍN ES ALTA TRAICIÓN, y lo sería aunque yo fuera el comandante en jefe más tacaño y más cruel de toda la historia de Roma! Me habéis escupido encima. Yo no os dignifico si os escupo a mi vez. ¡Simplemente os digo que sois indignos de ser mis muchachos!


Una voz se hizo oír; era la de Sexto Cloacio, a quien las lágrimas le corrían por la cara.

-¡César, César, no! -exclamó llorando al tiempo que salía de la primera fila y subía al estrado-. Puedo soportar que me licencies. Puedo soportar perder el dinero. Puedo soportar incluso ser diezmado si me toca en suerte. ¡Pero no puedo soportar no ser uno de tus muchachos!




Salieron todos, los diez hombres que habían formado la delegación de la novena, llorando, suplicando perdón, ofreciendo morir sólo porque César los llamase sus muchachos, les siguiera concediendo el respeto de antes. El dolor se extendió, los soldados rasos sollozaban y gemían. Auténtico, de corazón.



¡Son como niños!, pensó César mientras escuchaba, mecido por palabras bellas salidas de bocas sucias, timado como los apuflos reunidos con charlatanes. Eran niños. Valientes, duros, a veces crueles. Pero no hombres en el verdadero sentido de la palabra. Eran niños. Les dejó que se desahogasen.

-Muy bien -les dijo después-. No os licenciaré. No os consideraré a todos culpables de alta traición. Pero hay condiciones. Quiero a los ciento veinte cabecillas de este motín. A todos ellos se les expulsará del ejército y todos perderán la ciudadanía. Y los diezmaré, lo que significa que doce de ellos morirán de la manera tradicional. Que salgan ahora.




Ochenta de ellos formaban la centuria entera de Carfuleno, la primera de la séptima cohorte; entre los otros cuarenta se contaban los centuriones amigos de Carfuleno, y Cloacio y Aponio. Las suertes para escoger a los doce hombres que morirían fueron amañadas, pues Sulpicio Rufo había hecho sus propias averiguaciones para saber quiénes eran los cabecillas. Uno de los cuales, el centurión Marco Pusión, no estaba entre los ciento veinte hombres que la novena había indicado.

-¿Hay aquí algún hombre inocente? -preguntó César.

-¡Sí! -le respondió una voz a gritos desde las profundidades de la novena legión-. Su centurión, Marco Pusión, lo ha nombrado. ¡Pero Pusión es culpable!

-Sal, soldado -le ordenó César. El hombre inocente salió. -Pusión, ocupa su lugar.




A Carfuleno, Pusión, Apicio y Escapcio les tocó en suerte morir; los otros ocho condenados eran todos soldados rasos, pero estaban muy implicados. La sentencia se cumplió de inmediato. En cada grupo de diez hombres acusados, a los nueve a quienes les tocó en suerte vivir se les dieron porras y se les ordenó que aporrearan a aquel de su grupo que había sido condenado a muerte hasta que quedase convertido en pulpa irreconocible.

-Bien -dijo César cuando todo acabó. Pero en realidad no estaba bien: nunca más podría volver a decir que sus tropas nunca se habían amotinado-. Rufo, ¿me has preparado una listarevisada de la jerarquía de los centuriones?

-Sí, César.

-Pues reestructura tu legión de acuerdo con ella. Hoy he perdido a más de veinte centuriones de la novena.

-Pues me alegro de que no hayamos tenido que perder a la novena entera -le dijo Cayo Fabio dejando escapar un suspiro-. ¡Qué asunto tan espantoso!




-Todo por un hombre auténticamente malo -apuntó Trebonio con la cara más triste de lo habitual-. De no haber sido por Carfuleno, dudo que esto hubiera ocurrido.

-Quizá, pero el hecho es que ha ocurrido -sentenció César con voz dura-. Nunca perdonaré a la novena.

-César, no todos ellos son malos -le aseguró Fabio, un poco perturbado.

-No, son simplemente niños. Pero ¿por qué la gente espera que a los niños se les perdone? No son animales, son miembros de la gens humana. Por ello deberían ser capaces de pensar por sí mismos. Nunca perdonaré a la novena legión. Y los hombres que la forman lo descubrirán cuando esta guerra civil acabe y yo los licencie. No recibirán tierras en Italia ni en la Galia Cisalpina. Pueden irse a una colonia cerca de Narbona.

Hizo un gesto de despedida con la cabeza.

Fabio y Trebonio se dirigieron juntos a sus tiendas, muy callados al principio.




Por fin Fabio habló:

-Trebonio, ¿son imaginaciones mías o puede ser que César esté cambiando?

¿Quieres decir endureciéndose?

-No estoy seguro de que ésa sea la palabra más adecuada. Quizá... sí, más consciente de que es especial. ¿Crees que eso tiene sentido?

-Desde luego.

-¿Por qué?

-Oh, pues por la marcha de los acontecimientos -le explicó Trebonio-. A un hombre inferior a él lo habrían destrozado. Lo que ha hecho que César se haya mantenido de una pieza es que nunca ha dudado de sí mismo. Pero el motín de la novena ha roto algo dentro de él. Nunca había ni soñado siquiera que sucediera. No creía que nunca, nunca pudiera sucederle a él. En muchos aspectos, creo que esto ha sido para César más traumático que cruzar el Rubicón, ese río insignificante.

-Sigue creyendo en sí mismo.

-Seguirá haciéndolo incluso cuando se esté muriendo -le aseguró Cayo Trebonio-. Pero el día de hoy ha empañado la idea que tenía de sí mismo. César quiere la perfección. Nada debe empequeñecerlo.

-Cada vez pregunta con más frecuencia por qué nadie quiere creer que él es capaz de gana resta guerra -comentó Fabio frunciendo el ceño.

-Porque cada vez está más enojado ante la necedad de la gente. ¡Imagínate, Fabio, cómo debe ser el saber que no hay nadie igual que tú, que esté a tu altura! Pues César lo sabe. ¡Él puede hacer cualquier cosa! Lo ha demostrado demasiadas veces para enumerarlas. Lo que en realidad quiere es que se le reconozca como lo que es. Pero eso no sucede. Lo que recibe es oposición, no reconocimiento. Ésta es una guerra para demostrarle a la gente lo que tú y yo, y por supuesto César, ya sabemos. Ha cumplido los cincuenta y todavía está batallando por lo que considera que se le debe. No es de extrañar, creo yo, que se le esté endureciendo la piel.

( ESCRITO POR COLLEEN MCCULLOUGH, EN SU OBRA “CÉSAR”)







domingo, 18 de junio de 2023

GUERRA Y JUSTICIA EN EL PENSAMIENTO DE PORFIRIO

En su tratado sobre cuestiones homéricas, Porfirio desarrolla una filosofía de la guerra que se centra en la idea de que los dioses son fundamentales en el desarrollo de las guerras y que su voluntad es determinante en el resultado final. Según él, si no se atienden a los hechos de la guerra, que dependen sobre todo de la piedad hacia los dioses, no se puede comprender adecuadamente el fenómeno bélico.

 

Porfirio también hace referencia a la tradición neoplatónica relativa a las cuestiones militares y destaca que el propósito de la guerra es asegurar la justicia. En este sentido, Porfirio considera que los dioses son justos y que, por lo tanto, las guerras deben ser justas para contar con su apoyo divino.

 

Además, Porfirio destaca que la guerra es un fenómeno impredecible y complejo que está sujeto a múltiples factores. Para él, el conocimiento sobre lo divino y lo humano es fundamental para comprender adecuadamente este fenómeno y tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

En resumen, Porfirio destaca la importancia de atender a los hechos bélicos para comprender adecuadamente este fenómeno. Además, hace referencia a la tradición neoplatónica relativa a las cuestiones militares y destaca que el propósito de la guerra es asegurar la justicia. Por último, enfatiza en que el conocimiento sobre lo divino y lo humano es fundamental para tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

Personalmente creo que se le podría hacer unas críticas. No comparto del todo la idea de que los dioses son los que deciden las guerras. Se supone que los dioses son racionales y nos gobiernan mediante la ley natural que ellos mismos han fijado y que es inquebrantable por su propia naturaleza.

 

 La guerra, que no se provoque con todo lo destructiva que es, depende de la virtud y la prudencia de los hombres, ya que es el resultado de las acciones y decisiones humanas.

 La guerra solo es justa cuando se defiende la patria, la libertad o la ley, y cuando se respeta a los enemigos y se busca la paz, evitando la crueldad y el abuso del poder por parte del vencedor. En este sentido la justicia es el objetivo y el medio de la guerra, tal como dice el propio filósofo Porfirio.

 

Tampoco hay que olvidar que el pensamiento de Porfirio se enfoca dentro del contexto romano, que había creado un gran imperio gracias a su habilidad militar y política. Roma era la heredera de Grecia, y su misión era civilizar y dar derecho a todos los pueblos, aunque tuviera que recurrir a la guerra muchas veces. 




jueves, 15 de junio de 2023

ESTOCADA DEL LEGIONARIO, EL SECRETO DE SU ÉXITO MILITAR

 

A los legionarios se les enseñaban a no cortar ( dar tajos) sino a dar estocadas ( apuñalar con sus espadas). Para los romanos, quienes luchaban cortando, no solo eran fáciles de vencer, sino que además se burlaban de ellos. Un corte, aun los hechos con mucha fuerza, no suele matar, pues los órganos vitales están defendidos por la armadura y por los huesos. Por el contrario, una estocada, con que penetre cinco centímetros, es mortal, pues es inevitable que alcance algún órgano vital. Además, al lanzar un corte, el brazo y el lado derechos quedan expuestos, mientras que al lanzar una estocada el cuerpo está cubierto y el adversario queda herido antes de ver la espada.

 

( Flavio Vegecio Renato )

 

Flavio Vegecio Renato fue un escritor del Imperio romano del siglo IV. Nada se sabe de su vida excepto lo que él mismo dice en sus obras. Vegecio no se identifica como militar, sino como vir illustris et comes (hombre ilustre y conde) términos que, en el latín de la época, le señalan como un personaje cercano al emperador.

 

La obra más famosa que escribió fue el Epitoma rei militaris o De re militari, un tratado sobre la ciencia y el arte militar de los antiguos romanos. También se le atribuye la autoría de un manual veterinario llamado Mulomedicina.


viernes, 9 de junio de 2023

TEMISTIO Y LA FILOSOFÍA DE LA GUERRA: RAZÓN, IRA Y JUSTICIA

Temistio, un filósofo y orador de la Antigüedad Tardía, aborda la filosofía de la guerra en su discurso "Sobre la victoria de Valente". En este discurso, Temistio destaca que la tarea de los líderes militares es actuar conforme a la razón que permite dominar la ira. Según él, los reyes deben ser guiados por la razón y los soldados por la ira.

 

Temistio se inspira en Platón para equiparar a los reyes con la razón y a los soldados con la ira. Además, destaca que el honor de la victoria corresponde a los generales, oficiales y cada soldado de la tropa en condiciones normales. 

Sin embargo, en el caso específico que aborda en su discurso, Temistio reconoce que Valente puede atribuirse gran parte del mérito debido a su determinación ante una situación incierta.

 

En su discurso "Sobre la victoria de Valente", Temistio felicita al emperador por su triunfo sobre el usurpador Procopio en el año 366 y le pide clemencia para algunos de los rebeldes. Temistio destaca que Valente actuó con razón y moderación, controlando su ira y siguiendo el consejo de sus generales. Según él, Valente demostró ser un gobernante prudente y justo, que buscaba la paz y la unidad del imperio.

 

El emperador Valente tuvo que enfrentarse a la invasión de los godos en el año 376, cuando estos pidieron refugio en el imperio huyendo de los hunos. Valente les permitió cruzar el Danubio, pero pronto surgieron conflictos entre los godos y los romanos por el trato abusivo que recibieron de algunos funcionarios corruptos. 

Los godos se rebelaron y se aliaron con otros pueblos bárbaros, amenazando la seguridad del imperio. Valente decidió enfrentarse a ellos con su ejército, pero fue derrotado y muerto en la batalla de Adrianópolis en el año 378. 

Aunque Temistio no dedica un tratado sistemático a la filosofía de la guerra, en sus discursos públicos sobre cuestiones políticas hace frecuentes alusiones a la paz y la guerra. En ellos, destaca que la guerra es un fenómeno complejo que requiere de una comprensión adecuada para tomar decisiones acertadas en el campo de batalla.

 

Temistio considera que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Según él, los reyes deben ser los encargados de guiar a los soldados hacia la victoria, ya que son los únicos capaces de mantener el equilibrio entre las pasiones y las necesidades del Estado.

 

Además, Temistio destaca que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia. Para él, las guerras justas son aquellas que se llevan a cabo para defenderse o para proteger a otros de una injusticia. En este sentido, considera que los líderes militares deben actuar con prudencia y justicia para asegurar que sus acciones estén en línea con estos objetivos.

 

En resumen, Temistio destaca que los líderes militares deben ser guiados por la razón para dominar la ira y actuar con prudencia en el campo de batalla. Además, enfatiza en que el propósito de la guerra es asegurar la paz y la justicia y considera que las guerras justas son aquellas llevadas a cabo para defenderse o proteger a otros de una injusticia.   





domingo, 4 de junio de 2023

ESTRATAGEMAS, por SEXTO JULIO FRONTINO

ESTRATAGEMAS, por SEXTO JULIO FRONTINO  

 

Estratagemas es una obra escrita por Sexto Julio Frontino, un senador y militar del Imperio romano que vivió entre el año 30 y el 103 d.C.  El libro es una colección de más de 500 ejemplos de tácticas militares extraídos de la historia griega y romana, que Frontino compiló como un manual para líderes militares, políticos y otros interesados en el arte de la guerra

 

El libro se divide en cuatro libros, cada uno con un tema diferente. El primer libro trata sobre las estratagemas generales, como el uso de la inteligencia, la sorpresa, la astucia, el engaño, la simulación y la disimulación. El segundo libro se ocupa de las estratagemas ofensivas, como el ataque por sorpresa, el aprovechamiento de las oportunidades, la elección del momento y el lugar adecuados, el uso de la fuerza y la debilidad, y el empleo de diversos recursos. El tercer libro se refiere a las estratagemas defensivas, como el uso de la fortificación, la resistencia, la retirada, la contraofensiva y la negociación. El cuarto libro aborda las estratagemas mixtas, que son aquellas que se pueden usar tanto en la ofensiva como en la defensiva, como el uso de los aliados, los enemigos, los rehenes, los espías y los desertores.

 

Frontino destaca la importancia de la astucia y la inteligencia en la guerra, y argumenta que la superioridad militar no se basa solo en la fuerza bruta, sino en la capacidad de pensar de manera creativa y aprovechar las oportunidades que se presenten.

 

Estratagemas es una obra que muestra el conocimiento y la experiencia de Frontino en el campo militar, así como su interés por preservar y transmitir las lecciones de la historia. Es una obra que ha influido en muchos autores posteriores sobre el tema de la estrategia y que sigue siendo relevante y útil para entender los principios y las prácticas de la guerra.

 

Frontino fue un general y escritor romano que nos enseñó mucho sobre el arte de la guerra. Él creía que para ganar una guerra no hacía falta tener muchos recursos, sino saber usarlos bien. También pensaba que el mejor general era el que podía ganar sin tener que pelear directamente, usando la diplomacia o el engaño. Para él, la guerra era un juego de inteligencia y astucia, donde había que conocer al enemigo y a uno mismo, y saber cómo engañarle y sorprenderle. También decía que había que planificar y preparar bien cada batalla, y tener en cuenta el terreno y la geografía.

 La rapidez y la movilidad eran muy importantes, así como la disciplina y la organización del ejército. La audacia y la valentía eran esenciales, pero siempre con una estrategia sólida detrás. Frontino sabía que la guerra era difícil y peligrosa, y que requería sacrificio, resistencia y paciencia. Su objetivo era hacer perder al enemigo toda esperanza de vencer, pues la guerra no se ganaba con las armas, sino con los hombres. Frontino nos dejó un legado de sabiduría sobre cómo ganar una guerra sin luchar, o cómo luchar con habilidad y astucia.



miércoles, 10 de mayo de 2023

martes, 9 de mayo de 2023

MARTÍN DE TOURS, EL LEGIONARIO QUE SE CONVIRTIÓ EN SANTO

San Martín de Tours (Sanctus Martinus Turonensis en latín), o San Martín de Loba (Sabaria, Panonia; actual Szombathely, Hungría, 316-Candes, actual Candes-Saint-Martin, Francia, 397), fue un obispo católico de Tours elevado a santo y patrono de numerosas localidades. Se trata de un santo enormemente popular, puesto que desde muy antiguo existen por todo el mundo cristiano numerosas iglesias y basílicas colocadas bajo su advocación, siendo una de las más destacadas la propia basílica situada en su ciudad original. La misma palabra "capilla" procede de la popular leyenda que acompaña siempre a este santo en toda su iconografía.​

 

Nació en el año 316 en la actual Szombathely, Hungría, en el seno de la familia de un oficial del ejército romano, siendo bautizado en el año 334.​ Recibió su educación en Pavía,​ e ingresó con 15 años en la guardia imperial romana.​

 

La leyenda más famosa en torno a su vida sucedería hacia el año 337. Estando Martín en Amiens, encontró cerca de la puerta de la ciudad a un mendigo tiritando de frío; enseguida, sacó la espada, rasgó su capa de soldado y le dio la mitad para que se abrigara, declarándole que no podía dársela entera porque la capa pertenecía al ejército romano, en el que servía.​ Esa misma noche soñó con Jesucristo vestido con la media capa y diciéndole a una multitud de ángeles que le rodeaba: «Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha cubierto con este vestido».​ Esta es la escena que iconográficamente se ha preferido para representar a San Martín. Además, a partir de las numerosas iglesias que después reclamarían guardar una reliquia de este trozo de capa, se acabó por popularizar el término capilla en todo el mundo occidental para denominar a los mismos lugares de culto cristiano.​

 

Martín, hijo de un tribuno romano, nació en Sabaria, en Panonia, hacia el 315. A los quince años ya vestía el uniforme militar. El episodio del manto hay que colocarlo en este periodo, porque a los 18 años recibió el bautismo y abandonó la milicia para seguir a San Hilario de Poitiers, su maestro. Después de un breve noviciado de vida eremítica en la Isle Galinaria, Martín fundo dos monasterios: Ligugé, el más antiguo de Europa, y Marmoutier, que se convertiría en un gran centro de vida religiosa.

 

Este suceso provocó un cambio profundo en Martín, que al final decidió dejar el ejército romano en el año 356,​ mientras se encontraba en Worms, Alemania,​ para poder dedicar el resto de su vida a servir exclusivamente a Cristo.

 

Se unió entonces a los discípulos del obispo Hilario en la ciudad de Poitiers, en la provincia romana de la Galia (actual Francia). Poco después, Hilario tuvo que exiliarse​ y, tras su partida, Martín emprendió un largo viaje que le llevó de regreso a su pueblo natal, donde consiguió convertir al cristianismo a su madre, pero no a su padre.

 

Desde allí partió en dirección a Milán, donde entró en contacto con un grupo de hombres que llevaban una vida de retiro, oración y ascetismo. Al poco tiempo fue expulsado por el obispo Auxencio, que era seguidor de las doctrinas de Arrio.​ Entonces se trasladó a la isla Gallinara, frente a la costa de Génova, donde llevó una vida ascética junto con otro compañero.​

 

Hacia el año 361 se enteró del regreso del obispo Hilario, y se trasladó de nuevo a Poitiers para reencontrarse con él. Allí Hilario le ordenó diácono y después presbítero.​ Decidido a llevar una vida religiosa, se instaló en el cercano lugar de Ligugé, donde levantó el primer monasterio conocido de Europa,​ permaneciendo en él durante diez años.

 

En el año 371 es nombrado obispo de la ciudad gala de Tours.​ Su vida pastoral se caracterizó por la evangelización y la lucha contra las costumbres paganas.​ Combatió con firmeza las doctrinas del predicador hispano y después obispo Prisciliano, cercanas al gnosticismo y al maniqueísmo. Pero cuando este fue finalmente detenido en el año 385, Martín acudió a Tréveris ante el emperador Magno Máximo para evitar que fuese sentenciado a muerte. 

Otros obispos prestigiosos del orbe cristiano (Ambrosio de Milán, el papa Siricio) también intentaron lo mismo. Sin embargo, el obispo lusitano Idacio de Mérida logró inclinar el parecer del emperador hacia un castigo severo y ejemplar; y Máximo, acusando a Prisciliano de brujería, ordenó finalmente que fuese ejecutado por decapitación, junto con varios de sus seguidores. Martín, afligido y enfadado por este episodio, rompió sus relaciones con Idacio. Pero más tarde tuvo que reconciliarse con él, cuando el poderoso emperador Teodosio se lo exigió como condición a cambio de terminar con las ejecuciones de priscilianistas.​

Después del paréntesis contemplativo, siguió el activo: Martín, elegido obispo de Tours, se convirtió en el grande evangelizador de Francia. Había sido, como se dice, soldado sin quererlo, monje por elección y obispo por deber. En los 27 años de vida episcopal se ganó el amor entusiasta de los pobres, de los necesitados y de cuantos sufrían injusticias, pero no era bien visto por los de su clero que querían vivir tranquilamente. De hecho fue acusado por un sacerdote llamado Bricio. Su respuesta fue proverbial: “¿Si Cristo soportó a Judas, por qué no debería yo soportar a Bricio?”

 

Martín fundó, a unos tres kilómetros de Tours, una comunidad que fue denominada Maius Monasterium, y hoy conocida como Marmoutier,​ donde se llegarían a juntar unos 80 monjes, algunos de los cuales serían luego obispos.​

 

Durante veinticinco años, Martín viajó por las regiones de Turena, Chartres, París, Autun, Sens y Vienne.

 

Quien sería su biógrafo principal, Sulpicio Severo, conoció personalmente a Martín en los últimos años de su vida.​

 

El obispo Martín murió el 8 de noviembre del 397 en Candes, durante una visita pastoral. Sus funerales, que tuvieron lugar tres días después, fueron una verdadera apoteosis; en ese día, el 11, se conmemora su memoria. Se puede considerar como el primer santo no mártir con fiesta litúrgica. Esa fecha quedó también como punto de referencia en los contratos de arrendamientos, de terrenos, de compraventas, en el mundo agrícola: “el nuevo vino se bebe en San Martín”, se dice todavía hoy en muchas regiones de Italia y de Francia. 

Al poco tiempo, se levantó una capilla sobre su sepulcro y, con el tiempo, se construyó una basílica. Esta fue destruida por los normandos en el siglo v, luego reconstruida y después nuevamente destruida por los hugonotes en 1526. La actual basílica de San Martín de Tours fue inaugurada en 1925.​

 

La mitad del manto que – según la leyenda – San Martín compartió con el pobre de Amiens, se conserva celosamente en una capilla. Al custodio de la capilla se llama “capellán”, sin ser lo, porque es el protector de la “capa” del Obispo de Tours.

 

Su festividad litúrgica se celebra el 11 de noviembre. Esta fecha coincidía en muchas regiones de España con el período de la matanza del cerdo, y de ahí vino el origen de la expresión española «A cada cerdo le llega su San Martín».

 

Santa Teresita del Niño Jesús llevaba en su breviario una estampa de san Martín de Tours, que le recordaba la importancia del amor al prójimo.

 

En 2005, el Consejo Europeo aprobó la ruta de san Martín de Tours por diversos países europeos vinculados con el santo.​

 

San Martín de Tours es el patrono de los soldados y de numerosas poblaciones en todo el mundo, además de uno de los patronos secundarios de Francia y de Hungría.