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martes, 25 de abril de 2023

CAYO SUETONIO TRANQUILO

Cayo Suetonio Tranquilo ​ (circa 70-post 126) fue un historiador y biógrafo romano durante los reinados de los emperadores Trajano y Adriano. Formó parte del círculo de amistades de Plinio el Joven y, al final, de la del mismo emperador Adriano, hasta que cayó en desgracia por enemistarse con este. Su obra más importante es las Vidas de los doce césares, en las que biografía a los gobernantes de Roma desde Julio César hasta Domiciano.

 

Se sabe muy poco de su vida y reconstruirla exige comparar tres fuentes: las cartas de Plinio el Joven, los escritos de Elio Esparciano en la Historia Augusta y las obras de Juan Lido, además de prestar atención a las pequeñas indicaciones dadas por él mismo y la epigrafía. De acuerdo con estos materiales, y gracias a la aparición en la década de 1950 de una inscripción honorífica en su más que probable ciudad natal, se sabe que su nombre completo fue Gaius Suetonius Tranquillus,​ y que habría nacido en Hipona, antigua Hippo Regius, en Numidia (actual Annaba, Argelia), hacia el año 70 o 71, a principios del reinado de Vespasiano. Murió después del año 126.

 

Su padre, Suetonio Leto, procedía del orden ecuestre (equites) y fue tribuno angusticlavio de la legión decimotercera. Combatió en el ejército de Otón en la primera batalla de Bedriacum en 69, que ganó Vitelio, y disponía de una acomodada situación. Aunque al pertenecer a tal clase lo habitual habría sido que el hijo hubiera seguido la carrera militar y luego la de la administración fiscal, Suetonio no se decidió por ello y, por el contrario, en tiempos de Domiciano, fue enviado a Roma para estudiar literatura, gramática y retórica, hasta llegar a ejercer como profesor y abogado, en el año 97.

 

Fue amigo y protegido de Plinio el Joven, quien le consiguió el ius trium liberorum (exenciones concedidas a un padre de tres hijos) y le habría además recomendado al emperador Trajano, gracias a lo cual pudo ingresar en la burocracia imperial, desempeñando durante el reinado de este los cargos de superintendente de las bibliotecas públicas (a bibliothecis) y responsable de los archivos (a studiis). Sirvió a Plinio durante la estancia de este como gobernador de Ponto y de Bitinia entre 110 y 112.

 

Tras la muerte de Plinio, Suetonio tuvo otro gran valedor, Cayo Septicio Claro, prefecto del pretorio de Adriano. Este consiguió que el emperador nombrara a Suetonio secretario ab epistulis, encargado de la correspondencia oficial, cargo de gran categoría y confianza. Este puesto le proporcionó acceso a los archivos imperiales y a la correspondencia de César y Augusto, e incluso a los testamentos de uno y otro, lo que sirvió para conferir veracidad a su obra, de relato con información de primera mano. Posiblemente acompañó al emperador en sus viajes a Galia, Germania y Britania, entre los años 120 y 122.

 

En 122, tanto él como Septicio Claro cayeron en desgracia, y se rompieron bruscamente sus relaciones con Adriano; el colofón de esta última y triste época supuso su expulsión de la Corte. Parece ser que fue debido a «haberse tomado demasiadas familiaridades con la emperatriz»,​ si bien otros autores sugieren que Adriano solo trataba de aislar a Vibia Sabina.

 

A partir de este momento, se retiró a la vida privada y se consagró a la labor literaria, por más que los datos sobre su vida desde entonces sean prácticamente nulos: ni siquiera se sabe con seguridad la fecha de su muerte que, en todo caso, fue posterior al año 126.

 

Su obra fue extensa tanto en la lengua latina como en la griega pero, por desgracia, de toda ella tan sólo se han conservado dos obras. La primera, completa, es sus Vidas de los doce césares (De vita Caesarum o De vita duodecim Caesarum, libri VIII). La segunda, en estado más fragmentario, es su De viris illustribus (Sobre los hombres ilustres), un compendio biográfico. Del resto solo quedan los títulos o algunos pasajes.

 

El De viris illustribus agrupaba vidas de destacadas personalidades romanas, en cinco categorías:

 

Poetas, a partir de Livio Andrónico.

Oradores, desde Cicerón.

Historiadores, desde Salustio.

Filósofos romanos

Gramáticos y retóricos (De grammaticis et rhetoribus, que sí se ha conservado.)

 

Fue obra muy importante, y San Jerónimo se sirvió de ella para anotar sus propias biografías de escritores eclesiásticos. Pero nos ha llegado muy incompleta y estragada. Posiblemente formaba parte de una obra mayor, hoy perdida, su Pratum de rebus variis, que algunos creen eran en realidad dos obras distintas, el Pratum y el De rebus variis. La parte conservada intacta parece ser los libros 11-19.

 Es enteramente de su mano su Vida de Terencio y quizá también la de Virgilio, Tibulo, Lucano y Persio. Aparecen más contaminadas, retocadas o refundidas por escritores posteriores las de Horacio, Pasieno Crispo y Plinio el Viejo, que por estas razones parecen como de autenticidad dudosa o interpoladas.

 

Suidas ofrece los títulos de otras obras perdidas o que se conservan fragmentariamente: un libro sobre las diversiones griegas, otro sobre las palabras injuriosas o de mal agüero, otro sobre los signos y abreviaturas en los libros, que parece fruto de sus trabajos de bibliotecario, y otro sobre el De re publica, de Cicerón, escrito al parecer para alabar al escritor latino y contradecir al gramático Dídimo de Alejandría. También, bajo un título tan genérico como Roma, reunió diversos trabajos de sesgo anticuario, erudito y costumbrista sobre los juegos y luchas de los romanos, su calendario y sus nombres, vestidos, usos y costumbres. 

El gramático de Cesarea, Prisciano, del siglo VI, nos ha transmitido el título de otra obra suya, De institutione officiorum, compuesta cuando era secretario de cartas del emperador Adriano. De regibus constaba de tres libros y consignaba los reyes de Europa, Asia y África. 

Sobre las meretrices célebres, mencionado por Juan Lido, quizá estuviera escrito en griego. Servio menciona también De vitiis corporalibus (Sobre las enfermedades del cuerpo), que el alemán Martin Schanz cree que constaba de doce libros.

 

Su obra capital, terminada hacia el año 121, fue las Vidas de los doce césares, citada también como Vitae Caesarum, una serie de biografías de los once primeros emperadores, de Augusto a Domiciano, añadiendo al principio la de Julio César. La dedica a su citado amigo y prefecto del pretorio Cayo Septicio Claro.

 

Este trabajo ha brindado a la historia gran cantidad de datos sobre la vida privada y el gobierno de los emperadores romanos, aunque en ocasiones se centra más en cuestiones superficiales anecdóticas, supersticiosas o escandalosas, por las que el autor sentía una característica curiosidad;​ no hay, pues, que buscar en él un estudio profundo de los hechos históricos.

 Pese a ello, el libro fue muy popular durante la Edad Media, gracias también a su estilo de escritura fluido y llano, libre de artificios, en el que pone siempre en primer lugar del párrafo la palabra más importante; usa tecnicismos, términos griegos y muchas citas, a veces bastante extensas, de poetas y escritores clásicos grecorromanos, cartas y documentos oficiales.

 La estructura conjunta es puramente romana, al contrario que las de las biografías griegas: estirpe, familia, nacimiento, educación, toga virilis, comienzos de la carrera, empresas guerreras, vida privada, prodigios, muerte, testamento.

 

Su modelo de biografía será imitado en la Edad Media en la biografía de Carlomagno escrita por Eginardo; el libro de Suetonio tuvo tanto éxito porque su autor era un buen narrador, aunque morboso. 

La influencia de Suetonio es grande en la literatura: Shakespeare toma muchos de los datos ofrecidos por Suetonio para su tragedia Julio César, al igual que posteriormente Robert Graves para sus novelas históricas Yo, Claudio y Claudio, el dios, y su esposa Mesalina, y algún que otro cuento ambientado en Roma.


sábado, 8 de abril de 2023

martes, 17 de enero de 2023

PLINIO EL JOVEN DICE SOBRE LA EDUCACIÓN DE LOS ROMANOS

“Antaño solían aprender los romanos de sus mayores no sólo escuchándolos, sino, además, observando lo que ellos mismos habrían de hacer con el correr del tiempo y lo que a su vez habrían de transmitir a sus jóvenes generaciones. En los primeros años de su juventud se los iniciaba en el servicio militar en el campamento, donde aprendían a man­dar obedeciendo y a convertirse en jefes haciendo de sol­dados rasos. Luego, al presentarse como candidatos para los cargos públicos, permanecían de pie junto a las puertas del Senado observando atentamente los consejos de Estado antes de tomar parte activa en ellos. Cada uno tenía por maestro a su padre, y si era huérfano, hacía en esto el papel de padre el más anciano y distinguido de sus amigos.”





domingo, 1 de enero de 2023

CARTA DE PLINIO EL JOVEN A TRAJANO


Señor, me hago una obligación de exponerte todas mis dudas. En efecto, quién mejor que tú podrá disipar mis dudas y aclarar mi ignorancia. Yo no había jamás asistido a la instrucción o a un juicio contra los cristianos, por tanto no sé en qué consiste la información que se debe hacer en contra de ellos, ni sobre qué base condenarlos, como tampoco sé de las diversas penas a las cuales se les debe someter. Mi indecisión parte de una serie de puntos que no sé como resolver. ¿Debo tener en cuenta la diferencia de edades entre ellos o, sin distinguir entre jóvenes y viejos, los debo castigar a todos con la misma pena? ¿Debo conceder el perdón a aquellos que se arrepienten? Y, en aquellos que fueron cristianos, ¿subsiste el crimen una vez que dejaron de serlo? ¿Es el mismo nombre de cristianos, independiente de todo otro crimen, lo que debe ser castigado, o los crímenes relacionados con ese nombre? Te expongo la actitud que he tenido frente a los cristianos presentados ante mi tribunal. En el interrogatorio les he preguntado si son cristianos, luego durante el interrogatorio, a los que han dicho que sí, les he repetido la pregunta una segunda y tercera vez, y los he amenazado con el suplicio: si hay quienes persisten en su afirmación yo los hago matar. En mi criterio consideré necesario castigar a los que no abjuraron en forma obstinada. A los que entre estos eran ciudadanos romanos, los puse aparte para enviarlos frente al pretor de Roma. A medida que ha avanzado la investigación se han ido presentando casos diferentes. Me llegó una acusación anónima que contenía una larga lista de personas acusadas de ser cristianos. Unas me lo negaron formalmente diciendo que no lo eran más y otras me dijeron que no lo habían sido nunca. Por orden mía delante del tribunal ellos han invocado a los dioses, quemado los inciensos, ofrecido las libaciones delante de sus estatuas y delante de la tuya que yo había hecho traer, finalmente ellos han maldecido al Cristo, todas cosas que jamás un verdadero cristiano aceptaría hacer.

 

Otros, después de haberse declarado cristianos, aceptaron retractarse diciendo que lo habían sido precedentemente pero que habían dejado de serlo; algunos de éstos habían sido cristianos hasta hace tres años, otros lo habían dejado hace un período más largo, y otros hasta hace más de veinticinco años. Todos estos, igualmente, han adorado tu estatua y maldecido al Cristo. Han declarado que todo su error o su falta ha consistido en reunirse algunos días fijos antes de la salida del sol para cantar en comunidad los himnos en honor a Cristo que ellos reverencian como a un Dios. Ellos se unen por un sacramento y no por acción criminal alguna, sino que al contrario para no cometer fraudes, adulterios, para no faltar jamás a su palabra. Luego de esta primera ceremonia ellos se separan y se vuelven a unir para un ágape en común, el cual, verdaderamente, nada tiene de malo. Los que ante mí pasaron han insistido que ellos han abandonado todas esas prácticas. Luego de mi edicto que, según tus órdenes, prohibía las asambleas secretas, he creído necesario llevar adelante mis investigaciones y he hecho torturar dos esclavas, que ellos llaman "siervos", para arrancarles la verdad. Lo único que he podido constatar es que tienen una superstición excesiva y miserable. Así, suspendiendo todo interrogatorio, recurro a tu sabiduría. La situación me ha parecido digna de un examen profundo, máxime teniendo en cuenta los nombres de los inculpados. Son una multitud de personas de todas las edades, de todos los sexos, de todas las condiciones. Esta superstición no ha infectado sólo las ciudades, sino que también los pueblos y los campos. Yo creo que será posible frenarla y reprimirla. Ya hay un hecho que es claro, y este es que la muchedumbre comienza a volver a nuestros templos que antes estaban casi desiertos; los sacrificios solemnes, por largo tiempo interrumpidos, han retomado su curso. Creo que dentro de poco será fácil enmendar a la multitud.



viernes, 24 de abril de 2020

CARTA DE PLINIO EL JOVEN A CORNELIO TÁCITO DESCRIBIENDO LA ERUPCIÓN DEL VESUBIO




El 24 de agosto, alrededor de la una de la tarde, mi madre le llamó la atención a Plinio el Viejo sobre una nube que tenía un tamaño y una forma muy inusuales. Acababa de tomar el sol y, tras haberse bañado en agua fría y haber tomado una comida ligera, se había retirado a su estudio a leer. Ante la noticia, se levantó inmediatamente y salió fuera; al ver la nube, se dirigió a un montículo desde donde podría tener una mejor visión de este fenómeno tan poco común. Una nube, procedente de qué montaña no estaba claro desde aquél lugar (aunque luego se dijo que venía del monte Vesubio), estaba ascendiendo; de su aspecto no puedo darte una descripción más exacta que se parecía a un pino, pues se iba acortando con la altura en la forma de un tronco muy alto, extendiéndose a su través en la copa a modo de ramas; estaría ocasionada, me imagino, bien por alguna corriente repentina de viento que la impulsaba hacia arriba pero cuya fuerza decreciera con la altura, o bien porque la propia nube se presionaba a sí misma debido a su propio peso, expandiéndola del modo que te he descrito arriba. Parecía ora clara y brillante, ora oscura y moteada, según estuviera más o menos impregnada de tierra y ceniza. Este fenómeno le pareció extraordinario a un hombre de la educación y cultura de mi tío, por lo que decidió acercarse más para poder examinarlo mejor.








lunes, 6 de abril de 2020

CARTA DE PLINIO EL JOVEN A UN AMIGO POR EL FALLECIMIENTO DE UN HIJA DE FUNDANO (AMIGO COMÚN DE AMBOS)



Te escribo muy afligido, pues la hija más joven de nuestro amigo Fundano ha muerto. Nunca vi nada más alegre que esta criatura, nadie más digna de ser amada o que mereciera, no sólo una larga vida, sino incluso la inmortalidad. No había cumplido todavía trece años y ya manifestaba el buen sentido de una mujer de edad, la dignidad de una madre, la tímida inocencia de la virginidad y la dulzura de una niña. ¡Cómo sé estrechaba contra su padre cuando éste la abrazaba y con qué timidez y ternura rodeaba con sus brazos el cuello de sus amigos!.  Quería a sus niñeras, a sus preceptores y a sus tutores, agradeciéndoles lo que habían hecho por ella. ¡Cuán inteligente y ansiosa en sus lecturas, cuán discreta y circunspecta en sus juegos!. ¡Y pensar en el dominio sobre sí misma, en la paciencia y en el valor con que soportó su última enfermedad!. Hacía todo lo que los médicos le ordenaban; trataba de animar a su hermana y a su padre, y a fuerza de voluntad mantuvo activo su débil cuerpo cuando su energía se iba agotando. Su entereza persistió hasta el último momento sin que la alterasen la enfermedad ni el miedo a la muerte, la muerte que nos la iba a arrebatar. Su pérdida ha sido, desde luego, un amargo dolor y el golpe más cruel por el momento en que ha llegado. Estaba comprometida con un excelente muchacho. Ya se había fijado el día de la boda y se habían enviado las invitaciones. Toda esta alegría se trocó en dolor. No puedes imaginarte mi angustia al oír a Fundano —el dolor tiene detalles desgarradores— dando órdenes para que el dinero que había de gastarse en galas nupciales y perlas y joyas se empleara en incienso, ungüentos y perfumes para el funeral. Fundano es un hombre culto y reflexivo, el tipo del hombre que ha consagrado su vida a estudios y ocupaciones serias. Ahora rechaza con aversión todos los consejos que tan a menudo ha dado y oído dar, y, desterrando de su mente todos los demás intereses, está totalmente entregado a los afectos familiares. Tú lo comprenderás y, desde luego, lo admirarás si piensas en lo que ha perdido. Ha perdido una hija que reflejaba tanto su carácter como sus facciones y expresión. Con una notable semejanza, ella encarnaba de nuevo la personalidad de su padre. Si le escribes acerca de esta gran pena, procura no instarle a recobrar calma, y no te expreses con excesiva energía; escríbele una carta dulce y afectuosa. Un intervalo de tiempo contribuirá mucho a que se encuentre en disposición de aceptar tus consuelos. Una herida en carne viva huye del contacto de la mano del médico; después puede soportarlo y más tarde lo necesita: de la misma manera el dolor, cuando está reciente rechaza y rehuye cualquier intento de consuelo, pero pronto se desea y finalmente se acepta si se hace con dulzura.