domingo, 26 de febrero de 2017

LA VIDA EN LA ROMA HIBRIDA, MULTIRACIAL Y EPICÚREA



La Roma de este período, que suele llamarse epicúreo, tenía una población que algunos estimaban en un millón y otros en millón y medio. Estaba dividida en las habituales clases y órdenes y la aristocracia era aún numerosa; mas, aparte el nombre de los Cornelio, los cronistas de la época no vuelven a citar los grandes de antes: los Fabio, los Emilio, los Valerio, etc. Diezmados primero por las guerras a las que daban un gran tributo de cadáver, después por las persecuciones y finalmente por las prácticas maltusianas, aquellas ilustres familias se habían extinguido siendo remplazadas por otras con menos antepasados y más dinero, que procedían de la burguesía industrial y mercantil de provincias.


«Hoy, en la alta sociedad —decía Juvenal—, el único buen negocio es una mujer estéril. Todos te serán amigos en espera del testamento. ¿Y quién te dice que la que te hace un hijo no dé a luz a un negro?»


Juvenal cargaba un poco la mano, pero la calamidad que denunciaba era auténtica. El matrimonio, que en la edad estoica había sido un sacramento y volvería a serlo en la cristiana, entonces sólo era una aventura pasajera; y la educación de los hijos, considerada un tiempo deber hacia el Estado y hacia los dioses que prometían una vida ultraterrena solamente a los que dejaban alguien que cuidase de sus tumbas, ahora era una molestia, un estorbo que evitar. El infanticidio ya no estaba permitido, pero el aborto era una práctica corriente, y si no salía bien, se recurría al abandono del recién nacido al pie de una columna lactante, así llamada porque junto a ellas había nodrizas pagadas adrede por el Estado para amamantar a los niños abandonados.


Bajo el influjo de esas costumbres, la misma estructura biológica y racial de Roma había cambiado. ¿Qué ciudadano no tenía en sus venas alguna gota de sangre extranjera? Las minorías griegas, siríacas, israelitas, formaban, juntas, mayoría. Los hebreos eran ya tan fuertes, sobre todo debido a su unión, en tiempos de César, que constituyeron uno de los principales puntales de su régimen. Había pocos ricos entre ellos, pero en conjunto constituían una comunidad disciplinada, laboriosísima y de sanas costumbres. No podía decirse lo mismo de los egipcios, de los siríacos y de otros orientales, grandes maestros sobre todo en la bolsa negra.


La madre romana que se decidía a poner un hijo en el mundo, si no se veía reducida a una extrema pobreza, se desembarazaba en seguida de él, confiándolo primero a una nodriza y después a una institutriz griega, que ocupaba el puesto de las alemanas o inglesas de hoy, y, finalmente, a un pedagogo, en general griego también, para su instrucción. De lo contrario lo mandaba a una de aquellas escuelas que ya habían surgido un poco en todas partes, pero que eran privadas, no estatales, para ambos sexos y dirigidas por un magister. Los alumnos frecuentaban las elementales hasta los doce o trece años. Después se separaba a los dos sexos. Las hembras completaban su instrucción en colegios apropiados donde se les enseñaba sobre todo música y danza. Los varones emprendían los secundarios, regidos por gramáticos, que por ser también casi todos griegos, insistían sobre todo en la lengua, literatura, y filosofía griegas, que acabaron efectivamente por sumergir la cultura romana. La universidad era representada por los cursos de los retóricos, que no tenían nada de orgánico. No había exámenes, no había tesis de licenciatura, no había doctorado. Habían tan sólo conferencias seguidas de discusiones. Los cursos costaban hasta dos mil sestercios —entre doscientas y doscientas cincuenta mil liras al año. Y Petronio lamentaba que no se enseñase en ellos más que abstracciones sin utilidad alguna para la vida práctica. Mas éstas cosquilleaban el gusto, típicamente romano, por la controversia, la sutileza y la cavilación; vicio que después ha transmigrado en el cuerpo de todos los italianos.


Las familias más pudientes mandaban a sus hijos a perfeccionarse en el extranjero: a Atenas para la Filosofía, a Alejandría para la Medicina y a Rodas para la elocuencia. Y gastaban tanto dinero en su manutención que Vespasiano el parsimonioso, para impedir aquella hemorragia de divisas, prefirió reclutar a los más ilustres docentes de aquellas ciudades y trasplantarles a Roma en institutos estatales que les pagaban honorarios de cien mil sestercios al año, o sea cinco millones de liras.


En lo que respecta a los varones, la moralidad juvenil no había sido nunca gran cosa, ni siquiera en los tiempos estoicos. Quedaba sobrentendido que a partir de los dieciséis años, el chico frecuentase lupanares y no se prestaba mucha atención al hecho de que corriese también alguna aventura no sólo con mujeres, sino también con hombres.


 Pero entonces todo estaba en estado primario, los burdeles eran innobles, y la temporada de la desvergüenza acababa con la llamada a las armas y después con el matrimonio con el que se inauguraba la de la austeridad. Ahora, los muchachos se hacían eximir del servicio militar, los burdeles se habían convertido en establecimientos de lujo, las meretrices consideraban un deber entretener a los clientes no sólo con sus gracias, sino también con la conversación, con música, con danzas, un poco como las geishas en el Japón, y los clientes seguían frecuentándolos también después de casados.


Con las muchachas se era más severo, mientras eran muchachas. Pero, en general, se casaban antes de los veinte años porque después de esta edad eran consideradas como solteronas, y porque el matrimonio les procuraba las mismas libertades que a los varones, o poco menos. Séneca consideraba afortunado al marido cuya mujer se conformaba con dos amantes solamente. Y un epitafio inscrito en una tumba reza así: «Permaneció fiel durante cuarenta y un años a la misma esposa.» Juvenal, Marcial y Estacio, nos hablaban de mujeres de la burguesía que luchaban en el Circo, recorrían las calles de Roma conduciendo personalmente sus calesines, se paraban a conversar bajo los pórticos y ofrecen al transeúnte —dice Ovidio— el delicioso espectáculo de sus hombros desnudos.


Las «intelectuales» florecían. Teófila, la amiga de Marcial, hubiera ganado de seguro los cinco millones al «Lascia o raddoppia»   en materia de filosofía estoica. Sulpicia escribía versos, naturalmente de amor. Y había, asimismo, las soroptimists que organizaban clubs femeninos, los llamados colegios de las mujeres, donde se daban conferencias sobre los deberes para con la sociedad, como sucede en todas las sociedades donde los deberes no se observan ya.
 
SULPICIA
Se engordaba. La estatuaria de ese período, comparándola con la de la Roma estoica, toda de figuras secas y angulosas, nos muestra una humanidad entumecida y abotagada por el ocio y por las indulgencias dietéticas. La barba ha desaparecido, los tonsores se han multiplicado, el primer afeitado es una fiesta inaugural en la vida del hombre. El cabello, la mayoría se lo hace cortar todavía al cero, pero hay unos elegantones que en cambio se lo dejan crecer, anudándoselo luego en trencitas. La toga purpúrea se ha convertido en monopolio exclusivo del emperador. Todos los demás llevan ahora una túnica o blusa blanca y sandalias de cuero a «la caprense», o sea con el cordón enfilado entre los dedos.


La moda femenina se ha complicado. La señora de cierta alcurnia no emplea menos de tres horas y de media docena de esclavas para emperifollarse. Buena parte de la Literatura está dedicada a ilustrar este arte, y los cuartos de baño están atestados de navajas, tijeras, cepillos, cepillitos, cremas, polvos de arroz, cosméticos y jabones. Popea había inventado una careta nocturna empapada en leche para mantener tersa la piel del rostro, la cual llegó a ser de uso común. Y el baño de leche era normal, hasta el punto de que los ricachones viajaban seguidos por manadas de vacas para tenerla siempre fresca a su disposición. Especialistas a lo Hauser predicaban dietas, gimnasia, baños de sol, masaje contra la celulitis. Y hubo tonsores que labraron su fortuna inventando algunos peinados originales: pelo hacia atrás, anudado a la nuca  o graciosamente sostenido por una redecilla o una cinta.


La ropa interior era de seda o de lino. Y empezaba a hacer su aparición el sostén. Medias no se usaban. Pero los zapatos eran complicados, de cuero suave y ligero, con tacón alto para remediar el defecto de las mujeres romanas, que es también el de las italianas: el trasero bajo; y con recamados de filigrana de oro.


En invierno usaban pellizas, que eran el regalo de los maridos o de los amantes desplazados en las provincias septentrionales, especialmente en la Galia y la Germania. Y en todas las estaciones se hacía gran exhibición de alhajas que era la gran pasión de aquellas damas. Lolia Pallina andaba por ahí con cuarenta millones de sestercios, o sea dos mil millones de liras, desparramados encima de ella en forma de piedras preciosas, de las cuales Plinio enumeró más de cien especies. Habla asimismo «imitaciones» que al parecer eran obras maestras. Un senador fue proscrito por Vespasiano porque lucía en el dedo un anillo con un ópalo de ciento cincuenta millones de liras. El severo Tiberio intentó poner freno a ese exhibicionismo, pero tuvo que rendirse; de abolir la industria del lujo, se corría el peligro de precipitar a Roma en una crisis económica.


La decoración de la casa estaba a tono con esas magnificencias y acaso las superaba. Un palacio digno de este nombre tenía que tener un jardín, un pórtico de mármol, no menos de cuarenta habitaciones, entre ellas algún salón con columnas de ónice o de alabastro, piso y techo de mosaico, paredes taraceadas con piedras costosas, brocados orientales (Nerón compró por valor de trescientos millones de liras), jarras de Corinto, lechos de hierro forjado con mosquiteros, y algunos centenares de criados: dos detrás del asiento de cada huésped para servirle la comida, dos para quitarles simultáneamente los zapatos cuando se acostaban, etc.


El gran señor romano de aquellos tiempos se levantaba por la mañana sobre las siete y como primera actividad recibía durante un par de horas a sus clientes, ofreciendo la mejilla al beso de cada uno de ellos. Luego hacía la primera colación, muy sobria. 


Y por fin recibía las visitas de amigos y las devolvía. Ésta era una de las obligaciones más rígidamente observadas por la social life romana. Negarse a asistir a un amigo mientras extendía el testamento, o a participar en las bodas de sus hijos, o a leer sus poesías, o a apoyar su candidatura, o a avalar sus letras de cambio, era una ofensa que redundaba en descrédito. Sólo después del pago de estas deudas podía pensarse en los propios asuntos personales.


Esa regla era válida asimismo para la gente de condición más modesta, la de la burguesía media. Ésta trabajaba hasta mediodía, tomaba un refrigerio ligero, a la americana, y volvía al trabajo. Pero todos, quién antes, quién después, según el oficio y el horario, acababan por encontrarse en las termas públicas para el baño. Ningún pueblo ha sido jamás tan limpio como el romano. Cada palacio tenía su piscina privada.


 Pero había más de mil públicas, a disposición de la gente vulgar, con capacidad media de mil usuarios a la vez. Estaban abiertas desde el alba hasta la una de la tarde para las mujeres, y desde las dos hasta el crepúsculo para los hombres, hasta que se volvieron promiscuas. La entrada costaba diez liras, servicio incluido. Se desnudaban en una cabina, iban a hacer ejercicios de pugilato, de jabalina, baloncesto, salto y lanzamiento de disco en la palestra; luego, entraban en la sala de masaje. 


Y al final empezaba el baño propiamente dicho, que seguía una severa regla litúrgica. Primero se entraba en el tepidarium de aire tibio; luego en el calidarium de aire cálido; después en el laconicum de vapor hirviente, donde se hacía consumo de una novedad recién importada de las Galias: el jabón. Y, por fin, para provocar una sana reacción de la sangre, se echaban a nadar en el agua helada de la piscina.

Después de lo cual se secaban, se untaban de aceite, se vestían y pasaban a la sala de juego a hacer una partida de ajedrez o de dados, o a la de conversación para charlar un ratito con los amigos que se sabía con certeza encontrar o al restaurant a hacer una buena comidita que, hasta cuando era sobria, consistía al menos en seis platos, de ellos dos de cerdo. La consumían tendidos en los triclinios, especie de divanes de tres patas, con el cuerpo extendido para que descansase de los ejercicios efectuados poco antes, el brazo izquierdo apoyado sobre la almohada para sostener la cabeza y el derecho estirado para coger las viandas de sobre la mesa. La cocina era pesada, con muchas salsas de grasa animal. Pero los romanos tenían el estómago sólido y lo demostraban en ocasión de los banquetes que celebraban con mucha frecuencia.


Se iniciaban a las cuatro de la tarde y duraban hasta avanzada la noche, y a veces hasta el día siguiente. Las mesas estaban cubiertas de flores y el aire lleno de perfumes. Los servidores, con ricos uniformes, tenían que ser, por lo menos, en doble número que los invitados. No se admitían más que pitanzas raras y exóticas. «De peces —decía Juvenal— se requieren aquellos que cuestan más que los pescadores.» La langosta roja se llevaba el premio, pues la pagaban hasta a sesenta mil liras cada una, siendo Vedio Polión el primero que intentó su cría. Las ostras y las pechugas de tordo eran platos obligados. Y Apicio se hizo una posición en la sociedad inventando un plato nuevo: el paté de foie gras, engordando las patos a fuerza de higos. Era un hombre curioso el tal Apicio; devoró en comidas un patrimonio colosal, y cuando lo vio reducido a sólo mil millones, se suicidó considerándose caído en la miseria.


En aquellas ocasiones el banquete se convertía en orgía, el anfitrión ofrecía en don objetos preciosos a los huéspedes, y los criados pasaban por entre las mesas distribuyendo eméticos que provocaban el vómito y permitían empezar a comer de nuevo.


El eructo estaba permitido. Es más, era un signo de aprecio de las bondades del yantar.



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