sábado, 12 de noviembre de 2016

EL FIN DEL IMPERIO ROMANO

El Imperio Romano de Occidente, que correspondió al niño Honorio, era un Imperio que ya Teodosio había considerado como satélite del de Oriente, que un obispo había sometido a la tutela espiritual de la Iglesia y que, para defenderse, había debido aceptar dentro de sus fronteras a poblaciones bárbaras, paganas aún y absolutamente ayunas de Estado y de Derecho. 



Pero también en el interior se disgregaba. No tuteladas ya por un ejército que las guerras exteriores reclamaban en los confines, las pequeñas comunidades de aldea y de provincia confiaban cada vez más, para su defensa, en los señorones que podían disponer de milicias propias. Éstos se llamaban Potentes, y van adquiriendo una mayor independencia de la autoridad central a medida que ésta se va debilitando. 


Tienen también una legislación que les favorece y que desde Diocleciano en adelante ha petrificado más la sociedad, ligando irrevocablemente el campesino a la tierra y a su amo, es decir, convirtiéndolo en siervo dé la gleba, y el artesano, a su oficio. Ya uno nace con el propio destino, que es imposible cambiar.





 Quien abandona la granja o el taller, aunque logre eludir a los evocati que en seguida le buscan, está condenado a morir de hambre porque no encuentra otro empleo. Y el rico tiene que seguir pagando impuestos, aunque enajene o pierda la riqueza. De lo contrario, va a la cárcel.




Esas leyes, por absurdas que puedan parecer, estaban impuestas por las circunstancias. Los esqueletos que se rompen hay que escayolarlos. La escayola no impide la descomposición, pero la hace más lenta. Todo eso, empero, es el fin de Roma, de su civilización, de su ordenamiento jurídico, que hacía de cada hombre arbitro de su suerte, le equiparaba a los demás ante la Ley, y con la ciudadanía hacía de él no sólo un súbdito sino un protagonista. Había dado paso a las maneras de la siguiente era: la Edad Media.



 El potente toma el puesto del Estado, al que se opone con mayor éxito cada vez, hasta romperlo en una miríada de feudos, cada uno con su propio señor al frente, armado hasta los dientes, dominando una masa amorfa, mezquina e inerme, entregada a sus caprichos y sin ningún derecho ya; ni siquiera el de cambiar de profesión y residencia.





Al lado de Honorio, con sus once años, a quien correspondía por herencia aquel tambaleante edificio, pusieron el general Estilicón. Era un vándalo, o sea un bárbaro de raza germánica, y su elección nos dice hasta qué punto ya se habían licuado los romanos. Tan sólo él, entre los oficiales del Ejército, ofrecía garantías de lealtad, valor y perspicacia. Y, en efecto, pronto tuvo ocasión de dar pruebas de ello en la situación que, una vez Teodosio enterrado, se encrespó inmediatamente entre Milán y Constantinopla.



 El difunto emperador había dividido el Imperio, pero no dijo qué provincias pertenecían a uno y a otro muñón. Arcadio, subido al trono de Oriente, y aconsejado por el propio Estilicón, que se llamaba Rufino, consideró cosa suya también la Dacia y Macedonia. Surgió una riña entre las dos capitales. 



Alarico, a quien pese a lo prometido, nadie recompensó por la contribución prestada a Teodosio en la guerra contra Argobasto, marchó sobre Constantinopla. Y seguramente hubiera entrado a saco en ella si Rufino no hubiera logrado persuadirlo de que Grecia era un bocado más exquisito. El Imperio, incapaz de defenderse, salvaba la capital a expensas de las provincias.




El único que se indignó fue Estilicón, el bárbaro, que mandó a Constantinopla un destacamento de tropas que le había pedido Arcadio, con orden a su comandante Gainas, bárbaro también, de matar a Rufino. 



La orden fue cumplida escrupulosamente, y en lugar del difunto fue nombrado un adversario suyo, el chambelán de corte Eutropio, con el que hubo posibilidad de restablecer una entente entre los dos hermanos. Estilicón la aprovechó inmediatamente para parar los pies a los godos, que saqueaban el Peloponeso. 



Les había acorralado ya en el istmo de Corinto, cuando Constantinopla, celosa de un éxito occidental, estipuló una alianza con ellos y ordenó al general que les dejase en paz, Estilicón se mordió los puños, pero obedeció, un poco también porque precisamente en aquel momento se había rebelado África, ayudada bajo mano por Arcadio y por Eutropio, mientras oleadas de bárbaros invadían los Balcanes, y Alarico, el aliado de Constantinopla, tras haber remontado Albania y Dalmacia, entraba resueltamente en la llanura padana. 


El pobre general vándalo, el único que seguía creyendo en el Imperio y sirviéndole con fidelidad, obligado a pasar la vida sobre la silla de un caballo lanzado a galope para taponar los agujeros que se abrían en todas partes, volvió a Italia, batió a Alarico, pero sin destruir sus fuerzas, porque pensaba aliárselas para luchar contra las enemigas cada vez más numerosas. 





Y, no contando ya con Milán, que, sin defensas naturales, podía ser fácilmente conquistada, trasladó la capital a Rávena, un villorrio de poca monta, pero rodeado de pantanos palúdicos que hacían imposible un asedio. Corría el año 403 después de Jesucristo.



La transferencia se hizo justo a tiempo para eludir una invasión de otros godos, que se llamaban ostrogodos para distinguirles de los visigodos de Alarico y que, al mando de Radagaiso, pasaron los Alpes y se abatieron sobre la península, invadiéndola hasta la Toscana. 



Era la primera vez, desde los tiempos de Aníbal, que Italia sufría semejante afrenta. Estilicón necesitó un año para reunir tropas. Sólo en 406 contó con las suficientes para sorprenderlas de Radagaiso en Fiésole y exterminarlas. 




Pero en el mismo momento vándalos, alanos y suevos rompían las defensas romanas de Maguncia y entraban en la Galia, donde desembarcaba también de Britania un usurpador llamado Constantino, que puso en fuga a los bárbaros, los cuales, empero, en vez de retirarse, irrumpieron en España. Las más bellas provincias de Occidente estaban prácticamente perdidas, e Italia a merced de sí misma.




En aquel marasmo, donde cualquiera hubiese perdido la cabeza, Estilicón era el único que la conservaba clara. Mientras trataba con Alarico para obtener su ayuda, decretó una leva entre los italianos. Éstos rehusaron alistarse, pero le acusaron de capitulación ante el bárbaro. Con qué soldados podía el general defenderles, en vista de que ellos rechazaban dárselos, sólo Dios lo sabe. Honorio, espantado, olvidó de repente los servicios que durante diez años le había prestado aquel fiel capitán, y ordenó su detención.



 Estilicón hubiera podido fácilmente sublevarse, pues las pocas tropas de que disponía el Imperio sólo le eran fieles a él. Pero tenía demasiado respeto a la autoridad para rebelarse. Le despedazaron en una iglesia de Rávena. Y fue tal vez el más estúpido, innoble y catastrófico de los delitos que se hayan cometido en nombre de Roma. Que no sólo privó de su mejor servidor al Imperio, sino que hizo comprender a todos los bárbaros que aún le eran fieles, en qué se había convertido. Ellos eran los mejores funcionarios y soldados que todavía sostenían el tinglado. Creían en el prestigio de Roma. Y Roma, al matar a Estilicón, lo destruyó con sus propias manos.



Desde entonces, todo se precipitó. Alarico, en vez de venir a Italia como aliado, lo hizo como conquistador. Propuso un acuerdo a Honorio que lo rechazó con una altanería que hubiese sido noble de ir acompañada por algún gesto de valor, pero que se volvía insolente y ridicula en boca de un hombre que se encerraba en Rávena haciéndose defender sólo por los mosquitos y abandonando el resto de Italia al adversario. Éste marchó directamente sobre Roma y la sitió. El mundo contuvo la respiración. ¿Cómo? ¿Se atrevían de tal modo a poner sitio a Roma?


El propio Alarico pareció presa de gran temor cuando la ciudad se rindió sin combatir, por lo que prohibió a sus soldados que entrasen en ella. Fue, solo y desarmado, a pedir al Senado que depusiera a Honorio. Y el Senado, que ya sólo existía simbólicamente, asintió al instante. Pero al año siguiente, dado que Honorio no se apeaba del trono, volvió y esa vez se instaló en la Urbe con todo su ejército, pero impidiéndole, o tratando de impedirle, el saqueo. Los bárbaros recorrieron la ciudad aturdidos y asustados de su propia audacia. En las selvas germánicas de donde descendieron sus antepasados, siempre se había hablado de Roma como de un espejismo inasequible. Más que despojar, fueron despojados por una población que ya había olvidado combatir, pero que había aprendido a robar. Y el mismo Alarico se convirtió de conquistador en prisionero cuando se encontró ante Gala Placidia, la bellísima hija de Teodosio, hermana de Honorio y de Arcadio. 



A partir de aquel momento, el rey a quien obedecían los godos tuvo una reina a la que obedecer. Se la llevó consigo, rodeándola de todos los honores en su última aventura: la expedición a África. Pero mientras la preparaba en las costas calabresas, le sobrevino la muerte en Cosenza. Sus soldados le hicieron construir una inmensa y fastuosa tumba subterránea. Y después, para que nadie conociera el secreto y la violase, mataron a todos los esclavos que la excavaron. Le sucedió, por aclamación, el hermano de su mujer, Ataúlfo, un guapísimo mozo, de quien Gala Placidia hacía ya tiempo que era la amante.



La violación de Roma en 410 y la voluntaria elección de una princesa de sangre real, que había preferido al sofisticado palacio imperial la desguarnecida tienda de un caudillo bárbaro, sumieron en el pasmo al Mundo entero. Los paganos dijeron que era una venganza de los dioses por la traición de los hombres. Y los cristianos, que durante cuatro siglos habían luchado contra Roma, ahora, ante su caída, sintiéronse de pronto huérfanos y vieron en ella el signo del advenimiento del Anticristo. «La fuente de nuestras lágrimas se ha secado», sollozó san Jerónimo.


Sólo a Honorio parecía que le importase un bledo. Encerrado entre los pantanos de su Rávena, negó su consentimiento al matrimonio de Gala con Ataúlfo, e insensible a la ruina en que precipitaba a la misma Italia, vegetó hasta morir, en 423. Demasiado pronto para sus pocos años.



 Demasiado tarde, por el modo que los había llenado. También Ataúlfo había muerto algún tiempo antes bajo el puñal de un bárbaro, y Gala había vuelto, viuda, a casa. Honorio la casó a la fuerza con un general chocho, Constancio, y como no tenía herederos, designó para sucederle al hijo nacido de este matrimonio; Valentiniano III.


También Arcadio, en Constantinopla, había muerto hacía tiempo, dejando su trono a un chiquillo: Teodosio II. Y fue tragicómico ver en aquel momento los dos pedazos del Imperio, abocados a la misma catástrofe, volverse a poner en contacto para litigar la delimitación de sus confines.



 El Imperio estaba ya totalmente en manos de los bárbaros, y los emperadores romanos, que además eran prunos hermanos, se disputaban una teórica soberanía sobre provincias ya prácticamente perdidas.



 La romanidad daba un postrer destello de orgullo y de valor solamente en África, donde el general Bonifacio, ex condenado por alta traición, y el obispo Agustín, asediados en Hipona, resistían a los vándalos de Genserico. Fue en pleno furor de la batalla, donde cayó, cuando el présulo escribió su obra capital: La Ciudad de Dios.


El acosador prevalecimiento del elemento germánico sobre el romano encontraba su símbolo y compendio en los asuntos de la familia imperial. En Rávena ocupaba el trono Valentiniano III, pero la verdadera reina era Placidia, que como instrumento de su poder había escogido a otro bárbaro, Aecio, digno sucesor de Estilicón.



 Placidia había demostrado no creer en los romanos ni siquiera como maridos. Imaginémonos, pues, si había de fiarse de ellos como generales y hombres de Estado. Cuando en el horizonte asomó Atila a la cabeza de sus terribles hunos, mandó hacer a su hija, Honoria, lo que ella hizo antes con Ataúlfo: se la propuso por esposa. Comprendía que, en adelante, Roma sólo podía vencer a los bárbaros en un campo de batalla: la cama.



Pero Atila no era Alarico. No sólo no mostró gran entusiasmo por Honoria, sino que, además, reclamó una dote exorbitante: la Galia. Era la más hermosa provincia del Imperio y si bien la soberanía imperial era tan sólo teórica, la corte de Rávena no podía renunciar a ella. Atila la desbordó lo mismo y Aecio tuvo que salir a guerrear con él. 



Mas, para procurarse un ejército adecuado, se vio obligado, con un milagro de diplomacia, a asociar a la empresa al rey de los visigodos, Teodorico. La gigantesca batalla se desarrolló en los Campos Cataláunicos, cerca de Troves. Y los romanos vencieron, aunque de romanos sólo tenían la etiqueta. 



Bárbaros eran los que derrotaban a otros bárbaros, y un bárbaro romanizado era su propio comandante en jefe. Éste quedóse dueño del campo, pero no persiguió al enemigo que se retiraba ordenadamente. ¿No contaba con suficientes fuerzas o esperaba hacer de él un aliado, como hiciera Estilicón con. los godos?


En 452 reapareció Atila. Pero esta vez no atacaba la Galia, sino la misma Italia. Valentiniano que, muerta su madre, había asumido el poder efectivo, no quiso repetir el indecoroso error de Honorio abandonando Roma a su destino.




 Y contra el parecer de Aecio, que le aconsejaba huir a Oriente, aunque para desembarazarse de él, se trasladó a la Urbe para compartir su suerte. Y allí se puso de acuerdo con el Papa, León I, para mandar una embajada de senadores a Atila, que ya había acampado a orillas del Mincio.


La leyenda quiere que Atila se hubiese espantado ante la amenaza de ser excomulgado si se atrevía a atacar Roma. Pero, siendo pagano, no vemos en verdad qué podía significar para él la excomunión. Sea como fuere, en vez de pasar los Apeninos volvió a cruzar los Alpes, y el año siguiente murió. 



Del vasto y efímero Imperio que se había erigido desde Rusia hasta el Po, no quedó nada, ni siquiera el pueblo que se fraccionó en numerosísimos pedazos y quedó rápidamente fagocitado por las poblaciones eslavas y germánicas entre las cuales se había instalado como dueño.


El fin de aquel peligroso enemigo fue un alivio para Italia y Europa, pero un mazazo en la cabeza para Aecio, que, encerrado en Rávena, no había prestado la menor colaboración. Valentiniano, que siempre había soportado mal a aquel servidor con ceño de amo, vio una buena ocasión para deshacerse de él, como Honorio había hecho con Estilicón.



 Y lo hizo con su propia mano, atravesándole con la espada, un día que se disputaron. Otro error fatal, porque, de golpe, todos los bárbaros que, acampados en las provincias del Imperio, habían aceptado un teórico vasallaje, se pusieron en ebullición y uno de ellos se cargó al propio Valentiniano en el Campo de Marte. 



Genserico, el rey de los vándalos, que ya eran dueños de África, llegó con su ejército proclamándose como vengador del emperador. En realidad quería que ocupase el puesto Hunerico, su propio hijo, casándole con la hija del difunto, Eudoxia. 



El matrimonio se efectuó. Pero mientras los soldados lo festejaban saqueando concienzudamente la ciudad y dando así a la palabra «vándalos» el significado que todos sabemos, el nuevo rey de los visigodos, Teodorico II hacía elegir en la Galia a otro emperador de su confianza, Avito.


Genserico volvió corriendo a África, pero con un hermoso botín; la nuera, la consuegra viuda de Valentiniano con la otra hija Placidia, y algunos miles de romanos bien situados, entre ellos algunas docenas de senadores, como para decidir que, en adelante, Roma era cosa suya. Llegado a casa, preparó una nota con la que ocupó Sicilia, Córcega y la Italia meridional. Pero Avito tenía un gran general, bárbaro, claro está, pero del fuste de Estilicen y de Aecio: Ricimero.


 Éste derrotó al enemigo en una gran batalla naval, después depuso a Avito que se consoló en la fe y se hizo consagrar obispo de Placencia, y no te nombró sucesor más que cuatro años después, en 457, escogiéndole en la persona de Mayoriano.


Lo hizo sólo con objeto de llamar al orden a los vándalos, los visigodos y todos aquellos otros bárbaros que habían aprovechado la falta de un emperador para proclamarse también formalmente independientes. 

Pero sirvió de poco. Pues siguieron actuando a su gusto. Mayoriano intentó una expedición contra Genserico, que le destruyó a traición la nota, y Ricimero, indignado de que quisiera gobernar en serio, le hizo despedazar, para sustituirle por Libio Severo, hombre más manejable. 



Pero Genserico pensaba de otro modo. Habiendo renunciado a hacer subir al trono a su hijo Hunerico, marido de Eudoxia, volvía a poner sus esperanzas en el senador Anicio Olibrio, a quien habría dado por esposa a la hermana de su nuera, Pía. Y comenzó otra guerra, es decir, que continuó con más vigor lo que hacía ya años que llevaba a cabo contra Roma.


Para defenderla, Ricimero tuvo una buena idea: la de ofrecer, a la muerte de Severo, el trono a un hombre de confianza de Constantinopla y asegurarse así su ayuda. Se llamaba Procopio Antemio. 



Llegó a Italia en 467, se coronó, armó una escuadra de mil naves con cien mil hombres a las órdenes del general Basilisco y la envió hacia las costas tunecinas. Apenas hubo desembarcado, Basilisco no supo hacer nada mejor que conceder una tregua de cinco días a Genserico, quien atacó por sorpresa a los bajeles y los incendió. 



Se habló de traición del general. En realidad, la traición la había hecho la corte de Constantinopla, que, subrepticiamente, concluyó un pacto de alianza con el rey de los vándalos. El cual reanudó la ofensiva, desembarcó en Italia y entró a saco en Roma por tercera vez. Ricimero aceptó a Olibrio como nuevo emperador, pero ambos murieron en aquel mismo año de 472.



Los vándalos trataron de imponer en el trono a Glicerio. Pero Constantinopla no lo reconoció, y nombró en su lugar a Julio Nepote y, para ponerle a seguro de Genserico, compró a éste una paz desastrosa, reconociéndole el señorío no sólo de toda África, sino también de Sicilia, Cerdeña, Córcega y las Baleares.



 Al año siguiente, el rey de los visigodos, Eurico, a cambio de la neutralidad, obtuvo España. Burgundios, alamanes y rugios se repartieron el resto de las Galias. 




Nepote dio al general Orestes la orden de licenciar el Ejército que ya no podía mantener. Los bárbaros que lo componían se amotinaron. Orestes tomó su mando y Nepote huyó para unirse en Dalmacia con aquel Glicerio que él mismo había confinado allí tras haberle usurpado el trono.



Orestes proclamó soberano a su hijo, Rómulo Augusto. Un hado irónico quiso dar a aquel chico, destinado a ser el último emperador de Roma, el nombre del primero. Mas los soldados bárbaros, embriagados por la victoria, reclamaron ahora tierras en el mismo corazón de la península, y unos querían la llanura del Po, otros, la Emilia y otros, la Toscana.


 Uno de sus oficiales, Odoacro, encabezó la revuelta, atacó a Orestes en Pavía, le derrotó y le mató. Rómulo Augusto, al que después la historia ha llamado «Augústulo», o sea «Augusto el pequeño» para distinguirle del grande, fue depuesto y confinado en el Castel dell'Uovo, en Nápoles, con una pingüe pensión. 




Odacro devolvió al emperador de Oriente, Zenón, las insignias del Imperio y declaró que en adelante gobernaría Italia como lugarteniente suyo.


Esta vez era el fin, no sólo de hecho sino también efectivamente. Las águilas habían volado. Comenzaba la Edad Media.




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