domingo, 6 de noviembre de 2016

CARTA DEL JUDÍO NOE BEN JOEL DESDE JERUSALÉN A SU AMIGO MARCO TULIO CICERÓN, RECIÉN NOMBRADO CÓNSUL



¡Saludos, querido amigo! ¡Te han nombrado cónsul de Roma, el cargo más importante de la nación más importante del mundo! Y me lo comunicas con tu sencillez habitual, sin la menor insinuación de condescendencia u orgullo. ¡Cuánto me alegro! Recuerdo divertido tus primeras cartas en las que expresabas tu pensamiento y tu creencia de que jamás ocuparías tal cargo. No creíste ni por un instante que el partido senatorial o de los optimates te apoyara, pues siempre se mostró resentido y receloso hacia los «hombres nuevos» de la clase media. Dices que te han apoyado tan sólo porque cada día temen más al alocado y maligno Catilina, que era uno de tus seis oponentes, candidatos al mismo puesto. Creo que te quitas méritos con tu excesiva modestia; hasta los senadores venales pueden a veces sentirse conmovidos por el espectáculo de las virtudes públicas o privadas y decidir apoyar a un hombre juicioso. Tampoco creíste que los «hombres nuevos» de tu propia clase te apoyaran, por envidia y con tal de evitar que te elevaras por encima de ellos, ni que el partido del Pueblo o de los populares te diera sus votos favorables, porque en estos últimos años declaraste frecuentemente, con amargura, que el pueblo prefiere bribones que lo adulen y compren sus votos, a un hombre que sólo les promete intentar restaurar la grandeza republicana y el honor de su nación, y habla, no de conceder más y más dones gratuitos a unos ciudadanos ociosos, sino con la austera voz del patriotismo.

 

Y sin embargo, ese mismo pueblo del que habías desconfiado, te ha elegido unánimemente con aclamaciones, a la vez vehementes y entusiastas. Esto no me lo dijiste en tu carta; pero tengo otros amigos en Roma, que me han ido manteniendo informado de todo lo relativo a ti en estos últimos años. Sé que eres muy querido, a pesar de que te quejes de ser tenido por incongruente y de tu timidez y reserva naturales. Además, Dios tiene muchos modos extraños de manifestarse cuando se da cuenta de que una nación está en grave peligro. A menudo, como demuestra la historia de Israel, saca a los hombres de su vida privada, en los lugares más retirados, para que se pongan al frente de su pueblo y lo conduzcan con seguridad a través de los peligros, cuando se hallaba éste más amenazado. Prefiero creer que El ha intervenido en favor tuyo, por amor hacia ti y para salvar a Roma de Catilina, a pesar de los sobornos, las mentiras y promesas. Pero nunca debemos olvidar que fue el pueblo el que en fin de cuentas te eligió, con un movimiento espontáneo de afecto y orgullo por ti, estimando tu genio y tu valor.

 

Hace tiempo me escribiste que sentías como si tu vida hubiera llegado a su final y que te enfrentabas a la pared de ladrillo de tus últimos logros. ¡Sin embargo, en esa pared se ha abierto una puerta, que te conduce a la ciudad infinita del poder y la gloria! ¿Acaso no era Moisés un pastor desconocido cuando Dios lo llamó para que liberara a su pueblo, y lo condujera a un exilio incierto, a él que había sido príncipe de Egipto, amado por su madre, la princesa? La justa indignación, el dolor y la pena le habían conducido a un abismo de soledad y desamparo en un lugar alejado y allá creía que su vida había terminado. Pero ¡qué grande es Dios, el que todo lo sabe! Preparó a su príncipe en silencio y en el destierro para alcanzar un glorioso destino, mucho más grande que el de ninguno de los hombres que hasta entonces había habido en el mundo. Mientras haya seres humanos en la Tierra, el nombre de Moisés será recordado y como en estos momentos me siento profético, digo que el nombre de Cicerón tampoco se olvidará mientras los hombres tengan lengua y memoria y se siga escribiendo la historia.

 

Confiesas que estás asombrado y aturdido por tu elección; pero a mí no me ha causado ninguna sorpresa. Desde que éramos amigos en la niñez esperaba grandes cosas de ti. ¿No te lo decía siempre? La luz del dedo de Dios brillaba en tu frente cuando eras joven y yo siempre la vi y no vayas a decir que son fantasías de uno que escribe obras de teatro y tiene una fértil imaginación.

 

Hasta tu sinuoso amigo, Julio César, e incluso el propio Craso, te apoyaron. ¿Por qué razón? Dios movió sus almas en favor tuyo, aunque tú dices que te prefirieron a Catilina por razones particulares. También César parece ir prosperando rápidamente, porque antes de que tú me escribieras, ya me había enterado de que fue nombrado Pontífice Máximo y Pretor de Roma. Tú miras eso con tus habituales recelos; pero debes recordar que es inevitable que hombres poderosos, ambiciosos e inteligentes, como César, alcancen el poder, y puede que esto sea también la voluntad de Dios, cuyos caminos siempre han sido de lo más misteriosos. Estoy de acuerdo contigo en que César es un villano; pero Dios a menudo se sirve de los villanos lo mismo que de los hombres buenos para la realización de sus propósitos. Dudas de su patriotismo. Sin embargo, a veces un villano puede ser un patriota.

 

Estás muy orgulloso de tener un hijo, que a los dos años ya es un prodigio. ¿Cómo podía ser de otro modo teniendo tal padre? ¿Acaso no leo yo tus continuos escritos y tus libros, que me envían mis amigos de Roma? Yo creí ser elocuente; pero ¡ay!, comparado contigo soy un asno de piedra. Me alegro mucho de que tu bella hija se case con el patricio Pisón Frugi, porque sé cuánto la quieres. De nuevo te muestras receloso; pero comprendo que son los celos naturales de un padre que sólo tiene una hija, por la que siente un gran cariño. Pero debes de casarla, ya que es lógico que las doncellas se casen; aunque tú quisieras que no amara a otro y que jamás abandonara tu casa. Yo sentí lo mismo cuando mi hija se casó y cuando la entregué bajo el baldaquino odié a su esposo y temí que la hiciera desgraciada. Sin embargo, ella es muy feliz y yo ya soy abuelo, gozando mucho con los pequeñuelos que retozan en mis rodillas y me dirigen miradas de adoración.

 

A menudo pienso en lo extraño que es que nuestros padres murieran en el mismo día y quizás a la misma hora. Me decías que no lo sentiste verdaderamente o lo echaste de menos hasta que pasaron seis meses, y que entonces te sentiste muy dolorido, temiendo no haberle demostrado bastante cariño en vida y haberle hecho sufrir. A mí me ocurrió lo mismo cuando mi padre murió y ahora recuerdo las amonestaciones que me dirigía en mi juventud y de qué modo yo las desdeñaba como parloteo de un hombre viejo y anticuado. Debes sentirte contento de que tu padre haya dejado de sufrir en la vida, pues ¿no fue Sócrates el que mantuvo que un hombre bueno no tenía nada que temer en esta vida ni en la otra? 

 

Dices que César ha tomado mucho cariño al recién nacido hijo de su hermana, Cayo Octaviano César. Julio no tiene un hijo como tú, al menos uno que pueda reconocerlo públicamente. Esto es siempre muy amargo para un hombre ambicioso, que siempre está pensando en linajes.

 

Cuentas cosas horribles de Catilina y dices que lo temes más ahora que no es nada, que cuando era pretor de Roma y declaras: «Es mejor que tu enemigo mortal esté bien a la vista, que no oculto y no saber qué está haciendo en la oscuridad y el silencio.» Eso puede ser cierto; pero debe tranquilizarte que haya perdido el favor de César, Craso y Pompeyo, porque éstos no son hombres tan inquietos y alocados. Pero ten por seguro que ellos no lo pierden de vista y estarán muy preocupados con él.

 

Me vuelves a hacer preguntas sobre el Mesías, por el que estás más interesado que de costumbre. ¡Siempre lo estamos esperando! Los fariseos envían mensajeros a todos los lugares de Israel buscando a la Madre y al Divino Hijo, mientras que los mundanos saduceos se ríen de ellos. Los saduceos se llaman a sí mismos hombres pragmáticos, se burlan de lo que se enseña sobre el futuro y ridiculizan las profecías del Mesías. Prefieren la razón helenística y hacen detener sus doradas literas cuando algún rabino enfurecido, con los pies sucios de polvo, habla de Belén y del que nacerá allí de una Virgen Madre, la Azucena de Dios. Pero se detienen para burlarse y para mover la cabeza admirados de la credulidad de los pobres y los desamparados, que ansían por un Salvador que se llamará Emmanuel y que redimirá a su pueblo del pecado. Yo no me río como los saduceos. Cada noche paso un rato bajo la fría luz de la luna o mirando a las estrellas en la terraza de mi casa y pregunto a los Cielos: ¿Ha nacido ya? ¿Dónde lo encontraremos?

 

Te abrazo con toda mi alma, mi querido amigo, mi amado Cicerón. Si no nos volvemos a ver en esta vida, ten por seguro que nos encontraremos más allá de la tumba, donde la gloria parece cada día más inminente y que con toda seguridad brillará sobre el mundo como un nuevo sol.






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