martes, 22 de noviembre de 2016

CAPITALISMO EN LA ROMA ANTIGUA

 

Roma no era una ciudad industrial. Como grandes establecimientos había tan sólo una importante papelería y una fábrica de colorantes. Desde los antiguos tiempos, su verdadera industria era la política, que ofrece, para las ganancias, atajos mucho más rápidos que el trabajo verdadero. Y esta vocación no ha cambiado tampoco en nuestros días.

 

La principal fuente de riqueza de los señores romanos era la intriga en los pasillos de los ministerios y el saqueo de las provincias. Gastaban mucho dinero en hacer carrera. Mas, una vez llegados a algún alto cargo administrativo, se resarcían con pingües intereses, aplicando las ganancias a la agricultura. Junio Columela y Plinio nos han dejado el retrato de aquella sociedad latifundista y del criterio que seguía para la explotación de las fincas.

 

La pequeña propiedad que los Graco, César y Augusto habían querido restablecer con sus leyes agrarias no había resistido a la competencia del latifundio: una guerra o un año de sequía bastaban para destruirla en provecho de los grandes feudos que contaban con medios de resistir a ellas. Los había grandes como reinos, dice Séneca, atendidos por esclavos que no costaban nada, pero que trabajaban la tierra sin criterio alguno, y especializados en la ganadería, que rentaba más que labrar los campos. Pastos de diez o veinte mil hectáreas con diez o veinte mil cabezas no eran raros.

 

Pero entre Claudio y Domiciano comenzó una lenta transformación. El largo período de paz y la extensión de la plena ciudadanía a los provincianos interrumpieron el aprovisionamiento de esclavos, que comenzaron a escasear y, además, a ser más caros. La mejora de los cruzamientos condujo a una sobreproducción de ganado, el cual, falto además de los piensos que necesitaba, bajó de precio. Muchos ganaderos juzgaron más conveniente volver a la agricultura, dividieron las fincas en predios y los dieron en explotación a arrendatarios, o colonos, que fueron los antepasados de los campesinos de hoy, que mucho se les parecen si es verdad lo que Plinio cuenta de ellos; tenaces, testarudos, avaros, desconfiados y conservadores.

 

Éstos entendían de agro y estaban interesados en su rendimiento. De golpe comenzó el uso de abonos, la rotación del cultivo y la selección de semillas. Los fruticultores importaron y trasplantaron, tras experimentos racionales, la uva, el melocotón, el albaricoque y el cerezo. Plinio enumera veintinueve clases de higos. Y el vino fue producido en tal cantidad, que Domiciano, para impedir una crisis, prohibió plantar nuevos viñedos.

 

En torno a esos microcosmos agrícolas, y para completar su autarquía, nacieron, sobre una base artesana, las industrias. Una granja era considerada tanto más rica cuanto más se bastaba a sus propias necesidades. En ella había matadero donde sacrificar las reses y embutir sus carnes. En ella estaba el horno donde cocer los ladrillos. En ella se curtían las pieles y se confeccionaban los zapatos. En ella se tejía la lana y se cortaban los vestidos. 


No había asomo de esa «especialización» que hoy en día hace insoportable el trabajo y transforma en autómata a quien lo ejecuta. En aquellos tiempos, una vez desuncidas las bestias del arado, el industrioso campesino se convertía en carpintero o se ponía a forjar hierro para convertirlo en ganchos u ollas. La vida de aquellos agricultores artesanos era más plena y varia que en nuestros tiempos.

 

Las únicas industrias llevadas con criterios modernos eran las extractivas. Teóricamente, el propietario del subsuelo era el Estado, pero arrendaba su explotación, conforme a modestos cánones de arriendo, a los particulares. El interés estimuló a éstos a descubrir el azufre en Sicilia, el carbón en Lombardía, el hierro en el Elba y el mármol en Lunigiana, así como su empleo. Los costos de producción eran mínimos porque el trabajo en los pozos se confiaba exclusivamente a esclavos y a forzados, a los cuales no había que pagar ningún salario ni era necesario asegurar contra ningún accidente. Dadas las condiciones de las minas, catástrofes como la de Marcinelle debían de ocurrir cada semana, con millares de muertos. Los historiadores romanos olvidaron decirlo porque, para ellos, esos episodios no «eran noticia» como se dice en jerga periodística. Otra gran industria era la construcción, con sus especialistas, desde leñadores a fontaneros y vidrieros. Mas no pudo desarrollarse un verdadero capitalismo sobre todo por la competencia que el trabajo servil hacía al mecánico. Cien esclavos costaban menos de lo que hubiera costado una turbina, y el maquimismo habría creado un problema de paro insoluble.

 

Sin embargo, muchos servicios públicos estuvieron mejor organizados entonces que, pongamos por caso, en la Europa del siglo XVIII. El Imperio tenía cien mil kilómetros de autopistas; Italia poseía ella sola cerca de cuatrocientas grandes arterias, sobre las que se desenvolvía un tránsito intenso y ordenado. Su pavimentado había permitido a César recorrer mil quinientos kilómetros en ocho días, y el mensajero que el Senado mandó a Galba para comunicarle la muerte de Nerón empleó treinta y seis horas en recorrer quinientos kilómetros. El correo no era público, por bien que se llamase cursus publicus. 



Organizado por Augusto según el sistema persa; debía servir solamente como valija diplomática, o sea para la correspondencia de Estado, no pudiendo los particulares utilizarla sin un permiso especial. El telégrafo era sustituido por señales luminosas a través de faros instalados en las alturas y permaneció sustancialmente idéntico hasta los tiempos de Napoleón. El correo privado estaba regido por compañías privadas, o bien confiado a amigos o gentes de paso. Pero los grandes señores como Lépido, Apicio, Polión, tenían un servicio por su cuenta del que estaban orgullosísimos.

 
Empalmes y postas estaban magníficamente concatenados. A cada kilómetro, un mojón indicaba la distancia de la ciudad más próxima. Cada diez kilómetros había una estación con restaurante, habitaciones, cuadra y caballos frescos en alquiler. Cada treinta, había una mansión que además de lo anterior, más espacioso y mejor organizado, se añadía también un burdel.  Los itinerarios eran vigilados por patrullas de policía, que no consiguieron jamás, empero, hacerlos del todo seguros. Los grandes señores los recorrían seguidos de completos trenes de carros, dentro de los cuales dormían bajo la protección de sus servidores armados.

 

Florecía el turismo casi tanto como en nuestros tiempos. Plutarco ironiza sobre los globetrotters que infestaban la ciudad. Como la de los jóvenes ingleses del siglo pasado, la educación del joven romano no era completa antes del grand tour. Lo hacían sobre todo a Grecia, por vía marítima, embarcándose en Ostia o Pozzuoli, que eran los dos grandes puertos de la época. Los más pobres tomaban uno de tantos cargueros que iban en busca de mercancías a Oriente; para los más ricos había verdaderos transatlánticos, que navegaban a vela, pero que desplazaban hasta mil toneladas, tenían ciento cincuenta metros de eslora y contaban con camarotes de lujo. La piratería había desaparecido casi por completo bajo Augusto, quien, para debelarla, había instituido dos grandes home fleets permanentes en el Mediterráneo. De modo que entonces las naves viajaban incluso de noche, pero casi siempre costeando por miedo a las tempestades. 



No existían horarios, pues todo dependía de los vientos. Normalmente se andaba a cinco o seis nudos por hora, empleándose casi diez días de Ostia a Alejandría. Pero tampoco el pasaje costaba mucho: en un carguero, el trayecto hasta Atenas no rebasaba de cincuenta liras. Las tripulaciones eran duchas y semejantes a las de hoy: gente despreocupada y pendenciera, con marcadas inclinaciones a la taberna y el burdel. Los comandantes eran especialistas que poco a poco transformaron el oficio de la navegación en una verdadera ciencia. Hipalo descubrió la periodicidad de los monzones, y los viajes desde Egipto a la India, que antes requerían seis meses, empezaban ahora a hacerse en uno. Aparecieron las primeras cartas marinas y se instalaron los primeros faros.

 

Todo ello sucedió rápidamente porque los romanos llevaban dentro, además de la pasión por las armas y las leyes, la de la ingeniería. No alcanzaron jamás en los estudios matemáticos las alturas especulativas de los griegos, pero las aplicaron mucho más prácticamente. La desecación del Fucino fue una auténtica obra maestra y las carreteras que construyeron continúan siendo aún hoy modélicas. Fueron los egipcios quienes descubrieron los principios de la hidráulica, pero los romanos los concretaron en acueductos y colectores de proporciones colosales. 


A ellos se debe el continuo chorrear de fuentes en la Roma de hoy. Y Frontino, que organizó el sistema de ellas, incluso lo describió en un manual de alto valor científico. Precisamente compara estas obras de utilidad pública con la total inutilidad de las Pirámides y de muchas construcciones griegas. Y en sus palabras resplandece el genio romano, práctico, positivo, al servicio de la sociedad y no a remolque de los caprichos estéticos individuales.


Es difícil decir hasta qué punto el desarrollo de Roma y de su Imperio fue debido a la iniciativa privada y hasta qué punto al Estado. Éste era propietario del subsuelo, de un amplio patrimonio y probablemente también de algunas industrias de guerra. Garantizaba el precio del trigo con el sistema de la acumulación y emprendía directamente las grandes obras públicas para remediar el paro. Empleaba asimismo el Tesoro como Banco, prestando a los particulares, sobre sólidas garantías, dinero a alto interés. Pero no era muy rico. Sus ingresos, bajo Vespasiano, que los aumentó y administró con rigor, no rebasaban los cien mil millones de liras, sacadas sobre todo de los impuestos.

 

En líneas generales, puede decirse que era un Estado más liberal que socialista, el cual dejaba incluso a la iniciativa de sus generales el derecho de acuñar moneda en las «provincias» que gobernaban. El complejo sistema monetario que derivóse de ello fue un buen bocado para los banqueros que basaron en él todas sus diabluras: libretas de ahorro, letras de cambio, cheques, pagarés. Fundaron institutos a propósito con sucursales y corresponsales en todo el mundo, complejo sistema que hizo inevitables los booms y las crisis, como sucede también hoy.

 

La depresión de Wall Street en 1929 tuvo su precedente en Roma cuando Augusto, vuelto de Egipto con el inmenso tesoro de este país en el bolsillo, lo puso en circulación para reanimar el languideciente comercio. Esta política inflacionista lo estimuló, pero también estimuló los precios que subieron a las estrellas hasta que Tiberio interrumpió bruscamente esa espiral resorbiendo la moneda circulante. El que se había endeudado contando con la continuación de la inflación se encontró falto de líquido y corrió a retirarlo de las cajas de ahorros. La de Balbo y de Olio tuvo que hacer frente en un solo día a trescientos millones de obligaciones y cerró las ventanillas. Las industrias y comercios interesados no pudieron pagar a sus proveedores y cerraron también. Cundió el pánico. Todos corrieron a retirar sus depósitos de los Bancos. Hasta el de Máximo y Vibón, que era el más fuerte, no pudo satisfacer todas las demandas y pidió auxilio a la de Pettio. La noticia se difundió en un abrir y cerrar de ojos, y fueron entonces los clientes de Pettio quienes se precipitaron a su Banco con sus libretas impidiéndole el salvamento de sus dos colegas. 


La interdependencia de las varias economías provinciales y nacionales en el seno del vasto Imperio, quedó demostrada por el simultáneo asalto a los Bancos de Lyon, Alejandría, Cartago y Bizancio. Era claro que una oleada de desconfianza en Roma repercutía inmediatamente en la periferia. También entonces hubo quiebras en cadena y suicidios. Muchas pequeñas propiedades, cargadas de deudas, no pudieron aguardar la nueva cosecha para pagarlas y tuvieron que ser vendidas, en provecho de los latifundios que estaban en condiciones de resistir. Volvieron a florecer los usureros que con la difusión de los Bancos habían mermado. Los precios se derrumbaron espantosamente. Y Tiberio tuvo al fin que rendirse a la idea de que la deflación no es más sana que la inflación. Con muchos suspiros distribuyó cien mil millones a los Bancos para que volviesen a ponerlos en circulación, con orden de prestarlos por tres años sin intereses.

 

El hecho de que bastó esta medida para revigorizar la economía, descongelar el crédito y devolver la confianza, nos demuestra la importancia de los Bancos, es decir, cuan sustancialmente capitalista era el régimen imperial romano.




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