jueves, 6 de octubre de 2016

EL INCENDIO DE ROMA BAJO EL REINADO DEL EMPERADOR NERÓN


Sigue una catástrofe —no se sabe si debida al azar o urdida por el príncipe, pues hay historiadores que dan una y otra versión—, que fue la más grave y atroz de cuantas le sucedieron a esta ciudad por la violencia del fuego. Surgió en la parte del circo que está próxima a los montes Palatino y Celio; allí, por las tiendas en las que había mercancías idóneas para alimentar el fuego, en un momento estalló y creció el incendio y, azuzado por el viento, cubrió toda la longitud del circo… El incendio se propagó impetuoso, primero por las partes llanas, luego subiendo a las alturas, para devastar después nuevamente las zonas más bajas; y se adelantaba a los remedios por lo rápido del mal y porque a ello se prestaba la Ciudad, con sus calles estrechas que se doblaban hacia aquí y hacia allá y sus manzanas irregulares, tal cual era la vieja Roma. Se añadían, además, los lamentos de las mujeres aterradas, la incapacidad de los viejos y la inexperiencia de los niños, y tanto los que se preocupaban por sí mismos como los que lo hacían por otros, arrastrando o aguardando a los menos capaces, unos con sus demoras, los otros con su precipitación, ocasionaban un atasco general. Muchos, mientras se volvían a mirar atrás, se veían amenazados por los lados o por el frente, o si habían logrado escapar a las zonas vecinas, acababan también aquéllas ocupadas por las llamas, e incluso las que les parecían alejadas las hallaban en la misma situación. Al fin, sin saber por dónde huir ni hacia dónde tirar, llenaban las calles, se tendían por los campos; algunos, perdidos todos sus bienes, incluso sin alimentos con que sustentarse por un día, otros por amor a los suyos a quienes no habían podido rescatar, perecieron a pesar de que hubieran podido salvarse. Y nadie se atrevía a luchar contra el incendio ante las repetidas amenazas de muchos que impedían apagarlo, y porque otros se dedicaban abiertamente a lanzar teas vociferando que tenían autorización, ya fuera por ejercer más libremente la rapiña, ya fuera porque se les hubiera ordenado.


( Tácito )









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