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lunes, 16 de abril de 2018

CIPRIANO DE CARTAGO



Tascio Cecilio Cipriano (en latín, Thascius Cæcilius Cyprianus; c. 200 - 14 de septiembre de 258)​ fue clérigo y escritor romano, obispo de Cartago (249-58) y santo mártir de la Iglesia.

Autor importante del comienzo del cristianismo, nació probablemente a principios del siglo III en el norte de África, quizá en Cartago, donde recibió una educación clásica (pagana). Tras convertirse al cristianismo fue obispo (249) y murió martirizado en Cartago.

 

Cipriano tenía un origen rico y distinguido. De hecho, su martirio se produjo en su propia villa. La fecha de su conversión al cristianismo es desconocida, pero tras su bautismo en c. 245-248 donó una porción de su riqueza a los pobres de Cartago. Era púnico o quizá bereber.

Su nombre original era Thascios; tomó el nombre adicional de Caecilius en memoria del presbítero al que debía su conversión. Antes de esto fue profesor de retórica.​ En los primeros años de su conversión escribió una Epistola ad Donatum de gratia Dei («Carta a Donato sobre la gracia de Dios») y los tres libros de Testimoniorum Libri Tres o Testimoniorum ad Quirinus que seguían los modelos de Tertuliano, que influyó sobre su estilo y pensamiento, y detallando cómo las antiguas profecías no fueron reconocidas por los judíos en cuanto éstos no aceptaron a Cristo, perdiendo así sus privilegios y siendo sustituidos por los cristianos.

 

Poco después de su bautismo fue ordenado diácono, y más tarde presbítero. En algún momento entre julio de 248 y abril de 249 fue elegido obispo de Cartago, una elección popular entre los pobres, que recordaban su caridad, aunque una parte de los presbíteros se opuso a causa de la riqueza de Cipriano, su diplomacia y su talento literario. Además, la oposición en la comunidad de Cartago no se disolvió tras su elección.

Los cristianos del norte de África no habían sufrido la persecución durante muchos años. En 250 el emperador Decio decretó la supresión de la cristiandad, con lo que dio comienzo la persecución deciana. Un procónsul enviado por el emperador y cinco comisionados de cada ciudad administraban el edicto, pero cuando el procónsul llegó a Cartago Cipriano había huido.

 

En los documentos que se conservan de los Padres de la Iglesia de varias diócesis, se pone de manifiesto que la comunidad cristiana se dividió en esta ocasión entre los que practicaron la desobediencia civil a cualquier precio y los que se sometieron de palabra o acto al edicto. La huida de Cipriano de Cartago fue interpretada por sus enemigos como cobardía e infidelidad, y le acusaron ante Roma. Roma escribió a Cipriano en términos de desaprobación. Cipriano contestó que había huido de acuerdo al mandato divino. Desde su refugio dirigió a sus fieles con seriedad y entusiasmo, empleando a un diácono de confianza como intermediario.

 

La persecución fue especialmente severa en Cartago, de acuerdo con las fuentes de la Iglesia. Las fuentes oficiales romanas no hablan de la severidad de la persecución deciana. Muchos cristianos abjuraron de su fe, y desde entonces recibieron el nombre de lapsi, pero después pidieron ser readmitidos por la iglesia. Sus peticiones fueron atendidas. Los confesores del grupo más liberal intervinieron para permitir a cientos de lapsi volver a la iglesia.

 

Aunque él mismo se había retirado y aislado, Cipriano censuró la laxitud con los lapsi, y rehusó absolverlos excepto en el caso de enfermedad mortal, y quiso posponer la cuestión de su readmisión en la iglesia hasta que llegaran tiempos más tranquilos. Entonces la comunidad de Cartago sufrió un cisma. Felicísimo, que había sido ordenado diácono por el presbítero Novatus durante la ausencia de Cipriano, se opuso a todas las medidas de los representantes de Cipriano. Cipriano le depuso y le excomulgó a él y a su partidario Augendius. Felicísimo recibió el apoyo de Novatus y otros cuatro presbíteros, que organizaron una fuerte oposición al obispo.

 

Cuando, tras una ausencia de catorce meses, Cipriano volvió a su diócesis, defendió su marcha (guiado por una visión, para el bien de la comunidad) en cartas a los otros obispos del Norte de África y un tratado De lapsis, y convocó un concilio de obispos norteafricanos en Cartago para considerar el tratamiento de los lapsi y el cisma de Felicísimo (251). El concilio apoyó a Cipriano y condenó a Felicísimo, aunque no se conservan actas del mismo. Los libellatici, es decir, cristianos que habían obedecido al emperador, serían readmitidos tras arrepentimiento sincero, pero los que habían tomado parte en sacrificios al emperador sólo podrían volver a la Iglesia cuando estuvieran cerca de la muerte. Más tarde esta regulación se suavizó, e incluso los que habían celebrado sacrificios fueron readmitidos si se arrepentían inmediatamente y buscaban la absolución, aunque los clérigos caídos fueron depuestos y no podían recuperar sus cargos.

En Cartago, los seguidores de Felicísimo eligieron a Fortunato como obispo en oposición a Cipriano, mientras que en Roma los seguidores del presbítero Novaciano, que también rechazó la absolución para los lapsi, le eligieron obispo de Roma, en oposición al obispo legítimo Cornelio. Los novacionistas consiguieron la elección de un obispo rival de su bando en Cartago, llamado Máximo. Novatus abandonó a Felicísimo y se unió al bando novaciano.

 

Estos extremos fortalecieron la firme pero moderada influencia de los escritos de Cipriano, y los seguidores de sus oponentes fueron perdiendo fuerza. Su prestigio se acrecentó cuando los fieles fueron testigos de su devoción abnegada durante una gran plaga y la hambruna que le siguió.

Al obispo Cornelio le sucedió San Lucio I, y a este San Esteban I, que mantuvo importante enfrentamiento con Cipriano: Esteban hizo uso —por primera vez en la historia de la Iglesia— de la pretensión de que la Iglesia de Roma no sólo tenía una autoridad moral sobre las restantes Iglesias de la cristiandad, sino de que además poseía una autoridad jurídica que le permitía imponerse sobre el resto de las iglesias del mundo. Esto llevó a una ruptura de las iglesias africanas con Roma que se mantuvo hasta la muerte de Esteban.

 

San Esteban quiso dominar al obispo de Cartago justificando la primacía de su obispado de Roma sobre los otros con el argumento del Tu es Petrus que se encuentra en el Evangelio de Mateo: (Mateo 16, 13-20), pero Cipriano respondió que, de acuerdo a las antiguas enseñanzas de la Iglesia todos los obispos eran iguales y cada uno de ellos la figura de Pedro, y por tanto cada obispo era sucesor de Pedro en su diócesis, en lo cual estuvieron de acuerdo en cuatro Concilios sucesivos todos los obispos del África, y las Iglesias de Asia Menor, encabezadas por la Metrópolis de Cesarea.

Cipriano confortó a sus hermanos escribiendo su De mortalitate, y en su De eleomosynis les exhortó a la caridad a los pobres, al tiempo que conducía su vida de forma recta. Defendió a la cristiandad y a los cristianos en su apología Ad Demetrianum, dirigida contra un tal Demetrio y el reproche de los paganos de que los cristianos eran la causa de las calamidades.

 

Cipriano tuvo que librar una nueva lucha a partir de 255, en la que se enfrentó al obispo romano Esteban I. La causa de la contienda fue la eficacia del bautismo en las formas convencionalmente aceptadas cuando era administrado por herejes.

Esteban declaró que el bautismo realizado por herejes era válido si se administraba en nombre de Cristo o de la santísima Trinidad. Esta era la visión de una importante parte de la Iglesia occidental. Cipriano, por otra parte, creía que fuera de la Iglesia no podía haber verdadero bautismo, considerando a los realizados por herejes nulos y vacíos, y bautizaba de nuevo a los que se unían a la Iglesia. Cuando los herejes habían sido bautizados en la Iglesia pero la habían dejado y deseaban volver en penitencia, no los rebautizaba.

 

La ajustada definición de Cipriano de la Iglesia llevó a ciertas inferencias que le convirtieron en el enlace entre su modelo, el rigorista Tertuliano, y la polémica donatista que dividió al norte de África más adelante y que trataba de la eficacia de la misa cuando la pronunciaba un sacerdote indigno.

La mayoría de los obispos norteafricanos se alinearon con Cipriano, y encontró un poderoso aliado en Firmiliano, obispo de Cesarea Marítima. Pero la postura de Esteban logró la aceptación general. Esteban empleó en sus cartas el argumento de la superioridad de la Santa Sede sobre los obispados de la toda la cristiandad. Cipriano contestó que la autoridad del obispo de Roma estaba coordinada con la suya, pero no era superior.

 

La Enciclopedia Católica de 1911 dice de Cipriano que en la época, la disputa se consideró un asunto de disciplina, y no de doctrina. La Iglesia católica moderna sostiene que el bautismo realizado por herejes e incluso por ateos es válido si se realiza de acuerdo con las formas católicas. La base de esta doctrina la articuló San Agustín en su conflicto con los donatistas, que emplearon la autoridad de Cipriano en favor de sus tesis.

 

La Iglesia católica ortodoxa, en cambio, ha hecho suya la eclesiología de Cipriano, y rechaza en su doctrina oficial la existencia de bautismo y otros sacramentos fuera de la Iglesia ortodoxa. Así recibe a quienes vienen de otras comunidades eclesiásticas bautizándolos "por primera vez" (puesto que considera al bautismo anterior inexistente) o bien realizando sobre ellos la crismación o imposición de manos para suplir la falta de un bautismo anterior y considerándolo como una forma vacía de contenido a la que hay que llenar con la Gracia divina.

 

A finales de 256 se emprendió una nueva persecución de cristianos en tiempo del emperador Valeriano, y tanto Esteban como su sucesor Sixto II, fueron martirizados en Roma.

En África, Cipriano preparó a los fieles para el esperado edicto de persecución en su De exhortatione martyrii. El 30 de agosto de 257, ante el procónsul romano Aspasius Paternus se negó a realizar sacrificios a las deidades paganas y profesó firmemente su fe en Cristo.

 

El cónsul le desterró a Curubios. Tuvo una visión que le anunció su destino. Cuando hubo transcurrido un año fue llamado de vuelta y se le mantuvo prácticamente prisionero en su propia villa, en espera de medidas más severas tras la llegada de un nuevo edicto imperial que ordenaba la ejecución de todos los clérigos cristianos, de acuerdo con los testimonios de los escritores cristianos.

El 14 de septiembre de 258 fue apresado por el nuevo procónsul, Galerio. Al día siguiente fue examinado por última vez y sentenciado a morir por la espada. Su única respuesta fue «¡Gracias a Dios!». La ejecución tuvo lugar cerca de la ciudad. Una gran multitud siguió a Cipriano en su último día. Se quitó sus prendas sin asistencia, se arrodilló, y rezó. Tras vendarse los ojos fue decapitado.

 

El cuerpo fue enterrado por cristianos cerca del lugar de la ejecución y sobre él, así como en el lugar de su muerte, se construyeron más tarde iglesias, que, sin embargo, fueron destruidas por los vándalos. Se dice que Carlomagno trasladó los huesos a Francia, y en Lion, Arles, Venecia, Compiegne y Roenay aseguran que poseen reliquias del mártir.

Además de varias epístolas, que se recopilaron parcialmente junto con las respuestas de aquellos a los que escribía, Cipriano escribió varios tratados, algunos de los cuales tienen carácter de carta pastoral.

Su obra más importante es su De unitate ecclesiae.

Otra obra importante es su Tratado sobre la Oración del Señor (Padre Nuestro).

 

Las siguientes obras tienen una autenticidad dudosa: De spectaculis, De bono pudicitiae, De idolorum vanitate,De laude martyrii, Adversus aleatores , De montibus Sina et Sion y la Cena Cypriani. El tratado titulado De duplici martyrio ad Fortunatum no sólo fue publicado por primera y única vez por Erasmo, sino que probablemente también lo compuso y le atribuyó la autoría a Cipriano.

La posteridad ha encontrado menos dificultades en llegar a una visión universalmente aceptada de la personalidad de Cipriano que sus contemporáneos. Combinaba la arrogancia de su pensamiento con la conciencia de la dignidad de su oficio; su vida seria, su abnegación y fidelidad, moderación y la grandeza de su alma han recibido la admiración posterior. Como escritor, sin embargo, no fue en general original o especialmente profundo.


jueves, 13 de julio de 2017

PRIMEROS AÑOS DE LA IGLESIA CRISTIANA EN EL IMPERIO ROMANO


 

En los comienzos de su organización los cristianos primero fueron unos pocos centenares, después miles de personas, casi todos hebreos, reunidos en sus pequeñas ecclesiae, con pocas conexiones entre sí, con una doctrina todavía en estado fluido y en medio de la indiferencia, más que de la hostilidad, de los gentiles. Aquellas desperdigadas y escasas células estaban unidas por la creencia de que Jesús era el Hijo de Dios, que era inminente su retorno para establecer en la Tierra el Reino del Cielo y que la fe en Él sería recompensada en el Paraíso. Pero ya habían comenzado a surgir disensiones sobre la fecha del Retorno. Algunos la vieron anunciada por las calamidades que se abatieron sobre el Imperio: Tertuliano dijo que había que esperarlo después de la caída de Roma, la cual parecía tan inminente que un obispo de Siria partió sin más con sus fieles al desierto, seguro de encontrar en él al Señor; Bernabé proclamó que faltaban aún mil años. Sólo mucho más tarde triunfó la tesis de Pablo que transfería definitivamente al mundo ultraterreno el Reino del Señor. Mas, por entonces, la espera de su inminente instauración contribuyó poderosamente, con las inmediatas promesas que implicaba, a la difusión de la fe.

 

Pero había otros puntos de la doctrina que amenazaban con provocar verdaderas herejías. Celso, el más violento de los polemistas anticristianos, escribió que la nueva religión estaba dividida en facciones y que cada cristiano constituía en ellas un partido adaptándola a su gusto. Ireneo contó una veintena de esas facciones. Hacía falta, pues, una autoridad central que determinase lo que era justo de lo que era falso.



La primera decisión a tomar, que fue debatida durante dos siglos recayó sobre la sede. La nueva religión había nacido en Jerusalén, pero Roma tenía a su favor las palabras de Jesús: «Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.» Y Pedro había venido a Roma. Más que los argumentos, lo que decidió fue la circunstancia de que el Mundo se dominaba desde Roma, no desde Jerusalén. Tertuliano aseguró que Pedro, al morir, confió los destinos de la Iglesia a Lino. Pero el primer sucesor seguro es el tercero, Clemente, del que nos queda una acta redactada con tono autorizado, dirigida a los demás obispos.

 

Los obispos comenzaron a reunirse en los Sínodos, y fueron esos Sínodos los árbitros de aquella religión cristiana que se llamó católica por cuanto universal. El término de Papa volvióse exclusivo del Sumo Pontífice solamente al cabo de cuatro siglos, durante los cuales se dio a todos los obispos para refrendar su paridad.

 

Con aquella primera y rudimentaria organización, la Iglesia llevó a cabo su guerra en dos frentes: el exterior, del Estado y el interior, de las herejías. Y no sabemos cuál de los dos era más peligroso. Sabemos tan sólo que a fines del siglo II la Iglesia había comenzado a inquietar hasta tal punto a los romanos, que uno de éstos, de los más cultos, Celso, dedicó su vida a estudiar el funcionamiento de aquélla, acerca de la cual escribió un libro esmerado e informadísimo, aunque parcial y rencoroso en sus conclusiones. Éstas eran que un cristiano no podía ser buen ciudadano.


 Y en cierto sentido tenía razón, mientras el Estado fuese pagano. Pero el hecho es que él paganismo ya no tenía defensores y hasta los que se negaban a abrazar la nueva fe no encontraban argumentos para defender la vieja. Sobre la estela de Marco Aurelio y de Epicteto, Plotino fue clasificado como filósofo pagano solamente porque no se bautizó. Pero toda su moral ya es cristiana como por lo demás lo es en Epicteto y en Marco Aurelio.


Hasta cuando la negaban, todas las mentes elevadas de la época comenzaron a esforzarse en torno a la doctrina de Jesús y de los Apóstoles, Tertuliano que, aun cuando de Cartago, poseía el riguroso sentido jurídico de los romanos y era ante todo un gran abogado, cuando se hubo convertido, extrajo del Evangelio un código de vida práctica y le dio la orgánica de un decreto—ley propiamente dicho. Aquel vigoroso orador, que hablaba como Cicerón y escribía como Tácito, de carácter riposo y sarcástico, fue de gran ayuda a la Iglesia, que, después de tanta teología y metafísica griegas, necesitaba organizadores y codificadores. Tertuliano en su extremado celo, acabó casi herético porque en su vejez, agriado su temperamento, criticó a los cristianos ortodoxos por demasiado tibios, indulgentes y blandengues y abrazó la regla, más rigurosa, de Montano, una especie de Lutero avant la lettre que predicaba el retorno a una fe más austera.

 

Otro formidable propagandista fue Orígenes, autor. de más de seis mil libros y opúsculos. Tenía diecisiete años cuando su padre fue condenado a muerte por cristiano. El muchacho quiso seguirle en el martirio y su madre para impedírselo, le escondió las ropas. Te lo ruego: no reniegues de tu fe por amor a nosotros, escribió el muchacho al que iba a morir. Se impuso a sí mismo un noviciado de asceta. Ayunaba, dormía desnudo sobre el pavimento y por fin se castró. En realidad, Orígenes era un perfecto tipo estoico, y del cristianismo dio en efecto una versión suya, que de momento fue aceptada, aunque no por todos. El obispo de Alejandría, Demetrio, la consideró incompatible con el hábito talar que entretanto Orígenes había vestido, y revocó su ordenación. Éste colgó los hábitos, continuó predicando con admirable celo y refutó las tesis de Celso en una obra que ha permanecido famosa; fue encarcelado y torturado, mas no renegó de su fe y murió pobre y sin tacha como había vivido. Doscientos años después, sus teorías fueron, empero, condenadas por una Iglesia que ya tenía bastante autoridad para hacerlo.

 

El Papa que más contribuyó a consolidar la organización en aquellos primeros y difíciles años fue Calixto, a quien muchos consideraban un aventurero. Decían que, antes de convertirse, había sido esclavo, amasado una pequeña fortuna con procedimientos más bien reprobables, hízose después banquero, robó a sus clientes, le condenaron a trabajos forzados y se fugó mediante engaño. El hecho de que, en cuanto fue Papa, proclamase válido el arrepentimiento para borrar todo pecado, incluso mortal, nos hace sospechar que en esas voces había algo de verdad. De todas maneras, fue un gran Papa, que truncó el peligroso cisma de Hipólito y reforzó definitivamente la autoridad del poder central. Decio, que fue un irreductible enemigo de los cristianos, decía que hubiese preferido tener en Roma un emperador rival antes que a un Papa como Calixto. Con éste, el Papado tornóse de veras romano en muchos sentidos. De los sacerdotes paganos de la Urbe tomó prestado la estola, el uso del incienso y de los cirios encendidos delante del altar y la arquitectura de las basílicas. Pero las derivaciones no se limitaron a éstas de carácter formal. 


Los constructores de la Iglesia se apropiaron especialmente de la armazón administrativa del Imperio y la copiaron, instituyendo al lado y contra, cada gobernador de provincia a un arzobispo, y un obispo al lado y contra cada prefecto. A medida que el poder político se debilitaba y que el Estado iba a la deriva, los representantes de la Iglesia heredaban sus tareas. Cuando Constantino subió al poder, muchas funciones de los prefectos, considerablemente en declive, eran asumidas por los obispos. La Iglesia era notoriamente la heredera designada y natural del Imperio en colapso. Los hebreos le habían dado una ética, Grecia una filosofía y Roma le estaba dando su lengua, su espíritu práctico y organizador, su liturgia y su jerarquía.



domingo, 16 de abril de 2017

LOS APÓSTOLES Y SUS HECHOS. LOS PRIMEROS ACTOS CRISTIANOS


Esta obra misional se desarrolló al principio sólo en Palestina y comarcas vecinas, donde estaban radicadas colonias hebreas. Pues en los primeros momentos, se convino tácitamente entre los Apóstoles que Jesús era el Redentor, no de todos los hombres, sino tan sólo del pueblo hebraico. Fue después dé la misión de Pablo en Antioquía y del éxito que cosechó entre los gentiles de aquella ciudad, cuando se planteó y fue resuelto el problema de la universalidad del cristianismo.

 

Pablo fue, para la «ideología», como se diría hoy. de la nueva fe lo que Pedro para su organización. Era un hebreo de Tarso, hijo de un fariseo acomodado, y, por tanto, de origen burgués, que le legó el más precioso de todos los bienes de aquel tiempo; la ciudadanía romana. Había estudiado griego y tomado lecciones de Gamaliel, el presidente del Sanedrín. Tenía una inteligencia aguda, típicamente hebraica en el devanarse los sesos, y un carácter difícil; imperioso, impaciente, y a menudo injusto. Su primera reacción hacia Cristo, fue de violenta antipatía. Les consideraba heréticos, y cuando cayó en sus manos uno de ellos, Esteban, condenado por infringir la Ley, colaboró con entusiasmo a su lapidación. Un día se enteró de que los cristianos hacían prosélitos en Damasco. Pidió al Sanedrín que le permitiese ir para detenerlos, y durante el viaje fue derribado por un rayo de luz y oyó una voz que le decía: «Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?» «¿Quién eres?», preguntó espantado. «Soy Jesús.» Quedóse ciego tres días, después fue a hacerse bautizar y se convirtió en el más hábil propagandista de la nueva Fe.

 

Durante tres años predicó en Arabia, luego volvió a Jerusalén, se hizo perdonar por Pedro su pasado de perseguidor, y con Bernabé fue a dirigir la obra de proselitismo entre los griegos de Antioquía. Cuando supieron que los dos misioneros no requerían la circuncisión para aceptar conversos, como prescribía Moisés, es decir, que también los reclutaban entre los gentiles, los Apóstoles le mandaron llamar para tener explicaciones. Con el apoyo de Pedro, la batalla fue ganada por Pablo, quien, inmediatamente después, emprendió su segunda tournée por Grecia. La mayoría de los Apóstoles era todavía fiel a la Ley, frecuentaba el Templo, no quería romper con su pueblo y con su tradición. Pablo se dio cuenta de que si se les dejaba, aquéllos harían del cristianismo tan sólo una herejía hebraica, sostuvo sus tesis en prédicas públicas y estuvo en peligro de ser linchado por la multitud. Querían procesarle por impío. Pero le salvó la ciudadanía romana que le concedía el derecho de apelación al emperador. Así le embarcaron rumbo a Roma, adonde llegó tras un azaroso viaje.

 

En la Urbe le escucharon con paciencia, no entendieron ni jota de la cuestión que él expuso, comprendieron solamente que en ella no figuraba la política y, en espera de que llegasen los acusadores, le trataron bien, limitándose a ponerle un soldado de guardia a la puerta de la casa que le habían dejado escoger. Pablo invitó a ella a los notables de la colonia hebraica, mas no logró persuadirles. Hasta los pocos que eran ya cristianos rechazaron con horror la idea de que el bautismo fuese más importante que la circuncisión, y prefirieron a él a Pedro, que llegó poco después y encontró una acogida más calurosa.




Pablo consiguió convertir algunos gentiles, pero en. fin de cuentas quedóse solo y, animado como estaba de un infatigable celo misionero, lo desahogó en las famosas Epístolas que escribió un poco a todos los antiguos amigos de Corinto, de Salónica y de Éfeso y que aún constituyen la base de la teología cristiana. 


SAN PABLO ESCRIBIENDO SUS EPÍSTOLAS

Según algunos historiadores, fue absuelto, volvió a predicar en Asia y en España, le detuvieron de nuevo y le llevaron a Roma. Pero parece que no es verdad. Pablo no fue liberado jamás, en la amargura de aquel solitario exilio perdió poco a poco la fe en el inminente retorno de Cristo a la Tierra, o, mejor dicho, la tradujo en la fe en el más allá, sellando así la verdadera esencia de la nueva religión.

 

No sabemos cómo, cuándo ni por qué le procesaron de nuevo. Sabemos tan sólo que la acusación fue de «desobediente a las órdenes del emperador y pretender que el verdadero rey es un tal Jesús». Puede ser que, en efecto, no hubiese nada más en su cargo. Los policías no se paran en barras y, oyendo que Pablo trataba de rey a Jesús, cuando en el trono estaba Nerón, le detuvieron y le condenaron. Una leyenda dice que fue sorprendido el mismo día del año 46 en que Pedro fue crucificado y que los dos grandes rivales, al encontrarse en el camino del suplicio, se abrazaron en  señal de paz. La cosa es poco digna de crédito. Pedro se encontró mezclado con otros cristianos, asesinados en masa como responsables del incendio de Roma. Pablo era un «ciudadano», y como tal tenía derecho a algún miramiento. Efectivamente, se limitaron a decapitarle. Y allí donde se considera que fue enterrado, la Iglesia, dos siglos después, fundó la basílica que lleva su nombre: San Pablo Extramuros.

 

¿Cuántos adeptos había hecho el cristianismo en Roma, en el momento que desaparecieron los dos grandes Apóstoles?

 

Las cifras son imposibles de precisar, pero no creemos que rebasen algunos centenares, a lo sumo algunos millares. Lo demuestra la misma circunstancia de que las autoridades le concediesen poca atención. La acusación del incendio no formaba parte de una política persecutoria; fue una estratagema extemporánea para desviar las sospechas contra Nerón. La matanza, de momento, pareció haber exterminado para siempre la secta. Después, como todas las matanzas, se reveló como un fertilizante. Pero esto se debió a la organización que Pedro le había dado.


Los cristianos se reunían en ecclesiae, o sea en iglesias o congregaciones, que en aquellos primeros tiempos no tuvieron nada de secreto o de conspiración. Las comparaciones que hoy en día se hacen con la organización celular comunista son absolutamente ridículas y carentes de fundamento. No sólo porque en las ecclesiae se predicaba el amor en vez del odio, no sólo porque en ellas no se desarrollaba ningún proselitismo político, sino, por encima de todo, porque no había ni sombra de secreto, y quienquiera se presentase era acogido sin suspicacia ni desconfianza. Otra falsa creencia de hoy es que los adeptos fuesen tan sólo proletarios, la «hez», como más tarde habría de llamarla Celso. Nada más inexacto. Había de todo. Y en general se trataba de gente industriosa y pacífica, de pequeños y medianos ahorradores, que financiaban las comunidades cristianas más pobres. Luciano el descreído les definía como «imbéciles que juntan todo lo que poseen». Tertuliano el converso, precisaba: «Que ponen juntos lo que los demás tienen separado, y tienen separada la única cosa que los demás' ponen junto: la mujer.»

 

Una discriminación, impuesta por las circunstancias, hubo solamente entre las poblaciones de la ciudad y las del campo. Los primeros prosélitos los dio la primera, por razones obvias; porque sólo en la ciudad hay manera de reunirse asiduamente, porque el descontento es mayor y las mentes más abiertas a la crítica, porque en el campo las tradiciones y las costumbres se conservan más y una mayor fuerza moral las sostiene. Y he aquí por qué los cristianos comenzaron a llamar paganos a los descreídos, o sea aldeanos, de pagus que quiere decir aldea.

 

Lo primero que cuidaron los precursores fue la instauración de un modelo de vida sano y decente, del que comprendían el prestigio y atractivo que estaba destinado a ejercer en una capital que se tornaba cada vez más malsana y desvergonzada. Los orígenes hebraicos de la nueva fe y de los que se convirtieron primeramente quedaban comprobados por la austeridad que imponía. Las mujeres participaban en las funciones del culto, que aún se limitaba a la oración, pero cubiertas, porque los cabellos podían distraer a los ángeles, como dice san Jerónimo, que quería hacérselos cortar a todas. Y un régimen de vida ordenado y hogareño era la regla fundamental. La fiesta del sábado, también de origen hebraico, era observada, y se celebraba con una cena colectiva, que comenzaba y terminaba con rezos y la lectura de las Sagradas Escrituras. El sacerdote bendecía el pan y el vino que simbolizaban, respectivamente, el cuerpo y la sangre de Jesús y la ceremonia concluía con el beso de amor que todos cambiaban, pero que debió dar origen a alguna diversión contraria a la teología, pues poco después se empezó a practicar sólo de hombre a hombre y de mujer a mujer, y con la recomendación de tener la boca cerrada y de no repetirlo si gustaba.

 

El aborto y el infanticidio fueron abolidos y execrados por los cristianos en medio de una sociedad que los practicaba cada vez más y moría de ello. Es más, los fíeles estaban obligados a recoger a los niños abandonados, adoptarlos y educarles en la nueva religión. La homosexualidad estaba excluida, el divorcio, admitido sólo a requerimiento de la esposa, si ésta era pagana. Menos éxito tuvo la prohibición de frecuentar el teatro. Pero, a fin de cuentas, la regla permaneció severa especialmente mientras fue practicada casi exclusivamente por los hebreos. Después poco a poco, al crecer en número e importancia los gentiles, se hizo más acomodaticia. Y la austera fiesta del sábado se convirtió, poco a poco, en la más alegre del domingo.

 

En este «día del Señor» todos se reunían en torno al sacerdote que leía un pasaje de las Escrituras, daba la señal para las oraciones y concluía con un sermón. Ésta fue la primera y rudimentaria Misa, que luego se desarrolló según un preciso y complicado ritual. En aquellos primeros años, los auditores eran todavía sus protagonistas, pues a ellos les estaba concedido «profetizar», o sea expresar en estado de éxtasis conceptos que después el sacerdote debía ínterpretar. Esta costumbre acabó porque amenazaba con provocar el caos justamente en las cuestiones en las que la Iglesia se estaba esforzando en poner orden: las teológicas.

 

Tan sólo dos de los siete Sacramentos se practicaban entonces: el Bautismo no se distinguía de la Confirmación, porque se administraba a personas ya adultas, como eran los primeros conversos. Después, poco a poco, se empezó también a nacer cristiano y entonces los dos Sacramentos fueron separados, constituyendo el segundo la «confirmación» del primero. El matrimonio era solamente civil, limitándose el sacerdote a bendecirlo. En cambio se cuidaba mucho el funeral, pues, desde el momento en que un hombre había muerto, se tornaba de exclusiva pertenencia de la Iglesia y todo tenía que estar predispuesto para su resurrección. El cadáver había de tener su propia tumba y el sacerdote oficiaba durante el entierro. Las tumbas estaban construidas según la costumbre siríaca y etrusca; en criptas excavadas en las paredes de largas galerías subterráneas; las catacumbas.

 

Esa costumbre duró hasta el siglo IX, decayendo después. Las catacumbas se convirtieron en meta de peregrinación, la tierra las cubrió y fueron olvidadas. Se redescubrieron en 1578 por pura casualidad. El hecho de que sus ramificaciones fuesen complicadas y retorcidas ha hecho creer que fueron construidas para escondrijo de las «conspiraciones». Y sobre esta hipótesis se han apoyado muchas novelas.

 

Con este bagaje nació la verdadera religión; la que ya no quedaba limitada a un pueblo y a una raza, como el judaismo, o a una clase social, como el paganismo de Grecia y de Roma, que la consideraban monopolio de sus «ciudadanos». Su nivel moral, la gran Esperanza que abría en el corazón de los hombres y el ímpetu misional que encendía en ellos, hacían decir orgullosamente a Tertuliano: «Tan sólo somos de ayer. Y ya llenamos el Mundo.»

JESÚS Y LOS APÓSTOLES. PINTURA 
ENCONTRADA EN LAS CATACUMBAS DE ROMA