Mostrando entradas con la etiqueta SELEUCO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SELEUCO. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2019

GUERRA DE LOS DIÁDOCOS DE ALEJANDRO MAGNO



La mayor parte de los historiadores cierran con la muerte de Alejandro la historia de Grecia, y se comprende por qué; a partir  de  entonces,  o  sea  durante el llamado «período helenista», que va hasta la conquista  de  Roma,  resulta  muy  difícil   de  relatar  por la vastedad de los horizontes  en  que  se  pierde.  El  rey macedonio no conquistó el mundo con su increíble marcha hasta el océano Indico, sino  que  rompió sus  barreras,  abriendo  el  Oriente  de  par  en  par  a la iniciativa griega que se derramó en él con ímpetu torrencial. A Grecia siempre le había faltado una capacidad de coagulación nacional. Mas entonces los centros sobre los cuales gravitaba aquel fragmentado pueblo —Esparta, Corinto, Tebas y sobre todo Atenas— no tuvieron ya una fuerza  centrípeta  que oponer a la centrífuga. Y como hoy día las naciones europeas han abandonado a Asia y a América el papel de protagonistas de la  Historia,  así  entonces  las  ciudades de Grecia hubieron de cederlo a los reinos periféricos que se conformaron con la herencia de Alejandro.
 
ANTÍGONO EL TUERTO
Éste, como he dicho, murió sin dejar heredero ni designar sucesor. Fueron, pues, sus lugartenientes, llamados diádocos, quienes se repartieron el efímero pero inmenso Imperio sobre el que el pequeño ejército macedonio habla plantado su bandera. Lisímaco tuvo Tracia; Antígono, el Asia Menor; Seleuco, Babilonia; Tolomeo, Egipto, y Antípater, Macedonia y Grecia.


 Éstos procedieron al reparto sin consultar a los Estados griegos en nombre de los cuales Alejandro había realizado su empresa de conquista y que, además, le habían proporcionado un contingente de soldados. Esto demuestra precisamente lo poco que contaban ya entonces aquellos Estados.
 
SELEUCO
Es materialmente imposible seguir las vicisitudes de los nuevos reinos grecoorientales que de tal suerte se formaron a lo largo de todo el arco del Mediterráneo. Nos limitaremos, pues, a resumir las de  Antípater y sus sucesores, únicas que tienen relación directa con Grecia y Europa, hasta el advenimiento de Roma.



Plutarco cuenta que, cuando la noticia de la muerte  del gran  rey  llegó  a  Atenas,  la  población  se  echó  a las calles enguirnaldadas de flores, cantando himnos de victoria, como si hubiesen sido ellos quienes le mataron. Una delegación se apresuró a buscar  a  Démostenes, el glorioso desterrado, la gran víctima  del fascismo macedonio, que, en realidad, tras haberle condenado por el hecho comprobado de haber estado a sueldo, del enemigo, le había dejado  huir a  un  cómodo  exilio. La Historia, como veis, es monótona como  las  miserias de los hombres que la hacen. Demóstenes volvió espumante de  rabia  y  de  oratoria  contenida,  arengó al pueblo en fiestas predicando la  guerra  de  liberación contra  Antípater  el  opresor,  organizó  un  ejército con  la  ayuda  de  otras  ciudades  del  Peloponeso  y lo lanzó contra Antípater, que lo derrotó en  una  batalla de pocos minutos.



Antípater era un viejo y bravo soldado que no alimentaba hacia la civilización y la cultura  de  Atenas, los complejos de Filipo y de Alejandro. Impuso crecidas reparaciones a las ciudades rebeldes, dispuso en ellas una guarnición macedonia y deportó, privándoles de la ciudadanía, a doce mil perturbadores del orden público, entre los cuales debía de hallarse también Demóstenes. Éste se fugó a un templo de Calauria.  Pero  al verse descubierto y rodeado, se envenenó.

 
DEMÓSTENES
Después de aquella lección, los atenienses se mantuvieron un poco tranquilos, bajo el gobierno de un hombre de confianza de Antípater o, como  se  diría  hoy, de un Quisling; el habitual hombre de bien Foción, que obró como mejor no se hubiera podido en aquellas circunstancias. Pero esto no le salvó de ser linchado cuando murió Antípater, y los atenienses se convencieron, una vez más, de haber sido ellos quienes lo mataron. Casandro, el nuevo rey, volvió a intervenir, deportó otra cantidad de gente, dispuso otra guarnición y confió el gobierno a otro  Quisling  que, por casualidad, fue también un hombre de Estado ejemplar por su honestidad y  moderación:  el  filósofo Demetrio Falareo, alumno de Aristóteles.
 
DEMETRIO DE FALERO
Mas aquí sobrevinieron complicaciones entre los diádocos, cada uno de los cuales, naturalmente, soñaba  con reunir en sus manos el Imperio de Alejandro. Antígono, el del Asia Menor, creyó tener  fuerza  para  ello, pero fue batido por la coalición de los otros cuatro. Su hijo Demetrio Poliorcetes, que quiere decir «conquistador de ciudades», fue acogido como «liberador» en Atenas, y se acuarteló en el Partenón transformándolo en una gargonniére para sus amores de  ambos sexos. Los atenienses consideraron democrático y liberal su régimen, que tan sólo era licencioso.  En efecto, Demetrio no perseguía más que a quienes trataban de eludir sus galanterías. Uno de ellos, Damocles, para escapar de ella, se tiró a un caldero de agua hirviendo, suscitando, más que la admiración, el estupor de sus conciudadanos, poco avezados  a  semejantes ejemplos de pudor y de esquivez.
 
DAMOCLES
Después de doce años de orgías, Demetrio reemprendió la guerra contra Macedonia, la derrotó, proclamóse rey, mandó a Atenas otra guarnición que puso fin al intermedio democrático y se aventuró en otra larga serie de campañas contra Tolomeo de Egipto, luego contra Rodas y finalmente contra Seleuco, quien, tras haberle derrotado y capturado, le obligó a suicidarse. Sobre este. caos cayó del Norte, en 279 antes de Jesucristo, una invasión de galos celtas. Atravesaron Macedonia presa de la revolución y, por tanto, carente de ejército. Guiados por algunos traidores griegos que conocían los pasos, rebasaron las Termópilas, saqueando ciudades y aldeas.
 
DEMETRIO POLIORCETES
Después, rechazados hasta Delfos por un ejército constituido de cualquier manera entre todos, se arrojaron sobre Asia Menor, degollaron a la población, y sólo comprometiéndose a pagarles un tributo anual, Se- leuco llegó  a  persuadirles  de que  se retiraran más hacia el Norte, aproximadamente en la actual Bulgaria..

 

Afortunadamente, en aquel momento Antígono II llamado Gonatas,  hijo de  Poliorcetes,  lograba sofocar la revolución en Macedonia, y a la cabeza de  su ejército barrió los restos de la invasión. Fue un soberano excelente, que entre otras cosas tuvo también la fortuna de permanecer en el trono treinta y siete años- seguidos, durante los cuales, con sabiduría y moderación, ejerció con mucho tacto su poder sobre Grecia. Pero Atenas, con la ayuda  de  Egipto,  se  rebeló  contra él. Gonatas, tras haber vencido sus tropas con irrisoria facilidad, no se mostró  riguroso.  Limitóse  tan sólo a restablecer el orden, dejando para garantizarlo una guarnición en El Píreo y otra en Salamina.
 
ANTÍGONO II GONATAS
En aquel momento se estaban haciendo en toda la península tentativas para adaptarse a la nueva situación y hallar un equilibrio estable que conciliase el orden con la libertad.  Se  habían  formado  dos  ligas, la etolia y la aquea, cada uno de cuyos Estados miembros había renunciado a una pizca de su soberanía en favor de la colectiva ejercida por un strategos regularmente elegido.

 

Era un noble y sensato esfuerzo para superar finalmente los particularismos, pero eran los griegos de siempre quienes lo llevaron a cabo. En 245, el estrategos aqueo,  Arato,  persuadió con su habilidad oratoria a todo el Peloponeso  —excepto  Esparta  y  Elida, que se mantuvieron al margen— a entrar en la Liga. Luego, sintiéndose lo bastante fuerte, organizó una expedíción de sorpresa contra Corinto, expulsó a la guarnición macedonia y por fin repitió el golpe en El Píreo, donde los macedonios, previa propina,  se  fueron por  su cuenta.

 

Era de nuevo para toda Grecia, la liberación del extranjero como siempre había sido considerada, injustamente, la Macedonia, que sin embargo, hablaba su lengua y había absorbido su civilización. Pero algunos Estados, no reconociendo en ello más que la supremacía aquea, se apretaron en torno a la Liga etolia, incluyendo Esparta y Elida. Y de nuevo se encendió una guerra fratricida, de la que Macedonia podía haberse aprovechado fácilmente si su «regente», Antígono III. que aguardaba la mayoría de edad de su  hijastro Filipo para cederle el trono hubiese querido hacerlo.

 

Así Grecia continuó marchitándose en las discordias intestinas y en las revueltas sociales. Estas últimas tocaron finalmente también a  Esparta,  la  ciudadela  del conservadurismo, que parecía a resguardo de toda subversión.

 

La concentración de la riqueza en manos de pocos privilegiados había ido  acentuándose  cada  vez  más. El catastro de 244 demuestra que las  250.000  hectáreas de Laconia eran monopolio de sólo cien propietarios. Dado que no había industrias ni comercio,  todo el resto de la población era pobre. Un intento de reforma surgió de los dos reyes que, como de costumbre, se repartían el poder en 242: Agides y Leónidas. El primero propuso una distribución de tierras sobre el modelo de Licurgo. Pero Leónidas urdió  un  complot con los latifundistas  y  le hizo asesinar  con  su  madre y su abuela que, grandes propietarios a  su  vez,  habían dado el  ejemplo  del  reparto.  Fue  una  tragedia de mujeres del viejo molde heroico. La hija de Leónidas, Quilónides, se puso de parte de su marido Cleómbroto, que a su  vez  era partidario de  Agides,  y le siguió voluntariamente al exilio.

 

Leónidas echó mal sus cuentas  dando  por mujer  a su hijo Cleómenes, por razones de dote, la viuda de Agides. Cleómenes, subido al trono al lado de su  padre, se enamoró en serio de su mujer (ocurre, a veces), compartió sus ideas, que  eran las  del difunto  marido, se rebeló contra Leónidas y le mandó al destierro. Cleómbroto fue llamado. Pero Quilónides, en vez de seguir  a  su  esposo  triunfante,  se  reunió  con  el padre.

 

Cleómenes operó la gran reforma restableciendo el ordenamiento semicomunista de Licurgo. Luego, identificándose con aquel papel de justiciero, acudió a liberar todo el proletariado griego que  lo  invocaba. Arato marchó contra él con el Ejército aqueo y fue derrotado. Toda la burguesía griega tembló por su propia suerte.y llamó a Antígono de Macedonia, quien llegó, vio y venció, obligando a Cleómenes  a refugiar-  se en Egipto.

 

Pero una vez desencadenada, la lucha de clases no remitió, complicando la que ya se desarrollaba por el predominio político y mezclándose con ésta. Despierto ya, el proletariado de los pobres ilotas volvió a insurreccionarse y, de revuelta en represión, no  hubo  ya paz hasta el advenimiento de Roma.

 

Olvidábamos decir que cuando Leónidas volvió al trono, Quilónides no le siguió a Esparta. Se quedó en  su confinamiento en espera del marido, Cleómbroto, que, en efecto, se reunió con ella.


sábado, 25 de noviembre de 2017

DESMEMBRACIÓN DE GRECIA Y CAÍDA DE CARTAGO ANTE ROMA



 

Uno de los primeros cargamentos de botín que, cuando se decidió a hacerle la guerra, Roma trajo de Grecia, fue un grupo de casi mil intelectuales, que se habían distinguido en la resistencia a la Urbe. Entre ellos figuraba Polibio, un apasionado de la Historia, que enseñó a los romanos cómo se escribe. «¿Con qué sistemas políticos —preguntó al llegar— esta ciudad ha logrado en menos de cincuenta y tres años subyugar al Mundo, empresa que nadie hasta ahora había llevado a cabo?»

POLIBIO

En realidad, Roma había empleado mucho más de cincuenta y tres años. Mas para el griego Polibio, el «Mundo» era tan sólo Grecia, cuya conquista, en efecto, no había requerido más de medio siglo; si bien no eran en modo alguno las diabluras políticas del Senado y de los generales romanos lo que hizo tan fácil aquel éxito, sino el hecho de que Grecia, antes de ser conquistada, se había destruido ya a sí misma. Su desintegración vino desde dentro, Roma se limitó a recoger los frutos.

 

Las primeras relaciones que la Urbe tuvo con Grecia se remontan, en efecto, a los tiempos de Pirro, que tomó la iniciativa de establecerlas, desembarcando en Italia en -281 con sus soldados y sus elefantes para defender Tarento y las otras ciudades griegas de la península de la agresión romana. Pero en aquel momento Grecia, como nación, había dejado ya de existir, o, mejor dicho, había abandonado toda esperanza de serlo. Las varias ciudades que la componían pasaban el tiempo peleándose entre sí, y ya no había ninguna que fuese capaz de mantener unidas a las otras en la defensa de los intereses comunes.

 

La última tentativa de crear una nación griega había procedido del exterior, es decir, de Macedonia, una tierra que los griegos de Atenas, de Corinto, de Tebas, etc., consideraban bárbara y extranjera. En realidad, tenía poco de griego. Las impracticables cadenas de montañas que la encerraban al sur habían cortado el paso a la cultura y a las costumbres, es decir, a la civilización de las metrópolis de la costa, que, por lo demás, era una civilización demasiado ciudadana y mercantil para poderse aclimatar en aquella severa y tosca región de valles cerrados, de rebaños diseminados y de arcaicas y aisladas aldeas. En compensación, la población se había conservado sana, ruda y fuerte. No sabía de Gramática ni de Filosofía, creía en sus dioses y obedecía a sus amos. Éstos formaban una aristocracia de grandes terratenientes, cuya única ocupación era la administración de las tierras y cuyos solos esparcimientos eran los torneos y la caza. A Pella, la capital, iban rara vez y a desgana: no sólo porque el viaje era fatigoso, sino también porque en aquel burgo campestre y sin atractivos residía el rey, del cual querían permanecer lo más independientes posible. Tan sólo Filipo y su hijo Alejandro lograron desarmar su desconfianza y unirles para una gran aventura de conquista. Cada uno de ellos aportó al ejército común un contingente propio de fuerzas, de las cuales Filipo fue el general, y todos juntos, bajo el mando único, primero del padre y luego del hijo, ocuparon Grecia, pusieron orden en ella y trataron de coordinar sus fuerzas con las macedonias para la conquista del Mundo.

 

Fue tan sólo una maravillosa aventura, que no sobrevivió a sus dos protagonistas. Cuando en -323, contando sólo treinta y tres años, y tras haber conducido su ejército de victoria en victoria hasta Egipto y la India a través de Asia Menor, Mesopotamia y Persia, murió Alejandro en Babilonia, su efímero imperio se cayó en pedazos. A sus generales que, reunidos en torno a la cabecera, le preguntaron a quién designaba por heredero, respondió; «Al más fuerte», pero olvidó precisar quién era éste, o tal vez no lo sabía. Por lo que ellos se dividieron la herencia en cinco partes: Antípater tuvo Macedonia y Grecia; Lisímaco, Tracia; Antigono, Asia Menor; Seleuco, Babilonia, y Tolomeo, Egipto. Y, en seguida, naturalmente, se pusieron a hacerse la guerra entre sí.

TOLOMEO

Dejemos a esos «diádocos», como fueron llamados los cinco sucesores, con sus disputas, que después redundaron todas en definitiva ventaja de Roma. Y limitémonos a las que en seguida estallaron en el interior del reino de Antípater, que debía mantener unidas Macedonia y Grecia. Si esta unión se hubiese llevado a cabo, Roma habría encontrado un hueso duro de roer. Mas los griegos no la querían y lo hicieron todo para sabotearla. Cuando Alejandro murió, cuenta Plutarco, el pueblo ateniense, que no había sacado más que beneficios de él, desfiló por las calles cantando himnos de victoria «como si hubiesen sido ellos los que abatieron al tirano». Demóstenes, que había sido el adalid de la «resistencia», una resistencia tan sólo de palabras, tuvo su momento de gloria e incitó a sus conciudadanos a organizar un ejército para resistir a Antípater. El ejército fue organizado y, naturalmente, derrotado por el nuevo rey macedonio. El cual, ignorante como era, no tenía las debilidades de Alejandro por la civilizadísima Atenas y la trató como solía tratar a sus soldados cuando le desobedecían.

DEMÓSTENES

Cuando también murió Antípater dejó el trono a su hijo Casandro. Atenas se rebeló de pronto. Y de nuevo fue derrotada y castigada. Durante decenios se fue adelante a fuerza de revueltas y de represiones. Después, Demetrio Poliorcetes (que quiere decir «conquistador de ciudades»), hijo de Antígono, vino de Asia Menor a echar a los macedonios de Grecia. En Atenas le acogieron como a un triunfador y le pusieron un piso en el Partenón, que él llenó de prostitutas y de efebos. Luego, se cansó de aquellos ocios, se proclamó rey de Macedonia y, como tal, abolió la independencia ateniense que él mismo había restaurado, entregando otra vez la ciudad a una guarnición macedonia.

DEMETRIO POLIORCETES

De este régimen de anarquía, que duró un siglo y que estuvo complicado con una aterradora invasión de galos, Grecia salió políticamente acabada. Sobre la estela de su flota mercante y por las espadas de Filipo, de Alejandro y de sus diádocos, su civilización había penetrado por doquier, desde el Epiro al Asia Menor, a Palestina, a Egipto, a Persia y hasta la India; y por doquier las clases dirigentes e intelectuales eran griegas o grecizantes. Su Filosofía, su escultura, su literatura, su ciencia, trasplantadas en aquellos países de conquista, creaban en ellos una cultura nueva. Pero, políticamente, Grecia había muerto y así debía seguir durante dos mil años.

 

Cuando Roma, una vez librada de Cartago, volvió los ojos hacia Grecia, no vio más que una Vía Láctea de pequeños estados en continuas reyertas unos con otros. Polibio no tenía razón alguna para maravillarse del poco tiempo que Roma empleó para conquistarlos. En realidad, podía haber empleado mucho menos.

 

Todo empezó por culpa de Filipo V, rey de Macedonia. Este Estado, desangrado por Alejandro, no era ya el de antes. Pero era todavía el más sólido de Grecia, cuyas ciudades estaban divididas en dos Ligas, la Aquea y la Etolia, que sólo hacían la paz para unirse contra él.

FILIPO V DE MACEDONIA

En 216, Filipo, al tener conocimiento de que Aníbal había aplastado a los romanos en Cannas, firmó un pacto de alianza con él y pidió a los griegos que le ayudasen a destruir Roma, que podía volverse peligrosa para todos. Fue convocada una conferencia en Naupactos, donde el delegado de los etolios, Agelao, hablando en nombre de todos los presentes, incitó a Filipo a ponerse al frente de todos los griegos en aquella cruzada. Sólo que, inmediatamente después, en Atenas y en las demás ciudades comenzó a circular la voz de que Aníbal daría manos libres al macedonio sobre ellas a cambio de la ayuda recibida por él. De golpe, renacieron las desconfianzas momentáneamente amortiguadas y la Liga Etolia mandó mensajeros a Roma para pedir ayuda contra Filipo. El cual, para hacer frente a Grecia, hubo de renunciar á Italia y establecer también un pacto con Roma, poniendo fin así, aun antes de haberla comenzado, a aquella primera guerra macedonia.

ANÍBAL BARCA

Después de Zama, Pérgamo, Egipto y Rodas pidieron ayuda a la Urbe contra Filipo que las incomodaba. La Urbe, que tenía buena memoria y recordaba la tentativa del rey macedonio cuando lo de Cannas, mandó un ejército a las órdenes de Tito Quinto Fiaminino, que en Cinoscéfalos, en -197, los aplastó. La ruta de Grecia quedaba abierta.

TITO QUINTO FIAMININO

Pero Flaminino era un tipo extraño. De familia patricia, había estudiado en Tarento, donde aprendió el griego, y era un enamorado de la civilización helénica. Además, tenía ideas «progresistas». No mató a Filipo, sino que le repuso en el trono a pesar de las protestas de sus aliados griegos, los cuales pretendían haber sido ellos los que derrotaron a Germania. Despues, con ocasión de los grandes Juegos ístmicos, que reunían en Corinto a los delegados de toda Grecia, proclamó que todos sus pueblos y ciudades eran libres, no sujetos ya ni a guarniciones ni a tributos, y que podían gobernarse con sus propias leyes. Los auditores, que se esperaban una sustitución del yugo macédonio por el romano, se quedaron pasmados. Y Plutarco cuenta que después estallaron en tal gritería de entusiasmo, que una bandada de cuervos que volaba sobre sus cabezas se desplomó al suelo, muerta. Si Plutarco nos ha contado también todas sus otras historias con igual escrúpulo de la verdad, hay motivo para estar contentos.


Los escépticos de Atenas y de las demás ciudades no tuvieron tiempo de poner en duda las honradas intenciones de Flaminino, porque éste las puso en práctica inmediatamente retirando su ejército de Grecia. Mas después de haberlo despedido como «salvador y liberador» se pararon en pelillos por el hecho de que se llevó consigo un conspicuo botín de guerra en forma de obras de arte, y porque hubiese emancipado algunas ciudades de la Liga Etolia, donde estaban de mala gana. Y llamaron a Antíoco, último heredero de Seleuco, rey de Babilonia, para que les «reliberase». No se sabe a «reliberarles» de qué, visto que Flaminino les había dejado libérrimos.

 

Pérgamo y Lampsaco que, siendo más vecinas de Antíoco le conocían mejor, y sabían, por tanto, lo que se podía esperar de él, pidieron ayuda a Roma. Y el Senado, que no había creído jamás en el experimento liberal y progresista de Flaminino, mandó otro ejército a las órdenes del héroe de Zama. Con pocos hombres, éste atacó a Antíoco, en Magnesia, lo descalabró, a pesar de los sabios consejos estratégicos que le había dado Aníbal, su huésped, y aseguró a Roma casi toda la costa mediterránea de Asia Menor. Luego se dirigió hacia el Norte, derrotó a los galos que todavía vivaqueaban en aquellos parajes, y volvió a Roma sin tocar las ciudades griegas.

 

Durante algunos años, Roma insistió en sus relaciones con ellas, en esa política de tolerancia y respeto, muy similar a la que los Estados Unidos han practicado en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Intervenía en sus asuntos internos sólo si era solicitada, y procuraba apuntalar el orden constituido. Por esto recogía las antipatías de todos los descontentos, que la acusaban de reaccionaria.


De este estado de ánimo de las «masas» creyó poder aprovecharse Perseo de Macedonia quien, habiendo sucedido a Filipo en -179, las llamó a unirse para una guerra santa contra la Urbe. Había casado con la hija del heredero de Antíoco, Seleuco, que se alió con él y arrastró consigo también a Iliria y al Epiro. Estos últimos Estados fueron los únicos que prácticamente prestaron auxilio, cuando un tercer ejército romano, mandado por Emilio Paulo, hijo del cónsul caído en Cannas, desbarató en Pidna, en -168, a Perseo, al que trasladaron encadenado a Roma para adornar el carro del vencedor.

PERSEO DE MACEDONIA

Entre otras cosas, cayó en manos de Emilio Paulo el archivo secreto del vencido, donde se encontraron los documentos relativos a la conjura con las pruebas de las diversas responsabilidades. Como castigo, setenta ciudades macedonias fueron arrasadas y el Epiro y la Iliria devastadas; Rodas, que había conspirado sin tomar parte activa en la guerra, quedó privada de sus posesiones en Asia Menor y mil simpatizantes griegos de Perseo, entre ellos Polibio, conducidos como rehenes a Roma.


Era ya la señal de que el Senado, abandonadas las ilusiones de Flaminino y de los demás filohelenos de la Urbe, entre ellos los mismos Escipiones, había vencido el complejo de inferioridad hacia Grecia y de que estaba volviendo a sus tradicionales sistemas de trato a los vencidos. Mas tampoco esta vez los turbulentos griegos quisieron comprender. Al cabo de pocos años subieron al poder en las diversas ciudades nuevas clases proletarias, para las cuales socialismo y nacionalismo eran una misma cosa. La Liga Aquea fue reconstituida y, cuando supo que Roma estaba empeñada en la tercera guerra contra Cartago, llamó a toda Grecia para la liberación.

EMILIO PAULO

Mas ahora, Roma podía llevar a cabo tranquilamente una guerra en dos frentes. Mientras Escipión Emiliano embarcaba para África, el cónsul Mumio cayó sobre Corinto, que era una de las ciudades más pendencieras. La sitió, la conquistó, mató a todos sus hombres, redujo a esclavitud a las mujeres y, embarcando todo lo transportable a Roma, la entregó a las llamas. Grecia y Macedonia quedaron unidas en una sola «provincia» bajo un gobernador romano, a excepción de Atenas y de Esparta, a las que se les reconoció cierta autonomía. Grecia había encontrado por fin su paz; la paz del cementerio.

ESCIPIÓN EMILIANO

La tercera y última guerra púnica fue querida por Catón el Censor y provocada por Masinisa. Ninguno de los dos estaba destinado a ver el fin de ella.

CATÓN EL CENSOR

Masinisa fue uno de los más extraños personajes de la Antigüedad. Vivió hasta los noventa años, tuvo el último hijo a los ochenta y seis, y a los ochenta y ocho galopaba todavía al frente de sus tropas. Después de Zama, había recuperado el trono de Numidia y, dado que Cartago se había comprometido con Roma a no hacer más guerras, no se cansaba de hostigarla con incursiones y rapiñas. Cartago protestaba, y Roma la hacía callar. Mas cuando hubo pagado la última de las cincuenta indemnizaciones que debía anualmente a la Urbe, se rebeló ante aquellos abusos y atacó a Masinisa.
MASINISA

En Roma mandaba, entonces, el partido de Catón. Éste terminaba siempre sus discursos, cualquiera que fuese el tema, con el habitual estribillo: «En cuanto al resto, creo que Cartago ha de ser destruida.» El Senado, ayudado por él, vio en el incidente una buena ocasión, y no sólo intimó a los cartagineses a no tomar iniciativas, sino que exigió trescientos niños de familia noble para retenerlos como rehenes. Los niños fueron entregados entre los lamentos de las madres, algunas de las cuales se lanzaron a nado detrás de las naves que se los llevaban, pereciendo ahogadas. A poco, visto que la provocación no había bastado, los romanos pidieron la entrega de todas las armas, de toda la flota y de gran parte del trigo. Cuando también estas peticiones fueron aceptadas, el Senado exigió que toda la población se retirase a diez millas de la ciudad, que debía ser arrasada. Los embajadores cartagineses objetaron en vano que la Historia no había visto jamás semejante atrocidad y se echaron al suelo mesándose los cabellos y ofreciendo a cambio sus vidas.



No había nada que hacer. Roma quería la guerra y tenía que hacer la guerra a toda costa.



Cuando estas cosas se supieron en Cartago, la muchedumbre enfurecida linchó a los dirigentes que habían entregado los niños, a los embajadores, a los ministros y a todos los italianos que encontraron a mano. Después, enfurecidos y llenos de odio, llamaron a las armas a todos los hombres, incluidos los esclavos, convirtieron cada casa en un fortín y en dos meses fabricaron ocho mil escudos, dieciocho mil espadas y treinta mil lanzas y construyeron ciento veinte naves.



El asedio, por tierra y por mar, duró tres años. Escipión Emiliano, hijo adoptivo del hijo del vencedor de Zama, alcanzó una incierta gloria, expugnando por fin la ciudad, donde durante seis días más, calle por calle, casa por casa, se siguió combatiendo. Hostigado por los francotiradores, que combatían desde tejados y ventanas, Escipión destruyó todos los edificios.


Los que por fin se rindieron fueron solamente cincuenta y cinco mil de los quinientos mil habitantes de Cartago. Todos los demás murieron. Su general, que por no cambiar se llamaba Asdrúbal, imploró para sí mismo la misericordia de Escipión, quien se la concedió. Su mujer, avergonzada, se precipitó con los hijos entre las llamas de un incendio.

ASDRÚBAL BARCA

Escipión pidió al Senado permiso para poner fin a aquella carnicería. Le fue contestado que no tan sólo Cartago, sino todas sus dependencias debían ser destruidas. La ciudad siguió ardiendo durante diecisiete días. Los pocos supervivientes fueron vendidos como esclavos. Y su territorio fue a partir de entonces una «provincia» designada con el nombre genérico de África.



No hubo tratado de paz porque no se hubiera sabido con quién concertarlo. Los embajadores cartagineses habían tenido razón: jamás se había visto en la Historia semejante atrocidad.



Por suerte para ellos, Catón y Masinisa no tuvieron tiempo de sentir remordimientos. Estaban ya bajo tierra.