Follando ese muchacho es tan
grande como un burro y es tan cachondo como una cabra. Y es maravilloso cuando
me posee. Hace años que no gozaba así con un joven. Me he enterado que igual
Apronia y Scaptia, igual que yo de las mejores rameras del Subura, dicen lo
mismo.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
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domingo, 1 de enero de 2023
GAVIA ( PROSTITUTA DEL SUBURA) DICE SOBRE SU JOVEN CLIENTE CAYO JULIO CÉSAR
domingo, 11 de diciembre de 2022
TERTIA
Tertia (fallecida después del 74 a. C.), fue una bailarina y actriz de la antigua Roma.
La relación provocó un escándalo y se llevó a los tribunales
durante el juicio por corrupción contra Verres. Su supuesta influencia y posición
se conoce por el discurso de Verrine Orations .
Verres provocó la moral pública al mostrarse
abiertamente con Tertia en público, permitiéndole actuar como su anfitriona
durante las funciones públicas y presentándola a los dignatarios locales y la aristocracia,
lo que se consideraba escandaloso debido al bajo estatus social de los artistas
escénicos.
También arregló un matrimonio entre ella y uno de sus clientes.
Según los informes, fueron Tertia y una cortesana llamada Pippa
quienes presentaron a Verres a la cortesana Chelidon , que supuestamente tuvo
una gran influencia política en su mandato como pretor urbano.
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domingo, 3 de noviembre de 2019
INSCRIPCIÓN EN LAS TERMAS SUBURBANAS DE POMPEYA
Una inscripción en la pared exterior afirma:
Quien se siente aquí, sobre
todo que lea esto: si quieres follar, busca a Attis; la puedes tener por un denario.
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miércoles, 2 de octubre de 2019
LA ESCUELA DE GLADIADORES DE BATIATO, SEGÚN EL RELATO DE COLLEEN McCULLOUGH
Espartaco había cumplido los
veinticinco años en la otra escuela, y los veintiséis entre los muros de lo que
sus compañeros denominaban villa Batiato. ¡En villa Batiato no los mimaban!. El
número de residentes variaba de vez en cuando, pero en el libro de registro
solían figurar cien gladiadores: cincuenta tracios y cincuenta galos.
Todos
ellos procedían de otras escuelas de las que los habían expulsado por alguna
infracción, generalmente relacionada con la violencia o la rebelión, y allí
vivían como esclavos de minas, salvo que en villa Batiato no los encadenaban,
comían bien, tenían buena cama y hasta mujeres.
Pero era esclavitud. Todos sabían
que iban a estar allí hasta la hora de su muerte, aunque no cayeran en la
arena, pues, cuando ya eran demasiado viejos para luchar, ocupaban el papel de doctor
o de criado.
No tenían paga ni les hacían luchar con intermedios adecuados para
que curasen sus heridas si había trabajo, y Batiato casi siempre tenía
contratos porque sus precios eran los más bajos del mercado, y cualquiera que
tuviese unos sestercios y quisiera honrar a un familiar difunto con juegos
funerarios, podía alquilar allí una pareja de gladiadores de Batiato. Debido a
los bajos precios, casi todas las contiendas tenían lugar en la localidad.
Escapar de villa Batiato era
prácticamente imposible. Estaba dividida en pequeñas zonas separadas por rejas
y ninguna de las dependencias por las que deambulaban los gladiadores estaba
cerca de las altísimas murallas externas, todas ellas rematadas por pinchos de
hierro.
Y escaparse estando fuera de ella (como era el caso cuando salían a
combatir) era también imposible, pues iban todos encadenados de muñecas y tobillos
con un aro al cuello, los llevaban en carromatos cerrados y siempre que iban a
pie los escoltaba una tropa de arqueros con las flechas preparadas. Sólo les
quitaban las cadenas cuando entraban en la pista, pero los arqueros estaban
vigilando.
¡Qué distinto de la vida que
llevaban los otros gladiadores!. ¡ Ellos podían entrar y salir del cuartel, las
mujeres les agasajaban e idolatraban y, además, iban juntando sus buenos
ahorros; combatían cinco o seis veces al año y al cabo de cinco años o de
treinta combates se retiraban.
Hasta había libertos que optaban por hacerse
gladiadores, aunque la mayoría eran desertores o amotinados de las legiones y
sólo unos pocos llegaban a las escuelas con la condición de esclavos. Todo
aquel cuidado y consideración se debía al hecho de que un gladiador entrenado
era una fuerte inversión y había que conservarlo y tenerlo contento para que el
dueño de la escuela obtuviese buenos beneficios.
Pero en la escuela de Batiato no
había nada de eso. A él le tenía sin cuidado que un hombre cayese en el serrín
de la pista en el primer combate o estuviese diez años combatiendo. Los que
pasaban bastante de los veinte años no solían ser aceptados como gladiadores y
su carrera duraba como mucho diez años; era un deporte para hombres jóvenes.
Ni
siquiera Batiato enviaba a las pistas hombres maduros; los espectadores (el
pariente del muerto que los alquilaba) querían ver adversarios ágiles y
jóvenes, y en villa Batiato, los que dejaban de combatir seguían viviendo y
sufriendo allí. Un destino cruel, si se tenía en cuenta que los otros gladiadores
retirados podían hacer lo que querían e ir donde quisieran, generalmente a Roma
u otra ciudad importante para trabajar de forzudos, guardaespaldas o matones.
Villa Batiato era un lugar de
horarios inflexibles que comenzaban con el tañido de un aro de hierro golpeado
con una barra y se sucedían con arreglo a un programa siempre igual. Al atardecer,
encerraban a los cien gladiadores, o cuantos fuesen, en celdas de piedra con
rejas que compartían siete u ocho, desde las que no podían comunicarse con los
otros y en las que no penetraba ningún ruido del exterior.
Ninguno de ellos permanecía
constantemente en el mismo grupo y cada noche dormía con seis o siete
compañeros distintos, y al cabo de diez días volvían a cambiar, y tan
ingeniosas eran las permutaciones que había establecido Batiato, que
transcurría un año antes de que uno nuevo conociese a todos sus compañeros.
Eran
celdas limpias y con buenas camas, además de una antecámara con baño de agua
corriente y orinales; calientes en invierno y frescas en verano, sólo se usaban
entre la puesta y la salida del sol y las aseaban durante el día unos esclavos
que no tenían contacto con los gladiadores.
Al amanecer, se levantaban al oír el
ruido de los cerrojos y comenzaba la jornada, durante la cual, el gladiador
estaba con quienes había compartido la celda por la noche, aunque les estaba
prohibido hablar. Los grupos desayunaban en el patio, delante de la celda; si
llovía, se ponía un toldo de cuero.
Luego, el grupo hacía los ejercicios de
entrenamiento y después un doctor los separaba en parejas de galos contra
tracios para hacerles combatir con espadas de madera y escudos de cuero; a
continuación hacían la comida principal a base de carne, mucho pan, buen aceite
de oliva, frutas y verduras de la estación, huevos, pescado salado y una especie
de gachas de legumbres con trozos de pan y toda el agua que quisieran; el vino
lo tenían prohibido.
Después de comer descansaban dos horas en silencio y
después los dedicaban a limpiar el armamento, los artículos de cuero, arreglar
botas o cualquier otro instrumento de la profesión; todas las herramientas eran
cuidadosamente recogidas y recontadas bajo la constante vigilancia de los
arqueros. Les daban una tercera comida más ligera después de una tabla de
enérgicos ejercicios y luego los permutaban a todos formando nuevos grupos.
Batiato tenía cuarenta mujeres, cuyo
único cometido, aparte de los trabajos de cocina, era saciar los apetitos
sexuales de los gladiadores, quienes tenían derecho a la compañía de una mujer
cada tres días, emparejándose con las cuarenta en riguroso orden; las siete u ocho
mujeres asignadas a una celda llegaban escoltadas y se dirigían al lecho que
tuviesen asignado y no podían quedarse en él una vez concluido el coito.
La
mayoría de los gladiadores eran capaces de efectuar tres o cuatro coitos por
noche, pero tenía que ser cada vez con una mujer distinta. Bien consciente de
que en aquellos encuentros se daba el mayor peligro en el sentido de que se
desarrollase un vínculo afectivo, Batiato ponía un vigilante en la celda en cuestión
(tarea que ningún criado desdeñaba, pues las celdas estaban iluminadas) para
que las mujeres circularan y los hombres no entablaran conversación con ellas.
No siempre estaban los cien
gladiadores en villa Batiato, pues entre un tercio y la mitad solían hallarse
de viaje, cosa que ellos detestaban porque no vivían en iguales condiciones que
en la escuela y no tenían mujeres. Pero la ausencia de un grupo permitía que
las mujeres tuviesen días de descanso y que las que estaban embarazadas
pudiesen tener los niños antes de volver al trabajo, del que quedaban exentas sólo
en el último mes de embarazo y en el siguiente al parto, por lo cual ellas
procuraban no quedarse embarazadas, y las que quedaban hacían lo posible por
abortar. Todos los recién nacidos eran separados inmediatamente de la madre; si
era niña la tiraban a la basura y si era niño Batiato en persona lo examinaba,
pues siempre tenía clientas dispuestas a comprar un varón.
La jefa de las mujeres era una tracia
auténtica llamada Aluso. Belicosa sacerdotisa de los bessi, Aluso había sido
durante nueve años barragana de Batiato, a quien odiaba más que ninguno de los gladiadores,
pues la hija que había tenido durante su primer año allí habría debido ser, según
la tradición de su tribu, su sucesora, pero él no había escuchado sus súplicas
pidiendo que se la dejase y la habían tirado a la basura. A partir de entonces,
Aluso había tomado su medicina y no había vuelto a concebir, pero con profundo
odio había pedido a sus dioses que Batiato tuviese una muerte lenta.
Todo esto significaba que Cneo
Cornelio Léntulo Batiato era el hombre más eficaz y meticuloso que jamás había
habido en la ciudad de los gladiadores. Nada se le escapaba, no dejaba de adoptar
cuantas precauciones fuesen necesarias, atendiendo personalmente todos los
detalles. Y en esa parte de su personalidad radicaba el motivo de que su
escuela de sufridos gladiadores fuera tan estimada. El otro motivo era su
particular habilidad como lanista.
No confiaba en nadie y no delegaba en nadie.
Él tenía la única llave de la fortaleza de piedra en que se guardaban corazas y
armas; él llevaba todas las cuentas; él hacía todos los contratos; elegía los
arqueros, los esclavos, los armeros, los cocineros, las lavanderas, las rameras
y los doctores, y sólo él veía al propietario de la escuela, Lucio Marco
Filipo, que nunca visitaba el establecimiento y prefería convocar a Batiato a
Roma.
Batiato era, además, el único servidor de Filipo que se había salvado de
la profunda limpieza efectuada por Pompeyo años antes; de hecho, tanto había impresionado
a Pompeyo, que le había pedido que aceptase el cargo de administrador general
de Filipo. Pero Batiato había contestado, sonriente, con una negativa. A él le
gustaba su trabajo.
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