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jueves, 25 de mayo de 2023

LUCIO JUNIO MODERATO COLUMELA, ESCRITOR AGRONÓMICO HISPANO

 

Lucius Junius Moderatus Columella, (Gades, Bética; 4 d. C. – Tarento; ca. 70 d. C.) llamado Columela, fue un escritor agronómico hispano de la Antigua Roma.

 

Nacido en Gades, provincia de la Bética, pertenecía a la tribu Galeria y estuvo un tiempo en el ejército romano y fue tribuno laticlavio en la Legio VI Ferrata en Syria en el año 35. Después se trasladó a la península itálica, donde, estimulado por el ejemplo familiar de su tío Marco Columela, consagrado a la agricultura en la Bética, puso en práctica sus conocimientos de agricultura en sus propiedades de Ardea, Carseoli y Alba.​

 

De su obra escrita nos ha llegado De re rustica (Los trabajos del campo), escrito hacia el año 42,​ y De arboribus (Libro de los árboles). Para la primera de estas obras, dividida en doce libros, se inspiró en agrónomos anteriores como Catón el Viejo, Varrón y otros autores latinos, griegos e incluso cartagineses, de los que da una amplia lista; cita expresamente a los geopónicos Julio Ático y a Julio Grecino, padre de Cneo Julio Agrícola, y no ignoró tampoco a Hesíodo, Homero, Ovidio, Lucrecio, Horacio, Virgilio, Plinio y Celso.​ Trata sobre todos los trabajos del campo en el más amplio sentido de la palabra: desde la práctica de la agricultura, la ganadería y la apicultura, hasta la cura de animales, pasando por la elaboración de distintos productos y conservas.​

 

En De arboribus trata sobre cultivos arbustivos como la vid y sobre árboles como el olivo o los frutales, e incluso flores como la violeta o la rosa. La obra de Columela es considerada el repertorio más amplio y documentado sobre agricultura romana.

 

La crítica sin embargo ha considerado que podría tratarse de la misma obra, que tuvo dos ediciones, una resumida, de la que se desgajó el De arboribus, y otra mucho más ampliada, que es la que ha llegado hasta nosotros en doce libros De re rustica, dedicados a Publio Silvino, un agricultor que poseía fincas aledañas a una de Columela. Lleva un prefacio en que se lamenta del desinterés existente por una materia tan importante: "Cualquiera que sea el género de estudio al que quiere aplicarse uno, se escoge el preceptor más dotado... Solo la agricultura, próxima y consanguínea con la sabiduría, está tan falta de discípulos como de maestros". Porque para él la agricultura es la expresión de una moral tradicional, severa y austera, que representa las viejas costumbres y virtudes romanas. La estructura de la obra es la siguiente:

 

I)                  Situación y construcción de la finca; ocupaciones de los esclavos.

 II)               Manutención del campo.

III-IV) La viña.

III)            Árboles frutale

VI-IX) Tratado completo de zootécnica.

VI, ganado mayor.

VII, ganado menor.

VIII, aves de corral.

IX, abejas y apicultura.

X) Jardines.

XI-XII) El campesino y ocupaciones de la masadera.

 

Cediendo a una petición de Silvino, y respondiendo al pie de la letra a los versos de las Geórgicas de Virgilio en que este se lamenta de no poder ocuparse de la jardinería, Columela, con la intención de llenar la laguna, desarrolla este argumento en el libro X en forma de floridos hexámetros, lejanos sin duda a la perfección virgiliana, pero no faltos de calor y de esmerada concisión.​ Compuso otras obras que se han perdido: unos folletos contra la astrología,​ un tratado sobre las viñedos y los árboles dedicado a Eprio Marcelo​ y un libro sobre las ilustraciones y los sacrificios que acaso no compuso enteramente.

 

Lucio Junio Moderato Columela nos recordaba la importancia de cada uno de dedicarse al cuidado de sus tierras y cultivos de forma responsable. En lugar de asignar esta tarea a los peores de sus esclavos, los amos deberían tomarla como una responsabilidad propia, evitando desdeñar el trabajo manual y la labor en el campo.

 Se quejaba de que muchos de los ciudadanos romanos habían abandonado la agricultura en favor de entretenimientos y placeres fugaces, descuidando sus responsabilidades como padres de familia. Quejándose de que se pasaban el tiempo en actividades frívolas y poco saludables, descuidando su propia salud y bienestar. Columela instaba a cambiar esta actitud indolente y reconectar con la importancia de cuidar de las tierras y de uno mismo, encontrando un equilibrio saludable entre el trabajo y el ocio. Así lo dejó escrito en esos cuatro párrafos de su obra "De re rústica" ( Los doce libros de agricultura), que los dejo a modo de ejemplo :

 1.- «Hemos puesto el cultivo de nuestras tierras a cargo del peor de nuestros esclavos, como si fuera un verdugo que las castigara por delitos que hubieran cometido.»

 2.- «Al presente no sólo nos desdeñamos de labrar por nosotros mismos nuestras heredades, sino que tenemos por cosa de ninguna importancia el nombrar capataz.»

 3.- «Los padres de familia, después de haber dejado la hoz y el arado, nos hemos metido de murallas adentro y movemos mas las manos en los circos y los teatros que en las mieses y en las viñas.

 4.- «Pasamos las noches en liviandades y borracheras y los días en jugar y dormir, teniéndonos por afortunados por no ver ni salir ni ponerse el sol. Y así la consecuencia de esta vida indolente, es la falta de salud, pues están los cuerpos de los jóvenes tan débiles y extenuados, que no parece que queda a la muerte mudanza que hacer en ellos.»

 

El catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, Luis Alfonso Gil Sánchez, opina que la familia Columela fue la responsable de la introducción de los olmos ‘romanos’ en la península ibérica.​

 

En 1794, los botánicos José Antonio Pavón y Jiménez e Hipólito Ruiz López pusieron el nombre de Columellia en su honor a un género peruano de astéridas.​

 

En 1824, Juan María Álvarez de Sotomayor Rubio publicó De re rustica en español íntegramente y por primera vez: Los doce libros de agricultura que escribió en latín Lucio Junio Moderato Columela (Madrid, Miguel de Burgos, 1824, 2 vols.). El primero comprende los siete primeros libros, y el segundo los otros cinco. Hay tres ediciones facsímilares modernas: Santander, Sociedad Nestlé - A.E.P.A, 1979; Extramuros Edición, S.L., 2009; Valladolid: Maxtor Editorial, 2013.

 

Pese a su eficacia, la obra de Columela dejó escasos vestigios en la antigüedad. En el siglo IV lo imitó Rutilio Tauro Emiliano Paladio, autor de un Opus agriculturae, cuyo capítulo XIV, último de la obra, a imitación del agrónomo gaditano, lo escribió no en hexámetros, sino en dísticos elegíacos cuando trataba de los injertos. Con Celso, fue también Columela fuente importante para el tratado de veterinaria de Pelagonio, también del siglo IX, en 35 capítulos. El De re rustica fue conocido por los árabes desde el siglo IX y fue fundamental para la obra de Gabriel Alonso de Herrera ya en el siglo XVI; de sus fuentes se nutrieron largamente los naturalistas de la época renacentista, y luego Johann Matthias Gesner, más conocido como Gesnerus (1691-1761). Lo tradujo Juan María Álvarez de Sotomayor Rubio.​


jueves, 29 de diciembre de 2022

LA DIOSA ANNA PERENNA


Anna Perenna fue una antigua deidad romana del círculo o «anillo» del año, como su nombre (per annum) indica claramente. Su fiesta caía en los idus de marzo (15 de marzo), que habrían marcado la primera luna llena del año en el antiguo calendario romano lunar, cuando marzo era considerado el primer mes del año, y era celebrada en la arboleda de la diosa en la primera piedra miliar de la Vía Flaminia. A ella asistían muchos de los plebeyos de la ciudad.

 

Macrobio cuenta que las ofrendas que allí se le hacían eran ut annare perannareque commode liceat, es decir, ‘para que el cícrulo del año pueda completarse felizmente’. Juan Lido dice que los sacrificios y oraciones públicos se le ofrecían para asegurar un año próspero. En sus Fastos, Ovidio proporciona una vívida descripción del jolgorio y la licenciosidad de su fiesta al aire libre, donde las tiendas se armaban o se construían cenadores con ramas, en los que los muchachos yacían junto a las muchachas, y la gente pedía que Anna les otorgase muchos años más para que pudieran beber copas de vino en la fiesta.

 

Ovidio cuenta que Anna Perenna era la misma Anna que aparece en la Eneida de Virgilio como hermana de Dido, y que tras la muerte de ésta Cartago fue atacada por los numidios y Anna se vio obligada a huir. Finalmente, terminó en un barco al que una tormenta llevó justo hacia el asentamiento de Eneas en Lavinium. Eneas la invitó a quedarse, pero su esposa Lavinia se puso celosa. Anna, avisada en un sueño por el espíritu de Dido, escapó a lo que fuera que Lavinia había planeado huyendo de noche. Cayó al río Numicus y se ahogó. Eneas y sus hombres lograron seguir el rastro de Anna parte del camino. Finalmente Anna se les apareció y les explicó que ahora era un ninfa fluvial oculta en la «corriente perenne» (amnis perennis) del Numicus, y que por tanto su nombre era ahora Anna Perenna. La gente lo celebró inmediatamente con fiestas al aire libre. Ovidio señala que algunos igualaban a Anna Perenna con la Luna, con Temis, con Ío o con Amaltea, pero expone lo que afirma que puede estar más cerca de la verdad: que durante la revuelta plebeya a los rebeldes se les acabó la comida y una anciana de Bovillae llamada Anna preparaba pasteles y los llevaba a los rebeldes cada mañana. Los plebeyos más tarde le erigieron una imagen y la adoraron como a una diosa.
 
A continuación Ovidio relata que poco después de que la vieja Anna se hubiese convertido en diosa, el dios Marte intentó que Anna persuadiera a Minerva para enamorarse de él. Al final Anna fingió que Minerva había accedido y se llevó a cabo la boda. Pero cuando la supuesta nueva esposa de Marte fue llevada a su cámara y éste le quitó el velo, descubrió para su disgusto que no era Minerva sino la vieja Anna, lo que es el motivo de que la gente contara chistes verdes y cantara canciones groseras en las fiestas de Anna Perenna. Dado que la fiesta de Anna Peranna es en el mes de Marte, es razonable que Marte y ella estuviesen asociados, al menos en algunos ritos de la época, como compañeros de culto.
 
Ovidio también cuenta que Anna era de baja estatura.



MONEDAS DE ANNA PERENNA:









domingo, 18 de diciembre de 2022

FILÓXENO DE CITERA

Filóxeno de Citera (ca. 435 a. C. — 380 a. C.) fue un poeta ditirámbico griego, famoso por su obra perdida Galatea (también llamada Cíclope), en la que presentaba por primera vez el amor frustrado del cíclope Polifemo por la nereida Galatea, tratado posteriormente por Teócrito, Ovidio y Luis de Góngora,​ entre otros. Se considera a Filóxeno un poeta muy renovador por su defensa de la «nueva música», un movimiento que revolucionó el género del ditirambo e influyó en los coros de Eurípides.

 
Filóxeno nació hacia el año 435 a. C. en la isla de Citera, al sudeste del Peloponeso. Cuando los atenienses tomaron la isla durante la guerra (en los años 426 - 410), fue conducido como esclavo a Atenas, donde el poeta ditirámbico Melanípides lo compró, lo educó y le dio la libertad.

Filóxeno residió más tarde en Sicilia, en la corte del tirano Dionisio. Tenía este prohombre veleideades poéticas, que eran muy aplaudidas por los cortesanos. Filóxeno se negó a adular al tirano, porque consideraba que sus versos no tenían valor alguno. Además, trató de seducir a Galatea, una flautista de la corte por la que el tirano sentía cierto interés. Dionisio lo condenó por ello a realizar trabajos forzados en las latomías (canteras) de Siracusa. En ellas compuso el poeta su obra más conocida: el ditirambo Cíclope o Galatea.


Filóxeno logró escapar de Sicilia y viajó por Grecia, Italia y Asia, recitando sus ditirambos, y murió en Éfeso.
 
Según la Suda, enciclopedia bizantina compilada en el siglo X, Filóxeno compuso veinticuatro ditirambos y un poema lírico sobre los descendientes de Éaco. Se le atribuyen también algunos nomos (himnos a Apolo).


En sus manos, el ditirambo pasó a ser una suerte de ópera cómica, cuya música componía él mismo.


Su obra maestra es Cíclope o Galatea, compuesta hacia el año 390 a. C.2​ Según la tradición, Filóxeno se venga en ella del tirano Dionisio, presentando a este (que, al parecer, era ciego, total o parcial, de un ojo) como el cíclope Polifemo, enamorado de la nereida Galatea (trasunto de la flautista de la corte). Odiseo, que es aquí una máscara del poeta, seduce a Galatea.​ El coro de la obra eran las ovejas y las cabras del Cíclope, y este, que tocaba la cítara, era el corego. Da fe de la popularidad de la obra el hecho de que Aristófanes la parodie en su comedia Pluto (388 a. C.), versos 290-321. La parodia aristofánica cita también a Circe, por lo que es probable que Filóxeno compusiera también una obra sobre este personaje, en la que el coro estaría compuesto por los compañeros de Odiseo, convertidos en cerdos.


Otra obra importante de Filóxeno es la llamada Deipnon («Cena»), probablemente una sátira del lujo de la corte siciliana. Ateneo nos ha conservado fragmentos de esta obra en su Banquete de los eruditos.


Antífanes, poeta cómico ateniense, se refiere en una de sus obras a Filóxeno como «muy superior a todos los poetas, (...) un dios entre los hombres, conocedor de la verdadera música» (fr. 207 K.-A.). Alejandro Magno ordenó que le enviaran sus poemas cuando estaba de campaña en Asia. Los gramáticos alejandrinos le hicieron un sitio en su canon, y en la época de Polibio los jóvenes de la Arcadia solían aprender sus obras y representarlas una vez al año.


 
Según la obra Sobre la música, atribuida a Plutarco, Filóxeno introdujo monodias en los cantos corales (Ps.Plut. De musica 1142a; Aristoph. fr. 641 K.)

 

Los fragmentos de Filóxeno, junto con las noticias que conservamos sobre su vida, fueron editados por G. Bippart en 1843. Theodor Bergk los incluye también en sus Poetae lyrici graeci.

En español, Francisco Rodríguez Adrados ha traducido los fragmentos de Galatea en su obra Lírica griega arcaica (poemas corales y monódicos, 700-300 a. C.), Gredos, 1980, pp. 456-7. Adrados habla sobre Filóxeno en su introducción a los poetas menores (pp. 432-3).

Albin Lesky habla de Filóxeno en el tomo I de su Historia de la literatura griega, pp. 650-1.



miércoles, 18 de marzo de 2020

POETISA SAFO DE LESBOS



Mitilene, en la pequeña isla de Lesbos, de la cual convirtiéndose en capital, era famosa por sus comercios, por sus vinos y por sus terremotos. También ella comenzó, como todos los demás  Estado helénicos, por una monarquía que después se convirtió en oligarquía aristocrática, hasta que una coalición de burgueses y propietarios la derribó instaurando la democracia a través de acostumbrado dictador. Este fue Pitaco, que después tuvo el honor  de verse alineado al lado de Solón en la lista de los Siete Sabios. Era un hombre tosco, valeroso, honesto y animado de las mejores intenciones, pero sin demasiados escrúpulos en la elección de los sistemas para realizarlas. No se limitó a echar a los patricios del  poder; les echó del país, mandando muchos de ellos al destierro. Y entre éstos, también a dos poetas uno varón, Alceo; y otro hembra, Safo.

 

Por lo que respecta a Alceo, no vacilamos en creer que subsistiesen buenos motivos políticos. Era  un joven aristócrata, turbulento y fanfarrón, con cierto talento para el libelo y la calumnia, una especie de «escuadrista» a  lo  Malaparte.  Caminaba  abombando el pecho y no perdía ocasión para impresionar a la gente. Pero, como siempre ocurre a los petulantes, cuando se trató de combatir  de  veras  y  de  arriesgar el pellejo, tiró el escudo, echó a correr y no volvió a encontrar su valor más que para componer una poesía loando sus propias gestas y presentándolas como manifestación de sensatez y de modestia.

 

El exilio le favoreció porque, haciéndole evaporar de la cabeza sus  ambiciones  políticas, le dio su verdadera dimensión, obligándole a aceptar su propia naturaleza: que no era la de un hombre de  Estado,  legislador o guerrero, sino la de un archiliterato más construido para exaltar las empresas  ajenas  que  para llevar a cabo las propias.  Era  un  virtuoso  de  la poesía e inventó una métrica personal, que más tarde fue precisamente llamada  «alcaica»  por  su  nombre. Y probablemente habría pasado a  la posteridad como el más grande poeta de su tiempo —el tercero después de Homero y de Hesíodo—, si no hubiese tenido la desventura de ser contemporáneo  de  su  compañera por parte de política y de exilio: Safo.

 

De esta  curiosa  y  fascinante  mujer  que  se  asomó a la celebridad como una especie de  Francoise  Sagan de hace dos mil quinientos años, Platón escribió: «Dicen que  hay  nueve  Musas.  ¡Los  desmemoriados!. Han olvidado la  décima:  Safo  de  Lesbos.»  Y  Solón, que había conservado la  nostalgia  de la poesía porque era la única cosa qué no había conseguido hacer, cuando su sobrino Esecéstides le hubo leído una de aquélla, exclamó; «¡Ahora puedo incluso morir!».  Ella era la «poetisa» por  antonomasia,  como  Homero  era por        antonomasia          «el poeta».

 

Había nacido a fines del siglo VII antes de Jesucristo, al parecer en -612, en Ereso, una  pequeña ciudad cercana a la capital. Pero sus padres, que eran nobles y acomodados, la llevaron de pequeña a Mitilene, precisamente en el momento en que Pitaco iniciaba allí su afortunada carrera. ¿Estuvo ella verdaderamente implicada en la conjura para derrocar al dictador?. Nos parecería un poco  extraño.  Por  bien que perteneciese a un ambiente noble donde las mujeres contaban algo y no  tenía  que  ocuparse  tan  solo en la lana que tejer y en los platos que aderezar —como sucedía en la burguesía y más aún en el proletariado—, ello no nos sugiere la idea de una intrigante política. Sus ambiciones debían  de  ser  muy otras y de carácter más femenil.

 

No parece que fuese  muy  bella.  Frágil  y  menuda de cuerpo, semejaba un carboncillo encendido por mor de la piel, el pelo y los negrísimos ojos. Mas, como todos los carboncillos encendidos, ardía ante cualquiera que se le acercase. Tenía,  en  suma,  aquello  que  hoy se llama sex-appeal y aquella falta de cerebro y de sensatez que en las mujeres y los niños constituye una fascinación irresistible. Ella misma se proclamaba «una cabecita casquivana» y reconocía tener «un corazón infantil». Y aun esto no nos permite verla  como una Aspasia o una Cornelia.

 

Más que la política fue  sin  duda  la  moralidad  lo que aconsejó  a  Pitaco  determinarse  a  confinarla  en  la vecina ciudad de  Pirra.  El  dictador  era,  como todos los dictadores, austero, y Safo debía de haber cometido algún estropicio, no obstante la digna y vagamente retórica respuesta que había dado a Alceo, quien le escribió  una  carta  galante,  lamentando  que el pudor le impidiese decirle lo que quería decirle. «Si tus deseos,  Alceo,  fuesen  puros  y  nobles  y  tu  lengua adecuada para expresarlos, ningún recato te impediría hacerlo.» Pero se trataba de literatura, entre dos que sabían que sus escritos llegarían a la posteridad. Pues Alceo, en realidad, de recato tenía poco. Y Safo, ninguno. Él compuso aún algunos versos más en  honor de ella, que no  le contestó. Y todo  acabó ahí.  Por lo demás, los poetas no suelen casarse entre sí. Se limitan a odiarse de lejos.

 

Apenas había regresado del exilio en Pirra, cuando Pitaco la echó, de nuevo, esta vez a Sicilia. Pero aquí casó con un industrial rico, como sucede a las  «divas» de todos los tiempos, que eligen por marido a un caballero millonario. Y tuvo una niña; «que  no cambiaría —escribió— por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos». El industrial, después de habérsela dado, cumplió también con el postrero de sus deberes de buen marido: la dejó viuda y dueña de toda su hacienda. «Necesito del lujo  como  del  sol»,  reconoció ella lealmente.  Y  volvió  a  gozar  de  uno  y  otro en Lesbos, adonde después de cinco años de confinamiento pudo regresar rica y sin compromisos conyugales.



Disfrutó de ello ampliamente a lo que parece. Primeramente; además de la hijita, dedicóse con maternal afecto al hermanito Carasso. Mas éste la decepcionó enamorándose de una cortesana egipcia. Safo, emotiva y mujer  que  era,  tuvo  un  ataque  de  celos,  le arañó y no quiso volver a  verle.  Después  instituyó un colegio para muchachas en el que se inscribieron desde el principio todas las de la mejor sociedad de Mitilene. Ella las llamaba «hetairas», o sea, «compañeras», les enseñaba música, poesía y danza, y fue, según parece, una maestra incomparable. Pero luego comenzaron a cundir extraños rumores sobre, las costumbres que ella introdujo en aquella  escuela.  Y  un día los padres de una hetaira llamada Atti acudieron, con el rostro ensombrecido a llevarse a su hijita, que  era justamente la preferida de la maestra.

 

Esta desdicha de Safo fue, para la poesía, una gran suerte, pues el dolor de la separación inspiró a la poetisa algunos de los mejores versos  de  la  lírica  de  todos los tiempos. El Adiós a Atti sigue siendo un modelo por la sinceridad de la inspiración y la sobriedad de la forma, y demuestra que —desgraciadamente—  para  la  buena  poesía  no  son  necesarios en absoluto los buenos sentimientos. En su «agridulce tormento», como ella lo llamó, cada cual puede reconocer los propios.

 

Como sucede con frecuencia a las pecadoras,  Safo tuvo una vejez muy  decorosa  y  casi  edificante.  Según una leyenda, creída y recogida  hasta por Ovidio, ella recomenzó a amar a los hombres, perdió la cabeza por  el  marino  Faón  y,  no   correspondida  por  éste, se mató precipitándose desde un peñón de  Léucade. Pero parece ser que la heroína de  esta  tragedia  fue  otra Safo, una cortesana. Un fragmento de  sus  prosas, descubierto en Egipto, nos  la  presenta  en  cambio muy diferente y serenamente resignada. Es su respuesta a una petición de matrimonio:  «Si  mi  pecho pudiese aún dar jugo y mi regazo frutos, me encaminaría sin temblar hacia un nuevo tálamo. Pero el amor ha  grabado  ya  demasiadas  arrugas  en  mi  piel y el amor ya no me acosa más con la fusta de sus exquisitas penas.» Y en otra frase, difundida a  los siglos; «Irremediablemente, como la noche estrellada sigue al rosado ocaso, la muerte sigue a toda cosa viviente, y al final la arrebata.»

 

Por razones morales la posteridad fue  severa  para con Safo. Hace novecientos  años, la  Iglesia condenó a la hoguera su obra, reunida en nueve volúmenes. Fue por casualidad, a fines del siglo pasado, que dos arqueólogos ingleses descubrieron en Oxicorrinco algunos sarcófagos envueltos en tiras de pergamino, en una de las cuales  eran aún legibles  seiscientos versos  de Safo.

 

Es todo lo que nos queda de ella, pero basta para catalogarla entre los más grandes poetas,  acaso  el más grande, del siglo VI, como por los demás la consideraron unánimemente sus contemporáneos y, lo que es más extraño, hasta sus rivales. Entre estos últimos los había de buena calidad, como Mimnermo.  Pero acaso el único que puede parangonársele fue Anacreonte, excelente artesano de la rima, pero carente del apasionamiento y del ímpetu lírico que constituyen el hechizo de Safo. Anacreonte era un poeta de la Corte, a quien le agradaba estar entre señores y hacerse mantener. Nació en Teo y cuidó sobre todo de  vivir bien.  Lo consiguió, pues vivió hasta los ochenta  y  cinco años,  y  seguramente  hubiese  llegado  a  los  cien  si  un gajo de uvas no se le hubiese atragantado, ahogándole. Para evitarse disgustos no se comprometió jamás en nada: ni en política, ni en amor. Pero precisamente esto impide a su poesía  meterse  dentro de la piel de sus lectores. Está magníficamente construida desde el punto de vista métrico. Y ha constituido un modelo: precisamente el de las odas «anacreónticas». Mas a diferencia de Safo, que pagó con exceso toda inspiración con goces  y  tormentos  extenuadores,  para  Anacreonte  la  poesía  fue  sobre   todo,   si no únicamente, un oficio. Como Vincenzo Monti, escribía con facilidad, comía con apetito, bebía en abundancia y no  tenía  problemas  sentimentales  ni  casos de conciencia.

 

Dícese que de viejo se enamoró en serio y que aprendió a conocer el sufrimiento de  los  celos.  Pero era ya demasiado tarde para renovar en él su musa ligera, cuyo egoísmo le había impedido el calar hondo en los sentimientos humanos.


( Indro Montanelli )