jueves, 28 de julio de 2016

CICERÓN DICE SOBRE LOS IMPUESTOS


 Los romanos siempre se impusieron impuestos desde los primeros días de la República, porque los justos impuestos son necesarios para que sobrevivamos. Pero, ¿para qué fueron inventados esos impuestos?. Para pagar soldados que nos protegieran de nuestros enemigos fuera de nuestros muros. Para pagar a los guardianes dentro de la ciudad. Para establecer tribunales; pagar los estipendios de los legisladores, el Senado, los tribunos y los cónsules. Para construir los templos y vías necesarias. Para la construcción y mantenimiento de una red de alcantarillas, así como la construcción de acueductos que nos traigan la bendición del agua pura.  Para crear una organización encargada de la sanidad, que preserve la salud de nuestro pueblo. Para imponer un arancel sobre el comercio con naciones extranjeras... tarifa que también ha proporcionado ingresos.


Pero esta ley no tuvo que ser aplicada y cayó en el olvido porque los romanos la obedecieron aun ignorando que hubiera sido promulgada. Y no promulgada para favorecer aventuras exteriores, no para  estrujar a los hombres industriosos a fin de mantener a los holgazanes, a los inútiles y a los irresponsables que no hacen nada en favor de sus compatriotas y de su país. No fue aprobada para sobornar a una plebe depravada a fin de comprar sus votos. Porque cuando nuestros antepasados crearon una civilización en esta tierra de rocas, bosques y marismas, tal gentuza no existía, los cobardes aún no habían nacido, los ladrones no saqueaban nuestro tesoro público, los débiles no iban a gemir a las puertas de las casas de los senadores ni los irresponsables se sentaban perezosamente en el bordillo de las calles ni merodeaban por los campos.


Para tal clase de gente teníamos una ley apropiada. Los obligamos a trabajar para ganarse el pan. No fuimos solícitos con ellos porque eran de escasa inteligencia, pusilámines y se dejaban llevar por bajas pasiones. Les dijimos: si no trabajáis, no comeréis. Y ellos trabajaron si no querían perecer. No tenían voz en  nuestro gobierno y eran despreciados por los héroes y nuestros antepasados fueron héroes.


Pagamos impuestos por el pan y el vino, por nuestros ingresos y nuestras inversiones, por nuestras tierras y fincas y no sólo para mantener criaturas indignas que ni merecen ser llamadas hombres, sino naciones extranjeras que se inclinan servilmente ante nosotros aceptando nuestras dávidas, prometiendo ayudarnos en el mantenimiento de la paz. Esas naciones mendicantes que nos destruirían en cuanto mostráramos el menor signo de debilidad o nuestro tesoro se agotara y por cierto que amenaza agotarse. Pagamos impuestos para mantener legiones en su suelo, en nombre de la ley y el orden y de la Pax Romana, que valdría menos que un papel mojado en cuanto les pluguiera a nuestros aliados o a nuestros vasallos. Los mantenemos en un precario equilibrio gracias a nuestro oro. ¿Y acaso merecen este sacrificio nuestro esas naciones sedientas de sangre?. ¿Debe ser sacrificado un solo itálico por Britania, por Galia, Egipto, la India o ni siquiera por Grecia, o tantas otras naciones?. Si ellos nos amaran de verdad, no nos pedirían dinero. Sólo nos pedirían que les diéramos nuestras leyes. Nos chupan la sangre y nos odian y desprecian. ¿Y quién sabe si es que no nos merecemos otra cosa?.


Así que Roma está siendo lenta, pero implacablemente destruida para favorecer a la gentuza que vive dentro de sus muros y nuestros enemigos potenciales a todo lo largo y ancho del mundo. Y todo por votos. Por una paz que carece de fundamentos honestos. ¿Es que hubo jamás una nación tan deshonrada y amenazada desde dentro y desde fuera, como Roma lo está ahora?. Sí, Grecia. Y Egipto. Y las naciones que hubo antes de ellas. Todas cayeron y perecieron. Es ley de naturaleza y también una ley económica. Las deudas y el despilfarro sólo llevan a la desesperación y la bancarrota. Siempre fue así.

















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