domingo, 16 de febrero de 2020

COMERCIAL E INDUSTRIAL ATENAS Y LOS DRACMAS



Probablemente, en el origen de la extraordinaria fortuna de Atenas estuvo su  pobreza.  Los  habitantes del Ática no hubieran podido elegir, como patria, un rinconcito de mundo más estéril, árido y sediento; de  sus doscientas mil y pico de  hectáreas, una buena mitad no es cultivable, ni siquiera ahora  con  la  aplicación de la técnica moderna. La otra mitad exigía heroísmo y  prodigios  para  exprimir  los  típicos  frutos de las tierras pobres: vino, aceite e higos. Tampoco las grandes obras de irrigación y saneamiento emprendidas por Pisístrato permitieron cosechas  de  cereales para saciar el hambre  de más de una  cuarta parte de   la población, y la carencia de pastizales impidió el desarrollo del pastoreo.

 

Los atenienses  hicieron  de  la  necesidad  virtud,  y un poco como los toscanos de dos mil  años  después (que mucho se les parecen, en lo bueno y en lo malo) aprendieron a aprovechar al máximo sus magros recursos y a administrarlos con sensatez. Parece imposible, pero la civilización entendida como sentido de mesura, de armonía, de equilibrio y de racional claridad, tiene siempre como  abono la avaricia de  la tierra  y la parsimonia de los hombres,  que  encuentran  en ello un estímulo para su propia iniciativa. No teniendo como producto base más que el aceite, los atenienses comprendieron en seguida todos sus posibles aprovechamientos culinarios, químicos y combustibles. Los pueblos podrían reagruparse en dos  categorías:  los que  van  al  aceite  y  los  que  van  a  la  mantequilla.  Y no cabe  duda  de  que  la  civilización  nació  entre los primeros.

 

Condicionada por esa pobreza, la dieta de los atenienses era sobria,  lo  que  explica  su  buena  salud  y su preeminencia deportiva. Quien se haya hecho una idea de ella por los relatos homéricos, donde un cabrito asado era un desayuno normal, va descaminado. En Atenas sólo  los  ricachones  comían  carne  de  vez en cuando. Y si el pescado en salazón era algo más común, el fresco representa una preciosa y costosa delikatesse. Los campesinos no conocen más que los cereales: lentejas, habas, guisantes, cebollas, coles y ajos. Sólo los días festivos le tuercen el cuello a un pollito o confeccionan un dulce con  huevos  y  miel, pues todos crían gallinas y son apicultores. Pero tampoco el ciudadano medio se aleja de este régimen. Hipócrates, el primer médico laico, exclama escandalizado: «¡Decir que hay gente que come hasta dos veces al día y lo considera normal!».

 

Un  poco  mejor  se  anda  en  cuanto  a  industrias  de extracción. La primera fue la de la  sal,  que  durante cierto tiempo constituyó incluso moneda de  cambio; tan es verdad que, para hacer el elogio de una mercancía, se  decía;  «Vale  su  sal.»  Los  atenienses no buscaron jamás el carbón, que por lo demás no existía. Como combustible, se servían solamente de leña, y eso fue su desgracia porque en  un  abrir  y cerrar de ojos destruyeron los pocos bosques que circundaban la ciudad, y Pericles encontró ya  una  Atenas encerrada en un mar de pedruscos, que hasta para la madera dependía de las importaciones. Sus geólogos hurgaron las entrañas de la  tierra  para  extraer  plata, hierro, cinc, estaño y mármol. Precisamente cuando  Pericles  tomó  el  poder,  Atenas  era  presa  de una «fiebre de la plata» a causa de un rico filón descubierto en Laurion. Todo el subsuelo pertenecía al Estado, el cual no administraba directamente las minas, pero las daba a contratistas que pagaban  un  tanto al año más un tanto por ciento sobre el producto, y que las explotaban con el trabajo de los esclavos. De éstos había, en el siglo v, entre diez y veinte mil empleados en esa labor en condiciones inauditas. Los empresarios  los  alquilaban  a   los   mayoristas   a cien liras diarias cada uno. Y,  naturalmente, con  salarios de este tipo, las ganancias eran enormes. En el primer presupuesto de Pericles representaban uno de los ingresos mayores del Estado: cerca de doscientos cincuenta millones de liras.

 

El  beneficio  del  mineral   era  primitivo,   pero   ya se conocía el mortero, el filtro y el lavado. Los resultados debían de ser apreciables porque,  por  ejemplo, las monedas  de  plata tenían una pureza  de  hasta el noventa y cinco por ciento, y el  artesanado  ateniense  fue  de  los  mejores organizados y  más famosos por la perfección de sus productos. Por ejemplo, quien fabricaba espadas no hacía escudos, y viceversa, porque cada una de estas especialidades era monopolio de un determinado  gremio  de  armeros.  Naturalmente,  no se trataba de verdaderos complejos  industriales,  sino de una teoría de talleres, celoso cada  uno  de  su propia independencia, y con esclavos en lugar de máquinas. Todos los demás conspicuos ciudadanos de Atenas eran un poco industriales, por cuanto cada uno poseía uno, o varios de esos pequeños  talleres:  hasta Pericles y Demóstenes eran propietarios de ellos. Y esto tuvo su importancia, pues una población de carácter predominantemente industrial acaba siempre desarrollando una política diferente a la de las poblaciones rurales.

 

En primer lugar, tiende a dar prioridad a los problemas del comercio y de  las  finanzas. Para compensar las importaciones de productos alimenticios, los atenienses hubieron de proceder a la exportación de manufacturas, y por ende a una producción suficientemente masiva. He aquí por qué la civilización ateniense fue exquisitamente ciudadana. Si hubiese debido medirse sobre las proporciones y los recursos del campo ático, Atenas se hubiera quedado en poco menos que un burgo.  Para convertirse  en una capital no le cabía más que desarrollar al máximo su artesanía industrial, asegurándole mercados de salida. Mas  éstos no podían encontrarse en el interior de la tierra helénica a causa de las dificultades de comunicación. Los atenienses no fueron grandes constructores de caminos como los romanos. Construyeron sólo y malamente, la Vía Sacra hasta Eleusis, pero dado que el provecho no compensaba los gastos, ni siquiera la empedraron. Sobre el piso fangoso,  los  carros  tirados  por bueyes se atascaban. Y por esto en Grecia jamás se desenvolvió ni un servicio postal  ni  una  industria de hospedaje.

 

No quedaba, pues, más que el mar. Atenas con su Pireo  fue  un  Milán  con  Genova  a  diez  kilómetros.  Y después de Salamina se erigió en dueña del Mediterráneo oriental. Su flota contaba ya con naves de más de doscientas toneladas con velocidades de hasta quince kilómetros por hora, con  esclavos  a  los  remos y velas al viento. Eran cargueros, pero también transportaban pasajeros, cuya tarifa variaba según el peso personal y el de los equipajes, pues se les consideraba como sacos de trigo o de patatas. Debían traerse consigo las vituallas para el viaje y no se les proveía siquiera de una silla. Pero en general eran tarifas  bajas: por quinientas liras se podía ir a Egipto.

 

La cosa más difícil de reglamentar era el sistema monetario y bancario, y  ahí  Atenas  comprendió  lo que los  italianos,  en  cambio,  jamás  comprenderán: o sea, la única manera  de  ser  taimado  y  de  no  serlo. Mientras todos los Estados practicaban la mezquina astucia de la desvalorización,  Atenas  practicó una honradez que no estaba en  las  costumbres  y  en  la moralidad de sus ciudadanos, dando un valor estable a la propia dracma, como el del franco suizo y el dólar americano, y convirtiéndola, por tanto, en moneda de cambio internacional. Una dracma tenía seis óbolos, que valían cerca de cien liras cada uno, y contenía una determinada cantidad de  plata  que  jamás fue alterada. Mientras combinando negocios en cualquier otra moneda se arriesgaba uno  a  acabar como han acabado nuestros ahorradores con los bonos del Tesoro, con el dracma uno podía estar tranquilo: en todos los países del  mundo  su poder  adquisitivo  era el equivalente a una medida de trigo.

 

Por ser de metal, no era fácilmente transportable. Pero precisamente por esto surgieron  los  Bancos, cuya historia nos permite  calibrar  la  hipocresía  de los atenienses y la infinidad de sus recursos. Consideraban inmoral el préstamo con interés, y durante algunos siglos obligaron a los ahorradores a esconder sus cuartos en un calcetín de lana. Luego se dieron cuenta de que aquellos  capitales quedaban  sustraídos al ciclo productivo. Y entonces, pese a seguir prohibiendo los Bancos, consintieron que los ahorros fuesen depositados en las iglesias. Comprenderéis:  una  vez que uno confía su peculio a la diosa Palas, por ejemplo, en  el  aspecto  moral  se  ha  puesto  en  su  sitio. Y en cuanto a Palas, ésta es libre de hacer  lo  que quiera de los dineros: hasta de prestarlos  a  un  fiel suyo bajo compromiso de  restituirlos  con  intereses. Es eso tan verdad que cuando Atenas propuso a los demás Estados la constitución de un fondo común, o  sea de un Banco internacional, ¿quién fue nombrado presidente? Apolo de Delfos.

 

Ahora bien, sucedió que esos dioses-banqueros se comportaron todo lo contrario que Giuffré. A quien depositaba su capital en sus institutos, ellos  daban, como rédito, el dos o tres por ciento.  Pero a  quien  lo iba a pedir  en  préstamo,  le  exigían  hasta  el  veinte por ciento de interés. Temístocles, que en las guerras persas había ganado no sólo los galones de generalísimo, sino también algo  así  como  trescientos  millones de liras, y no sabía dónde meterlas,  fue  el  primero, parece ser, que se dirigió a un particular de Corinto, un tal Filostéfano, que le  garantizó  el  cinco por ciento. En Atenas, cuando lo supieron, no se alarmaron tanto del hecho de que un general hubiese acumulado un patrimonio  tan ingente,  cuanto de que los  capitales  huyesen  al  extranjero.  Y  se   decidieron a autorizar cambistas que, por la mesa a la que se sentaban, se llamaron  trapezitas,  y  que  poco  a  poco se convirtieron  en verdaderos  banqueros.   Entre ellos se hicieron  famosos  y  omnipotentes Arquestrato y Antístenes, los Rothschild de Atenas. Así estalló el boom comercial, garantizado por la supremacía naval, por la estabilidad de la moneda y por el sistema crediticio. Atenas no exporta ya tan sólo sus productos manufacturados para pagar los géneros alimenticios. Sus armadores facilitan el vehículo para la circulación de todo el comercio mediterráneo y sus banqueros proporcionan las dracmas para todas  las  transacciones. En El Pireo se fletan todos  los  mercantes,  hacen escala todas las mercaderías y etapa todos  los  viajeros. He aquí por qué toda cosa y toda persona se convierte en algo de casa. «Se encuentra —decía Isócrateslo que es imposible procurarse en otras partes.» Se calcula que,  sólo  en  un  impuesto  del  cinco por ciento sobre los fletes, el Estado ingresaba quinientos millones de liras al año. Pero  los  efectos  no eran tan sólo económicos, sino también morales y espirituales. Pues fue esa su vocación de gran emporio internacional lo que hizo de Atenas la ciudad más cosmopolita y menos provinciana de Grecia; más aún, del mundo antiguo. Y se lo debió a la pobreza del rinconcito del mundo donde Teseo y los demás fundadores habían hecho instalar el pequeño pueblo del Ática.

( Indro Montanelli )


No hay comentarios:

Publicar un comentario