viernes, 10 de marzo de 2017

MATRIMONIO, DIVORCIO Y FAMILIA ROMANA


El matrimonio era precedido por el noviazgo, que, en general, era decidido por los padres, a menudo sin preguntárselo siquiera a los interesados. Era un verdadero contrato que consideraba especialmente las cuestiones patrimoniales y de dote, el cual se sellaba con un anillo que el joven ponía en el anular de la muchacha, por donde se creía que pasaba un nervio que iba al corazón.

 

El matrimonio era de dos especies: con mano o sin mano. Con el primero, el más común y completo, el padre de la novia renunciaba a todos sus derechos sobre ella a favor del yerno, que se convertía prácticamente en el dueño. Con el segundo, que dispensaba de la ceremonia religiosa, los conservaba. El matrimonio con mano acaecía por uso, o sea después de un año de cohabitación de los novios por coemptio,o sea por adquisición, o por confarreatio, cuando comían juntos un dulce. Este último quedaba reservado a los patricios y requería una solemne ceremonia religiosa con cantos y cortejos. Las dos familias se reunían con amigos, siervos y clientes en casa de la novia, desde la cual, con acompañamiento de flautas, cantos de amor y apóstrofes groseramente alusivos, iban en procesión hacia la del novio. Cuando el cortejo llegaba a destino, el novio, desde detrás de la puerta, preguntaba. «¿Quién eres?» Y la novia contestaba: «Si tú eres Ticio, yo soy Ticia.» Entonces el novio la levantaba en brazos y le presentaba las llaves de la casa. Y ambos, con la cabeza baja, pasaban bajo un yugo por significar que se sometían a un vínculo común.

 

Teóricamente existía el divorcio. Mas el primero del que tenemos noticia ocurrió dos siglos y medio después de la fundación de la República, si bien una regla de honor lo hiciese obligatorio en caso de adulterio por parte de la mujer (el marido era libre de hacer lo que le pareciese). En aquellos tiempos, las mujeres eran más bien feúchas y toscas, de piernas cortas y de «junturas» pesadas. Las rubias, rarísimas, eran más cotizadas que las morenas. En casa llevaban la stola, especie de túnica abisinia larga hasta los pies, de lana blanca cerrada al pecho con un alfiler. Cuando salían, se ponían encima la palla, o capa.

 

Los varones, más robustos que guapos, de rostro curtido por el sol y nariz recta, llevaban de chicos la toga pretexta, orlada de púrpura: y después del servicio militar, la viril, enteramente blanca, que cubría todo el cuerpo, con un pico doblado sobre el hombro izquierdo que caía bajo el brazo derecho (que así quedaba libre) y volvía sobre el hombro izquierdo. Los pliegues servían de bolsillos. Hasta el año 300 antes de Jesucristo los hombres llevaron barba y bigote. Luego, prevaleció la costumbre de afeitarse, que a muchos les pareció audaz y en contraste con aquella gravedad a que estaban apegados los romanos, como hoy se está apegado, en cambio, al desenfado.

 

Una sobriedad espartana regía incluso en las casas de los grandes señores. El mismo Senado se reunía en toscos bancos de madera dentro de la Curia que no tenía calefacción ni en invierno. Los embajadores cartagineses que vinieron a pedir la paz después de la primera guerra púnica divirtieron mucho a sus compatriotas, derrochadores y sibaritas, contándoles que, en las comidas que les ofrecieron los senadores romanos, habían visto siempre el mismo plato de plata que evidentemente se prestaban unos a otros.

 

Los primeros signos de lujo aparecieron con la segunda guerra púnica. Y en seguida fue promulgada una ley que prohibía las alhajas, vestidos de fantasía y comidas demasiado costosas. El Gobierno quería mantener ante todo una sobria y sana dieta a base de un desayuno de pan, miel, aceitunas y queso, un almuerzo a base de vegetales, pan y fruta y una cena en la que sólo los ricos comían carne o pescado. Bebían vino, pero casi siempre con agua.

 

Los jóvenes respetaban a los viejos, y tal vez en el ámbito de la familia y de las amistades había expresiones de amor y de ternura. Más, en general, las relaciones entre los hombres eran rudas. Se moría fácilmente y no tan sólo en la guerra. El trato a los esclavos y prisioneros era despiadado. El Estado era duro con los ciudadanos, y feroz con el enemigo. Sin embargo, ciertos actos suyos fueron de auténtica fuerza moral. Cuando por ejemplo, un sicario fue a proponer envenenar a Pirro, cuyos ejércitos amenazaban Roma, los senadores no sólo rechazaron tal sugerencia, sino que informaron al rey enemigo del complot que se tramaba contra él. Y cuando, después de haberlos derrotado en Cannas, Aníbal mandó diez prisioneros de guerra a Roma para tratar del rescate de otros ocho mil, con el compromiso, si no lo lograban, de regresar y uno de ellos lo transgredió quedándose en la patria, el Senado le puso grilletes y lo devolvió esposado al general cartaginés, cuya alegría por la victoria, dice Polibio, quedo nublada por aquel gesto que le demostró con qué clase de gente se las había.

 

En suma, el romano de aquella época se parecía bastante al tipo que idealizaron los historiadores a lo Tácito y a lo Plutarco. Le faltaban muchas cosas: el sentido de las libertades individuales, el gusto por el arte y por la ciencia, la conversación, el placer de la especulación filosófica (de la que más bien desconfiaba) y sobre todo, el humorismo. Pero tuvo lealtad, sobriedad; tenacidad, obediencia y sentido práctico.

 

No estaba hecho para comprender el Mundo y gozar de él. Estaba hecho tan sólo para conquistarlo y gobernarlo.


 

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