jueves, 28 de mayo de 2015

BAÑOS Y CIRCO





Cuidarse, alimentarse, divertirse 

El gran señor romano se levantaba hacia las siete y su primera ocupación consistía en recibir a sus clientes, es decir, a hombres que no poseían ninguna riqueza personal y que se unían al séquito de un noble y rico patrón del que esperaban ayuda y protección.




Después, el patricio desayunaba sobriamente y visitaba a sus amigos, siendo ésta una de las obligaciones más rigurosamente observadas en la vida social romana. Por último, podía ocuparse de sus asuntos personales.




La gente de condición modesta trabajaba hasta el mediodía y volvía a la tarea después de una ligera comida. Pero todos, tarde o temprano, se encontraban en los baños.




Nadie en al antigüedad pudo jactarse de una higiene corporal tan refinada como la del pueblo romano. Cada palacio tenía su baño particular, pero existían más de 1.000 baños públicos a disposición de la gente sencilla, y podían acoger a 1.000 personas a la vez. 



Las termas poseían palestras, piscinas con agua templada, caliente e hirviendo, salas de descanso, y finalmente, restaurantes, donde los romanos, blandamente reclinados, degustaban alimentos pesados y muy picantes; pero consumían más todavía en el curso de los banquetes que daban con mucha frecuencia.




Comenzaban a las cuatro de la tarda y a veces se prolongaban hasta la mañana del día siguiente. Las mesas estaban adornados con flores y el ambiente saturado de perfumes.



Los manjares, servidos por esclavos, eran exóticos y raros. Muy frecuentemente, estas comidas terminaban en orgías: El anfitrión ofrecía a su invitados eméticos que permitían comenzar de nuevo a comer después de haber vomitado.




Estas eran las ocupaciones de los ricos, pero las autoridades de la ciudad tenían que proporcionar distracciones a la inmensa masa de ciudadanos.



Los juegos se hicieron indispensables para todos lo súbditos del Imperio. El público desertaba cada vez más del teatro. Sólo le atraían las pantomimas vulgares.




El circo, por el contrario, era su lugar de reunión favorito; casi todos los días, una inmensa masa de desocupados se dirigía hacia el Circo Máximo con sus 260.000 localidades, o hacia el Coliseo que disponía de 50.000.



Las carreras de carros, al galope o al trote, eran objeto de apuestas apasionadas. Los jinetes vestían casacas con los colores de sus cuadras. A veces los carros chocaban, y hombre y caballos caían en informe montón, siendo aplastados por los que iban detrás.




Pero los números más esperados eran los combates entre animales feroces, entre un animal feroz y un hombre, o entre hombre y hombre.



Cuando Tito inauguró el Coliseo, los romanos enloquecidos vieron sobre la arena (que se podía transformar a voluntad en desierto o en bosque tropical) cerca de 10.000 animales, algunos de los cuales desconocían por completo: Elefantes, tigres, leopardos, hienas, jirafas, linces, etc. Al final de la sesión después de los furiosos combates, sólo sobrevivía la mitad de las fieras.




Después venían los combates de los gladiadores. Al principio eran entre condenados a muerte, pero cuando había escasez de ellos, los tribunales condenaban a la pena capital incluso a los que habían cometido pequeñas faltas, ya que Roma no podía prescindir de su espectáculo favorito.



Había también voluntarios que frecuentaban las escuelas para gladiadores. Los combatientes desfilaban en primer lugar ante el palco del emperador, a quien saludaban con el célebre grito Morituri te salutant: Los que van a morir te saludan.




Los adversarios eran elegidos por sorteo y comenzaban las apuestas: Unos se inclinaban por el sabino (armado con una simple espada romana o corta); otros por el reciario, que para defenderse sólo disponía de un red y un tridente; otros pensaban que la posibilidad del tracio de sable corto era mayor que la del galo o el mirmillón, que se batían con la ayuda de machete.




Cuando un gladiador era herido, tendía la mano hacia la tribuna donde se encontraba el editor, es decir, el que ofrecía los juegos. Si éste colocaba el dedo pulgar hacia abajo, el herido tenía que morir, y la multitud exultaba. En el caso contrario, el combatiente era sacado de la arena y curado. El gladiador debía saber morir con sonriente indiferencia.




Si resultaba vencedor, podía convertirse en ídolo de las masas: Los poetas le dedicaban sus cantos, los ediles sus calles, las mujeres sus encantos.



Los censores más severos, tales como Juvenal, Tácito, Plinio, no encontraron nada para alegar contra estas matanzas: La sangre vertida era sangre "vil", y los juegos estaban dotados de un valor educativo que acostumbraba al espectador a despreciar estoicamente la muerte. Solamente Séneca, que fue una sola vez al circo, volvió espantado:




El hombre -escribió-, lo más sagrado para el hombre, es asesinado aquí por deporte y diversión.







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