sábado, 3 de diciembre de 2016

DISCURSO DE CICERÓN EN EL TEMPLO DE LA CONCORDIA CONTRA EL CONSPIRADOR LUCIO SERGIO CATILINA


Señores, estamos aquí para decidir la suerte de los lugartenientes de Lucio Sergio Catilina, el patricio y soldado que conspiró contra la paz y la libertad de nuestro país. Estoy aquí como abogado de Roma, como antes a menudo comparecí como abogado de tantos que se enfrentaron con el peor de los peligros: la muerte. Ya veo, señores, que los rostros y las miradas de todos los presentes están fijos en mí. Me doy cuenta de que se hallan ansiosos, no sólo por el peligro que corréis vosotros mismos y el país, suponiendo que ese peligro ha de ser aún evitado, sino por el peligro personal que corro yo. Pero ¿qué importa que yo corra peligro, si está en juego el destino de mi país que es mucho más importante? . En medio de todas mis desventuras y de tanto dolor, me es muy grato comprobar esta prueba de vuestra buena voluntad. Pero, por amor del cielo, echad a un lado esa buena voluntad, olvidad mi propia seguridad y pensad sólo en vosotros mismos, en vuestros hijos y en Roma. Yo soy cónsul de Roma, señores y jamás he estado fuera del peligro de muerte o de la secreta traición ni en este Foro en el que se centra toda la justicia, ni en el Campus, que es santificado por los auspicios de las elecciones consulares, ni en el Senado, que es el asilo del mundo, ni en el hogar, que es un santuario universal, ni en el lecho que está dedicado al descanso, ni siquiera en este honrado sillón correspondiente al cargo que ocupo. He procurado vivir en paz todo lo posible y he soportado con paciencia muchas cosas. He transigido demasiado; he remediado lo que he podido con bastantes sufrimientos por mi parte, aunque los que tenían que estar alarmados erais vosotros. En los presentes momentos, parece como si fuera voluntad de los cielos que el remate de mi consulado fuera el preservar a vosotros, a vuestros hijos y a las vírgenes vestales de la más aflictiva persecución, de la preservación de Dios en nuestra nación, contra todos aquellos que serían capaces de exiliarlo de los templos y santuarios, y de entregar esta querida madre patria a las llamas, a toda Italia a la guerra y la devastación. ¡Dejad que me enfrente yo solo contra cualesquiera que la suerte nos haya deparado!.

 

Señores, pensad en vosotros mismos, preocuparos de vuestra patria, defendeos, defended a vuestras esposas, a vuestros hijos, a vuestros bienes. ¡Defended el nombre y la existencia del pueblo romano! Poned en tensión vuestros nervios para la defensa del Estado, esperando en todo momento que una tormenta estalle sobre vuestras cabezas si no sabéis prevenirla a tiempo. Nos hemos apoderado de los lugartenientes de Catilina, que profana el nombre de Roma, con su mera presencia entre nosotros en el día de hoy, de esos hombres que habían quedado entre nuestros muros para prender fuego a la ciudad, para asesinarnos a todos nosotros y para dar la bienvenida a Catilina cuando éste entrara triunfalmente. Han estado incitando a los esclavos, al siniestro y sangriento bajo mundo de los criminales y los pervertidos de la ciudad, a los vagabundos y traidores, a ponerse al servicio de Catilina. En resumen, han maquinado asesinarnos a todos para que no quede nadie que llore en nombre del pueblo romano y que lamente la caída de esta gran nación. Ya hemos informado de todos estos hechos y los acusados han confesado debidamente cuando fueron juzgados por este augusto Senado quien los declaró culpables.

 

¡Mirad al terror de Roma, al traidor, al asesino, al espíritu maligno que ha tramado nuestra ruina! ¡Mirad su cara y veréis el crimen escrito en ella! Lo conozco muy bien, señores, pues lo he estado vigilando durante años. Conozco sus conspiraciones, que presentí antes de que las organizara. Hace tiempo que me di cuenta de que reinaba una gran inquietud en el Estado, que se fomentaba la agitación y que se estaba tramando algo. Pero incluso yo, que conozco a Catilina tan bien, nunca imaginé que unos ciudadanos romanos estuvieran comprometidos en una tan vasta conspiración, y con propósitos tan destructivos como ésta. En estos momentos, cualesquiera que sean las inclinaciones a que os lleven vuestros sentimientos, debéis tomar una decisión antes de la puesta del sol. Ya veis qué asunto tan grave ha sido expuesto a vuestra consideración. Si creéis que tan sólo se hallan comprometidos en él unos pocos hombres, os equivocaréis gravemente. Las semillas de esta odiosa conspiración han sido llevadas más lejos de lo que creí y el contagio no sólo se ha extendido por Italia, sino que ha cruzado los Alpes y ha infectado ya muchas provincias en su insidioso progreso.

 

No aconsejo más dilaciones con el pretexto de una suspensión del juicio o súplicas de «tolerancia de opiniones» o cualquier otra demora. Decidáis lo que decidáis, debéis tomar medidas inmediatas en nombre de Roma y de la libertad romana, ¡en nombre de todo lo que ha hecho a Roma libre y grande!

 
Pido sentencia de muerte para los lugartenientes de este hombre, que ahora tenemos bajo custodia y pido la muerte para este renegado, que pretendió destruir a Roma; este traidor, este vándalo, este difamador de nuestro nombre, este tigre, este tigre en forma humana, este reyezuelo de la más vil gentuza, ¡en suma, de Lucio Sergio Catilina!.

 

Señores, soy abogado, lo fui mucho antes de que me dedicara a la política o pensara dedicarme a ella. He sido pretor de Roma y ahora soy su cónsul. En todos estos años de servicio público he defendido hombres que estaban condenados a muerte. Como pretor, fui el sostén de las leyes de Roma; pero jamás pedí que se hiciera sufrir a nadie esa final humillación. Como cónsul, no he pedido a ningún magistrado ni a este augusto Senado que condenara a ningún hombre.  La muerte es una gran ignominia. Cantamos la muerte de los héroes y honramos su memoria; pero la muerte es en muchos sentidos un sacrilegio contra la vida, porque mortifica el control de nuestros sentidos. Hablamos del noble rostro de la muerte. No mencionamos el repentino aflojamiento de los músculos esfínter, que salpican la carne muerta de defecación y orina. Y no lo mencionamos porque instintivamente reverenciamos la vida y apartamos la mirada de las mortificaciones que la muerte le inflige. Todo nuestro ser se rebela ante este rebajamiento de la persona humana, esta franca burla de la naturaleza, como si quisiera declarar: «No es superior a las bestias del campo y muere del mismo modo voluptuosamente vergonzoso, expeliendo lo que tenía contenido en sus intestinos y en su vejiga». Pero nosotros sabemos que el hombre no es una bestia del campo, porque Dios nos hizo sentir horror hacia la muerte, aversión por ella y nuestros sentidos se rebelan contra esta humillación. Y aunque haya desaparecido lo que animaba a la carne, queda en ella como una especie de santidad y a pesar de que no podamos evitar el último vil desprecio de la naturaleza por lo que durante tanto tiempo la desafió, nosotros guardamos un respetuoso silencio. Por ese respeto es por lo que vacilamos en condenar a un hombre a ese proceso que la naturaleza efectúa sin remordimiento, porque cuando un hombre es mortificado, todos los otros hombres sufren asimismo en su dignidad. Y eso me parece a mí peor que la muerte misma.  Sin embargo, hay ocasiones en que los hombres se ven obligados a defenderse a sí mismos y a defender a sus familias y sus países. A menudo nos vemos obligados a vencer nuestra repugnancia instintiva por la muerte y sus obscenidades. Sólo un hombre carente de hombría de bien puede regocijarse con la muerte de otro hombre, aunque sea un enemigo. Sólo una bestia puede sentirse triunfante a la vista de un sangriento campo de batalla, aunque los suyos hayan vencido. El que es hombre de verdad, al ver tal campo de batalla, debe inclinar la cabeza y rezar por las almas de amigos y enemigos, porque todos eran hombres. Por lo tanto, sin malicia y sin sentir en mi interior alegría, debo pedir a esta augusta corporación que condene a muerte a Lucio Sergio Catilina, así como a sus lugartenientes. Es una final ignominia que compartirían incluso los hombres justos; pero nuestro país está por encima de nosotros. Y lo que Roma significa es más noble que cualquier individuo. Estamos enfrentados a un terrible dilema: ¡o vive Catilina o muere Roma!




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