sábado, 24 de diciembre de 2016

CLEOPATRA, LA ÚLTIMA FARAONA DE EGIPTO


 

Tras más de dos mil años de historia, la corona de Egipto cayó hacia el 525 a. C. en manos del Imperio persa. Daba comienzo con ello la última fase de su historia, la que los historiadores denominan como Período Tardío y que se caracteriza por el sincretismo cultural primero con el mundo persa y después con el grecorromano. Los persas fueron derrotados por Alejandro Magno en el año 332 a. C. y Egipto quedó incorporado a su vastísimo imperio. A su muerte, uno de sus generales, Ptolomeo, logró hacerse con la corona egipcia; empezaba así una nueva dinastía de faraones, la Ptolemaica —pues todos los faraones adoptaron el nombre de Ptolomeo— o Lágida, cuya última representante fue Cleopatra.


 Pero aunque los Ptolomeos se consideraban a sí mismos una legítima dinastía egipcia, lo cierto es que bajo su reinado Egipto vivió un profundo proceso de cambio cultural vinculado al origen macedonio y, por tanto, culturalmente helenístico de su dinastía gobernante. Se produjo una masiva y constante inmigración de población griega a Egipto y con ella llegaron sus costumbres y su cultura. Los egipcios comenzaron a usar y acuñar moneda, el panteón tradicional se enriqueció con dioses helenos cuyos atributos frecuentemente se mezclaban con los de las deidades locales, buena parte del funcionariado estatal quedó en manos de griegos y el griego pasó a ser la lengua de la administración y la corte. Su uso se extendió de tal modo que los textos legales que debían hacerse públicos terminaron por redactarse en ambas lenguas, el egipcio y el griego), y a partir precisamente de uno de estos textos, un decreto de Ptolomeo V inscrito en la famosa piedra Rosetta, se consiguió por fin descifrar la escritura jeroglífica. En este Egipto profundamente helenizado nació Cleopatra hacia el año 70-69 a. C.

 

PREPARAR EL CAMINO AL TRONO

La infancia de Cleopatra, sobre la que hay muy pocos datos, estuvo marcada por los hechos políticos del reinado de su padre, Ptolomeo XII, y éste por la dependencia de Egipto del creciente poder político y militar de Roma. Aunque originalmente fueron los propios griegos quienes solicitaron el apoyo romano para consolidar su dominio en el Mediterráneo oriental, el poderío militar de Roma fue desplazando paulatinamente el control ejercido por los herederos de Alejandro Magno, de modo que en el año 168 a. C. la existencia de un Egipto independiente pudo salvarse gracias a la intervención romana que hizo frente al ataque del rey de Siria Antíoco IV.



Roma se limitó en aquella ocasión a enviar una embajada al monarca sirio advirtiéndole de que si no se retiraba tomaría cartas en el asunto; esta amenaza fue suficiente para que las tropas sirias se replegasen ante el temor a una intervención militar romana. Como recuerda el historiador Wolfgang Schuller, « cien años antes del nacimiento de Cleopatra quedó demostrado de este modo que Roma, de manera ofensiva, sin utilizar un solo soldado, podía obligar a un rey poderoso a retirarse, y que Egipto debía por tanto su existencia a Roma: esto también era ofensivo. En consecuencia, la política egipcia se entretejió cada vez más estrechamente con la romana» .

 

Ptolomeo XII, también conocido por el sobrenombre de Auletes (« el flautista» ), accedió al trono de Egipto en torno al año 80 a. C. El faraón precedente había sido asesinado y él era en realidad uno de sus hijos ilegítimos, de modo que y a desde el comienzo de su reinado se vio obligado a recurrir a todo tipo de argucias para afianzar su poder. Tras un primer y fugaz matrimonio del que tuvo a una hija, Berenice IV, repudió a su esposa y volvió a casarse con una mujer cuya identidad se desconoce. De ella tuvo primero a Cleopatra y después a dos varones, ambos llamados Ptolomeo, y otra hija más, Arsinoe. Auletes sabía que, por encima de todo, su poder y el mantenimiento de la independencia de Egipto dependían de las buenas relaciones con Roma, que en cualquier momento podía hacer del antiguo reino una más de sus provincias.


Por esta razón su política exterior se centró en tratar de impedir por todos los medios una intervención directa de Roma en Egipto, y entre dichos medios el que resultó ser más eficaz fue el abono de grandes cantidades de dinero y riquezas a los políticos más influyentes de la ciudad eterna. Mientras que Gayo Julio César y Gneo Pompeyo (que gobernaban Roma junto con Craso en el llamado Primer Triunvirato) disfrutaban de los generosos donativos de Ptolomeo XII, la población egipcia veía crecer la presión fiscal para financiar las cada vez mayores deudas adquiridas por su faraón. 


La situación llegaría a ser insostenible cuando, ante la anexión de Chipre al estado romano acaecida en el año 58 a. C., Ptolomeo redoblase sus exigencias fiscales para, con el aumento de sus regalos, evitar correr la misma suerte. El rey de Chipre, hermano del faraón, se había suicidado y éste no mostraba intención alguna de vengar la afrenta. La suma de todo era excesiva y tanto la corte como la población de Alejandría se levantaron contra Ptolomeo que fue finalmente expulsado de Egipto y sustituido en el trono por su hija Berenice.

 

Aunque las fuentes no dan información concreta al respecto, es probable que Cleopatra acompañase a su padre en el exilio que le llevó primero hasta Chipre (a casa de Catón) y luego a Roma (a una de las fincas de Pompeyo), con el fin de conseguir los apoyos necesarios para recuperar su trono. A los acreedores romanos de Ptolomeo les convenía su retorno a Egipto para asegurar el cobro de su deuda, pero la intervención militar era algo que había que pensar con detenimiento. Por otra parte, como recuerda la egiptóloga Joyce Tyldesley, « entretanto, consciente de que necesitaba la aprobación romana si quería conservar la corona, Berenice envió una sólida delegación de cien personas, encabezada por el extraordinario filósofo y académico Dión de Alejandría, para defender su causa. Auletes reaccionó con brutal indiferencia, y una vergonzosa combinación de asesinato, coacción y soborno impidió que la delegación hablase. El escándalo resultante que amenazaba con implicar a los prominentes banqueros que apoyaban a Auletes, se ocultó rápidamente tras el tapiz oficial» .

 

Para evitar problemas, Ptolomeo marchó a Éfeso y desde allí continuó tejiendo la red necesaria para repescar su trono. En el año 55 a. C., su ya habitual método del soborno le granjeó el apoyo militar necesario del gobernador de Siria, Aulo Gabinio, para atacar Egipto. No en vano el historiador romano Plutarco escribió: « Gabinio tenía un cierto temor a la guerra, aunque estaba totalmente fascinado por los diez mil talentos» . Con la ayuda de las tropas sirias, Auletes recobró el poder en Egipto, ejecutó a Berenice y sus partidarios y continuó con su política de presión fiscal para pagar sus deudas.


Cuatro años más tarde murió y, conforme a lo establecido en su testamento, le sucedieron sus hijos mayores, Cleopatra y Ptolomeo. La primera tenía dieciocho años. El segundo era sólo un niño de diez. Pero Cleopatra, que había sido educada para ocupar el trono, había extraído la lección esencial del reinado de su padre: la suerte de Egipto dependía de Roma, y para mantener el poder los recursos de un faraón podían ser de todo tipo. Los años siguientes demostrarían lo bien que la había aprendido.

 

UNA MUJER FARAÓN

El testamento de Auletes precisaba que le habían de suceder sus dos hijos mayores, lo que suponía que ambos debían casarse. El matrimonio entre hermanos no era ajeno a la tradición real egipcia, pues y a durante la etapa del Imperio Antiguo se había producido esporádicamente con las primeras dinastías gobernantes. Desde el punto de vista político, estos matrimonios incestuosos presentaban ventajas nada desdeñables ya que reducían el número de posibles pretendientes al trono, y con ello los conflictos sucesorios, y mantenían alejados de la corona a personas no pertenecientes a la realeza, lo que permitía asegurar la preparación adecuada de los futuros reyes y conjuraba en buena medida el peligro de los advenedizos. Por otra parte, y no menos importante para la mentalidad egipcia, el matrimonio entre hermanos era un modo de vincular a los reyes y reinas de Egipto con los dioses de su panteón entre los cuales, según los relatos mitológicos, también se habían producido. El matrimonio entre hermanos no era posible para los egipcios, pero sí para sus dioses y para sus faraones. Los primeros Ptolomeos, tan conscientes de las ventajas políticas de este tipo de matrimonio como deseosos de legitimar su nueva dinastía, no dudaron en recurrir a él, y de paso también se vinculaban con la tradición del Imperio Antiguo. Por tanto, cuando Ptolomeo XII dejó establecida su sucesión recurriendo al reinado conjunto de sus hijos y, en consecuencia, a su matrimonio, no estaba haciendo nada que pudiese sorprender ni a sus herederos ni a su pueblo.

 

Sin embargo no tenemos datos que demuestren el matrimonio entre Cleopatra VII y Ptolomeo XIV, quizá porque, como recuerda la profesora Tyldesley, « es probable que fuera tan sólo un matrimonio de nombre. La diferencia de edad entre hermana y hermano constituía un inconveniente. Cleopatra, con dieciocho años, era demasiado mayor para permanecer soltera, mientras que Ptolomeo, con tan sólo diez, era demasiado joven para consumar un matrimonio» . En cualquier caso, la edad de Ptolomeo motivó que tuviese que gobernar mediante un consejo regente, situación que fue aprovechada por Cleopatra para hacerse con el poder y, tomando su primera decisión política, presentarse como reina única de Egipto. La adopción de su sobrenombre, Thea Filópator (« diosa que ama a su padre» ), era una forma de subrayarlo al vincular su reinado a su padre y no a su hermano.

 

Parece pues que durante más o menos el primer año y medio de su reinado, Cleopatra gobernó en solitario como faraón mujer de Egipto. La tradición egipcia no contemplaba la posibilidad de que un faraón fuese mujer. De hecho, no existía la palabra « reina» como título propio, sino que todas las mujeres reales eran denominadas en función de su relación con el faraón: « esposas del rey » , « grandes esposas reales» , « madres del rey » e « hijas del rey » . En los casos en que, ante situaciones como la minoridad del faraón, una mujer gobernaba, recibía el título de « rey mujer» . Paradigmático fue el caso de la reina Hatshepsut, que durante el Imperio Nuevo trató de romper con esa tradición imponiendo su gobierno, pese a lo cual se hacía representar con ropa y atributos masculinos. Sin embargo Cleopatra no tuvo que hacer frente a ese problema y a que en la época ptolemaica varias fueron las mujeres que llegaron a gobernar Egipto. Por tanto, sin miedo a ser rechazada, no dudó en dejar a su hermano de lado, presentarse como reina de Egipto, es decir, como faraón mujer, y en hacerse representar como tal, esto es, con rasgos claramente femeninos.

 

A pesar de su éxito inicial, los partidarios de su hermano no estaban dispuestos a dejarse atajar y finalmente, quizá aprovechando el descontento popular por la política de apoyo a Pompeyo contra Julio César por hacerse con el poder de Roma, y que recordaba demasiado a la política seguida por Auletes, consiguieron imponerse sobre la joven reina. Cleopatra se vio obligada a huir de Alejandría y buscar refugio en Tebas y Palestina, pero estaba dispuesta a luchar por lo que consideraba suyo y comenzó a reclutar soldados para imponer su regreso mediante la fuerza de las armas. Como recuerda la historiadora Janet Louise Mente, « fue educada para ser el faraón. Su padre la educó para el poder más que a ninguno de sus hermanos o hermanas y cuando intentó marchar sobre Alejandría probablemente lo hizo no tanto contra su hermano como contra la parte de la corte que pretendía alejarla al darse cuenta de que era una mujer que sabía lo que quería, y eso a la tierna edad de diecinueve años» . Pero Cleopatra nunca llegó a marchar contra Alejandría pues otros hechos vinculados con Roma vendrían a precipitar la situación.

 

En enero del año 49 a. C. había estallado la guerra civil en Roma. La muerte de Craso había supuesto el fin del Triunvirato y entre Pompeyo y Julio César la situación era ya irreconciliable. El primero, tras sus triunfantes campañas militares en la Galia, había acumulado un enorme poder así como popularidad entre los militares. Convencido de que lo mejor para Roma era poner punto final a su decadente vida política y establecer un régimen de corte personal que permitiese el gobierno eficaz de su cada vez más extenso territorio, César reclamaba para sí ese papel. Por su parte, Pompeyo, no menos deseoso de poder, guardaba la apariencia de apoyo al Senado y se arrogaba la defensa de la tradición política romana. El enfrentamiento culminó con la declaración de guerra de César a Pompeyo y al Senado mediante el simbólico acto de cruzar el río Rubicón hacia Italia seguido de su ejército. La contienda terminaría inclinándose a favor del primero, que derrotó ampliamente a Pompeyo en la batalla de Farsalia (Grecia).


Éste, vencido pero con ánimo de recomponerse, huyó hacia Egipto, donde esperaba contar con el apoyo del hijo de su viejo amigo Auletes que, por otra parte, había sido reconocido como legítimo rey de Egipto frente a Cleopatra por el Senado. Cuando llegó a la costa (en Pelusio), una embarcación enviada por Ptolomeo XIII en la que entre otros se hallaba un conocido compañero de armas, el centurión Lucio Séptimo, le dispensó la bienvenida invitándole a embarcar para conducirlo ante el faraón. Confiado, Pompeyo así lo hizo, pero cuando al llegar a la playa tendió su mano para que le ayudasen a levantarse con dignidad, Séptimo le atravesó con su espada. Su esposa, Cornelia, contempló desde el barco que les había llevado al puerto de Pelusio cómo lo decapitaban y arrojaban su cuerpo al mar.

 

Los consejeros del joven Ptolomeo querían congraciarse con César pues no podían gobernar sin el apoyo de Roma y, por otra parte, suponían que Pompeyo estaba del lado de Cleopatra, quien avanzaba desde el este con su ejército. El asesinato de Pompeyo, aunque indigno, era a juicio del joven rey la mejor opción política en una situación desesperada. Cuatro días más tarde, César llegó a Alejandría en persecución de Pompeyo y fue recibido por los consejeros de Ptolomeo con la cabeza de Pompeyo en la mano. Algunas fuentes afirman que perdió el conocimiento, otras —las más— que lloró, pero además debió de respirar aliviado por la muerte de su enemigo. Aun así no estaba dispuesto a dejar pasar el asesinato público de un ciudadano romano, por lo que inmediatamente desembarcó y, desafiante, desfiló por la ciudad con sus lictores (magistrados) portando los símbolos de su poder. Las revueltas populares ante la afrenta que suponía la afirmación de un poder considerado extranjero no se hicieron esperar, pero al caer la noche César y a se había apoderado del palacio real. En los disturbios que siguieron durante las jornadas posteriores tendría lugar el tristemente célebre incendio que acabó con la Biblioteca de Alejandría, pero para entonces el conflicto entre Cleopatra y su hermano había comenzado a resolverse y no precisamente por las armas, o no por las armas de guerra, sino por las de la seducción.


CLEOPATRA Y JULIO CÉSAR

Establecido en el palacio de Alejandría, César hizo llamar a su presencia a Ptolomeo y Cleopatra. La guerra civil que el enfrentamiento entre ambos parecía traer sin remedio no convenía a los intereses estratégicos de una Roma en situación interna asimismo inestable, de modo que decidió dar una solución al problema sucesorio egipcio.



Ptolomeo contaba con una situación de partida teóricamente más favorable para que el conflicto se resolviese a su favor pues había mostrado su fidelidad a César con la muerte de Pompeyo y, a diferencia de su hermana, tenía el apoyo de los alejandrinos. Además, ésta se encontraba fuera de la ciudad, junto con su ejército, por lo que Ptolomeo fácilmente podría entrevistarse primero con César y convencerle de las bondades de su reconocimiento como faraón por parte de Roma. No contaba con la astucia de Cleopatra.

 

Al recibir la convocatoria de César, Cleopatra abandonó sus tropas y partió con toda rapidez y en secreto hacia Alejandría. Había planeado un golpe de efecto que pasaría a la historia gracias a la pluma de Plutarco: burlando la vigilancia de los partidarios de su hermano, logró introducirse en palacio envuelta en un fardo de tela de un mercader siciliano, Apolodoro, que la condujo hasta la presencia de César y, desenrollando el paquete, dejó caer a los pies de éste a una seductora, agitada y feliz Cleopatra.



La historia se ha popularizado y adornado tanto que frecuentemente se dice que Cleopatra iba envuelta en una exótica (y anacrónica) alfombra persa, pero no es eso lo que cuenta Plutarco. En cualquier caso, cabe imaginar la sorpresa de César por la osadía de una mujer a la que sacaba más de veinte años y a la que, sin duda, encontró interesante.

 

Mucho se ha escrito acerca de la belleza de Cleopatra y su poder de seducción, a pesar de que no se conserva ningún retrato; no obstante, las fuentes de la época, al contrario que el mito, no afirman que fuese una mujer especialmente bella aunque sí seductora. Como recuerda Janet Louise Mente, « Plutarco describe a Cleopatra al menos en dos pasajes, uno en el que dice: “Cleopatra tiene una voz como un instrumento de muchas cuerdas”. Así que debía de haber algo en ella, tal vez su voz o el modo en que hablaba, que hacía que los hombres, que la gente en general se interesara por ella. Y también dijo que Platón hablaba de cuatro modos distintos de alagar, pero Cleopatra conocía miles. Así que quizá no era una mujer hermosa, pero debía de tener muchos encantos» .



 Para el historiador Wolfgang Schuller no cabe duda de que fueron dos cosas las que cautivaron a César, « la astucia, en la que él pudo reconocer a alguien que le igualaba en calculada osadía, y por supuesto el atractivo de la joven como mujer» . Cleopatra era una mujer refinada, de modales cortesanos y amplia cultura conforme al reputado modelo helenístico. Según las fuentes, dominaba multitud de lenguas diferentes, incluida la egipcia, que sus sucesores habían abandonado en aras del griego, y no necesitaba de intérpretes para tratar con extranjeros. Nada de lo que vio César aquella noche en Alejandría debió de desagradarle. Cuando al día siguiente Ptolomeo llegó para entrevistarse con César, descubrió estupefacto que su hermana había evitado su vigilancia, se le había adelantado, había intimado con César y había logrado convencerle para que la apoyase. No es de extrañar que, como relata Plutarco, sin poder contener su ira comenzase a gritar mientras arrojaba al suelo la diadema que llevaba en la cabeza.

 

La solución al conflicto se produjo rápidamente. César procedió a leer ante una asamblea pública el testamento de Auletes dejando de este modo claro que esperaba que se diese cumplimiento a lo que en él se establecía, es decir, el reinado conjunto de ambos hermanos. Cleopatra VII y Ptolomeo XIII pasaron a ocupar el trono de Egipto, pero era la primera quien, recordando las lecciones aprendidas, había asegurado el vínculo con Roma: nueve meses más tarde daba a luz al único hijo varón de César, Ptolomeo César, también conocido como Cesarión. César y Cleopatra se convirtieron en amantes pero los meses siguientes no resultaron precisamente tranquilos.



 El reparto equitativo de poder no había contentado a nadie, ni siquiera a Cleopatra, pero ella sabía que gozaba del favor de César y que lo mejor que podía hacer era aguardar a que los acontecimientos se decantasen por sí solos. Y así sucedió, pues los partidarios de Ptolomeo XIII y su hermana Arsinoe trataron de oponerse por las armas a la decisión del general romano. El resultado fue la muerte de Ptolomeo y sus colaboradores, la captura de Arsinoe y el nuevo matrimonio nominal de Cleopatra con su hermano menor Ptolomeo XIV para reinar conjuntamente. Ptolomeo XIV tenía trece años, Cleopatra era la protegida de César y Egipto dependía por completo de Roma. La reina tenía vía libre.

 

Una vez apaciguada la situación interna de Egipto, César se entregó a un placentero y suntuoso viaje por el Nilo junto con su amante. Obviamente no fue sólo un viaje de placer pues, como apunta Wolfgang Schuller, « al hacer este viaje y llevar consigo soldados romanos manifestaba ante Egipto que la cuestión del poder había sido resuelta a favor de Cleopatra, que gozaba del apoyo de Roma» . Por otra parte, Cleopatra exhibía su triunfo segura de que su hijo sería la garantía de la independencia de Egipto y de su perpetuación en el poder.



Aunque la vida en Alejandría era más que apetecible, César no podía abandonar sus obligaciones políticas, de forma que en el verano del año 47 a. C. salió hacia Asia Menor para defender los intereses militares romanos y un año más tarde hacía su entrada triunfal en Roma conmemorando las victorias habidas desde el año 58 a. C. en Galia, Egipto, el Ponto y África. Arsinoe, la hermana de Cleopatra que había tratado de arrebatarle el trono, encadenada como prisionera, formaba parte del séquito.

 

Pero el nacimiento de Cesarión y su relación con César habían hecho acariciar a Cleopatra el sueño de compartir el poder conjunto de Egipto y Roma. En palabras del historiador Antonio Loprieno, « es posible que la aventura amorosa de Cleopatra con César la ayudara a tomar conciencia no tanto de su papel personal como del papel de Egipto en el Imperio romano. A través de su relación con César percibió que Roma prestaba una atención especial a Egipto y quería que él jugase esa carta a favor de los intereses de Egipto tanto como fuese posible» . Guiada por esa idea, se presentó en Roma con su hijo y su hermano-esposo en el otoño del 46 a. C. César acogió la visita con auténtica alegría e instaló a la reina egipcia en una villa situada al otro lado del Tíber.



Aunque la relativa lejanía del alojamiento de Cleopatra no facilitó su presencia en el centro de la vida social romana, lo cierto es que su estancia en Roma, y particularmente el comportamiento de César al respecto (como la erección de una estatua de oro de Cleopatra como Venus), causó no poca irritación y se convirtió en un motivo más de crítica y afrenta para los enemigos del hombre más poderoso de Roma. Finalmente, las tensiones internas de la política romana cristalizaron en el famoso asesinato de César en los idus de marzo del año 44 a. C. Los sueños y la seguridad de Cleopatra saltaban en pedazos y un mes más tarde abandonaba Roma para regresar a Egipto. Nada hacía presagiar que poco después, para desesperación de los romanos, volvería a estar íntimamente situada en el centro del poder político junto a Marco Antonio.




EL DESTINO FINAL: CLEOPATRA Y MARCO ANTONIO

En torno a julio del año 44 a. C., Cleopatra regresó a Egipto y poco después de un mes su hermano-esposo falleció. Las fuentes egipcias no dan explicaciones sobre la muerte de Ptolomeo XIV, pero las romanas —que describen a Cleopatra bajo la perspectiva del enemigo— afirman que su hermana lo envenenó o bien ordenó que lo asesinaran. Fueran cuales fuesen las causas de la muerte del jovencísimo faraón, se imponía la necesidad de buscar un nuevo corregente varón para el trono egipcio y, agotados los hermanos, la línea natural señalaba a Cesarión. ¿Asesinato? No es posible saberlo, pero sin duda que la muerte de su hermano no podía resultar más adecuada políticamente para los intereses de Cleopatra.


Así, con tres años Cesarión pasó a ser Ptolomeo XV y a gobernar Egipto con su madre. El sobrenombre que ésta escogió para él era toda una declaración de las intenciones políticas de Cleopatra: Ptolomeo XV, Theos Filópator Filómetor (« dios que ama a su padre y a su madre» ). Quizá algún día el hijo de César podría gobernar Roma además de Egipto. Sólo había que esperar y dejar pasar el tiempo.


Entretanto en Roma se sucedían los acontecimientos a raíz del asesinato de César. La apasionada lectura que hizo Marco Antonio de su testamento desató una oleada de ira popular contra sus asesinos, los defensores de la Roma republicana, especialmente Casio y Bruto. El poder estaba nuevamente del lado de César. No sin problemas se formó un segundo Triunvirato integrado por los incondicionales del general asesinado —Octavio, Marco Antonio y Lépido— que abordó como tarea prioritaria la captura de los asesinos que habían huido hacia la zona oriental del Mediterráneo.


Cleopatra trató de retrasar cuanto pudo su intervención como reina de Egipto en el conflicto, pues su cautela política la aconsejaba aguardar hasta que se hubiese decantado la situación hacia alguno de los dos bandos, más aún cuando las tropas de Casio estaban tan cerca de Egipto. Sólo cuando éstas se retiraron para acudir a la llamada de Bruto, Cleopatra decidió enviar una poderosa flota de guerra en apoyo de Marco Antonio y Octavio. 




Los barcos egipcios no tuvieron ocasión de intervenir pues fueron devastados por una violenta tempestad, y antes de que la reina pudiese armar una nueva flota las tropas de los triunviros vencieron a los asesinos de César en Filipos.



La actitud titubeante de Cleopatra no había pasado desapercibida y por esa razón el victorioso Marco Antonio reclamó su presencia en Asia Menor para que aclarase la postura de Egipto en relación con Roma. Como años antes cuando sorprendió a César envuelta en sábanas, Cleopatra preparó un encuentro impactante con uno de los nuevos hombres fuertes de Roma. Según Plutarco: « Se resolvió a navegar por el río Cidno en galera con popa de oro, que llevaba velas de púrpura tendidas al viento, y era impelida por remos con palas de plata, movidos al compás de la música de flauta, oboes y cítaras. Iba ella sentada bajo dosel de oro, adornada como se pinta a Venus» .


Cuando llegó al punto de encuentro, en lugar de visitar a Antonio le invitó a participar en un fabuloso banquete en su barco. Al día siguiente repitió su invitación y colmó a Marco Antonio y sus invitados de magníficos regalos. Nuevamente desplegaba sus habilidades políticas y su innegable poder de seducción. Como indica el profesor Schuller, « sin duda a Cleopatra le costó poco convencer a Antonio de que ella no solamente no había ayudado a los asesinos de César, sino también de que incluso había tratado de prestar apoyo a los partidarios de éste con barcos de guerra» . Unas semanas después Cleopatra regresaba a Alejandría y tras ella, un mes más tarde, llegaría Marco Antonio.


Una vez más las pasiones políticas y humanas de Cleopatra coincidían y, una vez más, dieron un fruto que unía los destinos de Roma y Egipto: en el otoño del año 40 a. C., Cleopatra dio a luz mellizos. Marco Antonio era padre de un varón llamado Alejandro y de una niña llamada Cleopatra. Pero en Roma las intrigas políticas continuaban y, tras la desaparición de Lépido de la escena pública, Octavio, hijo adoptivo de César, acumulaba poder y con él se alimentaba el conflicto con Antonio, que ante la situación —y antes del nacimiento de sus hijos — había optado por regresar a Roma. Mientras Cleopatra traía al mundo a los hijos de Marco Antonio, éste acordaba en Brundisium una reorganización del Triunvirato con Octavio que se selló con su matrimonio con la hermana de éste, Octavia.


Durante los tres años siguientes el pacto de poder que entregaba a Marco Antonio los dominios orientales de Roma y a Octavio los occidentales funcionó, pero en el año 37 a. C. Antonio, que aparentemente se dirigía hacia el este para combatir a los partos, en lugar de seguir su rumbo decidió desviar su camino para volver a encontrarse con Cleopatra en Egipto.


Una vez allí sucedió algo inesperado que las fuentes romanas atribuyen a la desaparición de la voluntad de Marco Antonio en manos de la pasión de Cleopatra: el romano solicitó ayuda militar de Egipto para abordar su campaña militar contra los partos y Cleopatra accedió a dársela a cambio de la devolución administrativa de buena parte de los territorios orientales que Egipto había perdido en tiempos de los primeros Ptolomeos. Marco Antonio aceptó y Cleopatra recibió el control de Chipre, Creta, Libia, Siria, Fenicia, Cilicia y Nabatea. Además, reconoció a los hijos de Cleopatra como propios.


Ambos volvían a ser amantes y desde Roma la situación se veía con preocupación. El poder de Cleopatra había aumentado hasta ser el mayor de los faraones de su dinastía aunque la soberanía finalmente pertenecía a Marco Antonio y a Roma. Pero como Octavio y sus partidarios advertían, Marco Antonio le pertenecía a ella.


En el año 36 a. C., Cleopatra daba a luz a otro hijo, Ptolomeo Filadelfos. Poco después Antonio decidía reanudar su campaña contra los partos, pero tras sufrir varias derrotas que mermaron sus tropas volvió a retirarse a Alejandría. Entretanto, su esposa Octavia se puso al frente de una expedición organizada por su hermano Octavio para enviarle refuerzos.


Cuando Antonio se enteró de ello escribió a Octavia pidiéndole que regresase a Roma. La ofensa sería hábilmente empleada por Octavio, que emprendió una intensa campaña de desprestigio de su rival político en la que le hacía aparecer como una marioneta en manos de la calculadora y ambiciosa Cleopatra.


Finalmente, un nuevo hecho llevaría la tensión con Roma a un punto insostenible: las llamadas Donaciones de Alejandría. Para conmemorar un acuerdo con los medos que le permitía frenar a los partos, Marco Antonio organizó un desfile al modo de los triunfos romanos. A renglón seguido se convocó una asamblea pública en la que los hijos de Cleopatra y Antonio, y también Cesarión, fueron proclamados soberanos de los territorios orientales devueltos a Egipto, e incluso de otros más hacia el este, hasta la India, que aún se esperaba conquistar. Marco Antonio y Cleopatra mostraban al mundo su sueño político conjunto.


Como indica el historiador Robert Gurval, « lo que llamamos las Donaciones de Alejandría refleja la tradición romana de administración en el este. Marco Antonio distribuyó territorios a Cleopatra y sus hijos. En ese momento probablemente provocaron poca preocupación o problemas para Antonio en Roma. Al año siguiente cuando comenzó la propaganda de guerra entre Octavio y él, el primero usó los regalos para acusar a Marco Antonio de traidor a su patria» . La campaña de desprestigio dirigida por Octavio arreció y, como señala asimismo Gurval, « la propaganda de Octavio contra Marco Antonio y Cleopatra tuvo un gran éxito, y no porque fuera verdad o porque la mayoría de los romanos la considerasen cierta, sino porque éstos temían las consecuencias de que pudiera ser cierta. El miedo es una herramienta poderosa e importante en cualquier forma de propaganda y los romanos temían a Cleopatra como extranjera y como mujer» .


En el año 32 a. C., en un rito solemne, Octavio declaraba la guerra a Cleopatra, la mujer que hacía peligrar el poderío de Roma y que había acabado con la voluntad de Marco Antonio.


El enfrentamiento entre Octavio y Marco Antonio tuvo lugar el 2 de septiembre del año 31 a. C. en Accio. Se trató de una batalla naval en la que la flota egipcia que apoyaba a las fuerzas de Marco Antonio y que estaba comandada por Cleopatra abandonó el escenario de la batalla antes de que ésta concluyese. Los historiadores romanos hablan de deserción cobarde de Cleopatra pero actualmente se cree que ésta obedeció las directrices de Antonio para evitar que el tesoro egipcio que trasladaban sus barcos, así como la propia reina, cayesen en manos enemigas.


Al parecer de Robert Gurval, « el hecho más importante que nos enseñan las fuentes históricas sobre la batalla de Accio es que la flota egipcia, unos sesenta barcos completos, Cleopatra y, lo que es aún más importante, el tesoro egipcio, escaparon de la batalla. Eso probablemente no se debió a la cobardía de Cleopatra sino a la estrategia de Marco Antonio» . Su derrota fue abrumadora y, tras pensar en quitarse la vida, sus fieles le convencieron de que se reuniese con Cleopatra en Alejandría.


El fin de la pareja se acercaba. En un último intento de salvar el sueño político para sus hijos, ambos enviaron misivas a Octavio para llegar a un acuerdo, pero la situación no admitía vuelta atrás. Éste se dirigió a Egipto en persecución de Antonio, que preparó sus fuerzas para salirle al encuentro. Corría el verano del año 30 a. C. y Octavio ponía seguro sus pies en Egipto en el puerto de Pelusio.

Las tropas de Marco Antonio lo traicionaron cuando lo saludaron y se unieron al enemigo. Desesperado, se dirigió a Alejandría en busca de Cleopatra, y por el camino le llegaron rumores de que la reina se había suicidado. Abandonado por todos desenvainó su espada y decidió poner fin a su vida. Sin embargo Cleopatra estaba viva y refugiada en el magnífico mausoleo que había hecho construir para su muerte. Le hicieron llegar el cuerpo aún con vida de Marco Antonio y ella misma, ayudada de una sirvienta, logró hacerlo entrar en el mausoleo a través de una ventana antes de que muriese desangrado en sus brazos.


Poco después, Octavio hizo su entrada en Alejandría y capturó a Cleopatra. Pretendía llevarla en su cortejo cuando hiciese su entrada triunfal en Roma, pero como no podía ser de otro modo, Cleopatra no estaba dispuesta a consentirlo. En los días siguientes trató de quitarse la vida privándose del alimento, pero Octavio la amenazó con matar a sus hijos. La última gran demostración de sus encantos iba a tener lugar: solicitó hablar con Octavio y le hizo creer que aspiraba a lograr la intercesión de su esposa Livia para proteger a sus hijos. Debió de hacerlo con toda la habilidad de la que era capaz pues Octavio se convenció de que había renunciado a sus intenciones suicidas y de que deseaba una solución diplomática.


 Como afirmó Plutarco, « se retiró contento, pensando ser engañador, cuando realmente era engañado» . Tras la entrevista Cleopatra visitó la tumba de Antonio, se bañó y arregló con sus mejores galas y organizó una cena en sus aposentos. Cuando apareció un criado portando una cesta de hermosos higos nadie sospechó que bajo los frutos se escondía un áspid.



Finalizada la cena, Cleopatra se quedó a solas con dos de sus sirvientas, Eiras y Carmion, y envió un mensaje a Octavio pidiendo ser enterrada junto a Marco Antonio. Cuando éste recibió la misiva salió corriendo con algunos de sus hombres para intentar impedir lo inevitable. Al llegar a la habitación de Cleopatra ésta yacía muerta sobre el lecho. Eiras estaba muerta a sus pies y Carmion con su último aliento colocaba bien la diadema de la última reina de Egipto.


La muerte de Cleopatra marcó el final de una época. El Egipto de los faraones pasaba a la historia y la Roma imperial iniciaba su andadura bajo Octavio Augusto. El sueño de dominar el Mediterráneo oriental e incluso de emular los logros de Alejandro Magno desaparecía con Cleopatra y Marco Antonio, y con ellos expiraba un tiempo.


Roma se abría paso borrando del mapa su huella, pues como recuerda Robert Gurval, « cuando Octavio dejó Alejandría para celebrar su triunfo en Roma, Cesarión había muerto y el hijo mayor de Marco Antonio había sido ejecutado.


De los tres hijos de Cleopatra y Marco Antonio, los dos chicos habían desaparecido y la hija había sido entregada en matrimonio a un rey africano. La estirpe de los Ptolomeos había llegado a su fin» . Octavio había sido aconsejado por el filósofo Ario Dídimo, que tomó prestada una frase de la Ilíada de Homero: « No es bueno que hay a demasiados Césares» . Sin embargo, la memoria de Cleopatra permaneció viva y terminarían siendo los historiadores romanos quienes la elevasen a mito.



( Canal televisivo Historia )


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