jueves, 20 de julio de 2017

MARCO AURELIO, EL EMPERADOR FILÓSOFO



El título de Pío fue dado a Antonino a posteriori por el Senado, que le llamó asimismo Óptimus princeps, el mejor de los príncipes. Su sucesor Marco Aurelio le definió como «un monstruo de virtud» y, cuando no sabía qué resolución tomar, se recomendaba a sí mismo: «Haz lo que en este caso hubiera hecho Antonino.» Precepto, a decir verdad, más fácil de enunciar que de seguir porque el problema estribaba precisamente en saber lo que Antonino habría hecho.

ANTONINO PÍO
No era ya muy joven cuando en 138 después de Jesucristo subió al trono, pues había rebasado ya la cincuentena. Sin embargo, si se le hubiese preguntado a uno de los muchos romanos que saludaban gozosamente su advenimiento por qué razones estaban todos tan contentos, se le habría puesto en un apuro. Antonino, hasta aquel momento, no había hecho nada glorioso. Era un buen abogado, pero, por tener más bien ojeriza a la retórica, ejercía poco, y este poco gratuitamente porque era riquísimo. Era la suya una familia de banqueros venida de Francia un par de generaciones antes, y Antonino recibió una educación de gran burgués. 



Había estudiado filosofía, mas sin ahondar mucho en ella y prefiriendo siempre, como sostén, la religión. No era beato, pero sí respetuoso: tal vez fue uno de los últimos romanos que creyó sinceramente en los dioses, o por lo menos el que se comportó como si creyese en ellos. Versado en literatura protegió a muchos escritores, pero tratándoles un poco desde arriba y guardando las distancias con indulgencia, como si se tratase de elementos decorativos de la sociedad que no había que tomarse muy en serio. Sin embargo, todos le querían y le tenían simpatía por su cara bondadosa y serena, plantada, sobre las anchas espaldas, por su gentileza, por su sincera preocupación en los asuntos ajenos y por la discreción con que supo ocultar las propias sin molestar a nadie. 



Aquel hombre sin enemigos tuvo uno en casa: su mujer. Faustina era bella, pero, por no decirlo de otro modo, vivaracha. Aun rebajando la tara de lo que se decía de ella, quedaba todavía de qué sacar de quicio a cualquier marido. Antonino quiso lograrlo todo. Tuvo dos hijas de ella: una murió y la otra salió a su madre y a estilo de ésta trató a su marido Marco Aurelio. Antonino sobrellevó sus decepciones en silencio. Cuando murió Faustina, instituyó un templo en su honor y un fondo para la educación de muchachas pobres, después de haberla reprendido una sola vez en la vida: cuando ella, sabiéndose emperatriz, había insinuado algunas pretensiones de lujo. «¿No te das cuenta —le dijo— que ahora hemos perdido el que teníamos?»

FAUSTINA LA MAYOR
No era retórica, porque el primer gesto de Antonino emperador fue ingresar su inmensa fortuna en la caja del Estado. A su muerte, su patrimonio personal estaba reducido a cero y el del Imperio se elevaba a dos mil setecientos millones de sestercios, cifra jamás alcanzada. Llegó a este resultado gracias a una administración juiciosa, pero sin tacañerías. Revisó y redujo el programa reconstructivo de Adriano, pero no lo revocó. Y por cada gasto, hasta por los más insignificantes, pedía autorización al Senado a quien rendía cuentas al céntimo. Siempre con su consentimiento, llevó adelante la reordenación. Por primera vez, los derechos y los deberes de los cónyuges fueron equiparados, la tortura casi enteramente abolida y la muerte de un esclavo declarada delito



Al revés del inquieto y curioso Adriano, el gran vagabundo, tenía un temperamento sedentario, de burócrata puntual. Y, efectivamente, no parece que se haya alejado ni por un día más allá de Lanuvio, donde tenía una villa e iba a pasar el fin de semana pescando o cazando en compañía de amigos. Desde qué enviudó, tomó una concubina, que le fue más fiel de lo que le había sido su esposa. Pero la mantenía apartada, sin mezclarla en los asuntos del Estado, Quiso la paz. Acaso la quiso un poco demasiado, es decir, hasta a costa del prestigio del Imperio, por ejemplo en Germania, donde se mostró excesivamente dúctil con lo que alentó la osadía de los rebeldes. Pero no existe escritor extranjero de la época que no haya ensalzado la tranquilidad y el orden que el mundo gozó bajo él. Según Apiano, Antonino se veía materialmente asediado por embajadores de todos los países que pedían ser anexionados al Imperio. Como todos los reinados felices, el suyo si bien duró veintitrés años, discurrió sin historia, es decir, sin acontecimientos. El ideal —dice Renan— parecía conseguido: el mundo estaba gobernado por un padre.



A los setenta y cuatro años, quizá por primera vez en su vida, Antonino cayó enfermo. Y como no estaba acostumbrado a ello, aunque sólo se trataba de dolor de barriga, comprendió que era el fin. Ya tenía el César de recambio: se lo había indicado, al morir, el propio Adriano, en la persona de un joven de diecisiete años, Marco Aurelio, que además era sobrino de Antonino. Le mandó llamar y le dijo sencillamente: «Ahora, hijo, te toca a ti.» Luego ordenó a los criados que llevasen al aposento de Marco la estatua, de oro de la diosa Fortuna, dio al oficial de guardia el santo y seña para aquel día: «Ecuanimidad», dijo que le dejasen solo porque quería dormir y se volvió del otro lado de la cama. Y se durmió de verdad. Para siempre.



Marco tenía en aquel momento, 161 después de Jesucristo, exactamente cuarenta años. Y era uno de esos raros hombres que habiendo nacido de pie lo reconocen lealmente. Tengo una gran deuda —dejó escrito— con los dioses. Me han dado buenos abuelos, buenos padres, una buena hermana, buenos maestros y buenos amigos. Entre estos últimos estuvo también Adriana, que frecuentaba su casa y que le había tomado gran simpatía desde pequeño. La razón de esta amistad era su común origen español. 


También los Aurelios procedían de allí, donde se habían ganado el sobrenombre de «Verdaderos» por su honradez. Fue el abuelo, entonces cónsul, quien se ocupó del niño, que quedó huérfano a los pocos meses y la confianza que depositó en el nietecito lo demuestra el número de preceptores que le dio; cuatro, para la Gramática, seis para la Filosofía y uno para las Matemáticas. O sea diecisiete en total. Cómo se las compuso aquel chico para aprender algo sin volverse loco, sólo Dios lo sabe. 



Prefirió, entre sus pedagogos, a Cornelio Frontón, el retórico, pero despreció su disciplina. El curialismo y la oratoria era lo que menos le agradaba en sus conciudadanos. En cambio, se apasionó por la filosofía y no sólo quiso estudiarla a fondo sino practicarla también. A los doce años hizo quitar la cama dé su habitación, durmió sobre el desnudo suelo y se sometió a tal dieta y abstinencia que su salud acabó por resentirse. Pero no se quejó. Antes bien, agradeció a los dioses también esto: haberlo mantenido casto hasta los dieciocho años y capaz de reprimir los impulsos sexuales.


CORNELIO FRONTÓN
Tal vez se hubiese convertido en sacerdote del estoicismo y de los más puritanos, como se era entonces, si Antonino no le hubiese hecho César cuando aún era adolescente y no se le hubiese asociado al gobierno, después de haberle adoptado junto con Lucio Vero, hijo de aquel que Adriano había nombrado sucesor suyo y que murió prematuramente. 


Pero Lucio era de carácter muy distinto: hombre de mundo, mujeriego y vividor, que no se tomó a mal en absoluto que Antonino le excluyese más tarde para designar como César a Marco solo. Éste, recordando los anhelos de Adriano, llamó, sin embargo, a Lucio para compartir el poder y le dio por esposa a su hija Lucila. Desgraciadamente, la lealtad en política, no es siempre buena consejera.


LUCIO VERO
Cuando Marco fue coronado, todos los filósofos del Imperio exultaron, viendo en el triunfo de éste el suyo propio y la realización de la Utopía. Pero se equivocaron. Marco no fue un gran hombre de Estado: no entendía nada de economía, por ejemplo, erraba los presupuestos y, de vez en cuando, había que vigilarte las cuentas. 



Pero del aprendizaje hecho con Antonino, el ilustrado conservador realista y algo escéptico, había sacado su lección sobre los hombres. Sabía que las leyes no bastaban para mejorarlos, por lo que llevó adelante la reforma de los códigos emprendida por sus dos predecesores, pero flemáticamente y sin creer demasiado en sus beneficios. Como buen moralista, creía más en el ejemplo, y procuró darlo con el ascetismo de su existencia, que sus súbditos admiraron, pero no sintieron la tentación de Imitar.



Los acontecimientos no le fueron favorables. Apenas hubo ascendido al trono, los britanos, los germanos y los persas, alentados por la pasividad de Antonino, empezaron a amenazar los confines del Imperio. Marco mandó un ejército a Oriente, con Lucio, quien en Antioquía se encontró con Pantea y allí se detuvo. Era la Cleopatra del lugar, y Lucio era un Marco Antonio sin el valor y el genio militar de éste. Cuando vio aquella mujeraza, perdió completamente la cabeza. Dicen que ella ayudó con filtros a que perdiese la memoria. Pero si era verdaderamente tan hermosa como nos la han descrito, no debió tener necesidad de filtro alguno.



Marco no protestó de la actitud de Lucio que seguía haciendo de Ganimedes con Pantea, mientras los persas saqueaban a placer en Siria. Se limitó a mandar discretamente un plan de operaciones al jefe del Estado Mayor de su socio, Avidio Casio, con orden de cumplirlo a rajatabla.




 Era, dicen, un plan que revelaba gran talento militar. Lucio se quedó retozando en Antioquía mientras su ejército derrotaba brillantemente a los persas, y no volvió a tomar el mando más que para hacerse coronar de laurel el día del Triunfo que Marco le hizo decretar.



 Desgraciadamente, con los despojos del enemigo vencido trajo a sus conciudadanos un feo regalo; los microbios de la peste. Fue un terrible azote que mató solamente en Roma a más de doscientas mil personas. Galeno, el más célebre médico de la época, cuenta que los cuerpos de los enfermos eran violentamente sacudidos por una tos rabiosa, se llenaban de pústulas y que su aliento hedía. Toda Italia se contaminó, ciudades y aldeas quedaron deshabitadas, la gente se apiñaba en los santuarios para invocar la protección de los dioses, ya nadie trabajaba, y detrás de la epidemia asomaba la carestía.



Marco no era ya un emperador, era un enfermero que no abandonaba ni una hora siquiera las crujías de los hospitales, pero la ciencia, en aquellos tiempos, no ofrecía remedios. A estas calamidades públicas se añadieron, para él, otras privadas. Faustina, la hija que Antonino le había dado por esposa, semejaba en todo y por todo a su madre homónima: en belleza, en alegría y en infidelidad. Sus adulterios no son probados, pero toda Roma hablaba de ellos. 




Tal vez tenia atenuantes; aquel marido ascético y melancólico, absorto en su sacerdocio de «primer servidor del Estado», no estaba hecho para una mujercita con pimienta en el cuerpo y llena de vida como ella. Gran hombre de bien como su predecesor y suegro, Marco no hizo sino colmarla de atenciones y de ternura, no pronunció ninguna palabra de censura ni de queja y hasta en sus Pensamientos dio gracias a los dioses por haberle concedido una esposa tan devota y afectuosa.


 De los cuatro hijos nacidos del matrimonio, una murió, otra se convirtió en la infeliz esposa de Ludo, que sólo se portó bien el día que se decidió a dejarla viuda, y en cuanto a los dos mellizos, de quienes toda Roma decía que el verdadero padre era un gladiador, uno murió al nacer y el otro, que se llamaba Cómodo, tenía a la sazón siete años, era una maravilla de belleza atlética, y hacia desesperar ya a sus institutores por repugnarle el estudio y sentir gran pasión por el Circo. Cuando se dice: la sangre... Pero Marco lo quería ardientemente.




Diezmada por la pestilencia y la carestía, Roma se había convertido en una ciudad sombría y desconfiada. Envejecido ya antes de la cincuentena en medio de tantas tribulaciones, el hombre de bien Marco, roído por el insomnio y por la úlcera de estómago, apenas había subsanado una desdicha que ya otra comenzaba.



 Ahora eran las tribus germánicas que irrumpían hacia Hungría y Rumania. Cuando Marco se puso personalmente al frente de las legiones, muchos sonrieron: aquel hombrecillo delicado y macilento, obligado a una dieta vegetariana, no inspiraba confianza como conductor de hombres. Y, en cambio, pocas veces, los legionarios habían luchado con tanto ímpetu como lo hicieron bajo su mando directo.



 Durante seis años, aquel hombre de paz hizo la guerra derrotando uno tras otro a los más agresivos enemigos : los cuados, los longobardos, los marcomanos, los sármatas. Pero cuando, tras un día de luchas, se encontraba solo consigo mismo, bajo una tienda de simple soldado, abría el cuaderno de los Pensamientos y escribía: Una araña, cuando ha capturado a una mosca, cree haber hecho quién sabe qué. Y lo mismo cree quien ha capturado a un sármata. Ni uno ni otro se dan cuenta de que son tan sólo dos pequeños ladrones. Pero al día siguiente comenzaba de nuevo a combatir contra los sármatas.



Estaba coronando en Bohemia una brillante serié de victorias, cuando Avidio Casio, general en Egipto, se rebeló proclamándose emperador. Era el ex jefe de Estado Mayor de Lucio, que con el plan de Marco había batido a los persas. Marco concluyó una rápida y generosa paz con sus adversarios, reunió a sus soldados, les dijo que, si Roma quería, gustosamente se retiraría para dejar su puesto al competidor y se volvió hacia atrás.



 Pero el Senado rehusó por unanimidad y, mientras Marco marchaba al encuentro de Casio, éste fue asesinado por uno de sus propios oficiales. Marco lamentó no haber podido perdonarle, se detuvo en Atenas para un cambio de impresiones con los maestros de las varias escuelas filosóficas locales y, de vuelta en Roma, aceptó a regañadientes el Triunfo que le atribuyeron y asoció a él a Cómodo, que ya era célebre por sus gestas de gladiador, por su crueldad y por su vocabulario soez.



Acaso para distraer a aquel chico de sus malsanas pasiones, reanudó en seguida la guerra contra los germanos, llevándoselo consigo. Y cuando estuvo a punto de alcanzar una victoria definitiva, cayó de nuevo enfermo en Viena, es decir, más enfermo que de costumbre. 



Durante cinco días rechazó la comida y la bebida. El sexto, se levantó, presentó a Cómodo como nuevo emperador a las tropas formadas, le recomendó llevar los confines de Roma hasta el Elba volvió al lecho, se cubrió el rostro con la sábana y aguardó a la muerte.


Los Pensamientos que compuso en griego, bajo la tienda, han llegado hasta nosotros. No constituyen ningún gran documento literario, pero contienen el más alto código moral que nos ha dejado el mundo clásico. Precisamente en el momento que la conciencia de Roma se extinguía, ésta halló en aquel emperador su más luminoso destello.




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