jueves, 13 de abril de 2017

JUDEA Y JESÚS DE NAZARET



 Entre los cristianos que Nerón hizo asesinar en el año 64 como responsables del incendio de Roma, estaba también su jefe: un tal Pedro, que, condenado a la crucifixión tras haber visto a su esposa encaminarse a la tortura, pidió ser colgado cabeza abajo porque no se atrevía a morir en la misma posición que murió su Señor, Jesucristo.




 El suplicio se verificó en el lugar donde ahora se levanta el gran templo que lleva el nombre del supliciado. Y los verdugos ni siquiera llegaron a sospechar que la tumba de su víctima serviría de fundamento a otro Imperio, espiritual, destinado a enterrar a aquel, secular y pagano, que había pronunciado el veredicto.



Pedro era hebreo y oriundo de Judea, una de las provincias más vejadas por el desgobierno imperial. Dos siglos y medio antes había logrado, con milagros de valor y diplomacia, liberarse de la dominación persa y vuelto a encontrar, durante unos setenta años, su independencia, bajo la guía de sus reyes sacerdotes, a partir de Simón Macabeo. Su alcázar era el Templo de Jerusalén.




 Allí se atrincheraron los hebreos para resistir a la invasión de Pompeyo, que quería extender también en aquellas tierras el dominio de Roma. Combatieron con el vigor de la desesperación, mas no quisieron renunciar al descanso del sábado, que su religión imponía. Pompeyo lo advirtió y, precisamente en sábado, les atacó. Doce mil personas fueron pasadas por las armas. El Templo no fue saqueado; pero Judea se convirtió en provincia romana. Se rebeló pocos años después, pagó la intentona con la libertad de treinta mil ciudadanos vendidos como esclavos y volvió a encontrar un fulgor de independencia bajo un rey extranjero, Herodes, que intentó introducir la civilización griega y su arquitectura pagana. Fue un gran rey a su manera, inteligente, cruel y pintoresco, que supo hacer de protegido de Roma sin convertirse en su siervo, y que regaló a sus súbditos un templo más bello aún, pero decorado con aquellas imágenes que la austera fe hebraica rechaza severamente por pecaminosas y contrarias a las leyes.


Bajo su sucesor Arquelao volvieron a rebelarse los hebreos, los romanos pasaron a saco Jerusalén y vendieron como esclavos a otros treinta mil ciudadanos; y Augusto, por último, convirtió a Judea en una provincia de segunda clase bajo la gobernación de Siria. Mas, poco antes de que se llevara a cabo esta nueva ordenación, había acaecido en el país un pequeño hecho del que nadie, de momento, se dio cuenta, pero que con el tiempo debía revelarse como de alguna importancia para la suerte de toda la Humanidad; en Belén, cerca de Nazaret, había nacido Jesucristo.

Durante un par de siglos, la autenticidad de este episodio ha sido puesta en duda por una «escuela crítica» que quería negar la existencia de Jesús. Ahora las dudas se han desvanecido. Queda aún, en todo caso, una sola, de importancia secundaria: el de la fecha exacta de su nacimiento. Mateo y Lucas, por ejemplo, dicen que advino bajo el reinado de Herodes, que, según nuestro modo de contar, murió tres años antes de Jesucristo. Otros dicen que era un día de abril, otros que de mayo. La fecha del 25 de diciembre del 753 ab urbe condita, fue fijada de autoridad trescientos cincuenta y cuatro años después del advenimiento y ha permanecido definitiva.


La Historia nos sirve de poco para describirnos la juventud de Jesús. Nos proporciona testimonios contradictorios, fechas inciertas, episodios discutibles, y tiene muy poco que oponer a la versión que, poéticamente, nos dan los Evangelios: la Anunciación a María, la virgen esposa de José el carpintero, el nacimiento en el establo, la adoración de los pastores y de los Reyes Magos, el degüello de los Inocentes, la huida a Egipto. La Historia nos ayuda tan sólo a hacernos una idea de las condiciones de aquel país cuando nació Jesús y de las inspiraciones que en él halló. Son los únicos elementos de los que uno puede fiarse.



Judea o Palestina vivía un gran estremecimiento patriótico y religioso. La habitaban dos millones y medio de personas, de las cuales, cien mil estaban censadas en Jerusalén. No había unidad racial y confesional. En algunas ciudades, además, la mayoría era de gentiles, o sea de no hebreos, especialmente griegos y siríacos. El campo, en cambio, era enteramente hebraico, compuesto de labradores y pequeños artesanos pobres, parsimoniosos, industriosos, austeros y piadosos. Pasaban la vida trabajando, rezando, ayunando y esperando el retorno de Jehová, su Dios, que según las Sagradas Escrituras, que constituían también la Ley, había de regresar para salvar a su pueblo y establecer en la tierra el Reino del Cielo. Comerciaban poco. Al contrario, parece que estaban desprovistos totalmente de aquel genio especulador por el que después se tornaron tan célebres (y temidos).


El limitado autogobierno que Roma concedía era ejercido por el Sanedrín, o Consejo de ancianos, compuesto por setenta y un miembros bajo la presidencia de un sumo sacerdote y dividido en dos facciones: la nacionalista y conservadora de los saduceos, que miraba más las cosas de esta tierra que las del cielo, y la beata de los fariseos, de los teólogos, que se pasaban la vida interpretando los textos sagrados. 



Además había una tercera secta, extremista, la de los cscnios, que vivían en régimen comunista, reunían las ganancias de su trabajo, se servían de objetos fabricados con sus manos, comían, en silencio, a la misma mesa, y tan frugalmente, que llegaban en general a más de cien años, y el sábado no evacuaban siquiera porque lo consideraban contrario a la ley. Los escribas, en cambio, a quienes Jesús alude con tanta frecuencia, no constituían una secta sino una profesión y pertenecían en su mayor parte a los fariseos. Representaban un poco los notarios, los cancilleres, los intérpretes de las Sagradas Escrituras, de las que extraían los preceptos para reglamentar la vida de la Sociedad.


No sólo toda la política, sino también toda la literatura y toda la filosofía hebraicas eran de tono profundamente religioso (y siguen siéndolo). Su motivo primordial es la espera del Redentor que vendrá un día a rescatar el pueblo del Mal, representado en el caso en cuestión por Roma. Y los más, según Isaías, estaban convencidos de que el Mesías de esa Redención sería un Hijo del Hombre, descendiente de la familia de David, el mítico rey de los hebreos, que arrojaría al Mal e instauraría el Bien; el amor, la paz, la riqueza.


Esa esperanza comenzaba entonces a ser compartida también por los pueblos paganos sometidos a Roma, que, habiendo perdido la fe en su destino nacional, la estaban transfiriendo al plano espiritual. Mas en ningún país la espera era tan vibrante y espasmódica como en Palestina, donde los presagios y los oráculos daban por inminente la gran aparición. Había gente que pasaba el día en la explanada frente al Templo, rezando y ayunando. Todos sentían que el Mesías ya no podía tardar.


Sin embargo, Jesús halló alguna dificultad en hacerse reconocer como el esperado Hijo del Hombre» Y parece ser que Él mismo sólo adquirió conciencia de serlo tras haber escuchado las prédicas de Juan Bautista, que era Su lejano pariente, por ser hijo. de una prima de María. En general, nosotros nos representamos a Juan, por su calidad de precursor, como mucho más anciano que Jesús. En cambio, parece ser que era casi Su coetáneo. Vivía a orillas del Jordán, vestido tan sólo de sus largos cabellos, se alimentaba de hierbas, de miel y de saltamontes, llamaba a la gente a purificarse con el rito del Bautismo, al que debe el sobrenombre, y prometía el advenimiento del Mesías como premio a un sincero arrepentimiento.


Jesús fue a su encuentro «el decimoquinto año de Tiberio», es decir, cuando Él mismo debía de tener veintiocho o veintinueve años. Y sustancialmente aceptó sus doctrinas y las hizo Suyas, mas absteniéndose de bautizar a los demás personalmente, y llevando la predicación en medio de la sociedad. Poco después, Juan fue detenido por los guardias del tetrarca de Jerusalén, Herodes Antipas. Lucas y Mateo cuentan que la detención debióse a las críticas de Juan al matrimonio de Herodes con Herodías, esposa de su hermano Filipo. Su hija Salomé bailó tan bien delante del tetrarca, que éste se brindó a satisfacer cualquier deseo suyo. Por sugerencia de la madre, Salomé pidió la cabeza cercenada de Juan, y fue satisfecha.




Fue después de este suceso cuando la misión de Jesús entró en su plenitud. Empezó a predicar en la sinagoga, y por testimonios unánimes que nos quedan, diríase que algo sobrenatural atrajo en seguida a las muchedumbres hacia Él. De vez en cuando, acompañaba las prédicas con milagros, pero los hacía con desgana, prohibía a Sus secuaces aprovecharlos con fines publicitarios y se negaba a considerarlos como «pruebas» de Su omnipotencia.



En torno a Él se había formado un círculo de estrechos colaboradores, los doce Apóstoles. El primero fue Andrés, un pescador que había sido seguidor de Juan. Trajo consigo a Pedro, pescador también, impulsivo, generoso, a veces tímido hasta la vileza. También Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, eran pescadores. Mateo, en cambio, era «publicano» (hoy se diría «estatal»), o sea un colaborador del odiado Gobierno romano. Judas Iscariote era el administrador de los fondos que los Apóstoles ponían en común.


Bajo ellos había setenta y dos discípulos, que precedían descalzos a Jesús en las ciudades que Él proponía visitar para preparar las gentes a Sus prédicas. Y, además, todo un gentío de fieles, hombres y mujeres, que le seguían, viviendo fraternalmente según la regla de los esenios.



Al principio, el Sanedrín no se preocupó mucho de Jesús. Por dos razones: ante todo, porque sus secuaces eran escasos todavía, y después, porque las ideas que predicaba no eran, en conjunto, incompatibles con la Ley y con sus dogmas. El advenimiento del Redentor y del Reino de los Cielos formaba parte de la doctrina hebraica y de su mesianismo, como también los preceptos morales que Jesús preconizaba. «Ama a tu prójimo como a ti mismo», «Ofrece la otra mejilla a quien te ha abofeteado», etc., ya estaban en la educación de aquel pueblo. Jesús decía: «. Yo no he venido a destruir la ley de Moisés, sino a aplicarla.»



La ruptura con las autoridades aconteció cuando Jesús anunció ser Él el Hijo del Hombre, el Mesías que todos esperaban, y la muchedumbre de Jerusalén, adonde había regresado después de predicar en la provincia y en la comarca, le saludó como a tal. El Sanedrín quedó muy preocupado, sobre todo por razones políticas; temía que Jesús aprovechase Su crédito de Mesías para provocar una sublevación contra Roma, sublevación que habría terminado con otra matanza.



La noche del 3 de abril del año 30, Él fue informado de que el Sanedrín había decidido Su arresto por denuncia de uno de los Apóstoles. Comió igualmente con éstos en casa de un amigo y en aquella última cena anunció que uno entre ellos le estaba traicionando, advirtiéndoles que ya le quedaba poco tiempo que pasar juntos. 



Los gendarmes Le capturaron aquella misma noche en el huerto de Getsemaní. Y cuando al Sanedrín que le preguntaba si Él era el Mesías, respondió: «Sí, yo soy», fue entregado al procurador romano, Poncio Pilato, acusado de impiedad.



Poncio Pilato era un funcionario que más tarde terminó su carrera más bien con poca gloria: le destituyeron por malversaciones y crueldad. En el caso de Jesús, sin embargo, no se portó muy mal, desde el punto de vista burocrático. Le preguntó si mantenía Su pretensión de ser el rey de los hebreos, pero en tono de chanza y esperando tal vez que el acusado le contestase que no. Jesús, en cambio, le contestó que sí, y le explicó cuál era el reino que se proponía instaurar. Pedro dice que Él había decidido morir para expiar las culpas de todos los hombres.



Pilato dictó a regañadientes la pena que aquella confesión implicaba: o sea, la crucifixión. Fue clavado a las nueve de la mañana, entre dos ladrones, y bajo la tortura murmuró; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» A las tres de la tarde, expiró.



Dos influyentes miembros del Sanedrín pidieron y obtuvieron de Pilato el permiso de sepultar el cadáver. Dos días después, María Magdalena, una de las más ardientes secuaces de Jesús, fue a visitar la tumba y la halló vacía.



 La noticia corrió de boca en boca y fue confirmada por la aparición que Cristo volvió a hacer en la Tierra, presentándose en carne y hueso a sus discípulos.



Cuarenta días después de Su fallecimiento oficial, Él subió al Cielo, como por lo demás estaba en la tradición hebraica, desde Moisés a Elias e Isaías. Y sus secuaces se desparramaron por el mundo anunciando la gran nueva de Su resurrección y del próximo retorno.




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