domingo, 16 de abril de 2017

LOS APÓSTOLES Y SUS HECHOS. LOS PRIMEROS ACTOS CRISTIANOS


Esta obra misional se desarrolló al principio sólo en Palestina y comarcas vecinas, donde estaban radicadas colonias hebreas. Pues en los primeros momentos, se convino tácitamente entre los Apóstoles que Jesús era el Redentor, no de todos los hombres, sino tan sólo del pueblo hebraico. Fue después dé la misión de Pablo en Antioquía y del éxito que cosechó entre los gentiles de aquella ciudad, cuando se planteó y fue resuelto el problema de la universalidad del cristianismo.

 

Pablo fue, para la «ideología», como se diría hoy. de la nueva fe lo que Pedro para su organización. Era un hebreo de Tarso, hijo de un fariseo acomodado, y, por tanto, de origen burgués, que le legó el más precioso de todos los bienes de aquel tiempo; la ciudadanía romana. Había estudiado griego y tomado lecciones de Gamaliel, el presidente del Sanedrín. Tenía una inteligencia aguda, típicamente hebraica en el devanarse los sesos, y un carácter difícil; imperioso, impaciente, y a menudo injusto. Su primera reacción hacia Cristo, fue de violenta antipatía. Les consideraba heréticos, y cuando cayó en sus manos uno de ellos, Esteban, condenado por infringir la Ley, colaboró con entusiasmo a su lapidación. Un día se enteró de que los cristianos hacían prosélitos en Damasco. Pidió al Sanedrín que le permitiese ir para detenerlos, y durante el viaje fue derribado por un rayo de luz y oyó una voz que le decía: «Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?» «¿Quién eres?», preguntó espantado. «Soy Jesús.» Quedóse ciego tres días, después fue a hacerse bautizar y se convirtió en el más hábil propagandista de la nueva Fe.

 

Durante tres años predicó en Arabia, luego volvió a Jerusalén, se hizo perdonar por Pedro su pasado de perseguidor, y con Bernabé fue a dirigir la obra de proselitismo entre los griegos de Antioquía. Cuando supieron que los dos misioneros no requerían la circuncisión para aceptar conversos, como prescribía Moisés, es decir, que también los reclutaban entre los gentiles, los Apóstoles le mandaron llamar para tener explicaciones. Con el apoyo de Pedro, la batalla fue ganada por Pablo, quien, inmediatamente después, emprendió su segunda tournée por Grecia. La mayoría de los Apóstoles era todavía fiel a la Ley, frecuentaba el Templo, no quería romper con su pueblo y con su tradición. Pablo se dio cuenta de que si se les dejaba, aquéllos harían del cristianismo tan sólo una herejía hebraica, sostuvo sus tesis en prédicas públicas y estuvo en peligro de ser linchado por la multitud. Querían procesarle por impío. Pero le salvó la ciudadanía romana que le concedía el derecho de apelación al emperador. Así le embarcaron rumbo a Roma, adonde llegó tras un azaroso viaje.

 

En la Urbe le escucharon con paciencia, no entendieron ni jota de la cuestión que él expuso, comprendieron solamente que en ella no figuraba la política y, en espera de que llegasen los acusadores, le trataron bien, limitándose a ponerle un soldado de guardia a la puerta de la casa que le habían dejado escoger. Pablo invitó a ella a los notables de la colonia hebraica, mas no logró persuadirles. Hasta los pocos que eran ya cristianos rechazaron con horror la idea de que el bautismo fuese más importante que la circuncisión, y prefirieron a él a Pedro, que llegó poco después y encontró una acogida más calurosa.




Pablo consiguió convertir algunos gentiles, pero en. fin de cuentas quedóse solo y, animado como estaba de un infatigable celo misionero, lo desahogó en las famosas Epístolas que escribió un poco a todos los antiguos amigos de Corinto, de Salónica y de Éfeso y que aún constituyen la base de la teología cristiana. Según algunos historiadores, fue absuelto, volvió a predicar en Asia y en España, le detuvieron de nuevo y le llevaron a Roma. Pero parece que no es verdad. Pablo no fue liberado jamás, en la amargura de aquel solitario exilio perdió poco a poco la fe en el inminente retorno de Cristo a la Tierra, o, mejor dicho, la tradujo en la fe en el más allá, sellando así la verdadera esencia de la nueva religión.

 

No sabemos cómo, cuándo ni por qué le procesaron de nuevo. Sabemos tan sólo que la acusación fue de «desobediente a las órdenes del emperador y pretender que el verdadero rey es un tal Jesús». Puede ser que, en efecto, no hubiese nada más en su cargo. Los policías no se paran en barras y, oyendo que Pablo trataba de rey a Jesús, cuando en el trono estaba Nerón, le detuvieron y le condenaron. Una leyenda dice que fue sorprendido el mismo día del año 46 en que Pedro fue crucificado y que los dos grandes rivales, al encontrarse en el camino del suplicio, se abrazaron en  señal de paz. La cosa es poco digna de crédito. Pedro se encontró mezclado con otros cristianos, asesinados en masa como responsables del incendio de Roma. Pablo era un «ciudadano», y como tal tenía derecho a algún miramiento. Efectivamente, se limitaron a decapitarle. Y allí donde se considera que fue enterrado, la Iglesia, dos siglos después, fundó la basílica que lleva su nombre: San Pablo Extramuros.

 

¿Cuántos adeptos había hecho el cristianismo en Roma, en el momento que desaparecieron los dos grandes Apóstoles?

 

Las cifras son imposibles de precisar, pero no creemos que rebasen algunos centenares, a lo sumo algunos millares. Lo demuestra la misma circunstancia de que las autoridades le concediesen poca atención. La acusación del incendio no formaba parte de una política persecutoria; fue una estratagema extemporánea para desviar las sospechas contra Nerón. La matanza, de momento, pareció haber exterminado para siempre la secta. Después, como todas las matanzas, se reveló como un fertilizante. Pero esto se debió a la organización que Pedro le había dado.


Los cristianos se reunían en ecclesiae, o sea en iglesias o congregaciones, que en aquellos primeros tiempos no tuvieron nada de secreto o de conspiración. Las comparaciones que hoy en día se hacen con la organización celular comunista son absolutamente ridículas y carentes de fundamento. No sólo porque en las ecclesiae se predicaba el amor en vez del odio, no sólo porque en ellas no se desarrollaba ningún proselitismo político, sino, por encima de todo, porque no había ni sombra de secreto, y quienquiera se presentase era acogido sin suspicacia ni desconfianza. Otra falsa creencia de hoy es que los adeptos fuesen tan sólo proletarios, la «hez», como más tarde habría de llamarla Celso. Nada más inexacto. Había de todo. Y en general se trataba de gente industriosa y pacífica, de pequeños y medianos ahorradores, que financiaban las comunidades cristianas más pobres. Luciano el descreído les definía como «imbéciles que juntan todo lo que poseen». Tertuliano el converso, precisaba: «Que ponen juntos lo que los demás tienen separado, y tienen separada la única cosa que los demás' ponen junto: la mujer.»

 

Una discriminación, impuesta por las circunstancias, hubo solamente entre las poblaciones de la ciudad y las del campo. Los primeros prosélitos los dio la primera, por razones obvias; porque sólo en la ciudad hay manera de reunirse asiduamente, porque el descontento es mayor y las mentes más abiertas a la crítica, porque en el campo las tradiciones y las costumbres se conservan más y una mayor fuerza moral las sostiene. Y he aquí por qué los cristianos comenzaron a llamar paganos a los descreídos, o sea aldeanos, de pagus que quiere decir aldea.

 

Lo primero que cuidaron los precursores fue la instauración de un modelo de vida sano y decente, del que comprendían el prestigio y atractivo que estaba destinado a ejercer en una capital que se tornaba cada vez más malsana y desvergonzada. Los orígenes hebraicos de la nueva fe y de los que se convirtieron primeramente quedaban comprobados por la austeridad que imponía. Las mujeres participaban en las funciones del culto, que aún se limitaba a la oración, pero cubiertas, porque los cabellos podían distraer a los ángeles, como dice san Jerónimo, que quería hacérselos cortar a todas. Y un régimen de vida ordenado y hogareño era la regla fundamental. La fiesta del sábado, también de origen hebraico, era observada, y se celebraba con una cena colectiva, que comenzaba y terminaba con rezos y la lectura de las Sagradas Escrituras. El sacerdote bendecía el pan y el vino que simbolizaban, respectivamente, el cuerpo y la sangre de Jesús y la ceremonia concluía con el beso de amor que todos cambiaban, pero que debió dar origen a alguna diversión contraria a la teología, pues poco después se empezó a practicar sólo de hombre a hombre y de mujer a mujer, y con la recomendación de tener la boca cerrada y de no repetirlo si gustaba.

 

El aborto y el infanticidio fueron abolidos y execrados por los cristianos en medio de una sociedad que los practicaba cada vez más y moría de ello. Es más, los fíeles estaban obligados a recoger a los niños abandonados, adoptarlos y educarles en la nueva religión. La homosexualidad estaba excluida, el divorcio, admitido sólo a requerimiento de la esposa, si ésta era pagana. Menos éxito tuvo la prohibición de frecuentar el teatro. Pero, a fin de cuentas, la regla permaneció severa especialmente mientras fue practicada casi exclusivamente por los hebreos. Después poco a poco, al crecer en número e importancia los gentiles, se hizo más acomodaticia. Y la austera fiesta del sábado se convirtió, poco a poco, en la más alegre del domingo.

 

En este «día del Señor» todos se reunían en torno al sacerdote que leía un pasaje de las Escrituras, daba la señal para las oraciones y concluía con un sermón. Ésta fue la primera y rudimentaria Misa, que luego se desarrolló según un preciso y complicado ritual. En aquellos primeros años, los auditores eran todavía sus protagonistas, pues a ellos les estaba concedido «profetizar», o sea expresar en estado de éxtasis conceptos que después el sacerdote debía ínterpretar. Esta costumbre acabó porque amenazaba con provocar el caos justamente en las cuestiones en las que la Iglesia se estaba esforzando en poner orden: las teológicas.

 

Tan sólo dos de los siete Sacramentos se practicaban entonces: el Bautismo no se distinguía de la Confirmación, porque se administraba a personas ya adultas, como eran los primeros conversos. Después, poco a poco, se empezó también a nacer cristiano y entonces los dos Sacramentos fueron separados, constituyendo el segundo la «confirmación» del primero. El matrimonio era solamente civil, limitándose el sacerdote a bendecirlo. En cambio se cuidaba mucho el funeral, pues, desde el momento en que un hombre había muerto, se tornaba de exclusiva pertenencia de la Iglesia y todo tenía que estar predispuesto para su resurrección. El cadáver había de tener su propia tumba y el sacerdote oficiaba durante el entierro. Las tumbas estaban construidas según la costumbre siríaca y etrusca; en criptas excavadas en las paredes de largas galerías subterráneas; las catacumbas.

 

Esa costumbre duró hasta el siglo IX, decayendo después. Las catacumbas se convirtieron en meta de peregrinación, la tierra las cubrió y fueron olvidadas. Se redescubrieron en 1578 por pura casualidad. El hecho de que sus ramificaciones fuesen complicadas y retorcidas ha hecho creer que fueron construidas para escondrijo de las «conspiraciones». Y sobre esta hipótesis se han apoyado muchas novelas.

 

Con este bagaje nació la verdadera religión; la que ya no quedaba limitada a un pueblo y a una raza, como el judaismo, o a una clase social, como el paganismo de Grecia y de Roma, que la consideraban monopolio de sus «ciudadanos». Su nivel moral, la gran Esperanza que abría en el corazón de los hombres y el ímpetu misional que encendía en ellos, hacían decir orgullosamente a Tertuliano: «Tan sólo somos de ayer. Y ya llenamos el Mundo.»


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