jueves, 30 de abril de 2015

ESPARTACO CRUCIFICADO




Ese es Espartaco crucificado, la pena a la que sometimos a los esclavos que se rebelaban. El quiso una utópica sociedad donde todo el género humano fuera libre y no esclavo, una fantasía que hubiera desmembrado completamente el Imperio Romano, y hubiera llevado todo a la anarquía. Marco Craso, que en aquel momento era el cónsul de Roma, tuvo que librar una guerra contra él, y yo me involucré con él desde la retaguardia procurando por el buen funcionamiento de la organización de los abastecimientos logísticos a las legiones de Craso, que por entonces se llamaban “las legiones de los cónsules”. Así que todo el mérito de la guerra fue para él, y yo apenas no tuve ningún protagonismo, pero si aproveché para aprender mucho sobre la guerra y las legiones que luego más adelante me serviría para la conquista de la Galia Comata. Ante el peligro que suponía para Roma el avance de las miles de tropas de esclavos de Espartaco (que había sido centurión y tribuno desertado del ejército romano, de origen noble, y por esa razón conocía la maquinaria de guerra romana, que aplicó a su ejército de esclavos, mal preparado y mal disciplinado), y que se parecían a cualquier otro ejército bárbaro. Ante ese peligro, el Senado mandó un mensaje de urgencia a Pompeyo con sus legiones hispánicas, para que acudiera en ayuda y socorro de “las legiones de los cónsules”, con lo cual el ejercito de Espartaco se vio rodeado en forma de tenaza por un lado con las legiones de Marco Craso y por el otro con las de Cneo Pompeyo, saliendo derrotados todo el ejército de Espartaco. Como sólo se salvaron unos 6000 supervivientes, desde cerca del lugar de la batalla, en la vía Apia, Marco Craso hizo dividir lo que quedaba del trayecto por los 6000 supervivientes, para poner en cada sitio una cruz donde se pudieran ver colgados y agonizando los 6000 esclavos, siendo el líder Espartaco el último en ser crucificado, para que la plebe de Roma lo pudiera ver más de cerca, ya fuera del sagrado pomerium de la ciudad, y de paso decretó que todo amo romano llevara de paseo a sus esclavos por la vía Apia, para que vieran el terrible destino que les esperaba a todo aquel esclavo que se rebelara contra el orden romano. Tal era el dolor y la agonía espantosa de los crucificados, que se quedaron allí hasta varios meses cuando ya estaban bien podridos, y el mal olor de los cadáveres se notó en Roma durante varios meses, que a pesar de las peticiones de los ciudadanos a Marco Craso para que los quitara, el entonces cónsul, inmisericorde, se negó. Pero el tormento de los malos olores durante meses trajo algo positivo para Roma: desde entonces nunca más volvió a haber otra rebelión de esclavos.








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