domingo, 28 de septiembre de 2014

CARTA DE CAYO JULIO CÉSAR A SU AMIGO DE LA INFANCIA CAYO MATIO RESIDENTE EN EL BARRIO ROMANO DE SUBURA, E HIJO DEL JARDINERO DE SU MADRE AURELIA COTTA





VENI, VIDI, VICI.

Llegué, vi, conquisté. Estoy pensando en adoptar esto como mi lema, pues parece ocurrir con suma regularidad, y la frase en sí es muy breve. Por lo menos esta última vez en que he llegado, visto y conquistado ha sido contra un extranjero.



En Oriente las cosas ya están en orden. ¡Qué desastre! Debido a gobernadores voraces y reyes invasores, Cilicia, la provincia de Asia, Bitinia y Ponto están hundidas. Menos compasión siento por Siria. He seguido los pasos de ese otro dictador, Sila, limitándome a volver a aplicar todas sus medidas de ayuda, que fueron notablemente perspicaces. Puesto que no estás implicado en la recaudación de impuestos, mis reformas en Asia menor no te perjudicarán, pero el desconsuelo reinará entre los publicani y otros especuladores asiáticos cuando llegue a Roma: les he cortado las alas. ¿Me preocupa? No, no me preocupa. El fallo de Sila era su ineptitud política. Renunció a su función de dictador sin asegurarse antes de que su nueva constitución no podía abolirse. Créeme, César no cometerá ese error.

 

Nada deseo menos que un Senado lleno de mis propias criaturas, pero me temo que es eso lo que debe ocurrir. Quizás a ti te parezca sensato tener un Senado complaciente, pero no es así, Matio, no es así. Mientras haya una sana competencia política, más fácil será mantener en orden a mis seguidores más exaltados. Pero cuando las instituciones gubernamentales estén compuestas por completo por seguidores míos, ¿qué impedirá a un hombre más joven y ambicioso que yo pasar sobre mi cadáver y sentarse en la silla de dictador? Debe haber una oposición al gobierno. Lo que el gobierno no necesita son los boni, que se oponen por el placer de oponerse, que no comprenden qué es aquello a lo que se oponen. Por tanto, la oposición de los boni era irracional, no estaba sólidamente basada en un análisis genuino y reflexivo. Observarás que he escrito mi última frase en pasado. Los boni ya no existen, la provincia de África se encargará de eso. Lo que yo esperaba ver era la clase correcta de oposición: pero me temo que lo único que consigue una guerra civil es la aniquilación de la oposición. Estoy entre la espada y la pared.



A partir de Tarso he disfrutado del dudoso placer de la compañía de Marco Junio Bruto y Cayo Casio. Ahora los dos indultados trabajan infatigablemente por... su propio beneficio. No, no por Roma y desde luego no por César. ¿Una potencial y saludable oposición senatorial, pues? No, me temo que no. A ninguno de los dos le importa más su país que sus propios proyectos personales. Aunque estar con esos dos ha tenido su lado entretenido, y he aprendido mucho sobre el arte de prestar dinero.

 

Acabo de concluir la reorganización de los reinos adheridos de Anatolia, en especial Galacia y Capadocia. Dejotaro necesitaba una lección, así que se la di. Inicialmente tenía la intención de reducir Galacia a una pequeña zona en torno a Ancira, pero de pronto Bruto rugió como un león y sacó las garras para proteger a Dejotaro, que le debe millones y millones. ¿Cómo me atrevo a despojar a tan buen hombre de tres cuartas partes de sus territorios y convertir un ingreso estable en una deuda permanente? Bruto no estaba dispuesto a eso. ¡Qué elocuencia, qué recursos retóricos! Sinceramente, Matio, si Cicerón hubiera oído a Bruto en pleno discurso, se hubiera mesado los cabellos y hubiera rechinado los dientes de envidia. Y Casio apoyó a Bruto, debo añadir. No son sólo simples cuñados y antiguos compañeros de colegio.



Finalmente accedí a que Dejotaro conservara mucho más de lo que tenía previsto, pero perdió la Galacia occidental, que ha pasado al nuevo reino adherido de Pérgamo, así como Armenia Parva, que ahora pertenece a Capadocia. Puede que Bruto no quiera muchas cosas, pero lo que quiere lo quiere con desesperación, a saber, conservar su fortuna.

 

Los motivos de Bruto son tan transparentes como el agua de los manantiales anatolios, pero Casio es un individuo mucho más retorcido. Arrogante, engreído y muy ambicioso. Nunca le perdonaré el grosero informe que mandó a Roma tras la muerte de Craso en Carrae, ensalzando sus propias virtudes y convirtiendo al pobre Craso en poco más que un avaro. Admito la debilidad de éste por el dinero, pero era verdaderamente un gran hombre.



Lo que molestó a Casio de mi redistribución de los reinos adheridos fue que la hice a mi albedrío, sin debate alguno en la cámara, sin aprobación de ninguna ley, sin tomar en cuenta los deseos de nadie excepto los míos. En este sentido resulta fantástico ser el dictador: ahorra mucho tiempo en cuestiones respecto a las que me consta que voy por el mejor camino posible. Pero eso a Casio no le complace. O dicho de otro modo: sólo complacería a Casio si el dictador fuera él.

 

Soy padre de un niño. La reina de Egipto me dio un hijo varón el pasado junio. Naturalmente no es romano, pero su destino es gobernar Egipto, así que no me quejo. En cuanto a la madre de mi hijo, saca tus propias conclusiones cuando la conozcas. Insiste en venir a Roma cuando los republicanos -¡qué nombre tan poco acertado!- hayan sufrido su derrota final. Su agente, un tal Amonio, acudirá a ti y te pedirá que se le conceda un terreno junto a mis jardines del Janículo, para construir en ellos un palacio donde alojarse durante su estancia en Roma. Cuando te ocupes de la escritura de compraventa, ponla a mi nombre aunque pague ella.



No tengo la menor intención de divorciarme de Calpurnia para casarme con ella. Eso sería imperdonable. La hija de Piso ha sido una esposa ejemplar. No he pasado en Roma más que unos cuantos días desde poco después de casarme con ella, pero tengo mis espías. Calpurnia es lo que debe ser la esposa de César, una mujer fuera de toda sospecha. Una buena muchacha.

 

Sé que parezco severo, un poco burlón, un tanto reservado. Pero he cambiado mucho, Matio. No es fácil para un hombre elevarse tan por encima de sus pares hasta el punto de no tener ya igual, y me temo que eso es lo que me ha pasado a mí. Los hombres que podrían haberme inquietado han muerto. Publio Clodio. Cayo Curio. Marco Craso. Pompeyo Magno. Me siento como el faro de la isla de Faros: no hay nada que tenga la mitad de su altura. Y no es eso lo que yo habría elegido.



Cuando crucé el Rubicón para entrar en Italia y marché hacia Roma, algo se rompió en mí. No es justo que me empujaran a hacer eso. ¿Realmente pensaban que no iniciaría la marcha? Soy César, mi dignitas es para mí más preciada que mi propia vida. ¿Cómo iba a aceptar César que por una traición inexistente lo condenaran a un exilio irreversible? Inconcebible. Si tuviera que hacerlo todo otra vez, lo haría. No obstante, se rompió algo dentro de mí. Nunca podré ser lo que quería ser: cónsul por segunda vez, pontifex maximusun anciano hombre de Estado cuya opinión es solicitada en la cámara después de que hayan hablado los cónsules, un militar sin parangón.



Ahora soy un dios en Éfeso y un dios en Egipto, soy dictador de Roma y soberano del mundo. Pero no lo he elegido yo. Me conoces lo bastante bien para comprender lo que digo. Pocos hombres me comprenden. Interpretan mis motivos a la luz de lo que serían sus propios motivos si estuvieran en mi lugar.

 

Fue para mí una consternación conocer la muerte de Aulo Gabinio en Salona. Un buen hombre exiliado por una causa injusta. El viejo Tolomeo Auletes no tenía los diez mil talentos para pagarle. Dudo que Gabinio recibiera más de dos mil por el trabajo. Si Lentulo Espintero se hubiera dado prisa en Cilicia y hubiera obtenido ese contrato antes que Gabinio, ¿lo habrían procesado? No, por supuesto. Pertenecía a los boni, en tanto que Gabinio votó por César. Eso es lo que tiene que acabarse, Matio: que exista una ley para un hombre, otra ley para otro hombre.



Mi inimicus Cayo Casio permanece en silencio respecto a un asunto. Cuando le dije que su hermano Quinto había saqueado la Hispana Ulterior, estibado el botín en un barco y zarpado hacia Roma antes de que Cayo Trebonio llegara para gobernar, Casio no pronunció una sola palabra. Tampoco cuando le dije que el barco, cargado a rebosar, volcó y se hundió en el estuario de íbera, y Quinto Casio se ahogó. No estoy seguro de si el silencio de Cayo Casio se debe al hecho de que Quinto era mi hombre, o de que Quinto dejó en mal lugar a los Casio.



Estaré en Roma hacia finales de septiembre.



( C. McC. )





2 comentarios:

  1. Corta y peda de "El caballo de César" de Collen Mcullough

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En la parte final, y en las etiquetas ya indica que el texto es de Colleen MCCullough.

      Eliminar