lunes, 1 de mayo de 2017

LA BATALLA DE GAUGAMELA ( MONTE DEL CAMELLO )



En el siglo IV a. C. Macedonia era un país helenizado, de organización feudal y que poseía un gran espíritu guerrero. En el año 358 a. C., el macedonio Filipo II logró la unificación de los estados griegos y que su reino tuviera una salida al mar. Años antes, durante su estancia en Tebas, Filipo conoció la organización militar griega e ideó varias mejoras de la falange, integrada por infantes — pastores y campesinos— y una caballería de nobles, que aplicó a su reino. Así creó un ejército numeroso, el mayor de los estados griegos, permanente y eficaz, capaz de enfrentarse con los más grandes del mundo entonces conocido.



Frente a él, el poderoso y rico Imperio persa o Imperio aqueménida se extendía a lo largo de la moderna Turquía, Egipto, Siria, Líbano, Jordania, Irak, Irán y Afganistán hasta el norte de la India, abarcando aproximadamente 6,5 millones de kilómetros cuadrados. Según los historiadores griegos Ctesias y Jenofonte, poseía un sistema político corrupto y decadente, en el que era bastante frecuente recurrir al veneno para cambiar de rey.



En el 334 a. C. Darío III llevaba varios años tratando de afirmar su control sobre el inestable imperio, en el que había demasiados territorios gobernados por sátrapas celosos de sus prerrogativas y poco leales, y súbditos siempre dispuestos a la rebelión. Ese año se apoderó de Egipto, tras una campaña militar que debía mostrar el resurgimiento del poder de la dinastía aqueménida. Sería la última conquista.



Ese mismo año, el joven Alejandro Magno, rey desde el 336 a. C. del pequeño reino de Macedonia tras la muerte de Filipo II, se dirigió hacia el este, hacia el imperio gobernado por Darío III. Los dos reyes tenían una ambición: gobernar el mundo conocido. Sin embargo, extender las fronteras de Macedonia hasta la región del Punjab no iba a ser una labor fácil y estaría repleta de batallas. La batalla decisiva se libró tres años más tarde, el 1 de octubre de 331 a. C., en la llanura de Gaugamela, a unos 27 kilómetros al este de Mosul, norte de Irak, a unos 330 kilómetros de la actual Bagdad.



LA HERENCIA DE FlLIPO DE MACEDONIA

La cadena de acontecimientos que llevaron a esta gran batalla comenzó lejos de las áridas llanuras de Persia. En el 356 a. C., en Pella, nació el hijo del rey Filipo de Macedonia y su esposa, Olimpia, princesa de la casa real de Epiro. Se le impuso el nombre de Alexandros, Alejandro. Filipo era el más poderoso rey del mundo helénico en una época en la que las ciudades-estado griegas mantenían una constante oposición.


 El rey macedonio fue un brillante guerrero, hombre táctico y diplomático. Durante sus veinte años de reinado, recorrió un largo camino hasta lograr su sueño de crear un poderoso Imperio griego. Después, la guerra contra el viejo enemigo de Grecia, Persia, serviría para unir el país.



A Filipo de Macedonia se le atribuyen innovaciones tácticas y estratégicas: perfeccionó los métodos de asedio y creó una infantería pesada que luchaba en una falange cerrada de formación rectangular.




Sus ejércitos tomaron al mundo griego por sorpresa, conquistando primero Grecia continental y luego Tracia, Iliria y los puertos del norte del Egeo, con el objetivo de la unidad de todos los pueblos griegos bajo su égida.



Pero con el poder vinieron los enemigos, además Filipo y a había tenido problemas domésticos. Tuvo seis esposas y en 337 a. C. tomó la séptima, una joven adolescente llamada Cleopatra.




 La nueva esposa era macedonia y podría dar a luz a un heredero totalmente macedonio y no mitad macedonio mitad epirota, como su primogénito Alejandro. Olimpia estaba furiosa: temía que su hijo nunca llegara a ocupar el trono.



Al año siguiente, 336 a. C., el día de la boda de su hija, Filipo fue asesinado por Pausanias, un capitán de su guardia. Todo el mundo sospechó de Olimpia pues, como ella deseaba, su hijo Alejandro, de veinte años de edad, heredó el trono y la ambición de conquistar Persia.




« Creo que Persia era el dragón que necesitaba matar. Era como el saqueo de Troya un centenar de veces» , explica el escritor norteamericano Steven Pressfield, autor de La conquista de Alejandro Magno.



Cuando murió Filipo, Macedonia había pasado de ser un pobre reino fronterizo desdeñado por los griegos a convertirse en un poderoso estado militar, que dominaba indirectamente a Grecia a través de la Liga de Corinto.




Su muerte hizo que toda Grecia —capitaneada por Tebas y Atenas— se alzase en armas contra Alejandro ante la aparente debilidad de la monarquía macedonia y con la idea de recuperar la libertad perdida en la batalla de Queronea (338 a. C.), cuando la victoria del ejército macedonio supuso su sometimiento al vecino « bárbaro» del norte.



Alejandro demostró rápidamente su destreza militar sometiendo de nuevo a Tesalia, tomando y destruyendo Tebas —que tan severa derrota había infligido a los atenienses y espartanos años atrás—, y obligando a Atenas a reconocer su supremacía. Después de aquello, ninguna polis fue capaz de oponerse a sus designios.



A partir de ese momento, Alejandro se dedicó a llevar a cabo el plan de su padre: liberar a los más de cien mil griegos que se encontraban bajo el dominio persa en Asia Menor para incorporarlos al mundo heleno.




Impulsado por sus ideas expansionistas, batalla tras batalla, sitio tras sitio, parecía que Alejandro podía conquistar Asia a su antojo… En esta magna empresa fue ayudado por las ciudades griegas ahora vencidas, pero dispuestas a devolver a su tradicional enemigo, Persia, las afrentas recibidas durante las guerras médicas.



Alejandro, considerado uno de los jefes militares más importantes de la historia, se preparó desde muy joven para ser digno sucesor de su padre, que no sólo le proporcionó adiestramiento militar; recibió una educación que abarcaba todas las disciplinas, desde la caza hasta la retórica.




Sabía de memoria los poemas homéricos y todas las noches leía la Iliada. También leyó con avidez a Heródoto y a Píndaro. Se le atribuye esta frase: « Preferiría exceder a los demás en el conocimiento de las cosas elevadas que en el poder y la dominación» .



Pero, sobre todo, fue insaciablemente curioso; quería ver las tierras que se extendían más allá de Persia, y el océano que se creía entonces que rodeaba Europa y Asia, formando el borde de la Tierra.




Encontrar el fin del mundo era la idea que su tutor durante la niñez, Aristóteles, le había inculcado, contándole historias sobre un lugar donde la Tierra acababa y empezaba el Gran Mar Exterior, al tiempo que le enseñaba conceptos como el honor, el mito y el amor puro.



« Alejandro era un cazador y un conquistador y él mismo no tenía límites. Su primera tarea fue derrotar a los persas; la segunda, recuperar el antiguo Imperio persa que había conocido y que se extendía más allá de la región del Hindú Kush, lo que ahora es Pakistán. El tercer objetivo era llegar hasta el límite del océano.




Simplemente quería ir hasta la costa más lejana y oriental del océano, el confín del mundo» , indica Paul Anthony Cartledge, profesor de Cultura Griega en la Universidad de Cambridge (Gran Bretaña) y autor de Alejandro Magno: la búsqueda de un nuevo pasado. « Él competía con Aquiles y con Heracles, y quería dejar su nombre marcado para siempre en la historia» , añade Steven Pressfield.




LA CABALLERÍA DE LOS COMPAÑEROS

Desde pequeño, Alejandro demostró las características más destacadas de su personalidad: activo, enérgico, sensible y ambicioso. Ya en el 338 a. C., con tan sólo dieciocho años de edad fue comandante de la caballería macedónica en la batalla de Queronea y ese mismo año fue nombrado gobernador de Tracia.



En 334 a. C. llegó a Asia Menor con un ejército de cuarenta mil hombres. Se iba a enfrentar por primera vez a los persas en la batalla del Gránico. Aunque básicamente macedonio, su ejército incluía tropas de toda Grecia y un gran número de mercenarios. Además de promover la incorporación de extranjeros al ejército y la administración, « la contribución particular de Alejandro —indica Cartledge— fue dirigir la caballería, de la que fue comandante a los dieciocho años.




 Así que las tropas sabían que era su jefe no sólo porque él era el hijo del anterior rey, sino porque era uno de los mejores jinetes de todo el ejército» . La vista de Alejandro, que siempre luchaba en primera línea, animaba a las tropas en la batalla hasta la extenuación pero, sobre todo, les confería confianza en su general y rey.



El historiador y ensayista griego Plutarco narra una anécdota sobre su maestría como jinete y su ambición desde la niñez. Cuenta que su padre Filipo II había comprado un caballo al que nadie conseguía montar ni domar. Alejandro, que todavía era un niño, se dio cuenta de que el animal se asustaba de su propia sombra y lo montó dirigiendo su vista hacia arriba, de cara al sol.




 Tras amansar al caballo, el mítico Bucéfalo, su padre le dijo: « Macedonia es demasiado pequeña para ti» . Pronto se confirmarían las palabras de Filipo II y su figura emergía para instalarse en la historia como uno de los más grandes conquistadores.



El ejército de Alejandro Magno estaba formado por diferentes cuerpos que se complementaban entre sí: caballería pesada y caballería ligera; infantería pesada e infantería ligera. La caballería pesada la constituían los hetairoi (compañeros) formados en escuadrones (ilai) de 256 jinetes equipados con casco beocio, coraza de bronce (thoracata), lanza de 3,80 metros (xistón) y una espada de hoja asimétrica (kopis).




 Además de tener el mejor armamento, los hetairoi cabalgaban, a pelo o sobre una manta, en los mejores caballos. « Los Compañeros formaban la unidad de élite de la caballería aristocrática macedonia y eran el principal instrumento ofensivo de Alejandro, además de su guardia personal. Eran sus amigos, sus hetairoi, sus compañeros, unidos en fraternidad» , señala Pressfield.



En batalla los Compañeros solían formar en el extremo derecho de la línea. Así lo harían en Gaugamela, situándose a la derecha de los hipaspistas (palabra que significaba caballeros y designaba a la infantería de élite).




Constituían nueve escuadrones con el escuadrón real de trescientos jinetes (formado por los amigos íntimos de Alejandro, hijos de nobles macedonios) que ocupaba el lugar de honor en la línea bajo el mando del lugarteniente Clito, cuy o deber era el de proteger al rey en la batalla. A la izquierda del escuadrón real formaban los otros Compañeros en ocho escuadrones de 256 hombres, subdivididos en cuatro unidades de 64 jinetes bajo el mando del comandante Filotas.



La caballería ligera consistía en los prodromoi (exploradores) encargados de reconocer el territorio enemigo que el ejército atravesarla.



En batalla formaban en el flanco derecho, cubriendo a los Compañeros. Usaban la pica de las falanges (sarissa) pero podían ser rearmados con jabalinas para exploración.



Mientras la falange macedonia —formación de combate en 16 u 8 filas de profundidad— « fijaba» al enemigo en un lugar, la caballería de los Compañeros cargaba sobre su flanco o por detrás. Tenían una estrategia de « martillo» que aplastaba literalmente a las unidades enemigas retenidas por el « yunque» o la falange. Normalmente, Alejandro dirigía la carga, formando a sus jinetes en cuña, táctica inventada por su padre Filipo II. Fue la combinación de la falange y de la caballería en « martillo» y « yunque» la que proporcionó la ventaja táctica decisiva a los ejércitos de Alejandro Magno y la base de sus victorias.




En cuanto el emperador aqueménida supo de la llegada de Alejandro a Asia Menor, envió un ejército a repeler a este joven advenedizo. Las dos partes se enfrentaron en el río Gránico. A pesar de que el experimentado Parmenión, segundo en el mando, que y a había servido a su padre Filipo, y sus otros generales le aconsejaron obrar con precaución y descansar a orillas del río antes de comenzar la batalla, Alejandro optó por un ataque inmediato para galvanizar la valentía y confianza de sus tropas e intimidar a sus adversarios.



Así, Alejandro se lanzó al combate, a la cabeza de la caballería, en el flanco derecho, a través del río, dispuesto a golpear el flanco izquierdo persa. Cabalgó directo hacia Mitrídates, el yerno del rey Darío, y hundió la lanza en su cara, causando su muerte inmediata.




Entonces, dos generales persas le atacaron. Con su espada mató a uno. El segundo se dirigió a él con un hacha. Alejandro estaba cerca de la muerte cuando su oficial Clito intervino cortando el brazo del enemigo por el hombro, lo que acabó con su vida.



Rápidamente se rompió la formación persa; los pocos focos de resistencia que quedaban fueron de inmediato rodeados y eliminados. El resto del ejército, al mando de Memnón de Rodas, dio la vuelta y huyó, asegurando así la primera gran victoria de Alejandro sobre los persas. Sin duda, Darío III había subestimado la capacidad del joven Alejandro.



El rey macedonio se dirigió hacia el este, liberando las ciudades griegas de Jonia y Asia Menor y, al tiempo, estableciendo una cabeza de playa para futuras campañas contra el Imperio persa. Alejandro empezó a creer que el destino le había marcado para la grandeza: sus cuarenta mil macedonios habían derrotado a más de ochenta mil asiáticos.



Vencido el sátrapa local en el río Gránico, el rey persa decidió hacerse cargo él mismo de la persecución de Alejandro. Reunió un gran ejército, que se encontró frente al de Alejandro en noviembre de 333 a. C., en Issos, en Cilicia.




 Si Darío conseguía dominar el golfo de Issos, podía utilizar el apoyo de la flota persa que aún operaba en el Mediterráneo, facilitando los trabajos de abastecimiento y probablemente desembarcando tropas en la retaguardia macedonia.



Darío formó a sus tropas en línea de batalla en un estrecho llano entre las montañas y el mar, emplazamiento que le impidió sacar ventaja de las grandes masas de infantería. Una vez más, la caballería de los Compañeros rompió la línea persa.




Cuando Darío vio caer el ala izquierda huyó del campo de batalla con tanta rapidez que dejó a su madre, esposa e hijas atrás, las cuales se convirtieron en cautivas de Alejandro. Cuando los persas vieron huir a su rey abandonaron definitivamente sus posiciones en desbandada.




LAS REVELACIONES DEL ORÁCULO DE AMÓN

Estas victorias animaron a Alejandro a continuar la conquista de Asia. No tuvo
 problemas en dominar Fenicia, con excepción de la isla de Tiro, donde mantuvo un largo asedio: de enero a agosto de 332 a. C. y cuya resistencia fue castigada con crueldad. Después se encaminó a Egipto, ocupado por los persas entre 525 y 404 a. C., y otra vez administrado por ellos desde once años antes de la llegada de Alejandro.



Según el historiador y filósofo griego del siglo II Arriano de Nicomedia, Egipto era un lugar soñado y admirado por el macedonio porque los héroes griegos, Perseo y Heracles (antepasados de Alejandro), habían visitado el oráculo de Amón, que los griegos asimilaban a Zeus.



Lo cierto es que Alejandro no sólo era bastante religioso, sino que creía que su destino estaba amparado por los mitos y los dioses. Veneró a los dioses locales casi con el mismo énfasis con el que adoraba a los suyos.




Además poseía una gran tolerancia religiosa y asimilaba ritos y costumbres de los países vencidos. Así que, nada más llegar a Egipto, hizo una peregrinación al santuario del dios Amón, en el oasis de Siwa, cerca de la frontera con Libia, tras una caminata de varios cientos de millas a través del desierto.


Frente al oráculo de Amón Alejandro preguntó: « ¿Voy a gobernar la tierra?» . La respuesta, a través de un sacerdote del templo, parece que fue que si. Pero Alejandro fue más allá y se hizo proclamar « Hijo de Amón» , título reservado a los faraones.



Más de dos mil años después de su peregrinación por el desierto, la historia del arte nos ha dejado varios testimonios de aquella visita: monedas griegas que representan a Alejandro con la cabeza de carnero Amón; un relieve en Lúxor donde se le ve haciendo las ofrendas a este dios.




 Viste la indumentaria faraónica: un manto que cubre la cabeza y va por detrás de las orejas (klaft), una corona roja y blanca que se sostiene en equilibrio inestable, además de la cola litúrgica de chacal. Con este acto, Alejandro representaba su propia ascendencia divina, como descendiente de la dinastía argéada, que se remontaba a Heracles y, por lo tanto, al propio Zeus.



Una vez conquistada la tierra de los faraones, donde fue recibido como un liberador, Alejandro bajó por el Nilo hasta un lugar cercano a Canope, una zona del delta muy fértil, en la parte occidental del norte del país.




Allí se instaló en enero de 331 a. C.; allí fundó una ciudad, que llamó Alexandropolis (la ciudad de Alejandro) o Alejandría: sería una nueva Atenas, aún más maravillosa e importante que la metrópolis griega, que llegó a ser un imperio por sí misma y albergó la que fue considerada una de las siete maravillas de la Antigüedad, el Faro, además de su famosa biblioteca, con casi 900 000 volúmenes.



Dos años después de la batalla de Issos, tras ocupar la costa mediterránea y Egipto, en julio de 331 a. C., su ejército estaba listo para la marcha hacia el este, hacia el corazón de Persia. Tres meses más tarde, sin ningún tipo de oposición, Alejandro cruzaba los ríos Tigris y Éufrates.



Darío lo esperaba en la llanura de Gaugamela. El Gran Rey había aprendido de su derrota en Issos, achacándola a la mala elección del campo de batalla. Gaugamela, que significa « Monte del Camello» , era una llanura absolutamente plana. Darío optó por luchar aquí para que su caballería y sus carros de guerra tuvieran todas las ventajas.




Apostaría todo para detener el avance de Alejandro, en una batalla definitiva a la que lanzaría un contingente que superaba al del macedonio de forma abrumadora: un cuarto de millón de hombres —número que difiere bastante según las fuentes, y en ocasiones desciende a algo más de cien mil—, que incluía contingentes de numerosos pueblos sometidos (bactrianos, sogdianos, escitas, partos, árabes, armenios, medos, indios, etc.). Las fuerzas de Darío superaban a las de Alejandro en proporción de cinco a uno.




INFLUENCIA DE LA DERROTA DE ISSOS

Con su enorme ejército, Darío planeó cuidadosamente una maniobra envolvente completa influido, sin duda, por el fracaso de Issos. Pero él no dominaba la táctica y no supo darse cuenta de una verdad evidente: en Issos no sólo había fracasado porque había elegido mal el terreno. Él realizó una lectura errónea de la situación táctica.



El historiador romano Quinto Curcio Rufo describe en su obra Historiae Alexandri Magni, una extensa biografía de Alejandro Magno, la forma en que el ejército persa se movía a través del desierto. Primero llegó la caballería de todas partes del imperio, cifrada en unos cuarenta mil jinetes. Después, fueron llegando las tropas de infantería conocidas como los Inmortales, llamada así porque su número siempre se mantenía en diez mil hombres, seguida por treinta mil soldados a pie, dos mil hoplitas griegos, mil  bactrianos, doscientos carros y quince elefantes de guerra. Seiscientas tres mulas y cien camellos llevaban el tesoro del rey, cuyo valor, en términos actuales, seria de más de dos mil quinientos millones de euros.



Según Arriano, el historiador más fiable de Alejandro, su ejército era mucho más pequeño: cuarenta mil infantes y siete mil jinetes pertenecientes a las fuerzas de su reino griego de Macedonia y las de sus aliados de Tracia y la Liga de Corinto. « Los macedonios fueron realmente una hermandad, cada noche cenaban juntos, todos estaban relacionados entre sí por matrimonio o por la sangre, eran primos, tíos… y Alejandro sabía que estos soldados le querían» , asegura el escritor norteamericano Steven Pressfield.



La llanura de Gaugamela estaba bien adaptada para los carros de guerra, pero Darío fue más allá e incluso niveló el terreno para proporcionar una especie de pistas para que avanzasen sin problemas. Éstos iban a ser piezas de enorme importancia en la confrontación. Además, el gran tamaño del campo de batalla elegido por el Gran Rey le permitiría hacer entrar a todas sus tropas en acción y aplastar a Alejandro gracias a su superioridad numérica.



Un objetivo clave era romper la formación de la falange que utilizaban los macedonios. Para ello, Darío tenía un plan: los carros falcados, es decir, con cuchillas afiladas a lo largo del radio y en el centro de la rueda, capaces de separar a un hombre de su caballo o cortarle las piernas, y que ya habían sido usados por los hititas para luchar contra los egipcios en la batalla de Qadesh. Estos carros serian lanzados a gran velocidad y en masa para romper las filas del enemigo y abrir huecos en su caballería e infantería.



Sabemos cómo desplegó Darío su ejército porque sus instrucciones fueron escritas. Dispuso a su caballería en los flancos. La infantería pesada en el centro y la retaguardia. Darío, siguiendo la costumbre persa, volvió a colocarse en el centro de su ejército con todo el séquito real y los quince elefantes a la cabeza. En el ala derecha se situaron las tropas de Siria, Mesopotamia y del golfo Pérsico y cien carros falcados en las ruedas.



Al igual que todos los comandantes griegos antes que él, Alejandro organizó su infantería en formación de falange. Estos bloques de tropas con lanzas eran un sólido muro contra el enemigo. Es fácil deducir que los veteranos ocupaban las primeras filas de la falange —las posiciones clave de la formación—, y a que a su veteranía unían el estar mejor armados, entrenados y dispuestos. En los puestos más retrasados se situaban los jóvenes o los demasiado mayores, menos capaces de sostener el combate directo contra el enemigo.




Las cinco primeras filas ponían las lanzas horizontales, dirigidas al frente, pues debido a su longitud las puntas de la quinta fila sobresalían de la formación, mientras que en la parte posterior las colocaban en un ángulo de setenta y cinco grados para desviar las jabalinas enemigas. Para reforzar la capacidad de defensa de la unidad, había tras ellas grupos de infantería ligera encargados de disparar sus proyectiles contra el enemigo.



Como era habitual, Alejandro se colocó en el ala derecha, al frente de la caballería y cerca de la infantería ligera, con el grueso de la infantería pesada en la izquierda. Pero, a diferencia de otros estrategos que combinaban el poder de la falange con la flexibilidad de movimiento y la rapidez de ataque de la caballería, Alejandro utilizó una estrategia inusual.




Su plan era abrir una brecha en la línea enemiga para asestar a Darío un golpe decisivo en el centro aprovechando que la mayor parte de la caballería persa se acumulaba en los flancos. Esto requería una sincronización perfecta en la maniobra. Forzó a Darío a atacar y, aunque éste tenía la experiencia de Issos contra una formación similar y, por tanto, cierta resistencia a dar el primer paso, finalmente se vio obligado y atacó.



« El ejército macedonio fue desarrollado, primero, por Filipo y, después, perfeccionado por Alejandro. En la batalla estuvo a años luz de la tradicional falange griega, en la que esencialmente la infantería pesada sólo avanzaba en un frente compacto, formando una fila de combatientes muy próximos entre sí golpeando al de enfrente» , describe Steven Pressfield. « La falange macedonia funcionó defendiéndose como un escudo en formación en ángulo y la caballería de los Compañeros actuó atacando como una espada» , señala el historiador Richard Billows.



En Gaugamela, Alejandro dio muchísima importancia a la caballería y la infantería ligera en los flancos encargados de los movimientos envolventes, aunque la falange seguía constituyendo el eje del ejército. Pero la falange macedonia sólo operaba bien en terreno llano y, a pesar de su solidez, era muy sensible a un ataque por el flanco o por la retaguardia, así que Alejandro colocó otra falange detrás de ellos, una segunda línea formada por mercenarios y aliados. Él sabía que la caballería podía abandonar a su infantería, dejándola vulnerable a los ataques de los costados y en la retaguardia. Esta segunda falange se ocuparía de esa amenaza.




EN JUEGO EL CONTROL DE ASIA

El 30 de septiembre de 331 a. C. ambos ejércitos se encontraron en la llanura de Gaugamela, apenas a cinco kilómetros de distancia. Según parece, Alejandro no se sintió nervioso antes de la batalla. De hecho, se quedó dormido. El sol estaba alto en el cielo cuando se despertó al día siguiente y se unió a sus tropas. Se dice que, sabiendo que entre sus tropas había espías persas, hizo correr el rumor de que atacarían esa misma noche, sin descansar. Los persas cayeron en la trampa y se mantuvieron en pie esperando el ataque que no llegó. Por la mañana, los macedonios estaba descansados y los persas, no.



Dario creía tener el terreno a su favor. La amplia llanura era perfecta para desplegar la enorme infantería y, por supuesto, a su numerosísima caballería en primera línea. Enfrente, a la izquierda, Parmenión, con la mitad de la caballería macedonia, defendía esa ala. Alejandro, con la caballería pesada, se encontraba en el ala derecha. Frente a él, el flanco izquierdo persa estaba comandado por Beso, el sátrapa de Bactriana.



Alejandro basculó su ala derecha sobre la izquierda persa y se lanzó a la carga utilizando la clásica formación oblicua de Epaminondas. Los persas no esperaron más y su caballería avanzó sobre los macedonios. Otro gran contingente de caballería se enfrentó al ala izquierda, a cargo de Parmenión. El orden de combate persa parecía sacado de un manual: un ataque recto y uniforme. Los macedonios tuvieron que emplearse a fondo. Las falanges rechazaron asalto tras asalto.



Cualquier movimiento era crucial no sólo estratégicamente, sino también moralmente. La carga de Alejandro parecía suicida. Fue una lucha terrible con los macedonios en gran desventaja numérica. La batalla de caballería de la izquierda dejó a la falange macedonia desprotegida. Darío decidió que era el momento de romperla con su centenar de carros. Si la falange se rompía, el ejército de Darío podría rodear a Alejandro y su caballería.



En ese momento, los carros persas se lanzaron velozmente mientras las guadañas giraban mortíferamente al encuentro de los soldados macedonios. Algunos de los conductores perecieron por las flechas de los arqueros. Pero las formaciones griegas se abrieron sorprendentemente con una velocidad inusitada. Los caballos lanzados al galope, independientemente de la dirección por la que quieran llevarlos sus conductores, siempre eligen los huecos cuando encuentran cualquier obstáculo, como es una masa de hombres armados con escudos y lanzas. Los carros pasaron de largo al abrir la infantería macedonia un hueco en sus falanges y, sin causar bajas, traspasaron el cordón defensivo.



La rápida reacción de la infantería, que se cerró como un candado sobre los incursores, anuló esta amenaza. Cientos de jabalinas y lanzas empezaron a caer sobre ellos. « La falange estaba precedida por arqueros, honderos y tiradores capaces de disparar con gran precisión a los caballos. Si clavaban una flecha en un caballo, el jinete caía completamente derrotado» , explica Steven Pressfield. Los carros persas fueron liquidados por la espalda en un abrir y cerrar de ojos.



La batalla se fue inclinando en contra de los persas y su caballería no había girado para atacar la retaguardia de los macedonios. Tras las diversas cargas de caballería y de los carros, se había creado un hueco que dejó a Darío al descubierto, al frente de un grupo de tropas, pero al alcance del ataque de la caballería de Alejandro.




 La segunda línea de infantería pesada recibió a los jinetes persas, a la vez que la primera línea daba media vuelta y los atacaba por la retaguardia, rodeándolos. Abriendo brecha entre las líneas persas, la caballería de Alejandro consiguió introducirse en cuña en busca de Darío.



« Alejandro buscó una apertura en la formación enemiga y atacó con la caballería. Gaugamela fue la batalla de la caballería de Alejandro porque la caballería de carga persa no pudo romper una formación como la falange macedonia. Darío pensaba que sus carros desbaratarían las formaciones enemigas, pero fueron completamente ineficaces contra buenos generales al mando de los buenos soldados del ejército macedonio» , indica el historiador Richard A. Billows.



Las falanges macedonias resultaban invencibles en la medida que destrozaban el orden de batalla del enemigo. Darío vio cómo un muro de lanzas en formación avanzaba sin oposición alguna. Eran un rodillo que no se detenía ante nada: si un hombre caía, otro ocupaba el lugar de forma mecánica. Los persas nada podían hacer, salvo morir ante el muro compacto de picas. Alejandro se acercaba a Darío, el cual estaba dispuesto a morir antes que a rendirse.



Darío no pudo más. Huyó una vez más del campo de batalla, dejando a sus hombres sin rey por el que morir. « Cuando el resto de su ejército vio huir a su rey y su séquito se preguntaron que, si él se fugaba, por qué ellos todavía debían continuar allí arriesgando sus vidas. Entonces el ala izquierda persa se desmoronó» , explica Billows.



EL EJÉRCITO MÁS PODEROSO DEL MUNDO

Pero la batalla estaba lejos de terminar. Parte de la caballería persa logró romper la línea y atacar a la caballería enemiga del ala izquierda, defendida por Parmenión y sus hombres. El campamento macedonio estaba siendo atacado. Pero la caballería persa que había roto el centro no giró para atacar la retaguardia macedonia. Si lo hubieran hecho, podrían haber cambiado el resultado del enfrentamiento, pero avanzaron contra el campamento con intención de saquearlo y eso fue su perdición.


Alejandro regresó con la caballería pesada y cargó contra ellos mientras las falanges se lanzaban contra el ala derecha persa, que se fue hundiendo mientras se corría la voz de la huida de su rey. El arrojo de las tropas de Alejandro terminó de hundir al enemigo.



Una vez más las brillantes tácticas de Alejandro salvaron la batalla. Una debilidad de la falange era su falta de capacidad de maniobra frente a un ataque envolvente. Él había creado una línea en la parte trasera ante esa posible emergencia. Y ese momento llegó y la falange de la línea de retaguardia actuó al rescate, haciendo retroceder la caballería persa.



Alejandro Magno había demostrado tener perfectamente estudiados todos los movimientos posibles de aquella partida de ajedrez llamada Gaugamela. Además, tenía un ejército que ejecutaba al momento y con maestría todas sus órdenes. Fue capaz de hacer chocar a la caballería del flanco derecho de los persas contra el centro y el flanco izquierdo de la falange macedonia.




Mientras él y la caballería de los Compañeros avanzaban por la derecha (la izquierda de los persas) atacando a la caballería acorazada de Beso desde la derecha con los hetairoi y desde el frente con los peonios (macedonios del norte) primero y, después, con los mercenarios helenos.



Cuando logró llegar al centro de los persas y aniquilar a los Inmortales que rodeaban y protegían a Darío, el Gran Rey ya habla escapado. En ese momento no le persiguió porque Parmenión y el flanco derecho persa seguían luchando y tuvo que acudir en su ayuda. Alejandro logró terminar victorioso la batalla.



Cuando corrió la voz de que Darío había huido, el enorme ejército persa comenzó a retroceder. El resultado pudo haber sido otro si el Gran Rey no hubiera huido. Posiblemente sus tropas habrían resistido más. Dario, al igual que en Issos, había abandonado para salvar su vida. En Issos habla dejado atrás a su madre, a su mujer y sus hijas. En Gaugamela dejó un gran tesoro, gran número de armas e incluso la carroza real. Al terminar la batalla, Alejandro le persiguió durante nueve meses. Pero nunca se enfrentaron de nuevo.



LAS BASES DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN

Es imposible calcular las bajas de esta batalla. El número de víctimas es más producto de la propaganda que de la realidad. El historiador griego Amano en su informe dice que Alejandro sólo perdió cien hombres y mil caballos, mientras que los muertos de Darío ascendieron a trescientos mil. Otros historiadores más modernos las estiman en cuarenta mil muertos persas y cinco mil macedonios.


En todo caso, la derrota persa tuvo consecuencias inmediatas. Occidente se conectó con Oriente. El legado cultural de Babilonia, de Egipto, de Mesopotamia, cayó bajo manos griegas y se unificó una gran parte del mundo bajo un imperio que sentó las bases de una nueva civilización. Se unificó la economía y el avance comercial fue el impulso que necesitaba Europa…



En su huida, Darío dio un discurso a lo que quedaba de su ejército; en su ánimo albergaba la esperanza de poder organizar otro ejército para hacer frente de nuevo a Alejandro. Después, envió cartas a los sátrapas orientales pidiéndoles su lealtad. Pero ellos tenían otras intenciones: Beso, el sátrapa de Bactriana, ante el avance de Alejandro ordenó dar muerte a Darío, proclamándose soberano él mismo con el nombre de Artajerjes. Alejandro le persiguió, le capturó y le ejecutó al año siguiente y dio a Darío un entierro real.



La mayoría de los sátrapas persas juraron lealtad a Alejandro, que les permitió mantener sus cargos. Sin embargo, tradicionalmente se considera que el Imperio persa inició su declive con esta derrota. « Gaugamela fue la victoria más importante de Alejandro en la medida en que se rompió la resistencia organizada del Imperio persa» , afirma Richard A. Billows. Las conquistas de Alejandro cambiaron la historia griega y del mundo entonces conocido.



Después de Gaugamela, Alejandro fue imparable. Él y sus compañeros barrieron a través de Persia. Un año más tarde se encontraban en Afganistán. Cuatro años después, cruzaron las cumbres del Hindú Kush, donde combatieron contra el rey Poros y sus elefantes en la batalla del Hidaspes, e invadieron el norte de la India (327-325 a. C.). Alejandro estaba cumpliendo la profecía de los sacerdotes de Amón. Estuvo muy cerca de convertirse en amo del mundo conocido. Quizá lo hubiera conseguido si no hubiera obedecido por fin a las súplicas de sus generales de que volvieran a casa, apoyadas por el plante de sus soldados, que se resistían a seguir más lejos.



En 323 a. C. Alejandro regresó a Persia. Una noche, asistió a un banquete; de repente gritó y se quejó de un dolor que era como « una lanza en el pecho» . Cayó enfermo con una elevada fiebre. Apenas consciente, se le preguntó a quién le dejaría su reino y a que no tenía ningún heredero legítimo (su hijo Alejandro IV nacería tras su muerte, y su otro hijo era de una concubina). Entre delirios Alejandro contestó: « Al más fuerte» .



El 11 de junio murió en el palacio de Nabucodonosor II de Babilonia. Estaba a punto de cumplir treinta y tres años. Después de todo, él no era un dios. Su muerte desde siempre ha estado rodeada de leyendas y todo tipo de interpretaciones. Cuando murió, su cuerpo estaba cubierto de cicatrices de la batalla. Había sido herido de gravedad ocho veces por todo tipo de armas: flecha, espada, lanza y jabalina. Fue embalsamado por egipcios. La polémica rodea el lugar en que fue enterrado: Alejandría o la localidad de Ammoneion, en el desierto libio (actual Siwa).



« Si alguien merece el derecho a ser juzgado por las normas de su propio tiempo y no por nuestras normas, es Alejandro. Luchó como un héroe y no fue un general de sangre fría como César o Napoleón. Participó en todas sus conquistas, a la cabeza con su caballo Bucéfalo, y nunca perdió ninguna batalla» , defiende el escritor norteamericano Steven Pressfield.



Su imperio no le sobrevivió. Una vez más, la soberbia, la avaricia rompió lo que tanto había costado conseguir. El imperio se desmembró; Roxana, su mujer, y el hijo de ambos, Alejandro IV Aigos, fueron asesinados, y las tierras conquistadas se repartieron entre sus generales, Seleuco, Lisímaco, Ptolomeo, Antígono y Casandro (los diádocos), iniciándose así una nueva etapa que los historiadores modernos llaman helenística.



Alejandro, siempre a lomos de Bucéfalo, consiguió el imperio más grande de la Antigüedad. Ningún conquistador le ha igualado en genio, energía y en la lealtad tan ferviente que despertó en tantos hombres.

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