Sé
que venceremos. ¡Créeme, Lucio Julio, venceremos! Mira, esto no es como las elecciones.
En las elecciones, los primeros votos son reflejo del resultado final, pero en
la guerra, la victoria es finalmente para el bando que no cede. Los itálicos
dicen que luchan por su libertad. A primera vista no puede haber mejor
motivación, pero no es así, porque es algo intangible, un simple concepto,
Lucio Julio, y nada más. Mientras que Roma lucha por su supervivencia. Y por
eso vencerá. Los itálicos no luchan a vida o muerte igual que nosotros. Ya
conocen una vida a la que están acostumbrados hace muchas generaciones. Puede
que no sea la ideal, que no sea la que desean; pero es tangible. ¡Aguarda, Lucio
Julio, y ya verás que cuando los itálicos se cansen de luchar por un sueño, la
situación se volverá en su contra! Ellos no son una entidad. No tienen una
historia y una tradición como nosotros. ¡Carecen de mos maiorum! Roma es
real. Italia es una entelequia.
Pasión por los romanos. Un blog de divulgación creado por Xavier Valderas que es un largo paseo por el vasto Imperio Romano y la Antigüedad, en especial el mundo greco-romano.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
REFLEXIÓN DE LUCIO CORNELIO SILA EXPUESTA A LUCIO JULIO CÉSAR SOBRE LAS REVUELTAS ITÁLICAS CONTRA ROMA
DECLARACIÓN DE GUERRA A ROMA POR PARTE DE LOS LÍDERES MARSOS QUINTO POPEDI SILO, PUBLIO VETIO ESCATO Y LUCIO FRAUCO:
Al
Senado y al pueblo de Roma. Nosotros, representantes elegidos del pueblo marso,
en nombre de nuestro pueblo declaramos nula nuestra condición de aliados de
Roma. Que no pagaremos a Roma impuestos, tributos, tasas ni diezmos. Que no
contribuiremos con tropas a su ejército. Que recuperaremos de Roma la ciudad de
Alba Fucentia con todas sus tierras. Os rogamos que lo toméis como una
declaración de guerra.
( C.
McC. )
martes, 30 de diciembre de 2014
EL DICTADOR LUCIO CORNELIO SILA OBLIGA A CAYO JULIO CÉSAR A DIVORCIARSE DE LA HIJA DEL CONSULAR CINNA
Aunque
estaba preparado para el momento de ver a Sila el dictador, César no pudo por menos
de sorprenderse. ¡No era de extrañar que no hubiese ido a ver a mater! Yo, en
su caso, tampoco lo hubiera hecho, pensó, avanzando tan despacio como se lo
permitían sus zuecos.
Lo
primero que pensó de él Sila al verle fue que se trataba de alguien totalmente
desconocido; pero ello era debido a la fea capa rojo y púrpura, y a aquel
extraño casco de marfil, semejante a un cráneo desnudo.
-¡Quítate
todo eso! -dijo Sila, volviendo a bajar la vista al montón de papeles del escritorio.
Cuando
volvió a alzar los ojos, no quedaba resto alguno de sacerdote. Aquel muchacho era
su propio hijo. Y a Sila se le erizó el vello de los brazos y de la nuca, al
tiempo que lanzaba una especie de gemido y se ponía en pie. Aquel pelo dorado,
los ojos azules, el rostro alargado de los Césares, aquella estatura... Y, de
pronto, la vista obnubilada de Sila acusó las diferencias: los pómulos
protuberantes de Aurelia y los hoyuelos en las mejillas, y la preciosa boca de
Aurelia con los surcos en las comisuras. Mayor que su hijo cuando murió y ya
casi un hombre. ¡Oh, hijo mío, Lucio Cornelio! ¿Por qué has tenido que morir?
-Por
un instante te había tomado por mi hijo -dijo con voz ronca, conteniendo las lágrimas,
estremecido.
-Era
primo mío.
-Recuerdo
que decías que le querías.
-Así
es.
-Decías
que era mejor que el hijo de Mario.
-Exacto.
-Y
escribiste un poema para él después de su muerte, pero dijiste que no me lo enseñabas
porque no era bueno.
Sila
volvió a derrumbarse en la silla, con las manos temblorosas.
-Siéntate,
muchacho. Aquí, donde hay más luz y pueda verte. Mi vista ya no es la que era
-añadió, anhelando absorber todo detalle de aquel enviado del gran dios, del
que era su sacerdote-. ¿Te ha hablado tu tío Cayo Cotta?
-Sólo
me ha dicho que deseabas verme, Lucio Cornelio.
-Llámame
Sila, como me llaman todos.
-Y a
mí todos me llaman César; hasta mi madre.
Un
brillo surgió en los inquietantes ojos familiares. ¿Por qué le resultaban tan
familiares si los de su hijo eran de un azul más oscuro y más vivaces? ¿Un
brillo de ira o de pena? No, no: de ira.
-Si,
soy el flamen dialis -repitió César.
-Los
que te nombraron eran enemigos de Roma.
-No
cuando me nombraron.
-Sí,
es cierto -replicó Sila, cogiendo la pluma de junco forrada de oro y
volviéndola a dejar-. Tienes esposa.
-Así
es.
-La hija
de Cinna.
-Exacto.
-¿Habéis
consumado el matrimonio?
-No.
Sila
se levantó y se acercó a la ventana completamente abierta a pesar del frío.
César sonrió para sus adentros, pensando en lo que hubiera dicho su madre al
ver a otra persona despreocupada por la intemperie.
-Estoy
acometiendo la renovación de la república -añadió Sila, mirando por la ventana
a la estatua de Escipión el Africano sobre su alta columna; desde allí, quedaba
a la misma altura que el rechoncho Escipión-. Por motivos que supongo
entenderás, he decidido empezar por la religión. Se han perdido los valores
tradicionales y hay que recuperarlos. He abolido las elecciones de sacerdotes y
augures, incluida la del pontífice máximo. En Roma, la política y la religión
están estrechamente entrelazadas, pero no quiero que la religión esté al
servicio de la política, cuando debe ser al revés.
-Lo
comprendo -dijo César desde su silla-. No obstante, creo que al pontífice
máximo se le debe elegir.
-¡Me
tiene sin cuidado lo que creas!
-Entonces,
¿para qué estoy aquí?
-¡Desde
luego, no para hacerme observaciones!
-Perdona.
Sila
giró sobre sus talones y clavó su fiera mirada en el flamen dialis.
-No
te infundo el menor temor, ¿verdad, muchacho?
César
esbozó la famosa sonrisa que cautivaba mentes y corazones. ¡La misma sonrisa que
la de su hijo!
-Solía
esconderme en un falso techo encima del comedor para verte hablar con mi madre.
Han cambiado los tiempos y las circunstancias, pero a uno no puede darle miedo
una persona por la que ha sentido un súbito afecto al descubrir que no era
amante de su madre.
La
respuesta desencadenó una risotada en Sila, que hizo que se le saltaran las
lágrimas.
-¡Cierto,
cierto! No lo fui. Lo intenté en una ocasión, pero ella tuvo la gran prudencia
de rechazarme. Tu madre piensa como un hombre. Yo no traigo suerte a las
mujeres. Es mi sino -añadió, mirando de arriba abajo a César con sus inquietos
ojos claros-. Tú tampoco les traerás suerte, aunque tendrás muchas.
-¿Para
qué me has mandado llamar si no vas a pedirme consejo?
-Por
un asunto relacionado con la reglamentación de la conducta religiosa. Me han dicho
que naciste el mismo día del año en que empezó el incendio del templo de
Júpiter.
-Sí.
-¿Qué
interpretación le das?
-Un
buen augurio.
-Desgraciadamente,
el colegio de pontífices y el de augures no coinciden contigo, joven César. Hace
tiempo que vienen estudiando el caso tuyo y de la flaminica, y han llegado a la
conclusión de cierta irregularidad en ella que es la causa de la destrucción
del templo del gran dios.
El
rostro de César se iluminó de gozo.
-¡Ah,
cuánto me alegro de que me lo digas!
-¿Eh?
¿Decirte qué?
-Que dejo de ser flamen dialis.
-No
he dicho eso.
-¡Claro
que lo has dicho!
-Has
entendido mal, muchacho. Sigues siendo el flamen dialis. A esa conclusión han llegado
quince sacerdotes y quince augures.
La
alegría se había desvanecido del rostro del joven.
-Prefiero
ser militar -dijo malhumorado-. Tengo mejores dotes.
-Lo
que tú prefieras no cuenta. Cuenta lo que eres; y lo que es tu esposa.
César
frunció el ceño y miró inquisitivo a Sila.
-Es
la segunda vez que mencionas a mi esposa.
-Tienes
que divorciarte de ella -dijo Sila sin rodeos.
-¿Divorciarme?
¡ Imposible!
-¿Por
qué?
-Porque
estamos casados por confarreatio.
-Pero
existe la diffarreatio.
-¿Y
por qué tengo que divorciarme de ella?
-Porque
es hija de Cinna, y resulta que mis leyes relativas a los proscritos y sus familiares
presentan un pequeño defecto en relación con la condición de ciudadanía de los
niños. Los sacerdotes y augures han decidido que es aplicable la lex Minicia,
por lo que tu esposa, que es flaminica dialis, no es romana ni patricia. Y, por
consiguiente, no puede ser flaminica dialis. Como el cargo es de naturaleza
dual, la legalidad de su posición es tan importante como la tuya. Tienes que
divorciarte de ella.
-No
lo haré -replicó César, comenzando a entrever una salida a su detestado
sacerdocio.
-¡Harás
lo que yo te diga que hagas, muchacho!
Los
arrugados labios se abrieron lentamente.
-Soy
el dictador y tienes que divorciarte de tu esposa -dijo Sila sin levantar la
voz.
-Me
niego -contestó César.
-Puedo
obligarte a ello.
-¿Cómo?
-inquirió César despectivo-. El proceso de diffarreatio requiere pleno consentimiento
por ambas partes.
Haría
temblar de miedo a aquel insolente, pensó Sila, dejándole atisbar la monstruosa
criatura que llevaba dentro; pero mientras trataba de avasallarle, comprendió
por qué aquellos ojos le resultaban tan conocidos. ¡Eran igual que los suyos! Y
sostenían su mirada con la fijeza fría y carente de emoción de la serpiente. El
monstruo sañudo de Sila hubo de retirarse, impotente. Por primera vez en su
vida se veía desprovisto de los medios para doblegar a otra persona a su
voluntad; y no le brotaba la rabia que habría debido ponerle fuera de si,
obligado a contemplar en un rostro ajeno su propia imagen. Lucio Cornelio Sila se
veía impotente. Tuvo que recurrir a simples palabras.
-He
prometido restaurar la ética religiosa conforme al mos maiorum -dijo-. Roma honrará
y servirá a sus dioses como se hacía en el alba de la República. Júpiter
Optimus Maximus está descontento contigo... Mejor dicho, con tu esposa. Tú eres
su sacerdote, pero tu esposa es parte inseparable de tu condición sacerdotal, y
debes apartarte de esa esposa inaceptable y casarte con otra. Debes divorciarte
de esa mocosa de Cinna no romana.
-No
lo haré -contestó César.
-Pues
buscaré otra solución.
-Yo
tengo una -replicó César-. Que se divorcie de mí Júpiter Optimus Maximus. Anula
mi sacerdocio.
-Como
dictador, hubiera podido hacerlo de no haber pasado el asunto al colegio de
sacerdotes. Pero ahora tengo que actuar en consonancia con su veredicto.
-Pues
me parece -añadió César imperturbable -que hemos llegado a un callejón sin salida.
-No.
Hay otra solución.
-Matarme.
-Exactamente.
-Eso
sería mancharte las manos con la sangre del flamen dialis, Sila.
-No,
si se las mancha otro. Yo no suscribo la metáfora griega, Cayo Julio César. Ni tampoco
los dioses romanos. La culpabilidad es intransferible.
César
reflexionó.
-Creo
que tienes razón. Si mandas a otro que me mate la culpa recaerá sobre él -dijo,
poniéndose en pie y quedando unos centímetros por encima de Sila-. Entonces ha concluido
la entrevista.
-Eso
es. A menos que lo reconsideres.
-No voy a divorciarme de mi esposa.
-Pues
te haré matar.
-Si
puedes -dijo César, abandonando el despacho.
-¡Sacerdote
-gritó Sila a sus espaldas-, te olvidas la laena y el apex!
-Guárdalos para el próximo flamen dialis.
( C. McC. )
TRAS DOS AÑOS DE CAMPAÑA MILITAR, SILA SE REENCUENTRA CON CECILIA METELA DALMÁTICA
Quizá
redundase en beneficio de otras regiones de Italia que la familia de Sila
llegase a Roma en aquellos momentos y le hiciera recobrar una especie de
normalidad de la que carecía, aunque no la hubiese echado de menos. Para
empezar, no sabía que al ver a Dalmática se llevaría tal impresión; las piernas
le fallaron, y tuvo que sentarse.
Hermosísima
-algo que él no ignoraba-, con sus grandes ojos grises y la tez oscura como el
cabello; y aquella mirada amorosa que nunca se apagaba ni modificaba por viejo
y feo que se fuera haciendo él. Y allí estaba, sentada en su regazo, echándole
los brazos al escuálido cuello, apretando los pechos contra su cara,
acariciándole la costrosa cabeza y besándosela como si fuese la magnífica testa
de pelo rubio-rojizo de antaño. Y la peluca, ¿dónde estaba? Pero ella ya le
alzaba el rostro y sintió aquellos dulces labios sobre los suyos yertos hasta
recobrar la lozanía... Recobraba las fuerzas, y se levantó alzándola al mismo
tiempo en sus brazos, y con ella se fue triunfante a la habitación. Tal vez,
después de todo, sea capaz de amar, pensó, hundiéndose en sus brazos.
-¡Cómo
te he echado de menos! -exclamó.
-Cómo
te quiero -respondió ella.
-Dos
años... Han pasado dos años.
Una
vez consumido el fervor de aquel primer encuentro, volvió a su papel de esposa
y le miró
complacida.
-¡Tu
piel está mucho mejor!
-Morsimo
me envió el ungüento.
-Ya
no te pica.
-Ya no me pica.
UN CASO DE ELECCIONES A TRIBUNO DE LA PLEBE: LA CANDIDATURA DE MARCO LIVIO DRUSO
Druso
no anunció su candidatura a tribuno de la plebe hasta la mañana del día de las elecciones,
lo que, generalmente, habría sido una estratagema temeraria, pero en este caso
resultó una excelente idea, pues le ahorró tener que contestar a preguntas comprometidas
durante el plazo preelectoral y, por otra parte, pareció como si al ver la poca
entidad de los otros candidatos hubiese alzado los brazos escandalizado y se hubiera
decidido a presentarse para mejorar el equipo. Los mejores nombres del resto de
la candidatura eran Sestio, Saufeio y Minicio, ninguno de ellos noble, y menos
aún de valía. Druso anunció su candidatura después que lo hubiesen hecho otros
veintidós.
Fueron
unas elecciones tranquilas, poco concurridas. Se presentaron unos dos mil electores, porcentaje muy reducido; y como en la zona de los Comitia cabían con
holgura el doble, no hubo necesidad de hacerlas en un recinto mayor, como el
circo Flaminio. Una vez declarados los candidatos, el presidente del colegio
saliente de tribunos de la plebe inició el procedimiento de votación instando a
los electores a agruparse en tribus; el cónsul Marco Perperna, un plebeyo, no
quitaba ojo de todo, como encargado del escrutinio, y como la asistencia fue
baja, los esclavos públicos que sostenían las sogas que separaban a las tribus
no tuvieron que enviar a recintos acotados con cuerdas fuera de la zona a las
tribus más numerosas.
Como
se trataba de una elección, las treinta y cinco tribus emitieron el voto a la
vez en lugar de hacerlo sucesivamente una tras otra, como en el caso de aprobar
una ley o dar el veredicto de un juicio. Las cestas en que se depositaban las
tablillas de cera inscritas con el voto estaban en un estrado debajo del muro
de los rostra, al que sólo tenían acceso los tribunos de la plebe
salientes, los candidatos y el cónsul encargado del escrutinio.
El
estrado de madera instalado al efecto seguía la curva de la grada inferior de
la zona de votaciones, tapándola. Treinta y cinco angostos pasadizos en cuesta
iban desde la parte inferior hasta las cestas, a una altura de unos seis pies,
y las sogas que separaban a las tribus se extendían a modo de porciones de
tarta hasta el lado opuesto a los rostra. Los electores llegaban a la
rampa, recibían su tablilla de cera de los custodes, se detenían a
inscribir su elección con el stylus, ascendían por el puente de tablas y
la depositaban en la cesta de su tribu correspondiente. Una vez cumplido el
deber electoral, salían andando por la grada superior y del recinto por ambos
lados del muro de los rostra. Los que se habían tomado la molestia o se
habían sentido con ánimo de revestir la toga, no se marchaban hasta después del
recuento, por lo que, después de votar, se quedaban rezagados en el bajo Foro
charlando, comiendo un tentempié y observando cómo iba la votación.
Durante
todo este largo proceso, los tribunos de la plebe salientes permanecían detrás
de la tribuna de los rostra, los candidatos, delante, y el presidente
del colegio saliente con el cónsul encargado del escrutinio, sentados en un
banco, enfrente, para ver todo lo que sucedía en el recinto inferior.
Algunas
tribus, en particular las cuatro urbanas, contaban aquel día con varios centenares
de electores, mientras que otras tenían muchos menos, incluso sólo un par de
docenas en el caso de tribus rurales distantes. Sin embargo, sólo contaba un
voto por cada tribu: el de la mayoría de sus miembros, lo que a las tribus
rurales distantes les confería una ventaja desproporcionada.
Puesto
que las cestas sólo tenían capacidad para aproximadamente cien tablillas, las retiraban
a medida que se llenaban para poner otras en su lugar; el recuento lo fiscalizaba
constantemente desde su posición central el cónsul encargado del escrutinio,
que efectuaban, en una gran mesa en la grada superior, a sus pies, treinta y
cinco custodes con sus ayudantes.
Una
vez concluido, unas dos horas antes de ponerse el sol, el cónsul encargado leía
los resultados ante los que habían aguardado hasta el final y los que habían
vuelto a congregarse en el recinto, ya sin cuerdas, y autorizaba también la
publicación de los resultados en una hoja de pergamino que se exponía en el
muro de atrás de los rostra con vista al Foro, para que en días sucesivos
pudieran leerlos los que por allí pasaban.
Marco
Livio Druso fue el nuevo presidente del Colegio, después de efectuar el escrutinio
de la mayoría de las tribus; de hecho, las treinta y cinco tribus le habían
votado, fenómeno extraordinario. Los Minicios, Sestius y Saufeios también
fueron votados, y otros seis con nombres tan poco conocidos y sugerentes que
casi nadie los recordó, ni dieron motivo para ello durante el año que
permanecieron en el cargo, que se inició el décimo día de diciembre, unos treinta
días a partir de la votación. Naturalmente, a Druso le encantó no tener
adversarios de talla.
El
colegio de los tribunos de la plebe tenía su sede en la basílica Porcia, en la
planta baja y en el extremo próximo al Senado; era un espacio abierto con mesas
y sillas plegables sin respaldo y con el molesto estorbo de varias gruesas
columnas. Como la basílica Porcia era la más antigua de Roma, su construcción
era muy rara. Allí, los días en que no se podía hacer la reunión en la zona de
votaciones o no había convocatoria, se sentaban los tribunos de la plebe para
escuchar a los que les planteaban problemas, quejas y sugerencias.
Druso
estaba deseando iniciar su nueva tarea y pronunciar el discurso inaugural en el
Senado. La oposición de los magistrados mayores era de esperar, ya que Filipo
había vuelto a ser segundo cónsul con Sexto Julio César, el primer Julio que se
sentaba en la silla consular en cuatrocientos años; Cepio volvía a ser pretor,
aunque uno entre ocho en lugar de los seis habituales, pues había años en que
el Senado consideraba que seis eran insuficientes y recomendaba elegir ocho. Y
éste era uno de esos años.
La
intención de Druso era comenzar a legislar antes que ninguno de sus colegas
tribunos, pero cuando el colegio asumió sus funciones el diez de diciembre, al
patán de Minicio, nada más terminar la ceremonia, le faltó tiempo para anunciar
con voz chillona que convocaba el primer contio para hablar de una nueva
ley muy necesaria. En el pasado, dijo Minicio, a los hijos de un matrimonio
entre dos cónyuges uno de los cuales no era ciudadano romano, se les asignaba
la condición del padre. ¡Eso era muy fácil! ¡Demasiados romanos híbridos!,
gritó Minicio. Y para cerrar aquella brecha inadmisible en la ciudadela romana,
anunció la promulgación de una nueva ley que impidiera otorgar la ciudadanía
romana a todos los hijos de matrimonios mixtos, aunque el padre fuese romano.
La lex
Minicia de liberis fue una desagradable sorpresa para Druso, pues fue
aprobada en los Comitia entre aclamaciones, demostrando que la mayoría
de los electores de las tribus seguían pensando que la ciudadanía romana no
debía otorgarse a los individuos considerados inferiores; es decir: al resto de
la humanidad.
Cepio,
por supuesto, apoyó la medida, aunque se empeñó en que no se inscribiese en las
tablillas; acababa de hacerse amigo de otro senador, un cliente de Ahenobarbo,
pontífice máximo, a quien (mientras era censor) había incluido en los rollos
senatoriales. Riquísimo, fundamentalmente a expensas de sus compatriotas de
Hispania, el nombre del nuevo amigo de Cepio era imponente: Quinto Vario Severo
Hybrida Sucronensis. Aunque no era de extrañar que prefiriese que le llamaran
Quinto Vario; lo de Severo se lo había ganado por su crueldad más que por una
gravedad de la que carecía, el Hybrida era prueba de padre o madre sin
ciudadanía, y el Sucronensis indicaba que había nacido y se había criado en la
ciudad de Sucro de la Hispania Citerior. Apenas romano, más extranjero que los
itálicos, Quinto Vario estaba decidido a convertirse en uno de los hombres más
grandes de Roma, y no se andaba con remilgos respecto a cómo conseguirlo.
( C.
McC. )
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