martes, 16 de julio de 2019

TESTAMENTOS Y VÍRGENES VESTALES



Las vírgenes vestales eran las custodias de todos los testamentos de los ciudadanos romanos; el testamento de un hombre era sagrado, no se podía abrir hasta después de su muerte, y las vestales habían guardado los testamentos de los hombres desde el tiempo de los reyes. Se guardaban en los estantes de la Domus Pública, que era también la sede del Pontífice Máximo de Roma. Eran los testamentos del más pobre que apenas dejaba un cerdo en herencia, al más rico que dejaba enormes dimensiones de latifundios.

 

Las vestales tenían más de dos millones de testamentos; arriba, abajo, parte en el sótano. Tienen un sistema. En un lugar, los testamentos de las provincias y los países extranjeros; los testamentos italianos en otro, y los romanos en alguna otra parte. Encontrar el testamento de un ciudadano recién fallecido, podía llevar incluso días dar con ello. En cuanto el ejecutor del testamento lo solicitaba, una vez encontrado lo tenía que abrir delante de las vestales que actuaban como testimonio, donde dejaban marcado el sello de las vestales al final de la cláusula del testamento recién abierto para que no pudiera falsificarse.

 

Las vestales tenían la condición de sacrosantas e inviolables; podían caminar por cualquier parte sin el menor riesgo, porque ningún hombre, fuese el más pobre o el más predatorio, se atrevería a tocar a una virgen vestal. Si lo hacía, estaba condenado para toda la eternidad. Perdería la ciudadanía, sería azotado y decapitado y le serían confiscadas todas sus propiedades, hasta el más mísero vaso de cerámica. Su esposa y sus hijos morirían de hambre.


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