Lamento
profundamente cuanto dice el informe oficial, Cayo Mario. No es obra mía, te lo
aseguro, pero el problema está, viejo amigo, en que no tengo la energía
necesaria para zarandear con una mano a un ente de trescientos hombres. Lo hice
hace veinte años cuando el asunto de Yugurta, pero son precisamente estos
últimos veinte años los que pesan. No es que en el Senado haya trescientos
hombres estos días, pues serán más bien un centenar, ya que los que tienen
menos de treinta y cinco años están cumpliendo una clase u otra de servicio
militar, igual que algunos de los mayores, incluido un tal Cayo Mario.
La
llegada de tu cortejo fúnebre a Roma causó honda impresión. Toda la ciudad se
puso a plañir y a mesarse los cabellos, y no digamos a darse golpes de pecho.
De pronto la guerra cobraba realidad. Quizá no se les habría podido dar mejor
lección. La moral se les cayó a los pies más rápido que un rayo. Hasta que el
cadáver del cónsul llegó al Foro, creo que toda Roma -¡incluidos senadores y
caballeros!- consideraba que esta guerra era una prebenda. Pero ahora tenían
ahí a Lupo, de cuerpo presente, muerto por un itálico en un campo de batalla a
no muchas millas de Roma. Fue un momento dramático cuando salimos de la Curia
Hostilia y nos quedamos boquiabiertos al ver a Lupo y a Mesala. ¿Ordenaste a la
escolta que los destapase al llegar al Foro? ¡Apuesto a que sí!
En
fin, toda Roma está de luto y no se ve más que gente con vestiduras negras y monótonas
por todas partes. Todos los que quedan en el Senado visten el sagum en lugar de
la toga, y la franja estrecha de caballeros en la túnica en lugar del latus
clavus. Los magistrados curules se han quitado la insignia del cargo hasta para
sentarse en los sencillos taburetes de madera en la Curia y en los tribunales.
Se contemplan leyes suntuarias respecto a la púrpura, la pimienta y las
panoplias. De una indiferencia total, Roma ha pasado al extremo contrario. Por dondequiera
que voy oigo a la gente preguntarse si realmente vamos a perder la guerra.
Como
verás, la respuesta oficial se refiere a dos asuntos distintos. El primero lo
deploro personalmente, pero se adoptó en nombre de la «seguridad nacional». A
saber: en el futuro todas las bajas de guerra, desde el simple soldado hasta el
general, serán enterradas con las honras fúnebres que permitan las
circunstancias en el campo de batalla. Ningún cadáver debe entrar en Roma para
no minar la moral. ¡Tonterías, tonterías! Pero así lo han querido.
El
segundo es mucho peor, Cayo Mario. Conociéndote, sé que habrás leído ésta antes
que la oficial; por consiguiente, mejor será que te diga sin ambages que la
Cámara se negó a concederte el mando supremo. No es que te dejaran de lado,
porque no tuvieron el valor de hacerlo, pero han optado por un mando conjunto
entre tú y Cepio. Posiblemente no se habría podido adoptar decisión más asnal,
estúpida y fútil. Incluso haber nombrado a Cepio por encima de ti habría sido
más hábil. Pero supongo que tú sabrás arreglártelas con tu inimitable estilo.
¡No
sabes cómo me indigné. Pero el problema está en que los que quedan en la Cámara
son con gran diferencia las cagarrutas secas que quedan en la popa de la nave.
Los decentes están
en el campo de batalla o -como en mí caso- tienen una tarea que hacer en Roma,
pero somos un puñado comparado con esos boñigos. En este momento me siento como
si estuviera de más. Es Filipo quien dirige el cotarro. ¿Te imaginas? Ya fue un
horror tener que enfrentarse a él en aquellos días que desembocaron en el
asesinato de Marco Livio, pero ahora es peor. Y los caballeros de los Comitia
le comen en la palma de la mano. Escribí a Lucio Julio diciéndole que regrese a
Roma y escoja un cónsul suffectus en sustitución de Lupo, pero me contestó
diciendo que tenemos que arreglárnoslas solos porque él está muy ocupado como
para escaparse de Campania un solo día. Yo hago lo que puedo, pero de verdad,
Cayo Mario, me encuentro muy viejo.
Sin
duda, Cepio se pondrá insufrible cuando sepa la noticia. He tratado de organizar
los correos
para que tú lo sepas antes que él. Eso te dará un margen de tiempo para decidir
cómo tratarlo cuando se te presente empavonado. Sólo puedo darte un consejo:
hazlo a tu manera.
( C.
McC.)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(4).jpg)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(5).jpg)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(6).jpg)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(2).jpg)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(1).jpg)
%2BA%2BCAYO%2BMARIO%2C%2BEN%2BEL%2BBLOG%2BIMPERIO%2BROMANO%2BDE%2BXAVIER%2BVALDERAS%2C%2BMINUSV%C3%81LIDOS%2BEN%2BLIBERTAD%2B(3).jpg)
Te felicito por tu blog esta interesantisimo, si no me equivoco la carta pertenece al libro "La corona de Hierba" de Colleen Mccullough , es una historia apasionante, el momento vivido y la franqueza de la carta demuestra lo grave que era la situación de Roma en esos duros momentos, haces buena labor dando a conocer estas cosas al mundo, ¡¡Vale MILITE!!
ResponderEliminarCAYO MARIO