miércoles, 27 de septiembre de 2017

CAYO SALUSTIO CRISPO DICE SOBRE LA POLÍTICA


Qué hermoso es hacer el bien a la república.







LOS ESCRITORES Y POETAS DEL PERÍODO ÁUREO DE AUGUSTO


VIRGILIO

Años antes, cuando volvió victorioso de la campaña contra Antonio, Augusto había encontrado, esperándole en Brindisi, a Mecenas con un joven poeta mantuano, Virgilio. Era hijo de un empleado del Estado de sangre céltica, a quienes los legionarios habían requisado la pequeña granja donde había un libro de poesías, las Églogas, que tuvieron un buen éxito. Mecenas le protegía y a la sazón quería hacer de él un instrumento para la propaganda de Augusto, a quien venía a presentarle.

MECENAS

Augusto se hizo leer por el autor el manuscrito de las Geórgicas, inéditas aún, y le tomó simpatía por dos razones que, con el arte que le importaba un ardite, tenían poco que ver: en primer lugar, porque Virgilio era enfermizo y enclenque como él y, por lo tanto, podía conversar a placer de bronquitis, amigdalitis y colitis; y después porque sus poesías celebraban los placeres de la vida rural y frugal a la que Augusto quería que volviesen todos los romanos. En realidad, como después dijo Séneca, Virgilio describía la campiña con el tono y el sabor de quien vive en la ciudad, o sea sobre una nota falsa. Pero Augusto no tenía oído para advertirlo. Lo que importaba era que la poesía de Virgilio tuviese cualidades didácticas. Recompensó al autor haciéndole restituir la alquería que había requisado a su padre. Virgilio no volvió a ella porque prefería escribir acerca del campo permaneciendo en Roma, pero, quedó agradecido a Augusto y en su honor compuso la Eneida, destinada a celebrar sus victorias. Escribía despacio, con mucha diligencia y escrupuloso estilo, dedicando a la labor la mayor parte del día, porque con las rentas de la finca y las liberalidades de Mecenas no tenía necesidad de trabajar para vivir, y otras distracciones no las conocía. No se había casado por motivos de salud, y sus amigos de Nápoles, donde de vez en cuando iba a invernar, le llamaban «la virgencita». Augusto estaba ansioso de ver el trabajo acabado. Virgilio le leía un fragmento de vez en cuando, pero no llegaba a terminarlo. En 19, interrumpió el veraneo para reunirse con el emperador en Atenas, sufrió una insolación, y en trance de morir en Brindisi, donde le trasladaron, recomendó que quemasen el manuscrito del poema. Tal vez se había dado cuenta de que la épica no era su cuerda, y prefería confiar su recuerdo a los otros escritos, fragmentarios y elegiacos. Augusto prohibió que se cumpliera la voluntad del difunto. Queriendo conservar a su propia gloria aquel monumento inacabado, salvó a la poesía una auténtica obra maestra del artificio.


Las solicitudes de Augusto para con la literatura no se pararon en Virgilio, sino que se extendieron también a muchos escritores, entre ellos Horacio y Propercio. Se los presentaba Mecenas, que era su empresario, y dio nombre a la categoría de los protectores del arte, haciéndose perdonar con ellos los malos versos que él mismo se jactaba de componer. Pero esa actitud ya estaba entonces muy difundida entre los romanos ricos, vueltos sensibles a la «cultura» aun cuando carecían de ella. Después de la primera casa editorial de Ático, nacieron otras muchas, que dieron impulso a un floreciente comercio. Ediciones de cinco o diez mil ejemplares, a mil o dos sestercios liras el ejemplar, todos escritos a mano por esclavos, quedaban agotados en pocos meses. El libro se había convertido en ornato obligatorio de toda casa que se respetase, aunque después no se leyese, y desde provincias llovían los pedidos.

HORACIO

Esta moda produjo gran efecto en la sociedad que, de guerrera e inculta, se fue aficionando cada vez más a los salones literarios. Y precisamente por esto, Augusto vio en ello un instrumento de reforma moral. Hasta que la vejez y las dolencias no le hubieron convertido en susceptible y quisquilloso, se mostró muy tolerante incluso para los epigramas y las sátiras que le afectaban personalmente. Hizo construir bibliotecas públicas, recomendó siempre a Tiberio que se abstuviese de castigar y que se guardase la censura, y él mismo compuso una vez algún verso que otro para mandarlo a un griego que cada día le aguardaba a la puerta del palacio para leerle los suyos. El griego le recompensó con una gratificación de pocos dineros y una carta cortés en la que se excusaba, dada su pobreza, de no poder pagar mejor. Augusto se divirtió bastante con aquella réplica ingeniosa y le hizo entregar cien mil sestercios.

EMPERADOR TIBERIO

Los escritores y los poetas, empero, decepcionaron las esperanzas del emperador, dando a la propaganda del Estado lo peor de sus producciones, y secundando con lo mejor las deplorables tendencias de una sociedad que cada vez se volvía más libertina y más burlesca, y renegaba de los grandes tiempos de la gloria, de la religión y de la naturaleza, a los que prefería el del amor y de la galantería. El bardo de estos nuevos motivos fue Ovidio, un abogado de los Abrazos que amargó a su padre negándose a seguir una carrera política y se proclamó designado personalmente por Venus para hablar de Eros. Se casó con tres mujeres, amó a muchas otras más, y de todas ellas escribió sin prejuicio alguno, declarando que se burlaba de todos los «catoncillos» que le criticaban. El éxito que obtuvo con sus versos dulces y lascivos le hizo creer hasta tal punto que era un gran poeta que las últimas palabras de sus Metamorfosis fueron, modestamente: Viviré en los siglos.

OVIDIO

Apenas las había esbozado, le llegó una orden de Augusto, intimándole a que se confinase en Constanza, en el mar Negro. Jamás se ha sabido con precisión de qué quería castigarle el emperador. Dícese que a causa de unas relaciones que tuvo con la nietecita Julia, que, en efecto, había sido expulsada en aquellos días. Ovidio, como todos los hombres de éxito fácil, no tenía temple para soportar la desgracia. Sus lamentos desde aquel lugar de confinamiento, Pónticas y Tristes, son más elogiables por su vena elegiaca que por su carácter. Volvió a Roma cadáver, tras haber pedido inútilmente en mil cartas piedad al emperador y ayuda a los amigos.

OCTAVIO AUGUSTO

En general, si bien se la ha llamado Período Áureo, la época de Augusto no vio un florecer literario y artístico comparable a la de la Grecia de Pericles o a la de la Italia del Renacimiento. Bajo aquel emperador burgués, se desarrolló un gusto igualmente burgués que prefería el justo medio, y el justo medio es, a menudo, mediocre. La moderación y la mesura, sazonadas con un poco de escepticismo bonachón y hogareño, eran las cualidades más apreciables. Y, efectivamente, el verdadero escritor de aquel tiempo es el que lo representó: Horacio.


Era hijo de un recaudador de contribuciones apulio, que quería hacer de su vástago un abogado y un hombre político y, a costa de quien sabe qué sacrificios, le mandó a estudiar, primero a Roma y después a Atenas. Aquí Horacio conoció a Bruto, que se aprestaba a la batalla de Filipos y que tomó simpatía a aquel joven, nombrándole por las buenas comandante de una legión, lo que ayuda a comprender por qué su ejército fue derrotado. Horacio, en lo más recio del combate, tiró yelmo, escudo y espada y se volvió a Atenas para escribir una poesía sobre lo noble y dulce que es morir por la patria.


Repatriado sin un real, se empleó con un cuestor y se puso a escribir versos sobre las cortesanas que frecuentaba, pues a los salones no se le invitaba, y señoras honestas no conocía. Un día, Virgilio leyó un libro de Horacio y habló de él con entusiasmo a Mecenas, quien le rogó que le trajese al autor. En seguida le tomó simpatía a aquel provinciano un poco zafiote, regordete, orgulloso y tímido, y le propuso a Augusto como secretario, quien aceptó. Pero Horacio rehusó lo que a cualquier otro le hubiese parecido el maná del cielo: en parte porque su temperamento le inclinaba más a la contemplación que a la acción, y también porque no era ambicioso ni codicioso, y sobre todo, creemos, porque no se fiaba de ligar su suerte a la de un hombre político que mañana podía ser liquidado y arrastrarle a él al mismo fin. Mecenas, para que pudiera dedicarse más desahogadamente a la literatura, le regaló en Sabina una villa con buenas tierras. Ha sido desenterrada en 1932 y nos ha dado la medida de la generosidad de aquel ricachón. Tenía veinticuatro estancias, un gran pórtico, tres baños, un hermoso jardín y cinco cortijos.


Ahora que era un acomodado propietario, Horacio pudo entregarse de lleno a su verdadera vena, que era la de moralista. Sus sátiras son un precioso muestrario de los tipos más corrientes de romano de aquel tiempo. Los tomó de la calle, no de la Historia o de los palacios, y los representó con burlona displicencia, haciendo de cada uno un «carácter». De vez en cuando, para congraciarse con el Gobierno, escribía algún verso de loa insincera y retórica a Augusto, que quedaba muy halagado, por lo que le ordenó completar las Odas con su Carme saeculare en las que se celebrasen sus empresas y las de Druso y Tiberio. Horacio se aprestó a ello suspirando y sin pizca de inspiración. Tenía que habérselas con la Gloria, el Hado y los Destinos Infalibles: todas cosas más grandes que él y por las cuales no tenía simpatía. Terminó aquel feo poema fatigado y aburrido, tras haberlo interrumpido mil veces para escribir aquellas Epístolas a los amigos, sobre todo a Mecenas, que siguen siendo, con las sátiras, su obra maestra.


Se volvía cada vez más sedentario, en parte a causa de su estado de salud que le obligaba a muchos cuidados y a una rígida dieta. En vano Mecenas le invitaba a viajes turísticos. Horacio prefería quedarse en Roma, y más aún en su villa, a comer unos «spaghettini» hechos en casa, un poquitín de cocido y una manzana asada. Aunque después se vengaba cantando en sus poesías la amistad convival y los amores con Glicera, Neera, Pirra, Lidia, Lalage e infinitas mujeres más que nunca existieron o que apenas conoció. Tenía por la virtud un respeto de estoico, por el placer una simpatía de epicúreo, pero no pudo jamás practicar ni aquélla ni éste a causa de sus ardores de estómago, el reumatismo y la insuficiencia hepática.


No se engañaba sobre la decadencia de la sociedad y la atribuía justamente a la de la religión. Pero no tenía la fuerza de apoyarla porque tampoco él creía en nada.


La angustia de la muerte nubló sus últimos años, durante los cuales ni siquiera quiso volver a Roma. Sus cartas están henchidas de ella. «Has hecho, comido y bebido suficiente: ahora ya es hora de irse», se repetía a sí mismo. Mas no era verdad. Hubiera querido hacer, comer y beber todavía un poco más, pero sin dolor de estómago.


Murió a los cincuenta y siete años, dejando su propiedad al emperador y rogándole que le hiciera enterrar al lado de Mecenas, que había fallecido pocos meses antes. Y le dieron satisfacción.


Lo que la edad de Augusto no supo dar a las Artes y a la Filosofía, lo dio en cambio a la Historia á través de Tito Livio, otro céltico como Virgilio, nacido en Padua. También él, según las intenciones de la familia, hubiese debido ser abogado, pero prefirió dedicarse al estudio de la Roma antigua por el desagrado que le inspiraba la contemporánea. Desgraciadamente, no nos ha dejado ningún escrito de sus vicisitudes personales; estaba demasiado atareado en contarnos las de los Horacios y de los Escipiones, que llenaban, ab urbe condita, o sea desde la fundación de la ciudad, ciento cuarenta y dos libros, de los cuales sólo una cuarentena han llegado hasta nosotros. Era una labor inmensa, haciéndola como la hacía él, es decir, sin ahorrar, a la Bacchelli. Y se comprende por qué, al llegar a las guerras púnicas, no le quedasen ya alientos y quisiera dejarlo. Augusto le estimuló a proseguir.


Asombra un poco, dado que la obra de Livio es toda ella una exaltación de la gran aristocracia republicana y conservadora, y como tal, adversa a César y al cesarismo. Pero es asimismo un himno a las antiguas y austeras costumbres, o sea al «carácter» romano, y esto era lo que gustaba al emperador. Sobre la exactitud de lo que Livio refiere hacemos nuestras reservas, especialmente allí donde él pone en boca de sus personajes discursos enteros que se asemejan más a Livio que a ellos. La suya es una Historia de héroe, un inmenso fresco en episodios y sirve más para exaltar al lector que para informarle. De darle crédito, Roma estaría poblada tan sólo, como la Italia de Mussolini, por guerreros y navegantes absolutamente desinteresados, que conquistaron el mundo para mejorarlo y moralizarlo. En Roma estaban solamente los buenos, y fuera de Roma tan sólo los malos. Hasta un gran general como Aníbal se convierte bajo su pluma, en un vulgar ratero.


Esto no quita que la «Historia» de Livio, que costó cuarenta años de trabajo a un autor que se dedicó tan sólo a ella, quede como un monumento literario. Acaso el más. grande de los que, más bien mediocres, se erigieron bajo el signo de Augusto.



martes, 26 de septiembre de 2017

SÉNECA DICE SOBRE LA MUERTE


Incierto es el lugar en donde la muerte te espera; espérala, pues, en todo lugar.










TRES ANÉCDOTAS SOBRE TIBERIO


Como Lucio Pisón fue capaz de aguantar su ritmo en una juerga bebiendo sin parar dos días seguidos, Tiberio le nombró guardián de la ciudad.

( Plinio en "Historia natural")

 

Tal era su fama de borracho que la gente cambió su nombre Tiberius Claudio Nero, por el de Biberius Caldius Mero ( "Bebedor de caldos sin mezcla de agua")

( Suetonio en "Vida de Tiberio")

 

En un chiste bastante más ingenioso que el que se puso a proferir el populacho cuando murio: Tiberium in Tiberim! ( arrojemos a Tiberio al Tiber)

( Suetonio en "Vida de Tiberio")

 

NOTA:- No hay que olvidar que Tiberio era un nombre que significaba "del Tíber", el río que pasaba por Roma.








DESEOS LIBIDINOSOS


¿Por qué a la gente le da vergüenza admitir que tiene ganas de realizar el acto sexual, pero no tiene empacho en admitir que desea beber, o comer o cualquier otra cosa por el estilo?. ¿Acaso porque la mayor parte de esos deseos responden a necesidades y en algunos casos, si no se satisfacen, causan la muerte, mientras que el deseo de los placeres de Afrodita es superfluo?


( Aristóteles en "Problemas")








PASEANDO ENCIMA DEL ORO


Por último, inflamado por el deseo de sentir el contacto del dinero, se paseaba a menudo descalzo sobre los enormes montones de monedas de oro esparcidos por un local muy amplio, e incluso se revolcaba en ellos durante largo tiempo.

( Suetonio en "Vida de Calígula")






EL CÓNSUL LUCIO GELIO PUBLÍCOLA


 
Lucio Gelio Publícola (en latín, Lucius Gellius Publicola) fue un político y militar romano.
 
Nadie de su familia había alcanzado ninguno de los altos cargos del estado antes que él. Fue contubernalis del cónsul Cayo Papirio Carbón. El año en que fue pretor se desconoce, pero después de su pretura recibió la provincia de Acaya, con el título de procónsul, y durante su gobierno ofreció, en son de burla, su mediación entre los filósofos rivales de Atenas, para conciliar sus controversias.​ En 74 a. C. defendió la causa de M. Octavio Ligur, cuyo adversario se vio injustamente favorecido por el pretor Verres.
 
En 72 a. C. alcanzó el consulado con Léntulo Clodiano, un año después del inicio del levantamiento de Espartaco. Los dos cónsules fueron asignados a la guerra contra los esclavos sublevados.
 
En un principio derrotó a los 20.000 esclavos rebeldes que lideraba Criso cerca del monte Garganus, en Apulia, en donde el líder rebelde perdió la vida y ordenó a sus hombres marchar al norte en persecución del resto de sediciosos. Con Clodiano combatiendo a Espartaco en el norte, Gelio esperaba atacar por detrás y acabar con ellos. No obstante, Clodiano cayó derrotado y Espartaco atacó a Gelio, sobre el que también alcanzó la victoria.​A continuación, los dos cónsules unieron sus fuerzas, pero fueron derrotados nuevamente en Picenum.
 
Fue por esta época, en que los cónsules presentaron e hicieron aprobar una ley para ratificar las concesiones de ciudadanía que había hecho Gneo Pompeyo a Hispania.​ Otra propuesta de los cónsules fue que ningún provincial podría ser acusado de crímenes capitales en ausencia. Esta ley iba dirigida contra Verres.
 
El Senado decidió entonces destituir a los dos cónsules y conceder el mando a Craso.​ En 70 a. C. Gelio y Clodiano alcanzaron la censura  y ejercieron el cargo con severidad, expulsando a muchos senadores entre los cuales estaba Gayo Antonio. Fue durante su censura que Pompeyo, que era entonces cónsul, apareció como un ecuestre común en el solemne desfile de los equites, y, entre los aplausos de los espectadores, llevó su caballo ante la silla curul de los censores, y respondió a las preguntas de rigor.
 
En 67 a. C. y 66 a. C. sirvió como uno de los legados de Pompeyo en la guerra contra los piratas teniendo a su cargo el mar de Toscana. Durante la primera conspiración de Catilina se hizo un intento para apoderarse de su flota, y aunque lo pudo evitar estuvo a punto de morir. Por eso en el año 63 a. C. dio activo apoyo a Cicerón en la represión de la conspiración, y propuso que Cicerón debía ser recompensado ​​con una corona cívica. A partir de ese momento fue muy cercano del orador y del partido aristocrático.
 
En 59 a. C. se opuso a la ley agraria de Julio César; en 57 a. C. se manifestó a favor de llamar del exilio a Cicerón. Todavía estaba vivo en 55 a. C., cuando Cicerón pronunció su discurso contra Pisón, pero probablemente murió poco después. Se sabe que se casó dos veces.