martes, 3 de marzo de 2015

DISCURSO DEL CÓNSUL CAYO JULIO CÉSAR EN EL SENADO PROPUGNANDO UN PROYECTO DE LEY AGRARIA ( LA LEX AGRARIA JULIA CAESAR)

 


Mis escribas han preparado trescientas copias del proyecto de ley; el tiempo ha impedido que se hicieran más .No obstante, hay suficientes para que cada dos senadores compartan una copia, y hay otras cincuenta copias a disposición del pueblo. Instalaré una barraca a la puerta de la basílica Emilia con un secretario legal y un ayudante a fin de que estén de servicio para que aquellos miembros del pueblo que deseen leer el proyecto con detenimiento o quieran exponer sus dudas puedan hacerlo. Junto con cada copia va un resumen de referencias útiles a las cláusulas o capítulos pertinentes, por si algunos de los lectores o de los que tengan preguntas que hacer tienen más interés por algunas disposiciones que por otras.

 

Sinceramente, espero que todos lo lean . Quiero críticas, quiero sugerencias útiles, quiero saber qué está mal en el proyecto.  Puede que la brevedad sea el meollo del ingenio, pero la brevedad en las leyes que requieren longitud significa que son leyes malas. Toda contingencia debe ser examinada, explorada y explicada. La legislación irrecusable es la legislación larga. Veréis pocos proyectos de ley bonitos y breves que procedan de mí, padres conscriptos. Pero cada uno de los proyectos de ley que pienso presentaros habrá sido redactado personalmente según una fórmula diseñada para cubrir todas las posibilidades previsibles. 


Italia es Roma, no cometamos ningún error a ese respecto. Las tierras públicas de las ciudades, de los pueblos, de los municipios y de las comarcas de Italia pertenecen a Roma, y gracias a las guerras y a las migraciones hay muchos distritos de arriba abajo de esta península que se han despoblado tanto y están tan infrautilizados como cualquier parte de la moderna Grecia. Mientras que Roma se ha convertido ahora en una ciudad superpoblada.


 El subsidio del grano es una carga mayor de la que el Tesoro debería afrontar, y al decir esto no estoy criticando la ley de Marco Porcio Catón. En mi opinión, la suya fue una medida excelente. Sin ella habríamos visto disturbios y malestar general. Pero el hecho es que en lugar de subvencionar el subsidio del grano que crece de día en día, deberíamos estar aliviando la superpoblación dentro de la ciudad de Roma, ofreciendo para ello a los pobres de Roma algo más que la oportunidad de alistarse en el ejército.
 

Tenemos además unos cincuenta mil soldados veteranos que vagan arriba y abajo por todo el país, ¡incluida esta ciudad!, sin los medios para establecerse, al llegar a la mediana edad, y convertirse en pacíficos y productivos ciudadanos capaces de procrear legítimamente y proporcionarle a Roma los soldados del futuro, en lugar de engendrar mocosos sin padres que van por ahí colgados de, las faldas de mujeres indigentes. 


Si nuestras conquistas nos han enseñado algo, es, desde luego, que somos los romanos quienes mejor luchamos, quienes damos las victorias a nuestros generales; quienes sabemos mirar con ecuanimidad la perspectiva de un asedio de diez años de duración, quienes sabemos levantarnos después de sufrir pérdidas y sabemos empezar a luchar otra vez desde el principio.

 

Lo que yo propongo es una ley que distribuya hasta el último iugerum de tierra pública de esta península, salvo las doscientas millas cuadradas del Ager Campanus y las cincuenta millas cuadradas de tierra pública adyacentes a la ciudad de Capua, que son el principal campo de entrenamiento de nuestras legiones. Ello incluye, pues, las tierras públicas adyacentes a lugares como Volaterra y Aretio. Cuando yo vaya a poner mojones a lo largo de las rutas del ganado trashumante de Italia, quiero saber que éstas son el único terreno público que quede en la península, aparte de Campania. 


¿Y por qué no incluir también las tierras de Campania? Sencillamente porque llevan mucho tiempo en arrendamiento, y resultaría repugnante para aquellos que las tienen arrendadas tener que pasar ahora sin ellas. Eso, naturalmente, incluye al maltratado caballero Publio Servilio, el cual espero que ya haya vuelto a plantar sus viñas y les haya aplicado tanto estiércol como esas delicadas plantas sean capaces de tolerar.

 

Sin desposeer a ninguna persona que en el presente ocupe nuestro ager publicus bajo las condiciones que establecía una lex agraria anterior, he calculado que las tierras públicas disponibles proporcionarán parcelas de diez iugera cada una para quizás treinta mil ciudadanos que cumplan los requisitos que les dan derecho a ello. Lo cual nos deja con la tarea de encontrar tierras suficientes que en la actualidad sean de propiedad privada para otros cincuenta mil beneficiarios. 


Estoy contando con que puedan establecerse cincuenta mil soldados veteranos más treinta mil pobres urbanos de Roma. Sin incluir a cuantos veteranos puedan encontrarse dentro de la ciudad de Roma, treinta mil habitantes urbanos pobres trasladados a productivas parcelas en áreas rurales supondrán un alivio para el Tesoro de setecientos veinte talentos al año en dinero de subsidios para el grano. Si añadimos veintitantos mil veteranos que están en la ciudad, el ahorro se aproxima a la carga adicional que la ley de Marco Porcio Catón echó sobre los fondos públicos.

 

Pero incluso contando con la adquisición de tantas tierras como son ahora propiedad privada, el Tesoro puede proporcionar la ayuda financiera necesaria a causa de los ingresos, enormemente aumentados, que recibe ahora procedentes de las provincias orientales... aunque, por ejemplo, los contratos de recaudación de impuestos fueran reducidos, digamos, en una tercera parte. Yo no espero que los veinte mil talentos de beneficio neto que Cneo Pompeyo Magnus añadió al Tesoro alcancen para comprar tierras a causa de la relajación de las tarifas y aranceles impuesta por Quinto Metelo Nepote, un gesto munificente que ha privado a Roma de unos ingresos que necesita desesperadamente.

 

Cuando examinéis mi lex agraria, encontraréis que no es arrogante. No puede ejercerse presión de ningún tipo sobre los actuales propietarios de las tierras para que se las vendan al Estado, ni hay implícita una reducción de los precios de la tierra. Las tierras que compre el Senado deben pagarse según el valor que establezcan nuestros estimados censores Cayo Escribonio Curión y Cayo Casio Longino. Las escrituras de propiedad existentes deberán aceptarse como completamente legales, sin ningún recurso ante la ley que las desafíe. En otras palabras, si un hombre ha cambiado sus lindes y nadie se ha querellado por dicha acción, entonces esas piedras de linde son las que definen la extensión de su propiedad puesta en venta.

 

Ninguno de los que reciban una concesión de terreno podrá venderla o abandonarla en un período de veinte años.

Y por último, padres conscriptos, la ley propone que la adquisición y asignación de los terrenos resida en una comisión de veinte caballeros seniors y senadores. Si esta Cámara me concede un consultum para llevarlo al pueblo, entonces esta Cámara tendrá el privilegio de elegir a esos veinte caballeros y senadores. Si no me concede un consultum, entonces ese privilegio será para el pueblo. También habrá un comité de cinco consulares encargados de supervisar el trabajo de los comisionados. Yo, no obstante, no tomo parte en nada de ello. Ni en la comisión ni en el comité. No debe existir ninguna sospecha de que Cayo Julio César se propone enriquecerse o convertirse en el patrono de aquellos a quienes la lex Julia agraria conceda parcelas.


 Basta por hoy, honorables miembros de esta Cámara. Os doy doce días para leer el proyecto de ley y prepararos para el debate, lo cual significa que la próxima sesión para tratar de la lex Iulia agraria tendrá lugar dieciséis días antes de las calendas de febrero. La Cámara, no obstante, se reunirá de nuevo dentro de cinco días, que es el día séptimo antes de los idus de enero . Como no me gustaría pensar que ninguno de vosotros va sobrecargado de trabajo, he dado instrucciones para que doscientas cincuenta copias de la ley se entreguen en las casas de los doscientos cincuenta miembros de este cuerpo de mayor categoría. ¡Y, por favor, no os olvidéis de los senadores de categoría inferior! Aquellos de vosotros que leáis con rapidez, pasad la copia a otro en cuanto hayáis terminado. De lo contrario, ¿puedo sugerir que los hombres de categoría inferior acudan a sus superiores para pedirles que les dejen compartir la copia?


( C. McC. )

lunes, 2 de marzo de 2015

CÉSAR DICE SOBRE LA CARRERA HACIA EL CONSULADO




Mi tío Lucio Cornelio Sila solía decir que para un hombre no había una carretera más difícil que la que lleva consulado ni lo pasaba nunca tan mal como cuando por fin era cónsul. Pero me temo que yo lo pasaré aún peor.



CAYO JULIO CÉSAR Y MARCO CALPURNIO BÍBULO SE PRESENTAN A LAS ELECCIONES CURULES PARA CONSULES


El cónsul senior y oficial electoral, Quinto Cecilio Metelo Celer había instalado su barraca en el Foro inferior bastante cerca del tribunal del pretor urbano, y allí presidía para tomar en consideración las numerosas solicitudes que le eran presentadas por aquellos que deseaban presentarse a las elecciones de pretores o de cónsules. Sus obligaciones abarcaban también las otras dos tandas de elecciones, que se celebraban más tarde, en el mes de quintilis, Lo cual le había proporcionado a Catón excusa para adelantar el cierre de las candidaturas curules. De ese modo, decía Catón, el oficial electoral podía dedicar la atención y la consideración debida a los candidatos curules antes de tener que entendérselas con el pueblo y la plebe.

 

El hombre que se presentaba como candidato para cualquier magistratura se ataviaba con la toga candida, una prenda de cegadora blancura lograda a base de blanquearla al sol y de darle un frotado final con yeso. En pos del candidato iban sus clientes y amigos, cuanto más importantes mejor. Aquellos que tenían mala memoria empleaban un nomenclator, cuya obligación consistía en susurrar el nombre de cada uno de los hombres con que se encontraba en el oído permanentemente inclinado del candidato, cosa que resultaba difícil últimamente, pues los nomenclatores habían sido declarados oficialmente ilegales.

 

El candidato inteligente hacía acopio incluso de la última onza de paciencia y se preparaba para escuchar a cualquiera, a todo aquel que quisiera hablar con él, por muy prolongada o prolijamente que fuera. Si por casualidad se encontraba con una madre y su bebé, le sonreía a la madre y besaba al pequeño; en eso no había votos, desde luego, pero bien podía ser que ella convenciera al marido para que lo votase. El candidato se reía ruidosamente cuando venía al caso, lloraba copiosamente si le contaban cuentos de infortunio, se ponía solemne y serio cuando se abordaban temas solemnes y serios; pero nunca ponía cara de aburrimiento o de falta de interés, y se cercioraba de no decirle alguna inconveniencia a quien no debía. Estrechaba tantas manos que tenía que meter la mano en agua fría cada noche. Convencía a sus amigos famosos por su oratoria para que se subieran a la tribuna o la plataforma de Cástor y se dirigieran a los asiduos del Foro para hablarles del hombre tan sublime que era él, de qué firme pilar del sistema era él, de cuántas generaciones de imagines llenaban su atrio... y de lo malísimos, reprensibles, deshonestos, corruptos, no patrióticos, viles, sodomizadores, comedores de heces, violadores de niños, incestuosos, bestiales, depravados, amantes de la buena vida, perezosos, glotones y alcohólicos que eran todos sus oponentes. Le prometía todo a todo el mundo, por muy imposible que resultase cumplir tales promesas.

 

Muchas eran las leyes que Roma había puesto en las tablillas para restringir al candidato: no debía contratar al necesario nomenclator, no podía ofrecer espectáculos de gladiadores, se le prohibía agasajar a la gente, con excepción de sus más íntimos amigos y familiares, no podía hacer regalos y, desde luego, no podía pagar dinero como soborno. De manera que lo que ocurría era que con algunas de las cosas que estaban prohibidas -el nomenclator, por ejemplo- se hacía la vista gorda, y otras, como lo de los gladiadores y los banquetes, habían caído en desuso y el dinero que habrían costado se utilizaba en cambio para sobornos en metálico.

 

Lo interesante de un romano era que si consentía en ser comprado, comprado quedaba. Lo tenían como un asunto de honor, y a un hombre que no cumpliera después de ser sobornado se le hacía el vacío. Casi nadie que estuviera por debajo del nivel de un caballero de las Dieciocho era impermeable al soborno, cosa que suponía una muy bienvenida pequeña cantidad de dinero que tanto se necesitaba. Los principales beneficiarios eran hombres dula primera clase inferiores al nivel de las Dieciocho Centurias senior, y, en menor medida, los hombres de la segunda clase. La tercera,
cuarta y quinta clases no merecían el gasto, pues rara vez se les convocaba a votar en las elecciones centuriadas. Un hombre que tuviera de su parte a todas las Centurias no tenía verdadera necesidad de sobornar a la segunda clase, tanto peso tenían las Centurias en favor de los votantes de la primera clase, que también eran los más ricos, pues las Centurias estaban clasificadas basándose en los medios económicos.

 

Más difícil resultaba influir en las elecciones tribales mediante sobornos, pero no imposible. Ningún candidato a edil o a tribuna de la plebe se tomaba la -molestia de sobornar a los miembros de las extensas cuatro tribus urbanas; en lugar de ello, dichos candidatos ponían el esfuerzo en las tribus rurales que tenían unos cuantos miembros dentro de Roma en época de elecciones.

 

La cantidad que cada hombre ofreciera dependía de él. Podía, ser mil sestercios a cada uno de dos mil votantes, o cincuenta mil cada uno de cuarenta votantes con suficiente influencia como para convencer a otros hombres. Los clientes tenían obligación de votar a sus patrones, pero un regalo en dinero en metálico también ayudaba en ese terreno. Un desembolso de dos millones de sestercios en total era la suma que un hombre extraordinariamente rico podía pensar en gastarse; a lo sumo. Algunas elecciones eran igualmente famosas porque los sobornantes eran muy tacaños, y aquellos que esperaban que les sobornasen criticaban dichas elecciones con dureza.

 

Los sobornos se distribuían en su mayor parte antes del día las votaciones, aunque la mayoría de los candidatos que habían embolsado grandes sumas de dinero para sobornar se aseguraban de poner interventores tan cerca como fuera posible de las cestas para comprobar lo que un votante había grabado en su tablilla. Y el peligro radicaba en sobornar a la persona inadecuada; Catón era famoso por reunir a un buen número de hombres para que aceptase sobornos y luego los utilizaba como testigos ante el Tribunal de Sobornos. Aquello no era deshonroso, pues el hombre sobornado votaba desde luego como debía, pero luego no tenía remordimientos para prestar declaración en un procesamiento porque había sido reclutado precisamente para hacer eso antes de haber aceptado el dinero. Por ese motivo la mayoría de los hombres que eran procesados por soborno electoral habían logrado ser elegidos, desde Publio Sila hasta Antonio o Murena. No solía juzgarse a los sobornados, sólo juzgaban a los que habían pagado sobornos y salían elegidos.

 

Normalmente había hasta un total de diez candidatos a cónsules, seis o siete era el número más frecuente, y por lo menos la mitad de ellos procedían de las Familias Famosas. El electorado solía tener un campo donde elegir rico y variado. Pero el año en, que César se presentó a cónsul la Fortuna favoreció a Bíbulo y los boni. A la mayoría de los pretores del año de César les habían concedido una prórroga en sus respectivas provincias, así que no estaban en Roma para competir en unas elecciones donde el peso se inclinaba tanto en dirección a un hombre: todo romano al tanto de la política sabía que César no podía perder. Y ese hecho reducía las posibilidades de todos los demás. Sólo otro hombre aparte de César podía convertirse en cónsul, y si acaso sería cónsul junior. César, con toda seguridad, sacaría el máximo número de votos, lo cual lo convertiría en cónsul senior. Por tanto, muchos hombres que aspiraban a ser cónsules decidieron no presentarse en el año de César. Una derrota siempre era perjudicial.

 

Por consiguiente, los boni decidieron apostarlo todo a un solo hombre, Marco Calpurnio Bíbulo, e iban por todas partes convenciendo a los candidatos en potencia de familia noble o antigua para que no se presentase compitiendo con Bíbulo. ¡Él tenía que ser cónsul junior! Como cónsul junior estaría en posición de hacerle la vida a César como cónsul senior muy difícil y frustrante.

 

El resultado fue que sólo hubo cuatro candidatos, sólo dos de los cuales procedían de familias nobles: César y Bíbulo. Los otros dos candidatos eran Hombres Nuevos, y de los dos, sólo uno tenía alguna probabilidad: Lucio Luceyo, un famoso abogado y leal partidario de Pompeyo. Naturalmente Luceyo sobornaría, pues la fortuna de Pompeyo lo respaldaba, así como la considerable fortuna que él mismo poseía. La cantidad de dinero ofrecida en sobornos le daba a Luceyo una oportunidad, pero sólo una oportunidad remota. Bíbulo era un Calpurnio, le respaldaban los boni y sin duda él también recurriría a los sobornos.

( C. McC. )



domingo, 1 de marzo de 2015

LA CONJURACIÓN DE CATILINA, de CAYO SALUSTIO CRISPO








DISCURSO DE MARCO PORCIO CATÓN EN EL SENADO, SOBRE EL ESTADO DE LA MORAL EN ROMA

 

Padres conscriptos, el estado de la moral en Roma es una tragedia. Nosotros, los hombres que estamos por encima de todos los demás porque somos miembros del cuerpo gubernamental más importante de Roma, no estamos cumpliendo con nuestro deber de custodios de la moral romana. ¿Cuántos hombres de los aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántas esposas de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántos padres y madres de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántos hijos o hijas de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? Mi bisabuelo el Censor, el mejor hombre que Roma haya dado nunca, sostenía opiniones rotundas acerca de la moralidad, y acerca de todo lo demás. Él nunca pagó más de cinco mil sestercios por un esclavo. Nunca robó los afectos de ninguna mujer romana, ni se acostó con ella. Cuando murió su esposa, Licinia, se conformó con los servicios de una esclava, como corresponde a un hombre de setenta y tantos años. Pero cuando su propio hijo y su nuera se quejaron de que la esclava se había hecho la reina de la casa, él puso en su lugar a la chica y volvió a casarse. Pero no quiso elegir una esposa entre sus iguales, porque se consideraba demasiado anciano para ser un marido adecuado para cualquier noble romana. Así que se casó con la hija del liberto Salonio, su esclavo manumitido. Yo desciendo de esa estirpe, y me enorgullece decirlo. Catón el Censor era un hombre moral, un hombre recto, un adorno para este Estado. Le gustaban las tormentas y los truenos porque su esposa se abrazaba a él llena de terror y así podía permitirse a sí mismo abrazarla delante de los sirvientes y los miembros libres de la casa. Porque, como todos sabemos, un marido romano decente y moral no debería darle gusto a sus sentidos en lugares y a horas que no son los adecuados para actividades íntimas. 


Yo he modelado mi propia vida y conducta según ejemplo de mi bisabuelo, el cual, cuando le llegó la hora de muerte, prohibió que gastasen grandes sumas en sus exequias. Fue una pira modesta y sus cenizas se guardaron en una sencilla urna barnizada. Su tumba es aún más sencilla, aunque se encuentra lado de la vía Apia y siempre está adornada con flores que le lleva algún ciudadano admirador. Pero, ¿y si Catón el Censor tuviera que pasear por las calles de la Roma moderna? ¿Qué verían aquellos claros ojos? ¿Qué oirían aquellos oídos tan perceptivos? ¿Que pensaría aquel lúcido y formidable intelecto? Me estremece hablar de ello, padres conscriptos, pero me temo que debo hacerlo. No creo que él soportase vivir en este estercolero que llamamos Roma. Las mujeres se sientan en las cunetas tan borrachas que vomitan. Los hombres acechan en los callejones para atracar y asesinar. Niños de ambos sexos se prostituyen a la puerta de Venus Euxina ¡Incluso he visto a quienes parecían hombres respetables levantarse la túnica y agacharse para defecar en la calle cuando tenían a vista una letrina pública! La intimidad para las funciones corporales y la modestia en la conducta se consideran algo pasado moda, ridículo, risible. Catón el Censor lloraría. Luego se iría a casa y se colgaría. ¡Oh, cuántas veces he tenido yo que resistir la tentación de hacer lo mismo!.

 

Roma es un estofado. Pero, ¿qué otra cosa puede esperarse uno cuando los hombres que se sientan en esta Cámara se dedican a saquear a las esposas de otros hombres, o que sólo piensan en la santidad de su carne para abrirse paso por indecibles orificios hacia actos que no se pueden ni mencionar? Catón el Censor lloraría ¡Y miradme, padres conscriptos! ¿Veis cómo lloro? ¿Cómo puede ser fuerte un estado, cómo puede pensar en gobernar el mundo cuando los hombres que gobiernan ese estado son degenerados, decadentes, llagas asquerosas y rezumantes? ¡Debemos detener todo este interés por irrelevancias ajenas a nosotros, como los publicani de Asia, y dedicar un año entero a librar de malas hierbas el jardín de Roma! ¡A devolver la decencia a este lugar como nuestra más alta prioridad! ¡A promulgar leyes que hagan imposible que unos hombres violen a otros hombres, que delincuentes patricios fanfarroneen abiertamente de relaciones incestuosas, que los gobernadores de nuestras provincias exploten sexualmente a niños! 


Las mujeres que cometen adulterio deberían ser ejecutadas, como en los viejos tiempos. Las mujeres que beben vino deberían ser ejecutadas, como en los viejos tiempos. Las mujeres que aparecen en reuniones públicas en el Foro para abuchear y gritar insultos soeces deberían ser ejecutadas... aunque no como en los viejos tiempos, ¡porque en los viejos tiempos ninguna mujer habría osado ni en sueños hacer semejante cosa! ¡Las mujeres llevan en su seno y dan a luz hijos, no sirven para otra cosa! Pero, ¿dónde están las leyes que necesitamos para reforzar una moral como es debido? ¡No existen, padres conscriptos! ¡Y, sin embargo, si Roma ha de sobrevivir, esas leyes deben ser promulgadas!

 

Fijaos bien. ¡Las actuales condiciones escandalosas son resultado directo de una excesiva exposición a la laxitud oriental! ¡Desde que expandimos nuestro dominio por el Mare Nostrum hasta lugares como Anatolia y Siria, nosotros, los romanos, hemos caído en hábitos asquerosamente sucios importados de esos sumideros de iniquidad! Por cada cereza o cada naranja que hemos traído de allí para incrementar la productividad de nuestra amada tierra, hemos traído diez mil males. Es una mala acción conquistar el mundo, y no tengo reparos en decirlo. Que Roma continúe siendo lo que siempre fue en los viejos tiempos, un lugar moral y contenido lleno de ciudadanos trabajadores que se ocupaban de sus propios asuntos y no les importaba lo que sucediera en Campania o en Etruria, ¡y no digamos en Anatolia o en Siria! Todo romano era entonces feliz y estaba contento. El cambio vino cuando hombres avarientos y ambiciosos se levantaron por encima del nivel establecido para todos los hombres. ¡Debemos dominar Campania, debemos imponer nuestro gobierno en Etruria, todo italiano debe convertirse en romano! ¡Y todas las carreteras deben conducir a Roma! El gusano empezó a carcomer... lo que era bastante; dinero ya no bastaba, y el poder se hizo más embriagador que el vino. ¡Mirad el número de funerales pagados por el Estado que soportamos en estos tiempos! ¿Con qué frecuencia en los viejos tiempos desembolsaba el Estado su precioso dinero para enterrar a hombres que bien podían pagarse sus propios funerales?


 ¿Con qué frecuencia hace eso el Estado ahora? ¡A veces da la impresión de que soportamos un funeral estatal cada nundinum! Yo fui cuestor urbano, ¡y sé cuánto dinero público se despilfarra en frivolidades como funerales y festines! ¿Por qué ha de contribuir el Estado a pagar banquetes públicos para que el proletariado pueda regalarse con anguilas y ostras y se lleve a su casa las sobras en un saco? ¡Y os diré por qué! ¡Para que algún hombre ambicioso pueda comprarse el consulado! «¡Oh, grita ese hombre, pero si el proletariado no puede darme votos! ¡Yo soy un patriota romano, a mí simplemente me gusta dar placer a los que no pueden pagarse el placer!» ¡No, el proletariado no puede darles votos! ¡Pero todos los comerciantes que abastecen la comida y la bebida sí que pueden le dan los votos! ¡Mirad las flores de Cayo César cuando fue edil curul! ¡Por no hablar de que repartió refrigerios suficientes para llenar doscientas mil barrigas que no se lo merecían! ¡Intentad sumar, si sabéis, el número de vendedores de pescado y de flores que le deben a Cayo César su primer voto! Pero es legal, nuestras leyes contra el soborno no pueden tocar a César...

( C. McC. )


ALEJANDRO MAGNO DICE SOBRE LA TIERRA



La tierra no puede admitir dos soles.




CÉSAR DICE SOBRE LA SUERTE QUE HAY TRAS CRUZAR EL RUBICÓN



Todavía podemos retroceder, pero si cruzamos este puentecillo, todo habrán de decidirlo las armas.



HORACIO DICE SOBRE LA VIRTUD




Decídete a ser virtuoso. Comienza inmediatamente. El que demora para el día siguiente el vivir rectamente se asemeja al campesino que para cruzar un río espera que cese de pasar; pero el río corre y correrá eternamente.


CÉSAR DICE SOBRE EL DINERO



Mis soldados dependen del dinero, que depende de la fuerza, que depende de ellos mismos.


CLEÓBULO DICE SOBRE LA EDUCACIÓN




La abundancia de las palabras y la ignorancia predominan en la mayor parte de los hombres; si quieres sobresalir de la mayoría inútil, cultiva tu conocimiento y envuélvete en nubes de silencio.



CÉSAR DICE SOBRE LA EDAD




A mi edad Alejandro ya había conquistado el mundo, y yo aún no he hecho nada memorable.


OVIDIO DICE SOBRE LA DULZURA





Cualquier cosa que digas, dila con voz suave, sin acritud. Todo puede tolerarse a la mujer cuando se manifiesta con dulzura. 


CÉSAR DICE SOBRE EL DESTINO



Seré lo que los dioses y mi propia voluntad decreten







ARISTÓTELES DICE SOBRE LA FELICIDAD





Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego.