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sábado, 30 de julio de 2016

LA SEGUNDA REBELIÓN DE ESCLAVOS EN SICILIA



Treinta anos después de la denominada primera guerra servil, coincidiendo en el tiempo con los enfrentamientos decisivos frente a cimbrios y teutones, estallo nuevamente en Sicilia una rebelión de esclavos. Su desarrollo y desenlace, conocidos a través del relato de Diodoro Siculo, se asemejan considerablemente a los de aquel primer conflicto porque la situación socioeconómica era muy similar en ambos casos. El senado romano había elegido la vía de la represión militar sin tomar en consideración las causas ultimas de la rebelión, de modo que el riesgo de una nueva insurrección siguió latente.


Como consecuencia de la primera guerra servil, un gran numero de esclavos había muerto. Pero la estructura económica de Sicilia no sufrió cambios relevantes, de manera que siguió existiendo una fuerte demanda de mano de obra servil después del ano 132, en especial por lo que respecta a la ganadería pastoril, muy extendida en la isla. Las guerras en las que se vio envuelta Roma y la actividad de los piratas, en particular en el Mediterráneo oriental, proporcionaban continuamente nuevos esclavos que se vendían en mercados internacionales como el de la isla de Delos, uno de los mas importantes.


No resulto difícil para los terratenientes sicilianos suplir sus perdidas durante la primera insurrección con siervos llegados de diversos lugares del Mediterráneo, muy especialmente del mundo helenístico. Ellos fueron los protagonistas de la segunda rebelión, en la que su origen oriental se aprecia en la organización política y militar de la que se dotaron, diseñada a imagen y semejanza de las monarquías helenísticas.


En el ano 104, las ya habituales dificultades de reclutamiento habrían de ser la causa indirecta de la gran revuelta servil. Cuando el senado pidió a Nicomedes, rey de Bitinia, aliado de Roma, que enviara hombres para luchar en calidad de tropas auxiliares contra los germanos, el monarca adujo que le resultaba imposible, dado que un gran numero de bitinios habían sido convertidos en esclavos por los recaudadores de impuestos romanos. 


La queja era seguramente exagerada, y de hecho un contingente de soldados bitinios llego algún tiempo después a Sicilia para luchar contra los rebeldes. Pero no debía de estar exenta de fundamento, puesto que el senado promulgo un senadoconsulto por el que exhortaba a los gobernadores provinciales a liberar a los ciudadanos procedentes de Estados aliados que hubieran sido esclavizados ilegalmente.


En Cecilia, el gobernador comenzó inmediatamente a aplicar el decreto, de modo que en pocos días ochocientos esclavos habían recobrado su libertad. Sin embargo, la presión de los propietarios, temerosos de perder repentinamente su fuerza de trabajo sin recibir nada a cambio, hizo que Licinio Nerva interrumpiera la investigación y ordenara a los esclavos que se habían reunido en Siracusa para exponer su caso que regresaran con su amos. Esto provoco la indignación de todos aquellos que confiaban en lograr su liberación. Muchos de ellos se reunieron en un santuario próximo a Leontinos, un lugar con un claro carácter simbólico, puesto que tradicionalmente había servido de refugio a los siervos sometidos a malos tratos.


Otras sublevaciones estallaron en otras regiones de la isla, la mas importante de ellas en Heraclea, en la costa meridional. El fracaso de las primeras tropas que fueron enviadas para reprimirlas hizo que en muy poco tiempo los rebeldes fueran mas de seis mil, un numero semejante al de una legión romana. 


Como había sucedido durante la primera guerra servil, los esclavos decidieron entonces dotarse de una estructura interna. Para ello celebraron una asamblea, en la que eligieron rey a Salvio, a quien se le atribuían dotes adivinatorias. Salvio dividió a los rebeldes en tres contingentes, cada uno provisto de un comandante, e incorporo una unidad de caballería al ejercito servil, que llego a superar los veinte mil hombres.


Una vez organizados, pusieron sitio a la ciudad de Morgantina, una población situada estratégicamente, que podía servir de núcleo de resistencia y desde la cual se accedía fácilmente a la región cerealista del sudeste de la isla. Cerca de Morgantina infligieron a Licinio Nerva una dura derrota, lo que les permitió incrementar sus depósitos de armas y el numero de seguidores. Sin embargo, no lograron tomar la ciudad, en parte porque los esclavos que vivían en ella, en condiciones muy diferentes respecto a los siervos que trabajaban en el campo, no se unieron a la sublevación. Esta falta de solidaridad entre los esclavos rurales y urbanos es, sin duda, uno de los factores que influyeron en el fracaso final de la insurrección.



Paralelamente surgió en la parte occidental de la isla un segundo núcleo de esclavos sublevados, dirigidos por Atenion, un cilicio al que las fuentes antiguas adjudican una habilidad especial como astrólogo. Tras proclamarse el también rey y adoptar los símbolos característicos de las monarquías helenísticas (corona, cetro de plata, vestimenta púrpura), reunió a miles de siervos a su alrededor en la zona de Segesta y Lilibeo, ciudad esta ultima que asedio sin éxito.


 Salvio asumió entonces el nombre de un usurpador seleucida del siglo n, Trifon. Se desconoce la razón por la cual eligió precisamente este nombre, pero su propósito era probablemente fortalecer su posición entre sus seguidores y tal vez frente a la posible competencia de Atenion. Trifon movió su ejercito hacia el oeste, logro que Atenion acatara su autoridad y ambas fuerzas rebeldes se unieron en Triocala. Esta ciudad, perfectamente fortificada, se convirtió en la capital de un Estado de esclavos organizado como un reino helenístico.


La insurrección se había concentrado en el corredor existente entre Lilibeo y Leontinos, sin que se tengan noticias de que los problemas se hubieran extendido a la parte septentrional de la isla. Pero la situación requería sin mas dilación la intervención militar romana. A pesar de que en ese mismo momento Mario preparaba su campana contra los germanos, el senado pudo enviar a Sicilia en el ano 103 un fuerte contingente de tropas al mando del propretor Licinio Luculo, quien venció a los rebeldes en una batalla en campo abierto, pero no pudo después tomar la ciudad de Triocala. 


Esto propicio no solo la continuación de la revuelta, sino su circunstancial extensión hacia el nordeste de la isla, puesto que en el ano 102 algunos grupos de esclavos dirigidos por Atenion, convertido en el líder de la insurrección tras la muerte de Trifon, devastaron la región cercana a Mesana y estuvieron a punto de tomar esta ciudad.


Solo cuando el peligro de cimbrios y teutones había sido definitivamente erradicado, pudo el Estado romano acabar con la segunda guerra servil en Sicilia. El encargado de ello fue Aquilio, colega de Mario en el consulado en el ano 101, quien venció a los rebeldes, mato a Atenion y llevo a cabo una sangrienta represión entre los supervivientes, regresando a Roma a finales del año siguiente para celebrar una ovación (ovatio) por su victoria. La aplicación exclusiva de la solución militar no dio respuesta a las contradicciones intrínsecas al sistema esclavista, que volvió a ser reconstruido en la isla, pero al menos impuso un largo periodo de paz en Sicilia.




miércoles, 21 de enero de 2015

CARTA DE LA REINA ORADALTIS DE BITINIA ( VIUDA DE NICOMEDES DE BITINIA) A CAYO JULIO CÉSAR


Mi hija ha vuelto al país, César. Estoy segura de que sabrás que Lucio Licinio Lúculo ha llevado con éxito la guerra contra Mitrídates y que ya hace un año que combate en Ponto. Entre las muchas fortalezas del rey, Cabeira tenía fama de ser la más inexpugnable, pero este año la tomó Lúculo y en ella encontró toda clase de cosas horripilantes; las mazmorras estaban llenas de presos políticos y parientes a quienes había torturado o utilizado como víctimas para sus experimentos con venenos. No quiero hablar de cosas tan horribles porque soy muy feliz.

 

Entre las mujeres que Lúculo halló allí estaba Nisa. Llevaba presa casi veinte años y ahora regresa con más de sesenta. Sin embargo, Mitrídates la había tratado bien para lo que él es, pues la tenía en las mismas condiciones que al grupo de esposas secundarias y concubinas que se alojaban en Cabeira. También tenía recluidas a unas hermanas suyas a quienes no quería casar para que no tuvieran hijos, así que mi pobre hija ha vivido bien acompañada de mujeres solas, pues como el rey tiene tantas esposas y concubinas, las de Cabeira han vivido como solteronas durante años. Una colonia de doncellas viejas.


Cuando Lúculo las puso en libertad, fue muy amable con todas y tuvo buen cuidado de que ningún soldado las ultrajase. Según me ha contado Nisa, procedió como Alejandro Magno con la madre, esposas y otros miembros del harén del rey Darío. Creo que Lúculo envió a las mujeres de Ponto a su aliado de Cimeria, el hijo de Mitrídates llamado Macares.

 

A Nisa la dejó con plena libertad en cuanto supo quién era. Pero lo que es más, César, la cargó de oro y obsequios y me la devolvió con una escolta que había jurado honrarla. ¿Puedes imaginarte el placer de esta mujer vieja, que nunca ha sido muy hermosa, viajando por el campo libre como un pájaro?


¡Ah, volver a verla! No sabía nada hasta que la vi cruzar la puerta de mi villa en Rheba, radiante como una jovencita. ¡Cómo se alegró de verme! Se ha hecho realidad mi deseo y he recuperado a mi hija.

 

Y ha llegado a tiempo. Mi querido perro Sila murió de viejo un mes antes de su llegada y estaba desesperada. Los criados no sabían qué hacer para convencerme de que tuviese otro; pero ya sabes como son las cosas. Piensas en las gracias y maravillas del animal querido, el lugar que ha ocupado en tu vida y parece una traición enterrarlo y sustituirlo por otro. No digo que esté mal hacerlo, pero tiene que pasar un tiempo para que el nuevo adquiera personalidad, y mucho me temo que habré muerto antes de que mi nuevo perro tenga arraigadas características propias.


¡Pero ahora no hay que morirse! Nisa lloró al saber de la muerte de su padre, naturalmente, pero las dos vivimos encantadas y con gran armonía; pescamos con caña en el muelle y paseamos por el pueblo para hacer ejercicio. Lúculo nos invitó a vivir en el palacio de Nicomedia, pero hemos decidido quedarnos aquí. Y tenemos un cachorro precioso que se llama Lúculo.


¡Por favor, César, procura hallar tiempo para viajar de nuevo a Oriente! Me gustaría que conocieras a Nisa, y yo te hecho mucho de menos.


( C. McC. )



lunes, 4 de agosto de 2014

JULIO CÉSAR EL GRAN LÍDER ROMANO






FUE EL MEJOR DE LOS ORADORES DE ROMA Y UN POLÍTICO NATO.

La biografía de Julio César tuvo todos los ingredientes para convertirlo en una figura mítica. César fue un hábil estratega y un militar valeroso, cuyas victorias permitieron extender el territorio romano; fue un político sagaz, cuyas medidas populistas le granjearon el afecto de grandes estratos de la población. De la misma manera, destacó como un literato excepcional, cuyos escritos, como La guerra de las Galias, se cuentan entre los más logrados del latín clásico. Las conquistas de César permitieron que gran parte de Europa adoptase costumbres y modelos latinos. Igualmente, las medidas que adoptó como jefe del Estado romano (entre las que se incluían reformas en la legislación agraria y en el calendario) impulsaron cambios irreversibles en Europa.




Cayo Julio César nació el 13 de julio del año 100 antes de Cristo (según la fecha más comúnmente aceptada) en un barrio no muy aristocrático de Roma, cercano a la actual vía Cavour. Se sabe poco de su infancia, transcurrida en el seno de una familia patricia, la gens Julia, que pretendía descender de Eneas (a quien se consideraba hijo de Venus), y en la cual, en algún momento, se había insertado una rama que agregó el nombre de César. Los miembros de la familia habían vivido al margen de la lucha continua por los cargos que permitían hacer carrera pública hasta llegar al consulado, la aspiración máxima.



La infancia y la primera juventud eran breves en aquellos tiempos. Desde los diez años, César fue puesto al cuidado de Marco Antonio Gnifón, ilustre maestro, especialista en literatura griega y romana, para que se ocupase de su educación. Aprendió a leer y escribir en la traducción de la Odisea hecha por Livio Andrónico. Seguramente sus dotes naturales le permitieron aprovechar al máximo las enseñanzas de su maestro, de modo que fue perfeccionando su lenguaje y aprendiendo los rudimentos de la oratoria, fundamentales para una carrera política.



Si bien su familia no había ocupado altos cargos, las inclinaciones del grupo le volcaban hacia el partido popular. Julia, una hermana del padre de César, se había casado con Cayo Mario, plebeyo de origen pero hombre muy poderoso por su capacidad militar. La familia ingresó, probablemente a través de Mario, en los círculos del partido popular. El padre de César no pudo sino acceder al segundo cargo de mayor importancia del Estado, la pretura. Ostentaba dicho cargo cuando su hijo, de quince años, debió asistir a la ceremonia por la que se abandonaban las vestiduras infantiles orladas de púrpura y se recibía la toga viril.



A los quince años, en aquel 85 en el que moriría su padre, César era un hombre. Inmediatamente tomó por esposa a Cornelia, hija de Cinna, uno de los dirigentes máximos (junto con Cayo Mario) del partido popular y hombre todopoderoso en Roma. Con esta decisión, la gens Julia terminó por asociarse en forma definitiva con los intereses del pueblo, enfrentándose al corrompido patriciado romano. Todo esto debió de resultar algo duro para César, que era un joven que llevaba una vida libre de prejuicios, liberado ya de la rigidez de su maestro e inclinado hacia todo tipo de lecturas, incluido el teatro.



Para casarse con Cornelia tuvo que romper un compromiso anterior, lo que provocó tensiones en el seno de la familia. César tuvo con ella una hija, Julia, a la que estuvo vinculado toda su vida y por la que siempre sintió un profundo afecto, a pesar de que su relación matrimonial con Cornelia fue casi circunstancial. Al iniciarse su vida matrimonial, César debió de ingresar en el círculo de hombres importantes de los que se rodeó su tía Julia, viuda ya de Mario. En esa época fue designado flamen dialis, es decir, sacerdote de Júpiter, el más importante de los dioses romanos.




En el 82, Sila, que había vencido a Mitrídates, haciéndole retroceder a las primitivas fronteras de su reino en el Ponto, regresó victorioso a Roma y, como era habitual, tomó cumplida venganza sobre sus adversarios «populares»; los asesinó, proscribió el ascenso a cargos públicos de sus descendientes, incautó sus bienes e instauró una nueva forma de estado, inaugurando un tipo de dictadura absoluta por tiempo indefinido, concepto jurídico que César no olvidaría en el futuro. Pero de momento Sila, que tuvo algunas consideraciones con las familias patricias inclinadas hacia el populismo, exigió a César que repudiara a Cornelia. César respondió al mensajero de Sila con un famosa frase: "dile a tu amo que en César sólo manda César" y optó por el exilio en Asia.



Nada de esto fue fácil; César fue perseguido y se puso precio a su cabeza. Tuvo que comprar su libertad a un soldado que le había encontrado, y finalmente, por ruegos de familiares cercanos al dictador y la intermediación de sacerdotisas de la diosa Vesta, Sila indultó «al joven de la toga suelta», epíteto que aludía a la costumbre de César de no ajustarse el cinturón de su toga, que caía así libremente, según un uso que entonces se consideraba poco viril. Fue un perdón a regañadientes. 



Sila había columbrado el temible porvenir del muchacho cuando afirmó, según Suetonio, que Caesari multos Marios inesse (en César hay muchos Marios), queriendo significar con esa frase el peligro que entrañaba su resuelta personalidad. César, no obstante, no se abrevió a regresar a Roma y pasó al servicio del propretor Termes, el cual, por ser César hijo de un miembro del Senado, le confirió el grado de oficial. Participó así en la toma de Mitilene de Lesbos, ciudad aliada con Mitrídates, y su comportamiento militar le valió una condecoración.



Termes decidió entonces enviarlo a la corte de Nicomedes, rey de Bitinia, un reino en la costa sur del mar Negro y el mar de Mármara, a fin de afianzar relaciones. Entre Nicomedes y César se trabó una íntima amistad que fue objeto de rumores, algo muy habitual de la época, por otra parte. El hecho es que César volvió un par de veces a Bitinia y que, a la muerte de Nicomedes, el reino sería incorporado a Roma como una provincia más, pasando todos sus habitantes a ser «clientes» de César. Éste ya era dictador absoluto de Roma, y aun en las grandes celebraciones (una curiosa muestra de la libertad de la que algunos gozaban en la Roma de aquellos días) sus propios soldados cantaban coplas en las que burlonamente se referían a sus probables relaciones homosexuales con Nicomedes. Sus enemigos le recordarían a menudo este oprobioso episodio, llegando a bautizarle con el infamante sobrenombre de Bithynicam reginam (reina de Bitinia).



El ascenso al poder

Muerto Sila, César regresó a Roma en el 78. En su corta vida había ya adquirido bastante experiencia en los negocios públicos y había ejercitado su capacidad de mando. Sin duda César pensó que la muerte de Sila le permitiría un rápido progreso entre los populares, pero se equivocaba. Sila había dejado todo bien atado, y el poder de los conservadores optimates ("hombres excelentes"), que dominaban el Senado, detenía al partido popular.




Julio César, político nato (y así hay que entenderlo siempre para comprender el sentido de muchos de sus actos), se propuso profundizar en la comprensión del laberinto de la cosa pública. Consideró que su formación aún no había sido completada y viajó a Rodas para estudiar retórica con Apolonio de Molón, un brillante y renombrado maestro quien encontró en su discípulo excelentes cualidades innatas para la elocuencia. Sólo Cicerón, que también había recibido lecciones de Apolonio, le superó entre sus contemporáneos en el arte de la oratoria.



En el viaje fue raptado por los piratas que asolaban el Mediterráneo y que vivían del rescate que exigían por sus víctimas. La historia ha sido sin duda exagerada, pero el temor y el respeto que, según se ha repetido, los piratas llegaron a sentir por él, son ilustrativos de la arrogancia de César y de su capacidad para fascinar incluso a sus enemigos. Una vez libre reunió un pequeño ejército, fletó barcos y arremetió contra los piratas, a los que venció, quedándose él y sus soldados con todo cuanto poseían. Los supervivientes de la aventura fueron finalmente crucificados en Mileto, y César emprendió una inmediata campaña contra Mitrídates, que volvía a levantarse contra el imperio. Desconocía entonces el testamento de Nicomedes, hecho de singular importancia para él, ya que el rey de Bitinia le dejaba un legado que, junto con el botín de los piratas, saneaba su situación económica, siempre maltrecha.



No obstante, la campaña contra Mitrídates fue confiada a otras manos, porque la muerte en el 74 de su tío Aurelio Cota dejaba vacante un cargo en el Colegio de Pontífices de Roma, cargo que solicitó y que le fue concedido, como también, al año siguiente, el de tribuno militar. Estas designaciones no hicieron más que acelerar la carrera política de César. En el 68 era cuestor y viajó a la Hispania Ulterior. Se cuenta que César lloró ante la estatua de Alejandro Magno, erigida en la ciudad de Cádiz, pensando en qué poco podía parangonarse su carrera con la del conquistador de Oriente y cuánto deseaba emular en su fuero interno al invencible general macedonio. En cierta ocasión quedó trastornado por un sueño en el que aparecía violando a su propia madre, pero los adivinos le profetizaron por ello buenos augurios, puesto que interpretaron que la madre simbolizaba la Tierra, madre de todas las cosas, y ello significaba que se adueñaría del mundo. Y lo cierto es que, vertiginosamente, fue acumulando dignidades en los años sucesivos. En el 65 fue designado edil curul; en el 63 murió el presidente del Colegio de Pontífices, y César, con veintisiete años, presentó su candidatura enfrentado a Catulo, dirigente de los optimates.



César sabía que emprendía una aventura económica (la lucha por el poder exigía siempre dinero) y que si perdía sería implacablemente perseguido. Pero la elección mostró la popularidad de que gozaba entre el pueblo, y fue nombrado pontifex maximus. La pretura, el peldaño inmediatamente anterior al consulado, llegó en el 62, y fue enviado como propretor a Hispania Ulterior, territorio que ya conocía muy bien, donde no sólo hizo sólidas amistades, sino que enriqueció el erario público, con gran satisfacción de Roma, y fortaleció notablemente su pecunia personal y su capacidad de mando sobre un gran ejército, condición indispensable para el éxito político en Roma. Cuando en el año 60 regresó a la Ciudad Eterna, el camino estaba abierto para la gran aventura.



El triunvirato y la guerra de las Galias

El paso a la condición máxima de cónsul lo dio en el año 59. Consciente de las fuerzas del Senado (dominado siempre por los conservadores), en el que César se había librado inteligentemente de sus desafortunadas vinculaciones con el rebelde Catilina, comprendió que sólo una alianza entre poderosos podía neutralizar a los équites. Propuso entonces a su viejo amigo y valedor, Craso, constituir, juntamente con Pompeyo, una sociedad de defensa mutua que los obligara a actuar siempre por unanimidad (institución luego conocida como «triunvirato»). La alianza fue efectiva y César, en compañía de Calpurnio Bíbulo (un candidato de los équites), fue designado cónsul.





El triunvirato se fortaleció, además, con el matrimonio de Pompeyo con Julia, la hija de César. César, a su vez, se casó con Calpurnia. Había repudiado por infidelidad a Pompeya, su segunda esposa, en el 62, después de un escandaloso episodio: durante los misterios de la Bona Dea, una fiesta nocturna exclusiva para mujeres que tenía lugar en casa del propio Julio César, una de las sirvientas descubrió la presencia de un intruso disfrazado de mujer, Publio Clodio, lo que provocó la indignación de las asistentes. Se acusó a Pompeya de ser amante de Clodio, extremo éste que nunca pudo probarse. César no quiso dar crédito a la denuncia y absolvió a ambos del delito de adulterio en el que se habían visto inculpados. Todo el mundo se asombró de que aun así repudiara a su esposa, pero él contestó con una frase que se ha hecho famosa: "la mujer de César no sólo debe ser casta, sino parecerlo".




La legislación progresista de César tenía una base agraria. Hizo votar leyes de reparto de tierras a los veteranos y de asentamiento de colonos en tierras conquistadas, práctica que luego se extendió a toda Italia, concediendo además a los colonos la plena nacionalidad romana. Bíbulo, ante la imposibilidad de oponerse a César, optó por el retiro. El tribuno de la plebe, Publio Vatinio, antiguo amigo y asociado de César, a fin de evitar el juicio de César por los conservadores después de su consulado, propuso una ley que el Senado no pudo sino aprobar, por la que se le concedían en calidad de procónsul (lo que impedía su juicio posterior), y por el término de cinco años, tres legiones, las provincias de las Galias cisalpina y transpadana y la Iliria. Estas concesiones fueron renovadas por cinco años más en abril del 56, en la reunión de Lucca, a la que asistieron los «triunviros».

Craso, mientras tanto, seguía destinado en Siria, donde dirigió la guerra contra los partos y en la que murió en el 53, y Pompeyo continuaba en el proconsulado de Hispania. Estas condiciones permitieron que César se hiciera con todo el poder. Para ello todo medio podía ser útil: como pontifex maximus autorizó a Clodio, antiguo amante de su esposa Pompeya, a que fuese adoptado por un plebeyo, para poder así, a pesar de su condición original de patricio, acceder al cargo de tribuno de la plebe. Y así fue como el agradecido Clodio se ocupó de limpiar de enemigos el camino de César.




Campamento romano

Ya en su provincia de la Galia, César parecía decidido a no intervenir en problemas bélicos, pero lo hizo cuando así lo pidieron sus habitantes. Los eduos comenzaban a sentir la amenaza de los helvecios, los cuales a su vez buscaban nuevos territorios, empujados por la invasión de los germanos acaudillados por Ariovisto. Las legiones de César acudieron en ayuda de los eduos, y vencieron a helvecios y suevos. Esto marcó el comienzo de la ocupación sistemática de la Galia por las fuerzas de César, ayudado por sus lugartenientes Labieno y Craso.




Fue una lucha prolongada en la que el país fue literalmente saqueado, un tercio de su población murió luchando y otro tercio probablemente fue vendido como esclavo. Sucesivamente, en acciones en las que César conoció también la derrota, fueron sometidos todos los pueblos galos. En medio de esta lucha, entre los años 55 y 54, César desembarcó en Inglaterra y peleó hasta más allá del Támesis, pero finalmente tuvo que retirarse. Al año siguiente (invierno del 54-53), volvió a agitarse la Galia. Se sublevaron eburones y trevinos, y finalmente todos los pueblos galos, bajo el caudillaje de Vercingetórix. Los romanos conocieron el desastre en la batalla de Gergovia, pero las fuerzas de Vercingetórix fueron sitiadas largo tiempo y finalmente vencidas en Alesia. La rendición de los belovacos (belgas) en Uxellodunum (51) puso punto final a la dominación de las Galias, aunque el sometimiento total sólo se logró en el invierno de diciembre del 51 a febrero del 52, tras reducir pertinaces focos de resistencia.




Los soldados romanos salieron enriquecidos de estas campañas; los oficiales, naturalmente, aún más. César saneó sus finanzas, enriqueció las arcas del Estado, fue largamente generoso con sus amigos y hasta reservó una importante cifra para el futuro. Inundó con tanto oro la ciudad de Roma, que el noble metal se depreció en por lo menos un treinta por ciento. La guerra de las Galias fue registrada en De bello gallico, una de las dos obras conservadas de César, escrita en 52-51, que no sólo es el documento más valioso para el conocimiento de aquel hecho, sino que también debe ser considerada como una pieza maestra del latín clásico.

La guerra civil

La otra obra conservada de Julio César, De bello civili, literariamente inferior a la primera, tal vez porque no tuvo siquiera tiempo de revisar sus manuscritos, se refiere a los hechos que cubren la guerra civil entre los años 49 y 45. El inmenso poder acumulado por César provocó el pánico del partido senatorial, sus enemigos de siempre. Por otra parte, muchos republicanos vieron en este poder el más grave peligro para la república. Y además, circunstancias internas tenían convulsionada a la ciudad. El Senado designó en el 52 a Pompeyo como cónsul único, y cuando el bando senatorial volvió a sentirse fuerte, entre el 51 y el 50, Pompeyo (ahora enemigo de César) le pidió que licenciara a sus legiones y regresara a Roma.




En esa tesitura, vacilante e indeciso, Julio César se hallaba frente al pequeño río Rubicón, que separa la Galia Cisalpina de Italia, cuando, según unos por su proverbial osadía y según otros por imperativo de los hados, fue presa de un impulso irrefrenable y arrastró sus tropas tras de sí exclamando Alea jacta est (¡la suerte está echada!). Esta acción desencadenaría la guerra civil: ocupó Picenas, Umbría y Etruria, se dirigió a Brindisi a interceptar el paso a Pompeyo, aunque no lo consiguió, y volvió sobre sus pasos para entrar en Roma, convocó al Senado e impuso sus condiciones.

César cruza el Rubicón

La batalla definitiva tendría lugar en Farsalia, epopeya cantada por Lucano en versos inmortales. El poeta describe a Pompeyo "en el declinar de sus años hacia la vejez", como "sombra de un gran nombre", y a César como "fogoso e indomable", un hombre que acudía a actuar "dondequiera que le llamara la esperanza o la cólera". Allá se encontraron "enseñas leonadas frente a enseñas iguales y hostiles, idénticas águilas frente a frente y picas amenazando idénticas picas". César venció y Pompeyo huyó a Alejandría, donde murió el 28 de septiembre del año 48 a.C. a manos de soldados de Ptolomeo, quien mantenía un contencioso con su hermana y esposa, Cleopatra, sobre el trono de Egipto. César llegó a Egipto y al enterarse del trágico final de Pompeyo lloró su muerte.




César en Egipto

César llegó a Egipto acompañado por dos legiones, la décima y la duodécima; en total, unos seis mil hombres. Tras acomodar a sus hombres en el palacio real, se dispuso a poner orden en la difícil situación interna del país del Nilo, dividido por el enfrentamiento entre los dos hermanos y esposos reinantes, Ptolomeo XIII y Cleopatra VII. César y Cleopatra mantuvieron una intensa y famosa relación amorosa que daría como fruto un hijo: Cesarión. César dio el trono a Cleopatra (47 a.C.), lo que, unido a la presencia de las tropas romanas en el palacio de los faraones y a la deposición de Ptolomeo XIII, hizo que el pueblo, dirigido por los consejeros fieles al rey, se amotinase y tratase de tomar el palacio.

Durante cuatro meses, César resistió atrincherado en el palacio frente a los sesenta mil hombres del egipcio Aquiles. Finalmente, cuando llegaron los refuerzos dirigidos por Mitridates de Pérgamo, César protagonizó una de sus geniales acciones militares y logró atravesar el cerco egipcio para reunirse con Mitridates, tras lo cual las fuerzas combinadas de ambos destrozaron a las tropas egipcias en una sangrienta batalla en la que falleció Ptolomeo XIII. Cleopatra se trasladó después a Roma, donde vivió hasta la muerte del dictador.




Aquella guerra entre romanos no había terminado aún. César desempeñaba su tercer consulado cuando tuvo que volver a luchar contra las fuerzas senatoriales en Tapso, en abril del 46, y contra las últimas fuerzas de los hijos de Pompeyo en Manda, en marzo del 45, cuando ya era cónsul por cuarta vez. En términos guerreros no quedaba prácticamente nada por hacer. Incluso en medio de la guerra civil, en el 47, había derrotado definitivamente a Farnaces, el eterno enemigo rey del Ponto. Cinco días después de llegar, le presentó batalla y en unas cuantas horas devastó las tropas enemigas. Inmediatamente cursó al Senado romano una célebre y lacónica relación de los hechos: veni, vidi, vici, (llegué, vi, vencí). Jamás fue derrotado personalmente en ningún combate que entablase, aunque sí lo fueran sus generales.

El asesinato

César fue, pues, dueño absoluto de la república romana y del mundo mediterráneo. Se había cumplido el sueño de su juventud: la totalidad del poder, dentro del marco legal de la república. César era imperator y dictador. Como tal, volvió a ejercer su típica clemencia con sus enemigos; no olvidó su política agraria y de asentamiento de colonos; aumentó el número de fiestas populares, aunque cuidándose de no incurrir en gastos ruinosos para el Estado; dispuso normativas económicas y financieras que protegían a los menos fuertes, trató de morigerar el lujo de los poderosos y limitó los gastos en banquetes; diseñó profundas transformaciones políticas, dictó leyes que ampliaban la ciudadanía romana a capas más vastas de la población, y comenzó a pensar en un mundo distinto al hasta entonces conocido dentro de los límites de la ciudad romana.




César estaba convencido de que, para mantener el dominio en Oriente y poder llevar a cabo con éxito la expedición final contra los partos (la única amenaza para el imperio), necesitaba ser rey absoluto fuera de los confines territoriales de Roma. Y éste fue el detonante. Unos sesenta miembros de familias importantes, casi todos senadores, se conjuraron para eliminar a César y restaurar la legitimidad y legalidad de la república, temerosos de que la abrumadora acumulación de cargos y privilegios que recaían en su persona terminase por darle la puntilla a la desvencijada República y César se proclamase a sí mismo rey.

De hecho, algunos comentaristas ponen en su boca estas jactanciosas y desafiantes palabras: "La República no es nada, es sólo un nombre sin cuerpo ni figura". Pero para muchos de ellos fue sin duda un pretexto que disimulaba sórdidos resentimientos y apetitos. Dirigían la conjura Casio, Bruto y Casca. Bruto era hijo de Servilia, la más famosa de las amantes de César, y el propio Julio César lo había acogido como hijo adoptivo y colmado de honores. Casio había luchado junto a César siempre en busca de botín, por lo que no fue difícil comprarlo. Casca, por último, era un tradicional enemigo de Julio César. Probablemente, otros conjurados no tenían otro objetivo que el de eliminar al dictador y se comprometieron, como impuso Bruto, a respetar a su lugarteniente Marco Antonio.




César concurrió al Senado el día 15 (los idus de marzo) a la sesión que discutiría la expedición contra los partos. Fue al Senado a pesar de los ruegos de Calpurnia en el sentido de que no lo hiciera, ya que durante la noche había tenido sueños premonitorios. Alguien retuvo a Marco Antonio en la antesala del Senado. Cuando César se hubo sentado, lo rodearon y lo atacaron con sus puñales y dagas. Según la tradición, ante la puñalada de Bruto, César exclamó kai su teknon, frase en griego que posteriormente se latinizó en la famosa ¡tu quoque, fili mi! (¡tú también, hijo mío!). César emitió un quejido a la primera puñalada, luego se mantuvo en silencio.

Había recibido 23 puñaladas; posiblemente una sola de ellas había sido mortal. Mientras los aterrorizados senadores huían (hecho que no entraba en el plan de los conjurados), César, envuelto en su toga, caía al pie de la estatua de Pompeyo. La sanguinaria escena, augurada por los adivinos y que desataría una nueva guerra fratricida, acredita, siguiendo la descripción de Suetonio, la postrera elegancia del héroe: "Entonces, al darse cuenta de que era el blanco de innumerables puñales que contra él se blandían de todas partes, se cubrió la cabeza con la toga, y con la mano izquierda hizo descender sus pliegues hasta la extremidad de las piernas para caer con más dignidad." El hombre que había ganado un mundo y había contribuido a modificar irreversiblemente el destino de Occidente y de buena parte de Oriente era ya nada más que un despojo sangrante.




El 17 de marzo el Senado se reunió de forma urgente para tratar la crítica situación del estado a raíz del asesinato de César. Se aprobaron medidas de compromiso entre los dos bandos opuestos: los tiranicidas no eran castigados y, a su vez, no se condenaba ni la persona ni la obra de César. El poder recayó en Marco Antonio, que en ese momento ocupaba el consulado junto con César. El testamento de César legaba 300 sestercios a cada ciudadano necesitado de Roma y entregaba sus jardines del Trastevere al pueblo romano, lo que estimuló la devoción popular por su figura hasta extremos impresionantes; se pidió la ejecución de los tiranicidas y se rechazó el compromiso de Marco Antonio con los asesinos de César, lo que a la larga le costaría el poder.

Al no tener César herederos varones, en su testamento quedó establecido que su sobrino nieto, Octavio, se convirtiera en su sucesor. Octavio llevaría a cabo las reformas de César y se convertiría en el primer emperador de Roma, con el nombre de Augusto.



SACANDO EL CADÁVER DE CÉSAR, ASESINADO EN EL SENADO

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ESCULTURAS DE CAYO JULIO CÉSAR: